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El Papa beatifica a dos indígenas linchados por amor a la fe

Un reconocimiento emotivo de las culturas precolombinas

CIUDAD DE MÉXICO, 1 agosto 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II presentó a la Iglesia y al mundo este jueves el ejemplo de dos indígenas del sureño estado de Oaxaca asesinados por su fe declarándolos beatos al concluir su visita a México.

El pontífice, con el rostro visiblemente contento, presidió una Liturgia de la Palabra –no fue una celebración eucarística– en la Basílica de Guadalupe caracterizada por numerosas expresiones de fe de indígenas de diferentes grupos étnicos.

Los beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, indios zapotecas, casados y padres de familia, invitan a todos los bautizados a convertirse en evangelizadores, afirmó el Santo Padre. Fueron martirizados el 16 de septiembre de 1700 en su pueblo, san Francisco Cajonos.

Tras haber sido torturados salvajemente por personas del poblado que ofrecían ofrendas a los dioses de la mitología prehispánica y que les exigieron renunciar a su fe, fueron asesinados a machetazos. Sus corazones fueron arrancados y echados a los perros.

La beatificación se convirtió en una especie de emotiva despedida del Santo Padre al finalizar su quinta visita a México, el segundo país del mundo en número de católicos, después de Brasil.

«Me voy, pero de corazón me quedo», confesó al final de la celebración improvisando. «México lindo, Dios te bendiga», añadió, parafraseando la famosa canción, mientras los presentes en la Basílica se levantaban ofreciéndole una calurosa ovación.

El Papa quiso que la ceremonia se convirtiera en una expresión del aprecio por las culturas primitivas.

Los nuevos beatos, afirmó, «animan a los indígenas de hoy a apreciar sus culturas y sus lenguas y, sobre todo, su dignidad de hijos de Dios que los demás deben respetar en el contexto de la nación mexicana, plural en el origen de sus gentes y dispuesta a construir una familia común en la solidaridad y la justicia».

Al principio de la celebración el Santo Padre fue acompañado en la procesión por algunos indígenas que al llegar al altar le pusieron un collar de flores como señal de bienvenida.

El Santo Padre saludó a los fieles en distintas lenguas indígenas: zapoteco, mixteco, náhuatl, mazateco, mixe, maya y purépecha.

En el acto penitencial se realizó un rito de purificación según la tradición de los pueblos indígenas: el humo del copal fue dirigido a las cuatro esquinas del mundo para que la asamblea, que en el momento del culto es el centro del universo, pueda alegrarse y renovarse en Dios su creador.

Después de pronunciar la fórmula de beatificación, tuvo lugar la procesión y veneración de las reliquias. Indígenas de Oaxaca llevaron flores, velas e incienso, adornaron el lugar donde fueron colocadas las reliquias y acompañaron la procesión con la chirimía y los cuernos. Finalizó el homenaje con la «danza de la pluma». El Papa seguía el ritmo con su mano derecha.

«Los dos beatos son un ejemplo de cómo, sin mitificar sus costumbres ancestrales, se puede llegar a Dios sin renunciar a la propia cultura, pero dejándose iluminar por la luz de Cristo, que renueva el espíritu religioso de las mejores tradiciones de los pueblos», dijo después en la homilía.

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, añadió, «con ejemplar cumplimiento de sus encargos públicos, son modelo para quienes, en las pequeñas aldeas o en las grandes estructuras sociales, tienen el deber de favorecer el bien común con esmero y desinterés personal».

La primera lectura del apóstol san Pedro fue proclamada en zapoteco, lengua que hablaron los nuevos beatos.

Las intenciones de la oración de los fieles se elevaron en castellano, en náhuatl, en zapoteco, en mixteco, en maya, en purépecha, en totonaco y en rarámuri. Se rezó, entre otras cosas, por el reconocimiento de la dignidad de los indígenas, por los enfermos y los que sufren, por las vocaciones sacerdotales y religiosas en la Iglesia, por la superación de toda forma de racismo.

En los ritos de conclusión el Papa recibió en regalo artesanías propias de las culturas indígenas.

Tras la beatificación, el Santo Padre se dirigió al aeropuerto de México, donde tuvo lugar una sencilla ceremonia de despedida.

Concluyó así su viaje internacional número 97, que había comenzado once días participando en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Canadá y, que continuó después en Guatemala.

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