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Predicador del Papa en el Viernes Santo: «Él es nuestra paz»

Homilía del padre Cantalamessa en la Celebración de la Pasión del Señor

CIUDAD DEL VATICANO, 18 abril 2003 (ZENIT.org).- Publicamos la homilía que pronunció el padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en la celebración de la Pasión del Señor de este Viernes Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano en presencia de Juan Pablo II.

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«ÉL ES NUESTRA PAZ»
(Efesios 2, 14)

Predicación del Viernes Santo 2003 en la Basílica de San Pedro
del Predicador de la Casa Pontifica
P. Raniero Cantalamessa, Capuchino

«Imagina que no existe el paraíso, / es fácil si lo intentas. / Ningún infierno bajo nosotros / y sólo el cielo encima de nosotros». (Imagine there’s non Heaven / it’s easy if you try./ No Hell below us / above us only sky).

«Imagina a toda la gente / viviendo para hoy./ Imagina que no hay países / no es difícil hacerlo. / Nada por que matar o por que morir / y tampoco religión alguna». (Imagine all the people / living for today./ Imagine there’s no countries / it isn’t hard to do./ Nothing to kill or die for /and no religion too).

«Imagina a toda la gente / viviendo la vida en paz. / Puede que digas que soy un soñador. / Pero no soy el único. / Espero que un día te unas a nosotros / y que el mundo viva como una sola cosa». (Imagine all the people / living life in peace. / You may say I’m a dreamer / But I’m not the only one./ I hope someday you’ll join us / and the world will live as one) [1].

Me parece que es de Platón la máxima: «Para los ancianos son maestros los filósofos, para los jóvenes los poetas». En la actualidad ya no lo son los poetas, sino los cantautores; no es la poesía, sino la música. Hay millones de jóvenes cuya visión de la vida es un calco de la del cantautor preferido. Las palabras que he citado, acompañadas de una música persuasiva, constituyen para muchos una especie de evangelio. En los días de desilusión y de turbación que hemos vivido, esa canción, escrita por uno de los grandes ídolos de la música ligera moderna, ha vuelto a sonar con frecuencia en los entierros y en los programas de radio.

No podemos dejarla sin una respuesta. Jesús, en una ocasión, se basó en lo que cantaban los niños de su tiempo en las plazas («Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas y no os habéis lamentado») para sacar una enseñanza (Mt 11, 16-17). Debemos seguir el ejemplo.

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La primera cuestión que nos planteamos es la siguiente: ¿Por qué esforzarse en “imaginar” algo que hemos tenido ante los ojos hasta ayer? Un mundo sin paraíso ni infierno, sin religión, sin patrias, «with no possessions», sin propiedad privada, donde se enseñaba a la gente a vivir sólo «para las cosas de este mundo»: ¿no es exactamente la sociedad que se propusieron realizar los regímenes totalitarios comunistas? El sueño por lo tanto no es nuevo, pero despertar de éste no ha sido alegre…

«No más paraíso, no más infierno»: tampoco es la primera vez que suenan estas palabras en el mundo. «Si Dios existe, el hombre es nada. ¡Dios no existe! ¡Felicidad, lágrimas de gozo! No más cielo. ¡No más infierno! Nada más que la tierra». Son palabras que un conocido filósofo y escritor ponía en boca de un personaje suyo en los rugientes años del existencialismo ateo [2].

Sin embargo, el mismo autor escribió otro drama titulado «Puertas cerradas». Tres personajes –un hombre y dos mujeres– son introducidos, a intervalos breves, en una habitación. No hay ventanas, la luz está en su máxima potencia y no hay posibilidad de apagarla, hace un calor bochornoso y no hay nada a excepción de un sofá. La puerta está cerrada, hay timbre pero no suena. ¿De qué se trata? Son tres muertos, y el lugar donde se encuentran es el infierno.

Después de que, a fuerza de indagar uno en la vida del otro, sus almas quedan desnudas ante todos y las culpas de las que más se avergüenzan han salido a la superficie y han sido explotadas por los demás sin piedad, uno de los personajes dice a los otros dos: «Recordad: el azufre, las llamas, la parrilla. Todo bobadas. No hay ninguna necesidad de parrillas: el infierno son los otros» [3]. Por esta vía, el infierno no es abolido; solamente se traslada a la tierra.

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Pero la canción que he recordado, fuera de las sugerencias erróneas, contiene un anhelo justo y santo que no se puede dejar que caiga en el vacío. Escuchemos otra «canción» sobre la paz y la unidad, escrita hace dos mil años:

«Porque Él es nuestra paz:
el que de los dos pueblos hizo uno,
derribando el muro que los separaba,
la enemistad,
anulando en su carne
la Ley de los mandamientos con sus preceptos,
para crear en sí mismo de los dos, un solo Hombre Nuevo,
haciendo la paz,
y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo,
por medio de la cruz,
dando en sí mismo muerte a la enemistad.
Él vino a anunciar la paz:
paz a vosotros que estabais lejos y paz a los que estaban cerca.
Pues por medio de Él, podemos presentarnos, los unos y los otros,
al Padre en un solo Espíritu» (Ef 2, 14-18).

También aquí se nos presenta un mundo en el que se vive «en paz», donde todos viven como «una sola cosa»; pero el camino para llevarlo a cabo es bien distinto. «Hizo la paz destruyendo en sí mismo la enemistad». Destruyendo la enemistad, no al enemigo; ¡destruyéndola en sí mismo, no en los otros!

En la misma época hubo un gran hombre que proclamó al mundo la paz que se había alcanzado. En Asia Menor se halló entre las ruinas de una mezquita la copia del famoso «Índice de las propias empresas» del emperador Augusto. En éste, celebra la «pax Romana» que él estableció en el mundo, definiéndola «parta victoriis pax», una paz obtenida a través de victorias militares [4].

Jesús se pone a analizar esta paz, pero revela que existe otra distinta. Dice: «Os dejo la paz, os doy mi paz; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27). También la suya es una «paz fruto de victorias». Pero victorias sobre sí mismo, no sobre los demás; victorias espirituales, no militares. «Ha vencido el león de la tribu de Judá» –«vicit leo de tribu Juda»–, exclama el Apocalipsis (5, 5), pero San Agustín explica: «Victor quia victima», vencedor porque es víctima [5]. Jesús nos enseñó que no hay nada por que matar, pero que hay algo por que morir.

* * *

El camino evangélico hacia la paz tiene sentido no sólo en el ámbito de la fe, sino también en el contexto político y social. Y el actual orden mundial exige que se cambie el método de Augusto por el de Cristo. La conciencia moderna ya no acepta la vocación que Virgilio indicaba a sus conciudadanos: «Tu regere imperio populos, Romane, mement» [6]: «Tu misión, recuerda, Roma, es ejercer el imperio de los pueblos». Cada pueblo reivindica el propio derecho de autogobernarse.

Vemos claramente en la actualidad que la única vía de la paz es destruir la enemistad, no al enemigo (¿destruiríamos a la mitad de la población del mundo, descontenta de cómo van las cosas? ¿Y cómo identificamos al enemigo cuando está implicado el terrorismo?). En una ocasión, alguien reprochó a Abraham Lincoln que era demasiado cortés con sus propios enemigos y le recordó que su deber como presidente era destruirlos. Lincoln le respondió: «¿No destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos?» («Do I not destroy my enemies when I make them my friends?»).

¿Encontrará el gran presidente de Estados Unidos a alguien que acepte el formidable desafío? Los enemigos se destruyen con las armas, la enemistad con el diálogo. Antes de indicarlo a las naciones, la Iglesia, dirigida por el Papa, se está esforzando en llevar a cabo este programa en la relación entre las religiones.

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Como mucho hemos comprendido la mitad del mensaje cristiano sobre la paz. Está de moda un lema que dice: «Think globally, act locally»: piensa globalmente, actúa localmente. Es válido especialmente para la paz. La paz no se hace como la guerra. Para la guerra se requieren largos preparativos: formar grandes ejércitos, preparar estrategias, cerrar alianzas y después lanzar un ataque coordinado. ¡Ay de quien quiera empezar inmediatamente y solo! Sin duda sufriría una derrota.

La paz se hace exactamente al contrario: podemos estar esparcidos, pero empezamos inmediatamente, aunque esté uno solo, aún con un simple apretón de manos. Miles de millones de gotas de agua sucia jamás formarán un océano limpio. Miles de millones de hombres sin paz en el corazón y de familias sin paz en su interior nunca formarán una humanidad en paz. Uno de los mensajes de Juan Pablo II para la Jornada de la Paz, en 1984, llevaba como título «La paz nace de un corazón nuevo».

¿Qué sentido tiene manifestarse por las calles gritando «¡Paz!», si se levanta el puño amenazador y se rompen escaparates? Exhibir la bandera de la paz en nuestra propia ventana es una iniciativa loable. ¿Pero qué sentido tendría si dentro de casa se levanta la voz, se impone tiránicamente la propia voluntad y se alzan muros de hostilidad o de silencio? ¿No sería mejor, en este caso, retirar la bandera y ponerla dentro de casa?

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También nosotros, que estamos aquí reunidos, tenemos algo que hacer. Jesús vino a anunciar «paz a los que estaban lejos y paz a los que estaban cerca». La paz con «los cercanos» es a menudo más difícil que la paz con «los lejanos»… Dijo Jesús: «Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda» (Mt 5, 23-24).

Dentro de poco nos acercaremos a besar el Crucifijo. Si no queremos que desde lo alto de su Cruz nos repita: «Ve primero a reconciliarte con tu hermano», entonces que nuestro beso sea no sólo para Él, nuestra cabeza, sino también para todo su cuerpo…

Hubo una época en que, al término de la Cuaresma o de Misiones populares, se hacían «hogueras de las vanidades». En un fuego encendido en el centro de la plaza principal de la ciudad, cada uno arrojaba los instrumentos del vicio o los objetos de superstición que tenía en casa. Ellos hacían hogueras de las vanidades; hagamos nosotros una hoguera de las hostilidades. Echemos entre los brazos del Crucifijo y en el horno ardiente de su corazón todo odio, rencor, resentimiento, envidia, rivalidad y todo deseo de venganza.

«Por medio de Él podemos presentarnos, los unos y los otros, al Padre en un solo Espíritu». «Los unos y los otros» ya no son sólo judíos y gentiles; son también cristianos y musulmanes, católicos y protestantes, clero y laicos, hombres y mujeres, blancos y negros…

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He aquí la respuesta evangélica al «sueño» de la canción: «y el mundo vivirá como una sola cosa», «and the world will live as one». Conocemos la objeción: «Han pasado dos mil años desde entonces y, ¿qué ha cambiado?». No nos equivoquemos: el mundo reconciliado, transformado en una sola cosa en Cristo, ya existe. Es el mundo que Dios ve cuando observa nuestro atormentado planeta, Él, que abraza con su mirada el pasado, el presente y el futuro en su totalidad.

Es igualmente válido para el mundo lo que Francisco de Asís dice de cada hombre: «El hombre, lo que es ante Dios, eso es, y nada más» [7]. El mundo, lo que es ante Dios, eso es, y nada más. Y a los ojos de Dios, en este momento, «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Cf. Gal 3, 28).

El 13 de abril de 1997, en el estadio de Sarajevo, el Santo Padre Juan Pablo II elevó a Dios una oración de paz. Nos unimos a su grito apremiante, tan actual hoy como entonces, después de una guerra que acaba de consumarse y con otras que siguen olvidadas:

«Yo, obispo de Roma, me arrodillo ante ti, Señor, para gritar: Líbranos del flagelo de la guerra. Venga tu Reino; Reino de justicia, de paz, de perdón y de amor. Tú no amas la violencia ni el odio, tú rechazas la injusticia y el egoísmo. Tú quieres que los hombres sean hermanos entre sí y te reconozcan como a su padre. Tu voluntad es la paz».

¡Hágase tu voluntad!

[1] John Lennon, Imagine.
[2] J.-P- Sartre, Il diavolo e il buon Dio, X,4 (ed. Gallimard, París 1951, p. 267 s.)
[3] J.-P. Sartre, Porte chiuse, sc. 5 (Gallimard, París 1947, p. 93).
[4] Monumentum Ancyranum, ed. Th. Mommsen, 1883.
[5] San Agustín, Confessioni, X, 43.
[6] Virgilio, Eneide, 6,851; cf. San Agustín, De civitate Dei, V, 12, 2.
[7] San Francisco de Asís, Ammonizioni, XIX (Fonti Francescane, n. 169).

[Traducción del original italiano realizada por Zenit]

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