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Testimonio del médico personal de Juan Pablo II, Renato Buzzonetti

En una entrevista en “L’Osservatore Romano”

CIUDAD DEL VATICANO, viernes 21 de mayo de 2010 (ZENIT.org) – “Cuando Karol Wojtyla fue elegido papa el 16 de octubre de 1978, parecía que ese hombre vigoroso e infatigable nunca necesitaría medicinas. Todo cambió el 13 de mayo de 1981: las balas no lo mataron, pero debilitaron considerablemente su salud de hierro”, afirma L’Osservatore Romano en su edición del 17-18 de mayo.

El médico personal del papa polaco desde su elección hasta su muerte (1978-2005), el doctor Renato Buzzonetti, ha concedido una entrevista al diario de la Santa Sede en la que se refiere a su misión de “velar por el estado de salud” de Juan Pablo II.

Recordando la manera como se convirtió en médico personal del papa polaco, explica: “La tarde del 29 de diciembre de 1978, cuando trabajaba en el hospital San Camilo, recibí una llamada sorpresa de monseñor John Magee, de la secretaría particular del Santo Padre, que me pedía ir”.

A mi llegada, “fui introducido en un pequeño salón y poco después, para gran sorpresa mía, Juan Pablo II llegó acompañado por dos médicos polacos”.

“Me hizo sentar en torno a una mesa y me dijo que quería nombrarme médico personal (···). A la mañana siguiente, escribí a su secretario particular monseñor Stanislaw Dziwisz, que aceptaba”.

El doctor Buzzonetti recuerda las relaciones “marcadas por una gran simplicidad” con Juan Pablo II.

“Por mi parte, siempre hubo con él una sinceridad filial y respetuosa y por parte del papa, una confianza afectuosa que se manifestaba en una gran sobriedad de gestos y de palabras”.

Juan Pablo II era un “paciente dócil, atento, deseoso de conocer la causas de sus leves o graves males, pero sin la curiosidad exasperada, aunque comprensible, de algunos enfermos”, destaca.

“Nunca mostró momentos de desesperación frente al sufrimiento que enfrentaba con valentía”, añade.

Según el médico italiano, Juan Pablo II “vivía una unión íntima con el Señor, hecha de oraciones y de contemplación continua”.

“Tenía una fe de acero y una alma en la que se mezclaban el romanticismo polaco y el misticismo eslavo”.

“Tenía una inteligencia penetrante, una capacidad de decisión rápida y sintética, una memoria segura y sobre todo, una capacidad evangélica para amar, compartir y perdonar”.

En la entrevista, el doctor Buzzonetti se refiere también a los últimos momentos de Juan Pablo II, el “dolor físico”, pero sobre todo “moral y espiritual de un hombre en cruz que aceptaba todo con valentía y paciencia: nunca pidió calmantes, ni siquiera durante la fase final”.

“Era sobre todo el dolor de un hombre paralizado, inmovilizado en una cama o en una silla, que había perdido su autonomía física”.

Al final de su vida, Juan Pablo II ya no podía hacer nada sola: “no podía andar, no podía hablar más que con una voz débil y apagada, su respiración se había vuelto cansada y entrecortada, comía cada vez con mayor dificultad”.

“Qué lejos quedaban esos memorables encuentros internacionales de la juventud, los grandes discursos en las asambleas mundiales, las excursiones por la montaña, las vacaciones en las pistas de esquí, las agotadoras visitas pastorales a las parroquias de Cracovia y de Roma”, recuerda el doctor Buzzonetti.

Sin embargo, “cuando llegó la hora de la cruz”, el papa polaco “fue capaz de abrazarla sin dudarlo”.

El médico personal de Juan Pablo II durante más de 25 años se refiere también a las escapadas secretas del papa fuera del Vaticano y en las que él participó.

“Durante los primeros años, se trataba de salidas a la montaña o al mar, cerca de Roma, que incluían largas caminatas a pie o muchas horas de esquí. Con la edad, los trayectos a pie se hicieron más breves y las excursiones, tras el viaje en coche, concluían con una larga pausa a la sombra de una tienda de campaña ante vistas relajantes, al pie de cumbres a menudo nevadas y con un almuerzo en la bolsa”.

Y concluye explicando cómo acababa la jornada, antes de tomar el camino hacia Roma. “Al Papa le gustaba escuchar los cantos de montaña entonados por su pequeña compañía, a los que se añadían los guardias del Vaticano y los policías italianos de la escolta, y me pedía dirigir este coro de manera improvisada, bajo la mirada divertida de Juan Pablo II”.

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