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Benedicto XVI a favor de una «laicidad positiva»

No puede interpretarse como «hostilidad contra la religión» afirma en un mensaje

CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 17 octubre 2005 (ZENIT.org).- Benedicto XVI ha abogado por una «laicidad positiva», pues la relación entre el Estado y la religión no es de «hostilidad», en una carta dirigida al presidente del Senado italiano, Marcello Pera.

La «laicidad positiva» de la que habla el Papa garantiza «a cada ciudadano el derecho de vivir su propia fe religiosa con auténtica libertad, incluso en el ámbito público».

El pontífice presenta su propuesta en un mensaje enviado a Pera, quien es también presidente honorario de la Fundación «Magna Carta», con motivo del encuentro «Libertad y laicidad» que ha organizado esta institución en la ciudad italiana de Nursia, la cuna de san Benito, entre el 15 y el 16 de octubre.

Benedicto XVI entrabó amistad con el presidente del Senado italiano en encuentros que mantuvieron siendo el primero prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Ambos participaron con una relación en un simposio sobre las raíces de Europa el 13 de mayo de 2004 ( «Fundamentos espirituales de Europa»).

De aquellas intervenciones y de un posterior carteo surgió un libro escrito a cuatro manos, que en italiano lleva por título «Senza radici» («Sin raíces», Mondadori, Milán, 2004).

«Será necesario trabajar por una renovación cultural y espiritual de Italia y del continente europeo para que la laicidad no se interprete como hostilidad contra la religión», propone el Papa en su mensaje.

La laicidad, aclara, debe convertirse en «un compromiso para garantizar a todos, individuos y grupos, en el respeto de las exigencias del bien común, la posibilidad de vivir y manifestar las propias convicciones religiosas».

Según el obispo de Roma los derechos fundamentales del ser humano «no son creados por el legislador, sino que están inscritos en la naturaleza misma de la persona humana, y se remontan por tanto en último término al Creador».

«Por tanto –aclara–, parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre».

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