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Se intenta cancelar a Dios de la vida pública, constata el cardenal Ratzinger

Al recibir el Premio San Benito para la promoción de la vida y la familia

SUBIACO, lunes, 11 abril 2005 (ZENIT.org).- El cardenal Joseph Ratzinger considera que los creyentes se encuentran ante una tendencia que busca cancelar a Dios de la vida pública para confinarlo en el «ámbito subjetivo de culturas residuales pasadas».

Al retirar el «Premio San Benito para la promoción de la vida y de la familia en Europa», que le otorgó la Fundación de Subiaco para la Vida y la Familia, el 1 de abril, el decano del colegio cardenalicio pronunció una conferencia en la que afrontó la crisis cultural y de identidad actual, particularmente en el viejo continente.

Tras constatar que «la fuerza moral no ha crecido junto al desarrollo de la ciencia, sino que al contrario ha disminuido», Ratzinger explicó que «el peligro más grave de este momento está justamente en este desequilibrio entre posibilidades técnicas y energía moral».

Como dos ejemplos claros, puso la amenaza del terrorismo y la de las posibilidades de manipulación del origen de la vida humana.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe hasta la muerte de Juan Pablo II señaló que «Europa ha desarrollado una cultura que, en un modo desconocido antes para la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándolo del todo o juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, y por tanto, algo irrelevante para la vida pública».

Según Ratzinger, se da «el intento de construir la comunidad humana absolutamente sin Dios».

«El rechazo de la referencia a Dios no es expresión de una tolerancia que quiere proteger a las religiones no teístas y la dignidad de los ateos y agnósticos, sino más bien expresión de una conciencia que querría ver a Dios cancelado definitivamente de la vida pública de la humanidad, y arrinconado en el ámbito subjetivo de culturas residuales del pasado», señaló.

Para el purpurado bávaro el punto de partida de esta visión es «el relativismo», convirtiéndose en «un dogmatismo que se cree en posesión del definitivo conocimiento de la razón, y con derecho a considerar todo el resto sólo como un estadio de la humanidad, en el fondo superado, y que puede ser adecuadamente relativizado».

A este paso, añadió ya «no se podrá afirmar que la homosexualidad, como enseña la Iglesia católica, es un desorden objetivo de la estructuración de la existencia humana».

«El hecho de que la Iglesia esté convencida de no tener el derecho de dar la ordenación sacerdotal a las mujeres –añadió–, es considerado por algunos a partir de ahora como inconciliable con el espíritu de la Constitución europea».

En la última parte de su relación, Ratzinger explicó que «necesitamos raíces para sobrevivir y no las debemos perder de vista si queremos que la dignidad humana no desaparezca».

«Sólo la razón creadora, y que se ha manifestado en el Dios crucificado como amor, puede verdaderamente mostrarnos el camino», propuso.

«Necesitamos hombres que mantengan la mirada en Dios, aprendiendo allí la verdadera humanidad», concluyó, pues «sólo mediante hombres tocados por Dios, Dios puede volver a estar cerca de los hombres».

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