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El papado de Pablo VI a los ojos del cardenal Ratzinger

En la misa de requiem recordó que el papa Montini se habí­a planteado la idea de retirarse

El 10 de agosto de 1978, el entonces arzobispo de Múnich y Freising, Joseph Ratzinger, celebró en la catedral la misa por la muerte del Pontífice, Pablo VI. La homilía de aquel día, ha sido publicada recientemente en el diario vaticano L’Osservatore Romano, en ocasión de la beatificación del papa Montini. El entonces cardenal Ratzinger hizo un profunda reflexión sobre la Transfiguración, festividad litúrgica del día en el que falleció Pablo VI, y sobre las dificultades y desafíos que presenta el papado.

De este modo, recordó las palabras de Pedro a Jesús en la monte de la transfiguración.”Que bueno es para nosotros que estemos aquí”. Así, Ratzinger afirmó que lo que se le negó a Pedro, “ha sido concedido a Pablo VI en esta fiesta de la Transfiguración de 1978: no ha tenido que bajar más a la cotidianidad de la historia. Se ha podido quedar allí, donde el Señor se sienta en la mesa para la eternidad con Moisés, Elías y tantos otros que llegan de oriente a occidente, de oeste a este”.

A propósito, el entonces cardenal Ratzinger explicó que la fiesta de la Transfiguración ocupa un lugar muy especial en la Iglesia de oriente. “No es considerada un suceso entre otros, un dogma entre los dogmas, sino la síntesis de todo: cruz y resurrección, presente y futuro de la creación están aquí reunidos”. La fiesta de la Transfiguración –indicó– es garantía del hecho que el Señor no abandona la creación.

Además, recordó que en el Cristo transfigurado se revela mucho más lo que es la fe: transformación, que en el hombre sucede a lo largo de toda su vida. “Desde el punto de vista biológico la vida es una metamorfosis, una transformación perenne que se concluye con la muerte”, observó el cardenal. Pero, prosiguió: “La historia de la transfiguración del Señor añade algo nuevo: morir significa resurgir. La fe es una metamorfosis, en la cual el hombre madura en el definitivo y se convierte en maduro para ser definitivo”.

Asimismo explicó que “la transfiguración prometida por la fe como metamorfosis del hombre es sobre todo camino de purificación, camino de sufrimiento”. A propósito, observó que Pablo VI  “ha aceptado su servicio papal cada vez más como metamorfosis de la fe en el sufrimiento”.

El cardenal Ratzinger observó que las últimas palabras del Señor resucitado a Pedro, después de haberle constituido pastor de su rebaño, fueron: ‘Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras’. “Era un apunte a la cruz que le esperaba a Pedro al final de su camino. Era, en general, un apunte a la naturaleza de este servicio. Pablo VI se ha dejado llevar cada vez más donde humanamente, por sí solo, no quería ir. Cada vez más el pontificado ha significado para él hacerse vestir por otro y ser clavado en la cruz”, precisó el purpurado.

Y añadió: “sabemos que antes de su 75 cumpleaños, y también antes del 80, luchó intensamente con la idea de retirarse. Y podemos imaginar cuánto debe pesar el pensamiento de no poder pertenecer más a sí mismo. De no tener más un momento privado. De estar encadenado hasta lo último, con el propio cuerpo que cede, a una tarea que exige, día tras día, el lleno y vivo compromiso de todas las fuerzas de un hombre”. El ahora papa emérito indicó en esta homilía que Pablo VI “no sentía ningún placer en el poder, en la posición, en la carrera conseguida; y precisamente por esto, siendo la autoridad a un encargo soportado -‘te llevará donde no quieres’- ésta se ha convertido en grande y creíble”.  Pablo VI –aseguró– ha desarrollado su servicio por fe.

“De esto derivan tanto su firmeza como su disponibilidad al compromiso. Por ambas ha tenido que aceptar críticas, y también en algunos comentarios después de su muerte no ha faltado el mal gusto. Pero un Papa que hoy no sufre críticas fallaría en su tarea delante de este tiempo”, prosiguió.

Respecto al pontificado de papa Montini aseguró que resistió a la “telecracia y a la demoscopia, las dos potencias dictatoriales del presente”. Y lo hizo no porque tomaba como parámetro el éxito y la aprobación, sino la conciencia, que se mide sobre la verdad, sobre la fe.  Así, pudo ser “inflexible y decidido cuando lo que se ponía en juego era la tradición esencial de la Iglesia. En él esta dureza no deriva de la insensibilidad de áquel cuyo camino viene dictado por el placer del poder y del desprecio de las personas, sino de la profundidad de la fe, que lo ha hecho capaz de soportar las oposiciones”.

También señaló que “quien lo ha encontrado en los últimos años ha podido experimentar de forma directa la extraordinaria metamorfosis de la fe, su fuerza que transfigura”. Recordando los viajes que realizó Pablo VI por todo el mundo, afirmó que “su signo no es el puño, sino la mano abierta”.

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