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CIUDAD DEL VATICANO, 14 mar 2001 (ZENIT.org).- En un mundo en el que el creyente puede sentir en ocasiones el peso de la incomprensión o incluso la violencia de la persecución, Juan Pablo II presenta el conforto de una fuerza sorprendente, cariñosa y potente al mismo tiempo: la figura de María.

Al dirigirse a unos nueve mil peregrinos que llenaron este miércoles la sala de las audiencias generales del Vaticano, el pontífice constató: «Para la Iglesia, que experimenta con frecuencia el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y abrazada por la gracia que salva».

El obispo de Roma, en la novena audiencia general de este año, afrontó un argumento caracterizado por tonos místicos. El libro que más cito fue el Apocalipsis, sin duda el volumen más sorprendente de toda la Biblia. Así describió la lucha entre el bien y el mal representadas por la mujer que da a luz a un niño y el dragón enfurecido que quiere acabar con sus vidas.

Contra la Iglesia, al igual que contra la Madre (de la que es figura), «se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia», evocó el pontífice releyendo las últimas páginas de la Revelación.

En la gran batalla, añadió, «María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad, de la justicia».

«Contra ellos --añadió el Papa-- se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia». Ahora bien, el pasaje del Apocalipsis concluye revelando que «el veredicto definitivo es confiado a la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo».

Eso sí, Juan Pablo II pidió tener en cuenta que, como la mujer del Apocalipsis, «ciertamente en el tiempo de la historia, la Iglesia puede verse obligada a refugiarse en el desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida».

«Ahora bien --añadió--, en este refugio la mujer permanece sólo durante un período de tiempo limitado». Pues, como dice el mismo libro sagrado, «el tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es definitivo: al final, vendrá la liberación y será la hora de la gloria».

De este modo el Santo Padre pudo afirmar que «María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos».

Al llegar a este punto, la exhortación del pontífice cayó por su propio peso: «Fijemos, entonces, nuestra mirada en María, imagen de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, que se dirige a la meta gloriosa de la Jerusalén celeste, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor». En otras palabras, el emblema de esa unión con Dios que en el fondo experimenta el espíritu humano.

El Papa: María, imagen de la auténtica liberación

En medio de las vicisitudes y persecución, presenta el conforto de su figura

CIUDAD DEL VATICANO, 14 mar 2001 (ZENIT.org).- En un mundo en el que el creyente puede sentir en ocasiones el peso de la incomprensión o incluso la violencia de la persecución, Juan Pablo II presenta el conforto de una fuerza sorprendente, cariñosa y potente al mismo tiempo: la figura de María.

Al dirigirse a unos nueve mil peregrinos que llenaron este miércoles la sala de las audiencias generales del Vaticano, el pontífice constató: «Para la Iglesia, que experimenta con frecuencia el peso de la historia y el asedio del mal, la Madre de Cristo es el emblema luminoso de la humanidad redimida y abrazada por la gracia que salva».

El obispo de Roma, en la novena audiencia general de este año, afrontó un argumento caracterizado por tonos místicos. El libro que más cito fue el Apocalipsis, sin duda el volumen más sorprendente de toda la Biblia. Así describió la lucha entre el bien y el mal representadas por la mujer que da a luz a un niño y el dragón enfurecido que quiere acabar con sus vidas.

Contra la Iglesia, al igual que contra la Madre (de la que es figura), «se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia», evocó el pontífice releyendo las últimas páginas de la Revelación.

En la gran batalla, añadió, «María, su Hijo y la Iglesia representan la aparente debilidad y pequeñez del amor, de la verdad, de la justicia».

«Contra ellos –añadió el Papa– se desencadena la monstruosa energía devastadora de la violencia, de la mentira, de la injusticia». Ahora bien, el pasaje del Apocalipsis concluye revelando que «el veredicto definitivo es confiado a la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo».

Eso sí, Juan Pablo II pidió tener en cuenta que, como la mujer del Apocalipsis, «ciertamente en el tiempo de la historia, la Iglesia puede verse obligada a refugiarse en el desierto, como el antiguo Israel en marcha hacia la tierra prometida».

«Ahora bien –añadió–, en este refugio la mujer permanece sólo durante un período de tiempo limitado». Pues, como dice el mismo libro sagrado, «el tiempo de la angustia, de la persecución, de la prueba no es definitivo: al final, vendrá la liberación y será la hora de la gloria».

De este modo el Santo Padre pudo afirmar que «María, junto a su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos».

Al llegar a este punto, la exhortación del pontífice cayó por su propio peso: «Fijemos, entonces, nuestra mirada en María, imagen de la Iglesia peregrina en el desierto de la historia, que se dirige a la meta gloriosa de la Jerusalén celeste, donde resplandecerá como Esposa del Cordero, Cristo Señor». En otras palabras, el emblema de esa unión con Dios que en el fondo experimenta el espíritu humano.

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