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Perdí todo para encontrarlo todo

Entrevista a Luigi Miggiani, el ‘indigente’ al servicio de los indigentes

 Por Álvaro Vargas Martino

“Perdí todo para encontrarlo todo”. Con estas palabras, Luigi Miggiani, de 68 años de edad, ex proyectista y ex empresario italiano, resume su vivencia personal que, en los años noventa, por fidelidad a los principios del Evangelio, lo llevó a perder el trabajo y la familia –fue abandonado por su esposa y sus hijos– pero, gracias a su profunda fe cristiana, encontró una nueva familia, los indigentes.

Este anciano, que diariamente lleva un poco de humanidad a sus “hermanos” indigentes, tratando de responder a sus necesidades, con una bebida caliente o galletas, pero también con vestidos y calzado, ama autodefinirse “el ‘indigente’ al servicio de los indigentes”, pues él mismo vive y duerme en su automóvil, una Alfa Romeo 164, con placas de Turín –como precisa– parqueada en la calle que conduce al ‘Gianicolo’, en cercanías de la Plaza de San Pedro y de la casa de los Padres Misioneros de la Consolación, donde usa la ducha y esporádicamente, sobre todo en los meses más fríos del año, una habitación que le fue ofrecida de manera permanente por los religiosos, pero que él rechazo, pues no quiere perder su condición de “indigente” para no alejarse de la realidad de las personas a las que sirve.

Perfectamente vestido, con chaqueta y corbata, y muy cuidado en su aspecto personal –no en vano fue definido “El indigente caballero” en un artículo publicado en octubre de 2012 por la Agencia SIR (Servicio de Información Religiosa)–, Miggiani también colabora con la redacción del periódico “Gotas de Marsala”, publicación mensual del albergue “Don Luigi Di Liegro”, que lleva el nombre del religioso fallecido en 1997 que hizo de su vida una incesante batalla contra toda forma de exclusión y de miedo del extraño, en una defensa radical de lo que es humano. Pero dejemos que sea el mismo Miggiani quien nos cuente su historia de vida y de testimonio de fe cristiana.

¿Cómo nace su fe cristiana?
— Luigi Miggiani: Nací en Nápoles el 22 de agosto de 1946, en una Villa Ducal de la zona del Vomero. En esta Villa Ducal había una pequeña iglesia privada, la iglesia de San Esteban, donde comenzó mi fe cristiana, a la edad de cinco años. Colaboraba como acólito en la Misa en latín, con el Padre Nadei, quien fue mi espíritu guía, junto a mi padre Ferdinando, que acostumbraba decirme “compórtate bien en la vida y no tengas miedo, nunca mires atrás”. Esta fue la educación de mi padre y del Padre Nadei. Tocaba las campanas y era acólito. Allí nació mi fe cristiana y mi buen comportamiento con el prójimo, sobre todo y ante todo, con los últimos de la clase social, los más pobres, que han sido las personas que siempre he tratado de ayudar, en consonancia con mi educación, a la cual he sido fiel toda la vida. Hoy, a la edad de casi setenta años, represento a los últimos de la clase social, luego nací con los últimos y estoy concluyendo mi vida y mi carrera estando cerca de los últimos de la clase social. Esta ha sido mi educación, esta sigue siendo y esta será siempre, por toda mi vida.

Todo esto, después de un paréntesis empresarial en Turín
— Luigi Miggiani: De Nápoles tuvimos que partir hacia Turín, para seguir a mi papá, quien era militar y de la Base Naval de Nápoles había sido trasladado a “Grandes Motores Fiat”. Entonces, de mis bases comerciales iniciadas en Nápoles, entré al mundo de la técnica mecánica y me formé como proyectista mecánico, de robótica y de automatización, y llegué a tener dos fábricas mías. A la edad de treinta años, después de haber cumplido todo el itinerario operativo, era director de una empresa en Turín, en la que trabajaban alrededor de 160 personas y donde yo proyectaba, diseñaba y administraba la empresa. Después de esto, fundé mis empresas, pero, a mi pesar, me ví obligado a cerrarlas por determinadas motivaciones, ya que mi modo de ser empresario trataba de seguir las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo y, por tanto, iba contracorriente y no se adecuaba a la mentalidad empresarial que explota a la clase obrera, mientras, en cambio, para mí, mis trabajadores eran los propietarios de la empresa. Yo solamente la administraba.

Entonces, los valores cristianos aplicados al mundo emprensarial
— Luigi Miggiani: Esta ha sido mi educación, estos han sido mis principios, de ser un empresario que no se adecuaba a la polìtica empresarial predominante y, por ello, fui excluido, fui aislado. Repito, la empresa la administraba yo, pero era de ellos, porque para mí tener una fábrica sin empleados es como tener un recipiente vacío, que no tiene sentido. Les repetía siempre a ellos “esta empresa es de ustedes, yo sólo la administro”. Era su casa y ellos la sentían así. Por ejemplo, a menudo iban el domingo con sus familias a transcurrir el día de descanso. De este modo, aprendieron a respetarme a mí y a respetar mi cristiandad. Todos provenían de la “Casa de Caridad Artes y Oficios” de Turín, en la cual había estudiado años atrás para aprender la mecánica. Por tanto, mis trabajadores, que para mí eran como hijos, al final de cuentas eran los empresarios de sí mismos. Adopté una polìtia contracorriente y así comenzaron los ataques, porque iba contra lo que era la mentalidad de explotación empresarial de los trabajadores. Y aquí estoy, descartado por el mundo empresarial, volví a ser acólito, pero a la edad de casi setenta años he encontrado otra familia, que es mi verdadera familia, que son las personas necesitadas.

Esta vivencia lo llevó a afrontar su “último proyecto”, como usted sostiene…
— Luigi Miggiani: Regresé a Roma en 2010 para comenzar mi último proyecto, que se llama “Un techo para todos”, que no es de robótica, pero en todo caso es técnico y sobre todo social y cristiano. Construí una ciudadela en madera, a imagen y semejanza de la Plaza de San Pedro, con todo y la columnata. Levanté las paredes, pero falta el techo. Le entregué el proyecto al Jefe del Estado, Giorgio Napolitano, hace dos años. La Iglesia ya hace lo que tiene que hacer con las obras de cristiandad. De hecho, mis hermanos han encontrado una casa en la columnata. Y ahora le toca al Estado, que somos nosotros, los ciudadanos que, si respetamos nuestro deber diario y nos comportamos como cristianos, muy probablemente sacaremos de la calle a estas personas que mueren allí y les damos un techo, como es justo. Darles un techo y permitirles vivir como seres humanos. Este es mi último proyecto.

En consonancia con el pensamiento del Papa Francisco
— Luigi Miggiani: En respuesta a esto, en mi último artículo –colaboro con el periódico “Gotas de Marsala”– que toma el nombre de Via Marsala, donde existió el primer albergue para estas personas que mueren en la calle, fundado por nuestro querido Don Luigi di Liegro, que nos dejó en 1997. Por fortuna, entré, sin quererlo, en su redacción y, en mi último artículo, menciono al Padre Franco Incampo, quien está haciendo cosas muy radicales, muy significativas, en favor de las personas que mueren en la calle, en perfecta consonancia con el “alfabeto” del Papa Francisco, quien insiste en la necesidad de “volverse humanos”. Esta es su voz y yo concluí este último artículo como el “alfabeto” del Papa Francisco. Por tanto, nuestro proyecto de darle un techo a todos está en consonancia con el pensamiento del Papa Francisco, también con Don Luigi di Liegro y con el Padre Franco. Este es mi punto de llegada.

Además de esta actividad periodística, usted realiza una obra concreta al servicio de sus ‘hermanos’ ¿verdad?
— Luigi Miggiani: Digamos que el hecho de estar entre ellos es lo más importante porque realizar nuestra cristiandad quiere decir hacer obras, pues, cuando se habla sin obras, la cristiandad no es completa, como repite muy a menudo el Papa Francisco. Las palabras no bastan. Deben ir acompañadas de las obras, como nos enseñó alguien que murió en la Cruz. Por tanto, el verdadero cristiano debe asimilar su mensaje –amarás a tu prójimo como a ti mismo-, el segundo mandamiento cristiano, que para mí es el primero, después del que dice “Yo soy el Señor, tu Dios” y, por tanto, amar al prójimo como a nosotros mismos, quiere decir amar a Dios.

Dos mandamientos directamente relacionados y que se complementan…
— Luigi Miggiani: Son dos mandamientos relacionados entre sí que forman parte de nuestra cotidianidad, que seamos cristianos o no, porque si vemos a un semejante nuestro que está muriendo ante nuestros pies, no podemos proseguir como si no estuviera sucediendo nada. Allí, en el piso, está un semejante nuestro que probablemente podría morir y nosotros tenemos el deber de detenernos y preguntarle si necesita algo, luego, más allá de ser cristianos, debemos ser civiles, ser seres humanos, y el alfabeto del Papa Francisco dice esto, Don Luigi Di Liegro decía esto y yo digo lo mismo, copiándolos. Por tanto, tomo como base las enseñanzas que me dejó Don Luigi Di Liegro, lo que me está enseñando el Padre Franco Incampo con lo que está haciendo y lo que, gracias a Dios, está haciendo el Papa Francisco. Mi línea de cristiandad trata de seguir los ejemplos de los verdaderos cristianos.

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