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Benedicto XVI: los migrantes, un “recurso” y no un motivo de temor

Audiencia a los participantes en el VI Congreso para la Pastoral de Migrantes y Refugiados

CIUDAD DEL VATICANO, martes 10 de noviembre de 2009 (ZENIT.org).- Los migrantes no deben ser considerados solo como un motivo de temor y de problemas, sino más bien un recurso que valorar con espíritu de acogida para la promoción de un auténtico desarrollo.

Así lo afirmó ayer Benedicto XVI al recibir a los participantes en el VI Congreso para la Pastoral de Migrantes y Refugiados, inaugurada en el Vaticano, y que lleva por tema: “Una respuesta pastoral al fenómeno de la globalización. Cinco años después de la Instrucción Erga migrantes caritas Christi“.

El Congreso mundial reúne alrededor de 300 personas procedentes de 81 países, entre los que se encuentran cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, delegados fraternos del Consejo Ecuménico de las Iglesias, del Patriarcado Ecuménico, de la Comunión Anglicana y de la Federación Luterana Mundial, además de expertos, académicos y enviados de organizaciones internacionales, movimientos eclesiales y asociaciones.

Los migraciones son una realidad en crecimiento que afecta a todos los países del mundo. Las estadísticas ofrecen datos aproximados de movimientos migratorios voluntarios y forzados que implican a cerca de 950 millones de personas (de los cuales 214 de migrantes internacionales y 740 millones de migrantes internos).

Según las estadísticas publicadas por el Human Development Report 2009, el 37% de las migraciones se da de países en vías de desarrollo a países desarrollados.

Después está el problema humanitario que afecta a 40 millones de seres humanos y que interesa amplias áreas del planeta, sometidas a guerras o conflictos, carestías y otras calamidades graves, o a sistemas políticos autoritarios.

En su discurso de saludo, el arzobispo Antonio Maria Vegliò, presidente del Consejo Pontificio organizador, explicó que entre los objetivos del Congreso está el de facilitar una amplia confrontación sobre una realidad de incide de forma transversal en la sociedad civil y en las comunidades cristianas, de partida, de tránsito y de llegada.

“Los actuales movimientos de población – afirmó – hacen necesario que se profundice sobre temas como la unidad fundamental del género humano, la libertad de religión y de culto, la fraternidad universal, el destino universal de los bienes de este mundo, el derecho a la libertad de movimiento, la centralidad de la persona humana y la tutela de sus derechos fundamentales en todas partes, como el de la reunificación familias y el de una educación que respete la cultura de origen de los migrantes, y finalmente, la responsabilidad de los gobernantes de buscar soluciones estables, en el campo socio-económico, que no obliguen a los ciudadanos a emigrar”.

En su discurso Benedicto XVI puso de manifiesto que en el contexto actual dominado por la crisis económica mundial y por una creciente fractura económica entre los países pobres y los países industrializados, “muchos migrantes abandonan su país para escapar de condiciones de vida humanamente inaceptables, pero sin encontrar en otros lugares la acogida que esperaban”.

A propósito de esto, el Papa subrayó que “el auténtico desarrollo siempre reviste un carácter solidario” y que la globalización “puede constituir una ocasión propicia para promover el desarrollo integral, pero sólo si las diferencias culturales son acogidas como ocasiones de encuentro y de diálogo, y si el reparto desigual de los recursos mundiales provoca una nueva conciencia de la necesaria solidaridad que debe unir a la familia humana”.

“De ahí se deduce que es necesario dar respuestas adecuadas a los grandes cambios sociales en curso, teniendo claro que no puede haber un desarrollo efectivo si no se favorece el encuentro entre los pueblos, el diálogo entre las culturas y el respeto de las legítimas diferencias”, explicó.

“Las migraciones invitan a poner en claro la unidad de la familia humana, el valor de la acogida, de la hospitalidad y del amor por el prójimo”.

“De ahí que la Iglesia invite a los fieles a abrir el corazón a los migrantes y a sus familias, sabiendo que éstos no son sólo un problema, sino que constituyen un recurso que hay que saber valorar oportunamente para el camino de la humanidad y para su desarrollo auténtico”, concluyó el Pontífice.

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