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Las Hermanitas del Cordero, luz del Evangelio en la noche del mundo

Entrevista a la hermanita Marie, cofundadora de esta comunidad

Desde hace ya casi cuarenta años, las hermanitas del Cordero se consagran a la evangelización. Oficialmente erigida en Francia en 1983 por el obispo de Perpiñán, Mons. Jean Chabbert, esta comunidad dominicana de la Orden de Predicadores cuenta hoy con más de ciento cincuenta religiosas, unos treinta religiosos y nada menos que una veintena de fundaciones repartidas por Europa y América Latina, así como en los Estados Unidos. ZENIT ha tenido un encuentro con la cofundadora, la hermanita Marie.  

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¿Podría hablarnos de su Comunidad, las Hermanitas del Cordero, cuál es su carisma, su misión en el mundo?
— Hermanita Marie: Utilizaré una imagen para responderle. Las hermanitas del Cordero se sitúan en el mundo de hoy, en medio de la noche que atraviesa la humanidad. La espesura de las tinieblas nos impresiona a todos. Una hermanita del Cordero es una hermana que atraviesa esta noche conservando una lámpara encendida, y esta lámpara es la luz del Evangelio, es Jesús mismo y es el Cordero del que nos dice el Apocalipsis que es la luz de la nueva Jerusalén, de esta humanidad renovada por el Señor Jesús. Resumiría la luz que habita nuestra comunidad con lo que se ha convertido en nuestra divisa: «Herida, no dejaré jamás de amar». Entre nosotros, ¿quién no ha sido nunca herido; por una palabra, una expresión, pudiendo incluso proceder de un amigo muy querido? Cuando somos heridos, en vez de presentar un rostro de víctima que hace que el otro se convierta en verdugo, acogemos esta herida y seguimos amando a quien nos ha herido.

Nuestra vida diaria se deja iluminar por esta luz del Cordero herido que dice «no dejaré nunca de amar» y creemos con todas nuestras fuerzas, y ahora por experiencia, que esta es verdaderamente la luz que transforma el mundo, la luz del Cordero.

Ante todo, se trata de una vida contemplativa, de amor fraterno, pero de un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que todo odio. Esto es una urgencia que reclama el mundo de hoy. Años después de la fundación de hermanitas, la Iglesia acogió y reconoció a «los hermanitos del Cordero» que viven de un mismo propósito de vida.

¿Dónde y cómo empezó todo?
— Hermanita Marie: La historia comenzó en la universidad, en París, cuando, siendo ya religiosa, fui por primera vez con jóvenes estudiantes al encuentro de los pobres, de la gente de los barrios perdidos de la capital. Atravesábamos los años que seguían a la revolución cultural y fue para mí un impacto el encuentro con los que están en tinieblas. Hacíamos camino entonces con algunos hermanos dominicos. Entre ellos, fray Chritoph Schönborn actual Cardenal-Arzobispo de Viena y protector de la Comunidad.

En seguida iniciamos esta vida de fraternidad a la sombra de la basílica de Vézelay; esto duró unos nueve hermosísimos años de oración y acogida de los pobres. La víspera de la festividad de la Cruz gloriosa, estando nosotras en oración ante el Santísimo, lanzaba yo hacia Dios el grito que inundaba mi corazón, preguntándole: «¿Por qué el mal parece triunfar hasta tal punto?». A este gran grito, respondió el Señor haciendo que subiera a mi corazón esta frase de san Pablo a los Efesios: «En su carne, Jesús ha dado muerte al odio… en su persona, Jesús ha dado muerte al odio». Era el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, todo el mal del mundo. En este momento también, el Señor puso en nuestro camino a un hermano franciscano, al hermano Jean-Claude, padre espiritual y cofundador de la Comunidad. Otras hermanitas se unieron a nosotros entonces, llegaba la hora de las primeras fundaciones. La de Buenos Aires, hace ya 23 años, merece una especial mención, ya que el actual papa Francisco fue el que allí nos recibió. ¡Qué gran gracia!

¿Trabajaron con él personalmente?
— Hermanita Marie: Digamos que fue él quien ejerció como padre de la pequeña fraternidad que comenzaba sin experiencia en Buenos Aires; recibía a los hermanitos y hermanitas y también acudía a la fraternidad una o dos veces al año. Nos dio su confianza y, gracias a su apoyo, pudimos poco a poco desarrollarnos.

¿En qué consiste su ayuda a los pobres en los países en que está implantada su Comunidad?
— Hermanita Marie: No tenemos obras. Vamos a su encuentro con la amistad, y la misión está marcada por el hecho de que con frecuencia salimos a mendigar nuestro pan del día; entonces no pedimos dinero, solo el pan. Como el Señor, mendigo de nuestro amor, somos llamados a tomar este camino del Evangelio, a ir al encuentro de los pobres y a mendigar también entre ellos. Nos maravilla siempre ver cómo los pobres se alegran cuando se les pide algo. Reencuentran su dignidad por el simple hecho de que alguien aguarda su respuesta. Les pedimos el pan, salimos sin nada y mendigamos nuestra comida.

¿Cómo financian su actividad misionera?
— Hermanita Marie: Nos abandonamos completamente a la Providencia. En Roma, por ejemplo, el Vaticano puso a nuestra disposición la casa en la que nos alojamos desde hace veinte años, lo cual ha sido extraordinario para el desarrollo de los hermanitos y hermanitas en el corazón de la Iglesia. Pero ha llegado la hora de dejar esta casa, que no nos permite vivir plenamente nuestro carisma, para construir aquí en Roma un pequeño monasterio con una capilla abierta a la calle, permitiendo que se ofrezca a todos la luz de la liturgia que el mundo tanto necesita. Por otro lado, en casi todas nuestras fraternidades, nuestra mesa está abierta a los pobres. Por el momento hemos construido nueve monasterios en el mundo, y para eso necesitamos donativos, por supuesto. Cuando empezamos no tenemos nada, y al cabo de dos o tres años la construcción concluye, permitiendo la acogida.

¿Quiénes son sus principales donantes?
— Hermanita Marie: Los cristianos, muchísimos cristianos. En nuestro monasterio de Kansas City, por ejemplo, ha habido 6.200 donantes, así que nos llega un gran número de pequeños donativos, y esto es lo principal, pero asimismo otros, afortunadamente, más cuantiosos. También existe el sistema de las fundaciones en los Estados Unidos. Las familias, al igual, nos ayudan mucho.

2015 indica el Año de la Vida Consagrada. ¿Han previsto alguna iniciativa para esta ocasión?
— Hermanita Marie: Nos gustaría mucho que en este Año de la Vida Consagrada, la Iglesia nos donase un terreno en el corazón de Roma en el que poder construir nuestro pequeño monasterio. Como encarnación de la vida consagrada, sería nuestra pequeña contribución. Y también, queremos responder a la llamada del Santo Padre, dejándonos renovar en la práctica ferviente del Evangelio, en el amor a Dios, y además y siempre, en el anuncio gozoso del Evangelio.

Con esta lógica de expansión por el mundo, ¿qué pueden pedir a los fieles y especialmente a los lectores de ZENIT?
— Hermanita Marie: ¡Haremos como el Papa y les pediremos que recen por nosotros! Recen por nosotros, ayúdennos a que estos pequeños monasterios, que son pequeñas luces, estrellas en la noche de este mundo, lleguen a nacer, de modo que las gentes puedan venir a beber a la fuente, pues lo necesitan.

(Entrevista realizada por S. T.)

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