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Alegrí­a en la Familia Paulina por la venerable María Escolástica

La Iglesia reconoció sus virtudes heroicas. En el mundo era María Úrsula Rivata. Fue la primera madre de las Pías Discípulas del Divino Maestro. Para la beatificación falta el milagro

El 9 de diciembre de 2013 quedará como fecha memorable para las Pías Discípulas del Divino Maestro y para toda la Familia Paulina, que está viviendo el centenario de su fundación. En efecto, ese día el Papa Francisco recibió al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, y en la audiencia el pontífice autorizó la promulgación de los decretos relativos a tres nuevos beatos y el reconocimiento de las virtudes heroicas de 10 siervos de Dios. Entre ellos la sierva de Dios María Escolástica de la divina Providencia (María Úrsula Rivata), primera madre de las Pías Discípulas del Divino Maestro, que nació en Guarene (Cuneo, Italia) el 12 de julio de 1897 y falleció en Sanfré (Cuneo) el 24 de marzo de 1987.

A los 6 años experimentó el profundo dolor de la pérdida de su madre. En el ambiente familiar y de trabajo, participando en las actividades de la parroquia, en esa pobreza que hace el corazón libre y la voluntad dinámica, la joven Úrsula alimenta la “llamada” a una vida de silencio, de contemplación y entusiasta laboriosidad.

Ante una propuesta de matrimonio, Ursula, iluminada por una luz interior, exclama: “¡Señor, tú solo, y basta!”. Esta decisión acompañarà toda su vida. En 1921 el encuentro con el beato Santiago Alberione marca un punto de inflexión decisivo. Él, que ya había dado luz a la Sociedad de San Pablo y a las Hijas de San Pablo, elige a Úrsula como colaboradora y la pone a cargo de la primera comunidad de Discípulas del Divino Maestro. Para ella llega el momento de traducir en vida el carisma recibido caminando sobre las huellas de las mujeres del Evangelio, especialmente de María, primera y perfecta discípula de Jesús Maestro, manifestando el amor a Cristo vivo en la Eucaristía, en el sacerdocio y en la Iglesia.

La Eucaristía, fuente y luz de sus deseos y opciones, se va convirtiendo cada vez más intensamenteel centro de su vida. Cuando avanzada en años y físicamente debilitada podrá administrar libremente su tiempo, lo aprovechará para acrecentar la oración, aduciendo las razones: el Papa recomienda su necesidad, los sacerdotes la necesitan, la sociedad debe despertar los valores humanos y cristianos, es necesario reparar los pecados, en el mundo son numerosos los problemas, Hay que ayudar sobre todo con la oración.

“Escondida con Cristo en Dios” (Col 3,3), con escasez de medios de subsistencia, según el espíritu paulino, la Madre Escolástica vive los problemas sociales de cada una de las etapas de la vida. Desde muy temprana edad ha aprendido la importancia y la dignidad del trabajo, que luego encuentra inculcado por el P. Alberione como una de las características de su Familia. También aprende de él a hacer de toda ocupación una ocasión de oración y ofrecimiento: todo se convierte en apostolado.

De hecho, la Madre Escolástica siempre ha mantenido su mirada abierta a todo el mundo, se ha acercado con amor de apóstol a los hombres y mujeres de todos los continentes que, también a través de las revistas y después con los otros medios de comunicación, entraban en su corazón para ser presentados en la adoración eucarística. El Divino Maestro acogió su deseo de mantenerse en el escondimiento, participando cada vez más en el ideal de que “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Su vida aparece con los rasgos de un silencio que permite entrever una plenitud interior, alimentada por la palabra de Dios, el control de sí mismo misma, que se convierte en acción misionera para potenciar la palabra de quienes evangelizan con los medios de comunicación social.

Inolvidable su alegría contagiosa y su capacidad de diálogo, abierto a la comprensión del lenguaje de los jóvenes, presente que construye el futuro. Muchos de los testimonios sobre la Madre Escolástica destacan su sonrisa que comunicaba alegría. Desde la primera opción que la hizo exclamar: “Señor, tú solo y basta”, hasta la consumación de su oferta, experimentó la alegría duradera de quien se pone al servicio, gratuitamente. Una alegría que sin duda pasa también por el camino de Pasión, pero que ya vive en la luz de la Resurrección, y que comunica la paz del Resucitado.

Imitar al Divino Maestro, vivir una vida eucarística, ser el grano de trigo dispuesto a morir para llegar a ser espiga fecunda en favor de hermanos: esta ha sido la vida de la Madre Escolástica. Asociada al misterio pascual, en un crescendo de configuración con Cristo, ha hecho nacer y crecer, entre infinitas pruebas, el carisma de una nueva institución, con un estilo de silencio y escondimiento pero siempre con el sello de “mujer de comunicación”.

A pesar de haber estado en los orígenes de una congregación religiosa, la Madre Escolástica Rivata pasó casi desapercibida, pero sin duda está llamada a responder a la necesidad que los fieles sienten de tener nuevos modelos de santidad no exótica, sino tejida en el contexto de la vida cotidiana, por el hecho de haber vivido lo ordinario de forma extraordinaria, convirtiéndose en un Evangelio viviente. De hecho, en su fidelidad a la vocación de Pía Discípula del Divino Maestro, nos ha dejado un hermoso y actual mensaje de la práctica de las virtudes cristianas y religiosas.

Ahora la Iglesia ha reconocido el heroísmo de sus virtudes, por lo que podemos llamarla “Venerable”. Así nos demuestra que para resolver los problemas de la sociedad, más que tantos bonitos, hace falta coherencia de vida, de lo que la Madre Escolástica ha dado testimonio hasta el extremo. Además, nos muestra que, amando intensamente a Jesús, se pueden superar todas las dificultades de la vida, es más, se convierten en retos que conducen a la plena realización personal, y por tanto a la alegría del Evangelio, de la que tanto habla actualmente el papa Francisco.

Seguimos esperando y rezando para que, si el Señor quiere confirmar este reconocimiento de la Iglesia con un milagro, realizado por su intercesión, la venerable Madre Escolástica pueda ser propuesta, con su beatificación, a la veneración pública.

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