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CIUDAD DE MÉXICO, sábado, 17 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha enviado el episcopado mexicano al pueblo de México el 15 de abril al concluir su LXXXIX Asamblea Plenaria.


"Como fue resucitado Cristo de entre los muertos por la Gloria del Padre,
también nosotros hemos de caminar en una vida nueva". (Rom 6,4)

 

Los Obispos de la Iglesia católica que peregrina en México, reunidos en Asamblea Plenaria, saludamos a nuestros hermanos y hermanas creyentes, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, deseándoles que la paz, don de Jesucristo muerto y resucitado, esté con ustedes, ilumine su existencia y les acompañe en su caminar cotidiano.

Queremos compartir con ustedes, como Pastores del pueblo de Dios, que el Señor nos ha encomendado, con una mirada de fe y esperanza, las tareas de esta LXXXIX Asamblea; animados por el papa Benedicto XVI, con el impulso de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, realizada en Aparecida, Brasil. Deseamos vivamente llevar a cabo, con entusiasmo, en todas las diócesis de México, la Misión Continental Permanente, como programa de acción pastoral para reavivar, con la fuerza del Espíritu Santo, la vida cristiana de los católicos y su compromiso por servir, desde la fe, a la vida digna de nuestro pueblo.

Los Obispos de México hemos  vivido esta Asamblea como espacio de encuentro fraterno, de reflexión, de ayuda mutua, de oración, para fortalecernos en nuestro ministerio y poder ejercerlo, de manera más eficaz. Por ello, nos hemos propuesto que los programas de nuestras Comisiones episcopales asuman las exigencias de la Misión Continental y motiven la colegialidad episcopal, así como, la comunión entre las Iglesias Particulares.

Sentimos en carne propia los problemas de diversa índole que afectan a nuestra Patria, como es la desbordante ola de violencia e inseguridad que se ha desatado, desde hace varios años, en México, y que ha cobrado a cobrado numerosas víctimas, muchas de ellas inocentes. No obstante los grandes esfuerzos, que las diversas instancias gubernamentales están realizando, persisten el miedo y la inseguridad que destruyen la vida de las comunidades, las aíslan y las exponen a nuevas expresiones de violencia. La impunidad provoca desconfianza en las instituciones. Sobre estas situaciones, ya hemos compartido nuestra reflexión en la Exhortación Pastoral "Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna" (15 febrero 2010). Deseamos que dicho documento inspire el diálogo, la reflexión y las acciones concretas, que nos permitan la construcción solidaria de la paz.

Nos preocupa, también, la pobreza y la desigualdad, el desempleo y los bajos ingresos, la educación deficiente y la falta de oportunidades, particularmente para los jóvenes; sin embargo, vemos con esperanza los signos de una paulatina recuperación económica y un ligero aumento del empleo.

Los acontecimientos que afectan a México y al mundo son signos de los tiempos, que la Iglesia debe interpretar, con la ayuda de la Palabra divina, para ser fiel a la misión que el Señor le encomendó (cf. GS 4).  Puesto que la Palabra de Dios es luz que nos alumbra en las tinieblas, brújula que nos orienta en la búsqueda de soluciones y alimento que nos fortalece para que todos tengamos vida digna.

Nuestro compromiso, como Pastores, es apoyarnos en una fe inquebrantable, con una energía que no desfallezca, para realizar las tareas que Dios nos tiene asignadas, y acompañar con esmero a nuestros hermanos y hermanas en la fe, confirmándolos en su vocación de discípulos-misioneros de Jesucristo.

La conmemoración del Centenario de la Revolución y del Bicentenario de inicio de la lucha por la Independencia de México es ocasión propicia para dar gracias a Dios por los dones que el Señor ha concedido a nuestra Patria, invitar al reconocimiento de las injusticias que se cometieron, encomendar a la misericordia divina los que murieron en aquellos hechos sangrientos y renovar nuestro compromiso a favor de un México fraterno en la justicia y la paz.

Asimismo, la celebración del Año Sacerdotal, al que nos convocó el papa Benedicto XVI con ocasión del 150 Aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, nos mueve a profundizar, apreciar y agradecer el don del Sacerdocio ministerial que Cristo ha compartido a su Iglesia. El sacerdocio, además de don, es tarea que debemos vivir con humildad y fidelidad, como servicio, para que el amor misericordioso de Dios llegue a todos, particularmente a los más pobres y a los que sufren. Es de justicia resaltar que muchos sacerdotes viven su ministerio de manera heroica, a veces incluso en medio de amenazas, pobreza, violencias, extorsiones y agresiones. Como Iglesia, agradecemos su testimonio, su discreción y la generosa entrega de sus vidas, no obstante las dificultades. Invitamos a todos a renovar la fidelidad, favorecer la conversión permanente, para propiciar la confianza de nuestro pueblo.

Confiados en la presencia permanente del Señor Resucitado, Sumo y Eterno Sacerdote, que venció el mal y la muerte, invitamos a los creyentes a orar incesantemente, a fin de que, como nación, podamos alcanzar la paz, cultivar los grandes ideales de nuestros antepasados, pedir por la santificación de los sacerdotes y el aumento de las vocaciones consagradas, y que acabe, de raíz, la violencia. Estamos seguros que Santa María de Guadalupe y san José, patrono universal de la Iglesia, nos protegen y nos acompañan en nuestro peregrinar y en nuestro aprendizaje como discípulos-misioneros de su Hijo Jesucristo. A Ellos, confiamos nuestros propósitos y compromisos.

             Lago de Guadalupe, Cuautitlán Izcalli, Edo. de México, 15 de abril de 2010

Por los Obispos de México

 

+ Carlos Aguiar Retes                              

Arzobispo de Tlalnepantla                  

Presidente de la CEM                     

 

 

+ Víctor René Rodríguez Gómez

Obispo Auxiliar de Texcoco

Secretario General de la CEM

 

Mensaje del Episcopado Mexicano al Pueblo de México

Al final de su LXXXIX Asamblea Plenaria

CIUDAD DE MÉXICO, sábado, 17 de abril de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha enviado el episcopado mexicano al pueblo de México el 15 de abril al concluir su LXXXIX Asamblea Plenaria.

“Como fue resucitado Cristo de entre los muertos por la Gloria del Padre,
también nosotros hemos de caminar en una vida nueva”. (Rom 6,4)

 

Los Obispos de la Iglesia católica que peregrina en México, reunidos en Asamblea Plenaria, saludamos a nuestros hermanos y hermanas creyentes, y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, deseándoles que la paz, don de Jesucristo muerto y resucitado, esté con ustedes, ilumine su existencia y les acompañe en su caminar cotidiano.

Queremos compartir con ustedes, como Pastores del pueblo de Dios, que el Señor nos ha encomendado, con una mirada de fe y esperanza, las tareas de esta LXXXIX Asamblea; animados por el papa Benedicto XVI, con el impulso de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño, realizada en Aparecida, Brasil. Deseamos vivamente llevar a cabo, con entusiasmo, en todas las diócesis de México, la Misión Continental Permanente, como programa de acción pastoral para reavivar, con la fuerza del Espíritu Santo, la vida cristiana de los católicos y su compromiso por servir, desde la fe, a la vida digna de nuestro pueblo.

Los Obispos de México hemos  vivido esta Asamblea como espacio de encuentro fraterno, de reflexión, de ayuda mutua, de oración, para fortalecernos en nuestro ministerio y poder ejercerlo, de manera más eficaz. Por ello, nos hemos propuesto que los programas de nuestras Comisiones episcopales asuman las exigencias de la Misión Continental y motiven la colegialidad episcopal, así como, la comunión entre las Iglesias Particulares.

Sentimos en carne propia los problemas de diversa índole que afectan a nuestra Patria, como es la desbordante ola de violencia e inseguridad que se ha desatado, desde hace varios años, en México, y que ha cobrado a cobrado numerosas víctimas, muchas de ellas inocentes. No obstante los grandes esfuerzos, que las diversas instancias gubernamentales están realizando, persisten el miedo y la inseguridad que destruyen la vida de las comunidades, las aíslan y las exponen a nuevas expresiones de violencia. La impunidad provoca desconfianza en las instituciones. Sobre estas situaciones, ya hemos compartido nuestra reflexión en la Exhortación Pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna” (15 febrero 2010). Deseamos que dicho documento inspire el diálogo, la reflexión y las acciones concretas, que nos permitan la construcción solidaria de la paz.

Nos preocupa, también, la pobreza y la desigualdad, el desempleo y los bajos ingresos, la educación deficiente y la falta de oportunidades, particularmente para los jóvenes; sin embargo, vemos con esperanza los signos de una paulatina recuperación económica y un ligero aumento del empleo.

Los acontecimientos que afectan a México y al mundo son signos de los tiempos, que la Iglesia debe interpretar, con la ayuda de la Palabra divina, para ser fiel a la misión que el Señor le encomendó (cf. GS 4).  Puesto que la Palabra de Dios es luz que nos alumbra en las tinieblas, brújula que nos orienta en la búsqueda de soluciones y alimento que nos fortalece para que todos tengamos vida digna.

Nuestro compromiso, como Pastores, es apoyarnos en una fe inquebrantable, con una energía que no desfallezca, para realizar las tareas que Dios nos tiene asignadas, y acompañar con esmero a nuestros hermanos y hermanas en la fe, confirmándolos en su vocación de discípulos-misioneros de Jesucristo.

La conmemoración del Centenario de la Revolución y del Bicentenario de inicio de la lucha por la Independencia de México es ocasión propicia para dar gracias a Dios por los dones que el Señor ha concedido a nuestra Patria, invitar al reconocimiento de las injusticias que se cometieron, encomendar a la misericordia divina los que murieron en aquellos hechos sangrientos y renovar nuestro compromiso a favor de un México fraterno en la justicia y la paz.

Asimismo, la celebración del Año Sacerdotal, al que nos convocó el papa Benedicto XVI con ocasión del 150 Aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, nos mueve a profundizar, apreciar y agradecer el don del Sacerdocio ministerial que Cristo ha compartido a su Iglesia. El sacerdocio, además de don, es tarea que debemos vivir con humildad y fidelidad, como servicio, para que el amor misericordioso de Dios llegue a todos, particularmente a los más pobres y a los que sufren. Es de justicia resaltar que muchos sacerdotes viven su ministerio de manera heroica, a veces incluso en medio de amenazas, pobreza, violencias, extorsiones y agresiones. Como Iglesia, agradecemos su testimonio, su discreción y la generosa entrega de sus vidas, no obstante las dificultades. Invitamos a todos a renovar la fidelidad, favorecer la conversión permanente, para propiciar la confianza de nuestro pueblo.

Confiados en la presencia permanente del Señor Resucitado, Sumo y Eterno Sacerdote, que venció el mal y la muerte, invitamos a los creyentes a orar incesantemente, a fin de que, como nación, podamos alcanzar la paz, cultivar los grandes ideales de nuestros antepasados, pedir por la santificación de los sacerdotes y el aumento de las vocaciones consagradas, y que acabe, de raíz, la violencia. Estamos seguros que Santa María de Guadalupe y san José, patrono universal de la Iglesia, nos protegen y nos acompañan en nuestro peregrinar y en nuestro aprendizaje como discípulos-misioneros de su Hijo Jesucristo. A Ellos, confiamos nuestros propósitos y compromisos.

             Lago de Guadalupe, Cuautitlán Izcalli, Edo. de México, 15 de abril de 2010

Por los Obispos de México

 

+ Carlos Aguiar Retes                              

Arzobispo de Tlalnepantla                  

Presidente de la CEM                     

 

 

+ Víctor René Rodríguez Gómez

Obispo Auxiliar de Texcoco

Secretario General de la CEM

 

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