Mensaje del Papa para recordar los 90 años de la batalla de Verdún

En plena primera guerra mundial

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CIUDAD DEL VATICANO, martes, 21 noviembre 2006 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje de Benedicto XVI con motivo del 90 aniversario de la Batalla de Verdún La Batalla de Verdún, la más larga de la Primera Guerra Mundial, y la segunda más sangrienta tras la Batalla del Somme.

En ella se enfrentaron los ejércitos francés y alemán entre el 21 de febrero y el 19 de diciembre de 1916, alrededor de Verdún, en el nordeste de Francia. El resultado fue de un cuarto de millón de muertos y alrededor de medio millón de heridos entre ambos bandos.

En el terreno donde se llevaron a cabo los enfrentamientos se construyó un memorial donde reposan mezclados los restos de miles de soldados de los dos países que no pudieron ser identificados.

* * *

A su excelencia
Monseñor François MAUPU
Obispo de Verdún

Con ocasión del 90° aniversario de la batalla de Verdún, que celebráis este 11 de noviembre juntamente con su excelencia monseñor Leo Schwarz, obispo auxiliar emérito de Tréveris, que preside la misa, me uno de buen grado con la oración a todas las personas reunidas, implorando de Dios el don de la paz y la valentía para una concordia y una fraternidad cada vez más intensas entre Francia y Alemania. La Eucaristía, mediante la cual celebramos la victoria de Cristo sobre la muerte, nos muestra que Dios es más fuerte que todos los poderes oscuros de la historia, que el amor es más fuerte que el odio, y que, como dice san Pablo, Cristo, por medio de su cruz, derribó el muro del odio para reconciliar a los hombres entre sí (cf. Ef 2, 14-17).

Debemos dar gracias por el camino recorrido desde la época de los grandes conflictos mundiales que ensangrentaron a Europa, causando numerosas víctimas. Hoy nos corresponde a nosotros hacer que no sea inútil el sacrificio de los hombres caídos en los campos de batalla por amor a su patria. Los restos de todos los muertos, sin distinción de nacionalidad, descansan ahora en el osario de Douaumont, gracias a su predecesor, monseñor Ginisty, que tomó la iniciativa, mandando grabar en el frontispicio del edificio la palabra que resume todo: «Pax».

En una nota del 1 de agosto de 1917, enviada a las autoridades de los pueblos beligerantes, mi predecesor el Papa Benedicto XV propuso una paz duradera y, al mismo tiempo, hizo un apremiante llamamiento a cesar lo que llamaba una «matanza inútil». Verdún, momento sombrío de la historia del continente, debe permanecer en la memoria de los pueblos como un acontecimiento que no se debe olvidar ni revivir jamás, invitando a franceses y alemanes, e incluso a todos los europeos, a mirar al futuro y a fundar sus relaciones en la fraternidad, la solidaridad y la amistad entre los pueblos.

Ojalá que nuestros contemporáneos, especialmente las generaciones jóvenes, aprovechen todas las lecciones de la historia y, basándose en las raíces y los valores cristianos que han contribuido ampliamente a forjar la Europa de las naciones y la Europa de los pueblos, se esfuercen por crear vínculos de fraternidad y de caridad entre ellos, para el bien de todos y el desarrollo de los países, preocupándose por los más pobres y los más pequeños.

Verdún es también uno de los símbolos de la reconciliación entre dos grandes naciones europeas en otro tiempo enemigas, que invita a todos los países en guerra a realizar ese mismo gesto, que constituye la alegría de las personas, puesto que sólo la reconciliación permite construir el futuro y esperar. Sólo la reconciliación y el perdón recíproco pueden llevar a una paz verdadera. Aunque provienen de un espíritu cristiano, pertenecen también a los criterios de la acción política. Esta es hoy la responsabilidad de los dirigentes, de los pueblos de Europa y de todas las naciones.

Encomendándolo a la intercesión de Nuestra Señora, venerada en todas las naciones europeas bajo múltiples advocaciones, y de san Martín, le imparto a usted, así como a monseñor Schwarz, a los sacerdotes, a los diáconos, a los religiosos, a las religiosas, a los fieles laicos y a todos sus diocesanos, la bendición apostólica.

Vaticano, 21 de octubre de 2006

[Traducción distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2006 – Libreria Editrice Vaticana]

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ZENIT Staff

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