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La Cuaresma: tiempo de conversión y de salvación

El cardenal Mauro Piacenza explica los fundamentoa y la ritualidad del tiempo litúrgico que está iniciando

La Cuaresma es un tiempo que responde a una exigencia insuprimible del corazón del hombre: la del cambio y la conversión. Un camino que no puede no pasar por la “virtud de penitencia” que implica la participación a los sufrimientos de Nuestro Señor, a su Muerte y Resurrección. Para ilustrar las características del tiempo litúrgico que comenzó la semana pasada, ZENIT ha entrevistado al cardenal Mauro Piacenza, penitenciario mayor de la Santa Romana Iglesia.

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Con la Cuaresma inicia un tiempo perfectamente penitencial. ¿Tiene aún sentido hoy hablar de penitencia? ¿En qué términos?
— Con el rito de la imposición de la ceniza, toda la Iglesia entra en el tiempo de Cuaresma, con la conciencia de entrar en un “espacio sagrado” que Dios ha dispuesto para sus hijos, para que puedan, ahora y siempre, convertirse. La Cuaresma, con el espíritu penitencial que deriva de ella, nos recuerda que todos estamos necesitados de conversión. Incluso desde el punto de vista sociológico, es bajo los ojos de todos como los hombres tienen una indomable “sed de cambio”. Y qué es esta sed, si no llama a la conversión, que puede realmente suceder, solo en el encuentro con Cristo, verdadera razón para cambiar. Sin un encuentro personal con el Resucitado, cada aliento de auténtico cambio permanece puro deseo. La penitencia, además, es sobre todo memoria de la ofrenda que Jesús ha hecho de sí mismo al Padre, por nosotros y por nuestra salvación. Nosotros cristianos “hacemos penitencia”, solo porque participamos en la vida, la muerte y la resurrección de nuestro Señor. La Cuaresma es un tiempo favorable para vivir con sinceridad la virtud de la penitencia.

¿Qué es exactamente la “virtud de penitencia”?
— Como decía, la salvación se nos dona gratuitamente por Jesucristo. Tal don pide ser acogido por nuestra libertad, pide, en cierto sentido, participar de él. Como cada virtud, también la virtud de penitencia es un “hábito”, una “estabilidad en el bien”. Vivir la virtud de la penitencia significa vivir en la memoria de Cristo, en su presencia, que ha ofrecido su vida, y sin derramamiento de sangre continúa ofreciendo en el santo sacrificio de la misa, por la salvación de todos los hombres. Se comprende inmediatamente como la “virtud de penitencia” no esté unida exclusivamente al tiempo de la Cuaresma, sino que tiene que ver con toda la existencia cristiana: la ofrenda cotidiana y libre de nosotros mismos a Dios es el ejercicio más sencillo y humilde, pero más concreto y realista que la virtud de penitencia, como participación al sufrimiento del Señor.

¿Cualquier sufrimiento puede ser ofrecido? ¿En qué sentido?
— El misterio del sufrimiento, que en muchos casos no encuentra explicación, ha sido iluminado por el “Dios crucificado”. En Jesús de Nazaret, no solo Dios se ha hecho hombre, sino también ha querido atravesar el misterio del sufrimiento, de todo el sufrimiento humano, hasta experimentar la “distancia” del Padre y la muerte, porque nada de la vida de los hombres, excepto el pecado personal, permanecería extraño a la vida del Verbo encarnado. En tal sentido, en Cristo, nuestra vida se ha convertido en historia de salvación y, viviendo, nosotros damos gloria al Padre. Todo en la vida del cristiano está unido, por vía sacramental, a través del bautismo, al misterio de Cristo. En tal sentido, también el sufrimiento, sufrido con fatiga, acogida humildemente o elegida deliberadamente, es participación al único sufrimiento redentor del Dios hecho hombre. “Ofrecer” al Señor nuestros sufrimientos cotidianos, pequeños o grandes que sean, significa unirnos “en la carne” a Él y dejar que Él nos tome consigo, haciéndonos partícipes del gran diseño de salvación del mundo y del hombre, aún plenamente en acto. El Reino de Dios triunfa sobre todo en los corazones de los hombres, así como la Iglesia viva en las conciencias.

¿No es hoy incomprensible el rito de las cenizas? ¿Echar en la cabeza un poco de ceniza qué puede significar para el hombre del 2015?
— Se trata de un rito muy antiguo, con un sentido penitencial ya definido en el Antiguo Testamento. La misma fórmula de imposición recita: “recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás” (o conviértete y cree en el Evangelio) casi para recordar –¿y quién más que el hombre moderno lo necesita urgentemente?– que esta existencia terrena no es el único horizonte de la vida, de la vida verdadera. Se podría decir que, con el rito de las cenizas, toda la Iglesia, cada año lanza un desafío, siempre actual, sobre todo en lo relacionado con la cultura hedonista occidental, recordando al hombre su límite, dentro del cual cada día “grita” una necesidad de infinito, de eternidad. Este es el sentido de las cenizas: recordando al hombre ser criatura y no Creador, se le recuerda tener la necesidad de Dios y lo invitan a la humildad que es verdad y a convertirse a Dios con todo el corazón. No olvidemos que las cenizas que se utilizan para el rito, se obtienen quemando el olivo del domingo de Ramos del año anterior, en una continuidad ideal entre el ingreso en Jerusalén, con el inicio de la “gran Semana” de la salvación (la Semana Santa) y el ingreso de los creyentes en el camino penitencial que llevará a la Pascua. Nada en la liturgia es casual, ni se puede nunca improvisar.


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