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Sako: Italia no caiga en la trampa de las amenazas del Estado Islámico

En visita a San Giovanni Rotondo, el patriarca caldeo de Baghdad cuenta: “En el barrio Palestin también los musulmanes vienen a rezar delante de la estatua de Padre Pío

“La fe no es creer en una ideología. También el Estado Islámico tiene una ideología pero creer quiere decir amar y amar quiere decir vivir. Esto me toca el corazón, pienso que hoy tenemos más necesidad de una experiencia de fe como amor que de una fe especulativa”. Este es uno de los pasajes centrales de la entrevista con ZENIT de monseñor Louis Raphael Sako, patriarca Caldeo di Baghdad.

La ocasión ha sido su breve visita a San Giovanni Rotondo, en el hospital Padre Pío, para una intervención quirúrgica. El día 19 de febrero, antes de que el patriarca fuera a Roma y de allí a Baghdad, concede la posibilidad de un encuentro, un diálogo, una conversación en la que afronta varios temas: de la veneración por san Pío de Pietrelcina hasta llegar a la difícil situación iraquí, pasando por una reflexión sobre el Estado Islámico y sobre la crisis libia.

La primera reflexión es en realidad un feedback personal del Patriarca, y se refiere a su experiencia de paciente en el hospital de Padre Pío. Monseñor Sako está tocado por el clima que se vive en la estructura hospitalaria, que Padre Pío quiso llamar “Casa Alivio del Sufrimiento”. “Espíritu de servicio, disponibilidad, epifanía de la sonrisa. En mi opinión el milagro del Padre Pío no es el de los estigmas sino este hospital que ha encarnado el amor de Dios”, ha declarado Sako.

El discurso se detiene sobre el tema del sufrimiento. El patriarca habla a través de la imagen del “muro del sufrimiento”. Para superarlo es necesario una “unión humana y cristiana”. Algo parecido ha experimentado Irak en estos años. Un tiempo de prueba para todo el pueblo iraquí y en particular modo para los cristianos, que llevan consigo un intento de resignificación de la propia fe. Centrar la propia fe en Cristo, eso es lo que se debe hacer, también cuando no se consigue comprender.

Lo que usted dice puede ser aplicado también como una clave de lectura de cuanto los cristianos están viviendo. ¿Qué dice a la experiencia cristiana esta nueva estación de persecución?
— El sentido está. La prioridad de la fe. Esta gente se sacrifica por el amor de cuanto vive. Esta sangre tiene un sentido muy grande y profundo. Como dice Jesús: “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los propios amigos”. Para ellos Jesús es el modelo. La sangre de los mártires es para nosotros gran fuerza y fuente de esperanza. Como dijo Tertuliano: “La sangre de lo mártires es semilla de los nuevos cristianos”. Así podemos decir que es muerte, pero es también vida. Como ha dicho también el Señor: “No tengáis miedo de los que matan el cuerpo pero no tiene poder de matar el alma”. En mi opinión occidente debe ver en el modelo de estos mártires una llamada, un llamamiento a la conversión, a la religiosidad y a la fe. Si aquí hay problemas hoy es porque hay un vacío. La sociedad occidental está perdiendo los valores religiosos, hay una cultura del individualismo, del placer, del dinero que no satisface el hombre que tiene una tendencia al absoluto.

En una sociedad que ha hecho incierta la propia identidad, ¿cómo podemos interpretar el fenómeno de los combatientes extranjeros? 
— He entendido por qué estos yihadistas occidentales van a hacer la guerra santa, porque buscan un ideal. El Estado Islámico muestra fuerza sobre el plano comunicativo pero también sobre el religioso. Tienen el ideal de formar un estado religioso. Hay un sentido del martirio. Para ellos se trata de una guerra santa. Nunca ninguna guerra es justa. Ellos tienen un ideal de paraíso que deriva de una interpretación literal del Corán. En Baghdad hay muchas milicias. En el Islam también la religión es politizada. Sin embargo se debe separar la religión del Estado. No comprenden el pluralismo, y piensan que los otros han falsificado la religión. El movimiento de islamización corresponde a una misión que ellos retienen haber tenido. Pensar de otra manera sería ir al infierno.

Podemos decir que existe un problema en el enfoque con el Corán. Recordamos que para el fiel musulmán el Corán va recitado porque es palabra directa de Dios. Las escrituras judías y cristianas presentan sin embargo una palabra mediada. ¿Puede ser este uno de los problemas de fundamentalismo?
— Sí, ciertamente. Hagamos un ejemplo. En el Corán están los llamados “versículos de la espada”, que en una cierta manera motivarían el uso de la violencia. Recordamos que el mismo Mahoma vuelve a la conquista de la Meca con un ejército. Y la misma dimensión de la yihad pasa por una mera lucha espiritual, interior, pensamos en ámbito cristiano a los padres del desierto, a una lucha que individua fuera al propio enemigo. Los musulmanes deben leer estos textos de forma simbólica. Deben poder hacer exégesis. No tienen una hermenéutica. Cuando el Estado Islámico decapita a alguien lo hace según una interpretación de la ley musulmana. Para ellos Dios ha dictado esto. Todo es divino y también un poco mágico. Lo hacen según su fe.

En la diócesis de Baghdad y en general en la Iglesia iraquí ¿qué espacio existe para el diálogo entre cristianos y musulmanes?
— La dimensión del sufrimiento, en términos puramente humanos, acerca a las dos religiones. Por ejemplo en Baghdad hay un hospital, el “San Rafael”, donde se acoge tanto a musulmanes como a cristianos. Y en cada habitación del hospital hay una cruz y también una imagen de la Virgen. También el Padre Pío es motivo de encuentro entre musulmanes y cristianos. En el barrio Palestin de Baghdad, dentro de la parroquia “La Virgen María” donde es párroco el obispo auxiliar monseñor Warduni, hay una estatua del Padre Pío. La gente lo conoce. Tanto cristianos como musulmanes se paran a rezar ahí. Pequeños ejemplos que nos muestran que es posible un diálogo. Nos toca a nosotros tomar la iniciativa. Es importante la presencia cristiana en Irak. Nosotros ayudamos a los musulmanes a abrirse.

¿Qué aconsejaría al mundo y a los hombres de nuestro tiempo?
— Para un mundo mejor debe haber una reforma de las religiones. En el sentido que éstas están llamadas a reproponer, “actualizar”, reevangelizar y por tanto hacer accesible el propio mensaje. En segundo lugar es necesario dar un sentido y una esperanza nueva a la vida humana. Es necesaria una política internacional más justa y abierta que respete los derechos humanos de todos. Cada hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. Para finalizar es urgente una reforma de la economía. Que haya más justicia entre ricos y pobres.

¿Cuál es su juicio sobre la crisis libia, el avance del califato y las estrategias de fuerte impacto comunicativo de referencia a Roma? “Estamos al sur de Roma”, han dicho.
— Se trata de una trampa. Italia debe estar atenta a no hacer la guerra. Se puede elegir controlar las fronteras pero es quizá más importante vigilar a los que están allí. Son más peligrosos los grupos fundamentalistas ‘durmientes’. Mejor no comenzar una guerra de la que después no se sabe el final como hicieron los americanos en Irak. Y ahora tenemos también la guerra en Siria desde hace ya cuatro años.

Una pregunta que hace referencia a su experiencia de patrólogo. Los Padres de la Iglesia nos dicen que la ira, la cólera, nace siempre de una herida. ¿Cómo leer esto respecto a lo que está sucediendo?
— Hoy nos encontramos frente a un hombre herido. Tenemos nuevas patologías espirituales. El papa Francisco no por casualidad habla de una Iglesia como hospital de campo después de una batalla. En Irak la intervención de las fuerzas militares occidentales ha implicado la destrucción de todo, pensando que habría sido posible comenzar algo nuevo. ¿Pero de qué forma? Quizá no se había estudiado bien la cuestión. Ha habido el cambio de régimen pero la gente se esperaba algo más. ¿Dónde está la seguridad? Sin seguridad no hay vida. Sería necesario educar a la gente en la libertad y en la responsabilidad, en la democracia. Una guerra es siempre algo malo y suscita nuevas heridas, muchas de esas aún no han sido sanadas.

¿De qué forma la Iglesia iraquí se hace próxima hacia los sufrimientos del propio pueblo?
— Podemos sintetizarlo en tres puntos: servicio hacia los pobres y los últimos; cuidado y preservación de la identidad cristiana y después el diálogo con la religión musulmana. Damos prioridad a las familias desplazadas. Tenemos cerca de 120 mil cristianos y más de 2 millones de musulmanes. Nos preguntamos cómo ser cercanos y estar presentes en medio de esta gente que sufre. Nosotros les damos de comer, de beber, medicinas, hacemos lo que podemos. Solo la Iglesia hace esto. La Conferencia Episcopal Italiana nos ha ayudado, también el Vaticano y Cáritas. La gente se conmueve mucho cuando la Iglesia está cerca. Pero al mismo tiempo nos sentimos llamados a defender y proteger la presencia cristiana, los derechos de los cristianos. Sobre este punto hay un esfuerzo con el gobierno central iraquí, porque la presencia cristiana es históricamente importante. Además, buscamos el diálogo con los representantes de las autoridades religiosas musulmanas.

¿Siente al papa Francisco cercano?
— Sí, por supuesto. Me he reunido con él tres veces. Siempre me ha reconfortado y dado fuerza. También ha mandado dos mensajes. Un vídeo mensaje y una carta. Ésta última fue leída en presencia del cardenal Barbarin, hubo una procesión y hubo más de 5000 cristianos en la iglesia. Él está muy cerca, reza por nosotros. También mandó al cardenal Filoni como enviado especial.

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