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Donald Trump. (-gage-skidmore-commons-wikimedia-cc-2-0)

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¿Por qué ganó Trump?

Rafael Navarro-Valls, catedrático y presidente de las Academias Jurídicas y Sociales de Iberoamérica explica el resultado electoral

(ZENIT – Madrid).- Pasado ya un tiempo desde el final de la carnicería electoral para la Presidencia de Estados Unidos, (intrigas, presuntos complots, conspiraciones, sexo, violencia verbal etc) parece oportuno valorar el triunfo de Trump y la derrota de Hillary

La victoria de Donald Trump me recuerda la del presidente Harry S. Truman frente a Dewey, en las elecciones presidenciales de 1948. Las encuestas, los medios de comunicación y los analistas vaticinaron casi unánimemente la victoria del candidato republicano Dewey. Incluso el Chicago Tribune tituló en portada “Dewey defeats Truman” (Dewey derrota a Truman), la misma mañana en que Harry S. Truman derrotaba al republicano y ex gobernador de Nueva York, Thomas E. Dewey. El titular erróneo se hizo famoso cuando Truman, al celebrar su victoria, con benévola sonrisa, lo hizo agitando una copia del periódico.

Un dato perverso
Todos deberíamos habernos dado cuenta –aunque el tema de los swing states, es el abecede de una campaña– de que, la selectiva campaña de Trump sobre determinados estados, traía su causa en la especial convicción de que te esfuerces lo que te esfuerces, al final todo depende de algo verdaderamente perverso: que apuesten por ti un 3% de indecisos, de los 225 millones de votantes potenciales, en especial los concentrados en Ohio, Pennsylvania, Florida y Virginia. Pero, además, el candidato ha de tener la habilidad de sacarlos de sus guaridas y llevarlos a votar. No se olvide que “un ciudadano americano cruzará océanos y mares para luchar por la democracia, pero tal vez no cruzará la calle para votar en unas elecciones”. Esto ha sabido hacerlo Trump mejor que Hillary. Los recursos planteados frente a estas victorias parciales no parece que lleguen a ninguna parte.

Por lo demás, un buen candidato ha de tener mucha flexibilidad para adaptarse a los giros inverosímiles que circunvalan una campaña. Así como en el tema de la neumonía “escondida”, el “emailgate “ – su entierro, resurrección y nueva inhumación , de manos del FBI- , o el “revival” de las proezas sexuales de Bill Clinton, Hillary ha sabido no perder el equilibrio y afrontarlos de cara, también Donald Trump mantuvo los nervios ante el “video de vestuario”- en que aparecía soez y machista- , contraatacando con una especie de desfile de modelos que habían sido presuntamente acosadas – y alguna violada- por el marido de la candidata que se escandalizaba ante el video de Trump.

El populismo de Trump
Un factor importante en la victoria de Trump es la hábil instrumentalización de esa polisémica expresión que es el populismo. Como es sabido, a ambos lados del Atlántico han surgido como plantas exóticas los populismos de izquierda y derecha. Los primeros más concentrados en Europa (España, Grecia, Italia), los segundos difusamente diseminados por América. Trump ha sido el héroe de estos últimos, sabiendo explotar las angustias subterráneas de los americanos sobre inmigración, terrorismo, economía etc. En especial, las angustias de las clases blancas medias y populares blancas. A su vez, ha sabido encauzar los sentimientos latentes contrarios a la dictadura de lo políticamente correcto, que suele considerar intolerantes o fundamentalistas a los que no se pliegan a sus planteamientos jurídicos, políticos o morales.

La prensa “correcta” ha protagonizado un verdadero frente “anti-Trump (CNN, Washington Post, Huffington Post, NBC, ABC, MSNBC, New York Times etc ), incluso empresas periodísticas que durante decenios se habían abstenido de dar su apoyo a los candidatos presidenciales o nunca habían recomendado el voto para uno demócrata, han entrado en la batalla informativa, dando su apoyo a Hillary.

Entre ellos , Usa Today, Atlantic Magazine, The Dallas Morning News, o The Cincinnati Enquirer . La demonización mediática del rubio multimillonario ha sido tan intensa, que este ha amenazado con medidas legales por lo infamante de sus planteamientos. Tal ha sido el caso de The New York Times, con el que, por cierto, acaba de reconciliarse visitando hace unos días su sede y sometiéndose a una entrevista. Este “cerco informativo” ha cometido el error de convertir a Trump en una especie de espantapájaros, lo que ha producido un cierto efecto “boomerang”. Como era de prever, muchos ciudadanos interiormente se han rebelado y se han puesto del lado del “apaleado “.

La soledad del rubio millonario
Hay un abismo entre la fuerza de un candidato con su partido tras él sin fisuras , y la de un aspirante a la presidencia con su partido dividido. Un ejemplo paradigmático fue la derrota del presidente Carter frente a Ronald Reagan. El primero llegó a la convención demócrata con Edward Kennedy como adversario. Aunque Carter acabó ganando en la convención, el partido se dividió, y el aspirante republicano Reagan barrió al presidente demócrata Carter.

Ahora la situación era la inversa. El dividido fue el partido republicano. Numerosos iconos del GOP (los tres Bush, Condoleezza Rice, Colin Powell, los excandidatos presidencial John McCain y Mitt Romney, Arnold Schwarzenegger etc) negaron su voto a Trump, llamándole el “candidato del caos”. Por contraste, todo el partido demócrata apareció en la campaña unido tras una Hillary algo catastrofista : “Yo o el Apocalipsis”. Trump ha hecho lo único que podía hacer: convocar a “la mayoría silenciosa” frente “al corrupto establishment”. Era él solo frente a todos. De nuevo la solidaridad con el abandonado por el poder, unió aún más a sus bases con el chivo expiatorio.

Los esqueletos en el armario de Hillary
Trump tenía frente a sí una candidata con pocas raíces en el corazón de los electores. Si el rubio millonario era un candidato grosero, agresivo y racista, Hillary Clinton era una mujer algo fría y distante, cuya carrera política había estado flanqueda por el dinero, el sexo y el suicidio . No había tenido suerte con sus amigos . Vincent Foster, compañero de Hillary en un bufete, luego incorporado a la Casa Blanca, se suicidó en extrañas circunstancias por no aguantar la presión de los escandalos del Whitewater que involucraban al Presidente Clinton y a su esposa. Bill , su marido, protagonizó, entre otros, cuatro escándalos sexuales en la década de los 90 . En especial, su aventura con la becaria Monica Lewinski, inundó los medios de comunicación, llegando hasta un proceso de impeachment, del que solo por los pelos salió bien librado. En fin, el ex congresista demócrata Anthony Weiner –esposo de Huma Abedin, asesora personal de Hillary Clinton– protagoniza un escándalo de alto voltaje sexual, al que se une la aparición en su ordenador de miles de mensajes de Hillary de su época de Secretaria de Estado, que ponen a la candidata en un verdadero aprieto en plenas elecciones.

Estos factores, junto a los volátiles e-mails comprometedores, su fama de “reina guerrera” en los conflictos de Irak, Libia y Siria, y problemas de salud no siempre bien explicados potenciaron la figura de Trump, incluso en sus ataques injustos contra la ex primera dama. Obama salió al quite y actuó con verdadera caballerosidad en su defensa de Hillary. Aunque algunos recordaron que, en la campaña Hillary/Obama de hace ocho años, el afroamericano no dudó en calificar a su adversaria textualmente de “mentirosa” y “serpiente que se muerde la cola”. Demasiado fondo de armario.

¿Y ahora qué?
He observado que la reacción de algunas cancillerías y de parte de la prensa ha sido catastrofista ante el triunfo del inexperto, agresivo e impredecible Trump. Mi consejo fue esperar a ver el tenor de los colaboradores que nombra. Coincido con los analistas cuando observan que un Presidente sin buenos consejeros y colaboradores “es como una tortuga boca arriba; puede moverse mucho pero no puede ir a ninguna parte”.

Por ahora parece que lo colaboradores nombrados o en vías de nominación suponen una de cal y otra de arena. Por ejemplo, nombra a un supuesto radical, Stephen Bannon , jefe de Estrategia, pero nomina como jefe de Gabinete a un moderado, Reince Priebus, presidente del Comité Nacional Republicano. Nombra a Nikki Haley, una mujer muy crítica con él, hija de inmigrantes indios, para ocupar la plaza de embajadora permanente ante las Naciones Unidas, y da Educación a Betsy DeVos, una multimillonaria de Michigan , muy activa en esa área, buena amiga del presidente electo.

En fin, su Secretario de Estado –nombramiento clave– no parece destinado a un radical. Los dos nombres en disputa, el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giulani, y el ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, son francamente moderados. Siendo el segundo una verdadera sorpresa, si se tiene en cuenta la animadversión mostrada por Romney durante hacia Trump durante la campaña. Parece que Trump se asocia al dicho de que los “radicales de ayer son los moderados de hoy, cuando alcanzan el poder”.

Rafael Navarro-Valls, catedrático, académico y presidente de las Academias Jurídicas y Sociales de Iberoamérica

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