Alejandro Vázquez-Dodero – ZENIT – Espanol https://es.zenit.org El mundo visto desde Roma Fri, 18 Dec 2020 16:48:59 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.7 https://es.zenit.org/wp-content/uploads/sites/3/2020/07/723dbd59-cropped-f2e1e53e-favicon_1.png Alejandro Vázquez-Dodero – ZENIT – Espanol https://es.zenit.org 32 32 Cuarto domingo de Adviento: “El brillo de la venida de Dios al mundo” https://es.zenit.org/2020/12/20/cuarto-domingo-de-adviento-el-brillo-de-la-venida-de-dios-al-mundo/ Sun, 20 Dec 2020 08:00:25 +0000 https://es.zenit.org/?p=214783 Solo 4 días para Navidad

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(zenit – 20 dic. 2020).- La liturgia de este cuarto domingo de Adviento se centra en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo en el seno de María. Dios se encarna a través de Jesús para morir por nosotros y poder así posibilitarnos alcanzar la gloria de la Resurrección.

Dentro de tan solo cuatro días, el 24 por la noche, se celebrará la Navidad: el Nacimiento, con mayúscula, del Hijo de Dios. La inminencia de su llegada hace que este domingo, y su semana, cobren una luz muy especial: se enciende la última vela de la corona de Adviento, como ultimación de este especial tiempo de preparación para el acontecimiento –ese Nacimiento– que dará un giro radical a la vida del hombre sobre la Tierra posibilitando su salvación eterna.

Así llegamos al “zenit” de la historia de la salvación: la luz de ese sol que es al amor de Dios llega a su punto culmen enviándonos a su único hijo para nuestra redención: ¡pura obra de amor!

La permanencia –perpetua– de Jesús: la Eucaristía

Pero Jesús no nació sin más para luego morir en la cruz y ascender al Cielo, como hizo, sino que se quedó en la Eucaristía, y en cada Misa vuelve a mostrarse para quedarse. Él, el Hijo de Dios, vivifica la Iglesia de ese modo, y se entrega, muriendo –aunque sin derramamiento de sangre– en cada Eucaristía o Misa que se celebra.

Esta Navidad, este domingo, nos invita a considerar ese gran amor divino. La Eucaristía es ese sacramento que hace presente a Jesús en su totalidad: cuerpo, sangre, alma y divinidad. Exactamente ese Jesús que vivió entre nosotros hace veintiún siglos, el mismo, cuyo nacimiento celebraremos en breve.

Cristo presente que se entrega, eso es la Eucaristía. Como ese Niño que nace en Belén y se entrega. Nos da su vida entera, y lo hace para que podamos entrar en comunión con Él.

Es bueno preguntarnos de vez en cuando, ante ese misterio, si cabe mayor amor que el de quien da la vida por sus amigos. La respuesta es no, y precisamente Dios se nos da, del todo, naciendo como nosotros, viviendo y muriendo como nosotros. Y lo hizo naciendo en Belén, viviendo en Nazaret y muriendo en Jerusalén; y lo hace en cada Misa que se celebra cualquier día y en cualquier lugar del mundo.

Otra alegría navideña y de siempre: María

La Navidad nos invita asimismo a reparar en esa buena madre nuestra, la madre de Jesús. En cualquier Nacimiento la encontramos pendiente de su Niño, y junto a José.

María es ejemplo de buena madre y esposa. La imaginamos siempre alegre, a pesar de las dificultades, como el hecho de no encontrar lugar para dar a luz a Jesús. Siempre pendiente de las necesidades de los demás, olvidada de sí. Siempre consciente de la misión para la que había sido elegida: ser Madre de Dios y, por ende, Madre nuestra.

Por eso, al ser madre, como cualquier madre, ansía nuestra cercanía –la de sus hijos– y se alegra o sufre con sus hijos sin cálculo alguno. Aunque cronológica o biológicamente crezcamos, sabemos que, si nuestra actitud frente a esa Madre es la del niño pequeño, preservaremos una auténtica y asequible vida de piedad. Como niños pequeños, pues, nos fijaremos en su vida para imitarla. Ella, nuestra madre educadora, ejemplo de vida que nos enseña a vivir cara a Dios y a los demás, como hizo.

No podemos olvidar ese canto maravilloso del Magnificat, que proclama de Santa María: “Me llamarán bienaventurada todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes aquel que es Todopoderoso, cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se derrama de generación en generación para los que le temen”.

La cercanía con la que suele representarse a la Virgen de la cuna del Niño en el belén –si no en sus brazos– nos sugiere esa proximidad. Además, nos invita a implorar su auxilio para todo lo que necesitemos. Ella, que se encuentra en cuerpo y alma en el cielo junto al Padre y al Hijo, no puede más que escucharnos e interceder por nosotros, por lo que podamos requerir en cualquier momento. Como madre comprende nuestras debilidades, y nos anima a seguir luchando por esa virtud o aquella otra.

Gran momento, sí, la Navidad, para ahondar en nuestra condición de hijos de María. Mejor como hijos pequeños, según decíamos, y tomar buena nota de sus muchas virtudes, en especial el cariño –piedad– con que trataría a Jesús, y el olvido de sí para servir a Dios y a los demás.

Gran oportunidad esta la navideña, en definitiva, para decir muchas veces, cada vez que pasemos por un Nacimiento: ¡Jesús, José y María, con vos descanse en paz el alma mía!

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Tercer domingo de Adviento: Domingo de la alegría o “Gaudete” https://es.zenit.org/2020/12/13/tercer-domingo-de-adviento-domingo-de-la-alegria-o-gaudete/ Sun, 13 Dec 2020 08:00:41 +0000 https://es.zenit.org/?p=213829 Momento de acción de gracias

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(zenit – 13 dic. 2020).- El tercer domingo de Adviento se centra en la alegría de la venida del Señor. Así, aunque este tiempo litúrgico sea un período de preparación a través de la conversión penitente del corazón, se nos invita a considerar ante todo que la arribada de Dios a la Tierra es motivo de alegría y acción de gracias.

El color de los ornamentos este día puede ser el rosa en vez del morado, y así se significa el gozo y alegría.

El Nacimiento de Jesús que estamos preparando durante estas semanas de un lado nos muestra sufrimiento: a título de ejemplo basta recordar que la Sagrada Familia no encontraba posada donde poder dar a luz al Salvador, y se tuvo que contentar con un establo sin el mínimo confort deseable para esa ocasión; además, al poco de nacer, el Niño sería perseguido por orden de la autoridad, lo que provocaría que la Sagrada Familia tuviera que huir a Egipto.

La humildad: garantía de felicidad

La liturgia de la palabra de este domingo subraya la felicidad resultante de quien se encuentra cerca del Señor, de ese Jesús que ya está cerca, a punto de nacer.

Las actitudes de María y José son de absoluta cercanía y obediencia al Padre, que había dispuesto que las cosas sucedieran como debían suceder. Siempre atentos a la providencia, en actitud de escucha, para hacer su Voluntad en todo. Muestra de ello será la referida huida a Egipto, susurrada en sueños a José, ante la amenaza de muerte del Niño por parte de Herodes. En definitiva, una actitud humilde de acogimiento de la voluntad de Dios, sin ambages ni condicionamientos.

Jesús, de otro lado, nos anima a estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora en que seremos llamados a la presencia de Dios. Eso, lejos de angustiarnos, debe servir de estímulo para vivir precisamente cara a Dios, cuya concreción –verdaderamente asequible– se halla en el servicio y amor al prójimo. O sea, en la actitud humilde de quien se sabe criatura, e hijo –pequeño– de Dios.

Viene al pelo recordar cómo el apóstol Pablo, en su carta a los Corintios, se enorgullece de contar con tantos que se han enriquecido del amor de Dios ya aquí en la Tierra, por el hecho de permanecer fieles a su palabra y obrar el bien.

La alegría de los cercanos a Dios

¿Por qué entonces este domingo nos recuerda la Iglesia a sus hijos que es compatible el sufrimiento, el dolor, la penitencia, con la alegría?

De un lado nos recuerda san Pablo que hay que estar alegres, aunque, como él, nos encontremos “encadenados” –cfr. Flp 1, 28-30– o ligados al pecado.

La alegría, lo sabemos por experiencia, no es cuestión de lograr una vida fácil y sin dificultades, sino más bien una actitud de descubrir siempre y en todo el amor que Dios nos tiene. Aquellos a quienes nos ha regalado la Fe experimentamos que en la medida en que nos comportamos como Dios ha querido –correspondiendo a nuestra naturaleza, sin desdibujarla– somos más felices.

El hombre ha sido creado para ser feliz, y si no fuera así Dios se hubiera ahorrado esa creación. ¿Cómo iba a crear un ser a su imagen y semejanza si no fuera para que alcanzara el máximo de su felicidad? Esa fue la imagen exacta del hombre en el Paraíso, pero, cuando nuestros primeros padres pecaron, su naturaleza –humana– cayó, y desde entonces sólo sería feliz en la medida en que se identificara esforzándose –con sufrimiento en tantas ocasiones– con la voluntad de Dios. Contar con Jesús en esta vida es garantía de felicidad, pues Él llena cualquier asilamiento o vacío interior, o dificultades de cualquier orden.

Son muchos los pasajes del Evangelio en los que la cercanía de Cristo desemboca en esa felicidad: el ángel informa a los pastores –cfr. Lc. 1, 45– que el nacimiento de Jesús supone una gran alegría para la Humanidad, pues Dios se hace uno de nosotros; los Magos se llenan de alegría al descubrir la estrella que les llevará al Niño; Juan el Bautista saltó de gozo en el seno de su madre al sentir la presencia del Señor en el vientre de María; la alegría de varios personajes que se encuentran con Jesús y milagrosamente les cura, entre quienes hay paralíticos, ciegos, y otros enfermos; la alegría del buen ladrón en el momento de su pasión al decirle el Señor que ese mismo día estará con Él en el paraíso; y por último, también a título de ejemplo, el gozo de cuantos fueron enterándose de que el Salvador había resucitado al tercer día de su muerte, según predijo.

Este día, por tanto, nos enseña a estar siempre alegres porque Dios es un padre bueno que nos atiende amorosamente. Y para ello –es cuestión de comprobarlo– se trata tan sólo de hacer un correcto uso de la libertad, y uno es plenamente libre cuando opta por el bien, porque así acierta y conforma su actuación con lo que Dios ha querido para él, porque le quiere feliz. Cueste lo que cueste, porque cuesta, ¡pero Él está siempre ahí!

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Segundo domingo de Adviento: Conversión del corazón https://es.zenit.org/2020/12/06/segundo-domingo-de-adviento-conversion-del-corazon/ Sun, 06 Dec 2020 08:07:26 +0000 https://es.zenit.org/?p=213278 Invitación a estar en vela

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(zenit – 6 dic. 2020).- Este segundo domingo de Adviento abre una semana en la que se nos invita a estar en vela, a través de un anhelo de permanente conversión del corazón. Durante el camino de nuestra vida podremos ir convirtiéndonos, rectificando su rumbo si se desvía, y en este domingo y su semana se nos invita a que lo hagamos de un modo más profundo, como preparación de la venida –navideña– del Señor.

En la liturgia de la palabra de la Misa de este domingo se nos sugiere preparar lo mejor posible el camino que conduce a Jesús, desprendiéndonos de todo lo que obstaculice esa venida de Dios que esperamos. Se alude al cielo nuevo y la nueva tierra que significa contar con Jesucristo, a su llegada hace XXI siglos y cada día, también a fecha de hoy, presente en nuestras almas en gracia y eminentemente en la Eucaristía.

Las referencias escriturísticas al desierto quieren recordarnos el distanciamiento que conviene lograr de todo aquello que nos aleje del amor de Dios. Y sabemos que alejarnos del amor de Dios es alejarnos del amor al prójimo.

La alegría del perdón de Dios

Pero la Iglesia nos recuerda que siempre hay remedio, y que si nos hemos separado de Dios podemos volver a Él a través del sacramento de la confesión sacramental, o sacramento de la alegría o del perdón.

Dios ama siempre, queramos a no pedirle perdón, reconozcamos o no que le hemos ofendido.

Y Dios ha dispuesto perdonar al hombre de sus pecados a través de uno de los siete sacramentos, que instituyó y confió a los apóstoles al inicio de la Iglesia y luego a sus sucesores –los obispos y colaboradores, los sacerdotes– para ser instrumentos de su misericordia, quienes actúan en la persona de Cristo. Así, obtenemos el perdón de Dios a través de hombres que en ese momento son el mismo Jesús, pues solo Dios puede perdonar los pecados, y en su sabiduría infinita ha dispuesto que así sea.

En el gesto de acudir al sacerdote para confesarme hay una objetividad que verifica que me llegue la gracia del perdón divino y así pueda limpiarse el alma del pecado.

Para una buena confesión tradicionalmente se nos ha animado a examinar la conciencia en la presencia de Dios, dolernos de haberle ofendido, proponernos firmemente mejorar, decir los pecados al confesor íntegra y sinceramente, y cumplir la penitencia que nos imponga. Y junto a ello la grata actitud de dejarse sorprender, asombrar, por un Dios que ama y sólo ama.

No se trata, lo sabemos, de ser impecables, pues eso es un sueño ilusorio. Desde que somos concebidos heredamos el pecado original cometido por nuestros primeros padres, y aunque al ser bautizados se nos borra, de por vida tendremos la inclinación al pecado, que muchas veces vencerá sobre el bien, sobre el amor. Así, de lo que se trata es de levantarse una y mil veces, abrazar el perdón amoroso de Dios, que, como buen padre, siempre nos lo dispensa gratuita y misericordiosamente.

En plena Novena de la Inmaculada

Este domingo de Adviento transcurre en plena Novena de la Inmaculada, costumbre que consiste en preparar la solemnidad del 8 de diciembre. El dogma de la Inmaculada Concepción de María fue declarado por el Papa Pío IX en 1854: la Virgen preservada inmune de toda mancha de la culpa original del pecado desde su concepción.

¿Cómo se vive esta costumbre? Personalmente, poniendo más empeño, cariño, en el trato con la Virgen, esmerándose en la oración, el espíritu de sacrificio, entrega, el trabajo profesional u ocupación que sea, y procurando de algún modo –sobre todo a través del ejemplo y la alegría– acercar a Dios a quienes nos rodean.

Además, existe la tradición de celebrar esta Novena comunitariamente, con algún evento diario, en honor a María, desembocando en la solemnidad del día 8.

Un día el de hoy, y durante esta Novena, para considerar ese punto de Forja –1028– de san Josemaría Escrivá de Balaguer: “Me conmovió la súplica encendida que salió de tus labios: ‘Dios mío: sólo deseo ser agradable a tus ojos: todo lo demás no me importa. Madre Inmaculada, haz que me mueva exclusivamente el Amor’”.

El 6 de diciembre, además, celebramos a san Nicolás de Bari, obispo del siglo IV que, entre otras cosas, destacó por su participación en el concilio de Nicea condenando las doctrinas de Arrio, quien se negaba a admitir el dogma de la divinidad de Cristo.

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Primer domingo de Adviento: Invitación a estar vigilantes https://es.zenit.org/2020/11/29/primer-domingo-de-adviento-invitacion-a-estar-vigilantes/ Sun, 29 Nov 2020 08:00:57 +0000 https://es.zenit.org/?p=212448 Comienza este tiempo litúrgico

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(zenit – 29 nov. 2020)-. Don Alejandro Vázquez-Dodero, capellán del colegio Tajamar, nos ofrece esta reflexión en torno al significado Adviento, que comienza hoy. En este artículo señala que en este primer domingo Adviento, existe una invitación a “estar vigilantes”.

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La Iglesia Católica inicia el año litúrgico con el Adviento, que consiste en un tiempo de preparación espiritual para la venida de Jesucristo en Navidad.

La casi totalidad de las iglesias cristianas celebran también este tiempo litúrgico: entre ellas la iglesia ortodoxa, anglicana, protestante –luterana, presbiterana, metodista, morava, etc. –, o la copta. Cada una tiene sus particularidades litúrgicas y celebrativas.

Se trata de un tiempo de espera, caracterizado por el arrepentimiento, el perdón y la alegría.

Dura cuatro semanas, y se celebra relevantemente los respectivos domingos. Del 16 al 24 de diciembre puede vivirse la Novena de Navidad, cuyo propósito es preparar más específicamente las fiestas navideñas.

Propiamente empieza con las vísperas del domingo más próximo al 30 de noviembre, y termina con las vísperas de la Navidad. Este año empieza el domingo 29 de noviembre, y dura hasta el 20 de diciembre.

Como iremos viendo, pueden distinguirse dos momentos: uno primero escatológico y que prepara para contemplar la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos, pero precedida por su venida hace veintiún siglos y cada día; otro tiempo enfocado más a la preparación de la Navidad, celebrando ya con gozo el próximo nacimiento de Dios y su presencia salvadora entre los hombres.

La liturgia se muestra sobria, y en consecuencia evita el rezo del Gloria en la Santa Misa, los ornamentos son de color morado, y las iglesias evitan decorados vistosos. De este modo se significa que aquí en la tierra nos falta ese Jesús que está a punto de llegar, pura luz y celebración, para lo que conviene prepararse a través de una actitud sobria y templada.

 La corona de Adviento

El origen de esta costumbre se encuentra entre los pueblos del norte, en la era precristiana –siglos IV y V– y en pleno diciembre, cuando para combatir el frío y la oscuridad se colectaban coronas de ramas verdes para encender hogueras que recordasen la esperanza en la primavera que estaba por llegar.

Más tarde –siglo XVI– católicos y protestantes alemanes empezarían a usar ese símbolo durante el Adviento, como luz que luce progresivamente hacia la luz plena de Jesús nacido, Dios entre los hombres.

Cada domingo se enciende una vela junto a la corona –o dentro de ella– en memoria de las etapas de la historia de la salvación antes de la arribada de Cristo. La noche oscura que supone la espera de esa luz se va iluminando poco a poco hasta la plena iluminación de la presencia de Dios entre los hombres: ¡la Navidad!

La corona se tiene en cada hogar y en las iglesias, con cuatro velas, una por domingo. Cada una de ellas puede asignarse a una virtud que convendrá mejorar la semana correspondiente: la primera al amor, la segunda a la paz, la tercera a la tolerancia, y la cuarta a la fe. La corona puede ser bendecida por el sacerdote.

Su forma circular significa eternidad, pues no tiene principio ni fin. El verde de las ramas la esperanza. La luz de las velas la salvación que Jesús traerá a la Humanidad. Las velas que se encienden el primer, segundo y cuarto domingo son moradas, para recordar ese tiempo de preparación y, por tanto, esa sobriedad o templanza a la que nos referíamos. La del tercer domingo es rosa, y así se sugiere la alegría de ese tiempo, pues es una espera dichosa, aunque penitente. De hecho, al tercer domingo se le denomina el “de la alegría“.

 La primera semana de Adviento, que comienza con el primer domingo, está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. Así, se nos invita a observar una actitud de espera, para lo que convendrá observar una especial conversión del corazón.

Las lecturas del primer domingo anuncian la reconciliación con Dios y la llegada del Redentor. El salmo canta esa salvación de Dios que viene a través de su Hijo. En la segunda lectura san Pablo exhorta a esperar en esa venida de Jesucristo.

En definitiva, la liturgia de la palabra nos anima a velar y estar preparados, pues no sabemos el día ni la hora en que Dios nos llamará a su presencia. Y, para ello, el mejor modo es luchar por vivir la virtud de la caridad y del amor de modo incondicional.

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Consistorio de Cardenales: ¿Cómo “se llega” a cardenal? https://es.zenit.org/2020/11/27/consistorio-de-cardenales-como-se-llega-a-cardenal/ Fri, 27 Nov 2020 16:21:20 +0000 https://es.zenit.org/?p=212430 Finalidad del reconocimiento

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(zenit – 27 nov. 2020)-. Este 28 de noviembre el Romano Pontífice se reúne con los cardenales para crear 13 nuevos purpurados en un nuevo Consistorio. La finalidad principal de ese reconocimiento es la de representar con mayor presencia en el Colegio Cardenalicio a las diócesis de la periferia eclesial.

Pero ¿qué es un cardenal, o el colegio cardenalicio? ¿Y un consistorio, o un cónclave? ¿Qué significa que la Iglesia católica está organizada jerárquicamente?

¿Cómo “se llega” a cardenal?

Los cardenales son la máxima dignidad eclesiástica después del Papa. Son denominados “príncipes” de la Iglesia. Varios de ellos desempeñan funciones en las dependencias de la Curia –Dicasterios– para administrar los asuntos de la Santa Sede.

Los designa el Papa entre quienes cumplen una serie de requisitos. Para ser nombrado cardenal debe haberse recibido el orden del presbiterado, y destacar en doctrina, buenas costumbres, piedad y prudencia. De ordinario, a fecha de hoy, el candidato debe ser obispo, pero cabe que el Papa exima de tal condición.

Entre todos forman el colegio cardenalicio, órgano que cumple la doble función de elegir al romano pontífice y brindarle asesoramiento en relación con el gobierno de la Iglesia o cualquier otro asunto.

Actualmente el colegio cardenalicio lo componen 217 cardenales, de los que 120 son electores de un nuevo Papa en caso de vacante. Tras el consistorio del 28 de noviembre el total de electores será de 128.

La jerarquía de la Iglesia

Los cardenales forman parte de la organización jerárquica de la Iglesia, individualmente o como colectivo cuando integran el colegio cardenalicio.

Básicamente a fecha de hoy la organización jerárquica de la Iglesia se regula en los cánones 330 y siguientes del Código de Derecho Canónico, aunque hay más normas complementarias sobre la cuestión. El Concilio Vaticano II desarrolló en gran medida esta materia.

La Iglesia necesita organizarse en su dimensión pública u oficial. Para cumplir su único fin –sobrenatural, referido a la salvación de las almas, informando además las realidades humanas– cuenta con una serie de fieles consagrados –clérigos– y organismos integrados por estos que desarrollan la función –potestad de gobierno ordinaria– legislativa, ejecutiva y judicial.

Pero los clérigos –entre ellos los cardenales– en quienes reside esa potestad de gobierno con carácter ordinario, pueden ser auxiliados por fieles laicos en quienes se delegan algunas de esas funciones.

De otra parte, conviene saber que el clero de la Iglesia está organizado en una jerarquía ascendente, a partir de los tres grados del sacramento del orden: Episcopado, Presbiterado y Diaconado. Esa jerarquía ascendente la constituyen el diácono, el presbítero, el obispo, el arzobispo, el primado, el patriarca –en casos más especiales– y el cardenal, hasta llegar al cargo supremo de Papa.

Cada grado tiene su misión, y siempre debe servir a esa misión, pues hallarse en uno u otro grado no tiene más que ese propósito.

Origen y significado del Consistorio Cardenalicio

Se trata de una reunión formal del Colegio Cardenalicio. El consistorio representa el órgano superior del gobierno supremo y universal de la Iglesia.

Su origen mantiene una estrecha relación con la historia del presbiterio romano o cuerpo del clero de Roma. En el antiguo presbiterio romano había diáconos, encargados de los asuntos temporales de la Iglesia en las diferentes regiones de Roma; sacerdotes, que encabezaban las principales iglesias de la ciudad; y obispos de las diócesis vecinas a Roma.

Los actuales cardenales han sucedido a los miembros del antiguo presbiterio, no únicamente en lo relativo a los oficios propios de esos tres grados –obispos, presbíteros y diáconos– sino sobre todo asistiendo al Papa en la administración de los asuntos de la Iglesia.

Tipos de consistorios

Contamos con 3 tipos de consistorios: ordinarios, extraordinarios y semipúblicos.

El ordinario –o secreto– se llama así porque nadie fuera del Papa y los cardenales puede estar presente en sus deliberaciones. Es el caso de los de nombramiento de nuevos cardenales, como el del 28 de noviembre de este año.

El extraordinario –o público– se llama así porque son invitados a él personas ajenas al colegio cardenalicio. Algunos laicos, que previamente han solicitado participar, también pueden estar presentes. Entre otros asuntos, es en esos consistorios públicos cuando se tratan las causas de beatificación y canonización.

Por último, el consistorio semipúblico es aquél en el que intervienen algunos obispos de Roma o que se hallen en la Ciudad Eterna al momento de su convocatoria.

Como conclusión a esta breve exposición, convendría concienciarse de la necesidad imperiosa de rezar por este instrumento de gobierno, ya que el Consistorio constituye la más estrecha colaboración para el Santo Padre, y la oración es esa única arma que logra la vitalidad –y sentido– de la Iglesia en todas sus dimensiones.

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2 de noviembre: Conmemoración de todos los Fieles Difuntos https://es.zenit.org/2020/11/02/2-de-noviembre-conmemoracion-de-todos-los-fieles-difuntos/ Mon, 02 Nov 2020 08:15:18 +0000 https://es.zenit.org/?p=209439 ¿Por qué y para qué?

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(zenit – 2 nov. 2020)-. Con motivo de la conmemoración de los Fieles Difuntos en el día de hoy, D. Alejandro Vázquez Dodero, sacerdote y capellán del colegio Tajamar en Madrid, España, explica por qué y para qué se celebra esta fiesta en la Iglesia cada 2 de noviembre.

Las celebraciones de hoy –Fieles Difuntos– y de ayer –Todos los Santos– están íntimamente ligadas entre sí, como la alegría y las lágrimas encuentran en Jesucristo una síntesis que es fundamento de nuestra fe y esperanza.

De una parte, la Iglesia, peregrina en la historia, se alegra por la intercesión de quienes han llegado al Cielo y la sostienen en la misión de anunciar el Evangelio; de otra, comparte el llanto de quienes sufren la separación de sus seres queridos, y, como Jesús y gracias a Él, agradece al Señor que nos haya liberado del dominio del pecado y de la muerte.

La Iglesia, como buena Madre, ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la Tierra, para que, como veremos a continuación, lleguen definitivamente al Cielo. Además, dedica a ello, de un modo u otro, todo el mes de noviembre, denominado “mes de los difuntos”.

“Sufragios” por las almas del Purgatorio

Ante la incerteza de que las almas ya difuntas hayan llegado al Cielo y puedan encontrarse en el Purgatorio, y por ello deban aún purificarse, la Iglesia dispone que durante el mes de noviembre, y en particular el día 2, se ofrezcan sufragios, en forma de oración o sacrificios.

Purificar –purgar– significa borrar la pena que queda tras la comisión del pecado perdonado en confesión sacramental.

El efecto principal de la confesión sacramental –o sacramento de la alegría– es el perdón de los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha. Desaparece la culpa por el pecado cometido, pero permanece la pena, que habrá que ir purificando hasta lograr su completa ausencia. Merecen el Cielo solo las almas que, habiendo fallecido en estado de gracia de Dios –sin conciencia de pecado mortal– hayan purificado completamente la pena que queda tras la comisión de los pecados.

Si bien en la propia confesión sacramental se borra parte de esa pena, habrá que acabar de purificarla durante la vida terrenal para poder entrar al Cielo. Y si, llegada la muerte, aún resta pena pendiente de purificación, acabará de purificarse en el Purgatorio.

Pero, ¡y eh aquí el quid de la cuestión!, una vez en el Purgatorio el alma ya no puede procurar su propia purificación. Así, serán las almas de la denominada “Iglesia militante”, aún en la Tierra, las que procuren ante Dios esa purificación mediante los sufragios mencionados, consistentes en oración o penitencia ofrecidas por ellas.

Y a esto último precisamente dedica la Iglesia, en ejercicio de auténtica maternidad, el mes de noviembre, mes de los difuntos. La tradición de la Iglesia siempre ha exhortado a rezar por los difuntos, en particular ofreciendo por ellos la celebración eucarística –Misa de difuntos–.

Costumbre de visitar cementerios

En torno a la solemnidad de los Fieles Difuntos muchas personas acuden a los cementerios para rezar por las almas de sus familiares o amigos, o a los columbarios donde depositaron sus cenizas, que también pueden encontrarse en los espacios de las iglesias o lugares santos habilitados al efecto.

El recuerdo de los difuntos, el cuidado de los sepulcros y columbarios, son testimonios de confiada esperanza, arraigada en la certeza de que la muerte no es la última palabra sobre la suerte humana, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, cuya raíz y realización se encuentran en Dios.

Medidas extraordinarias por la COVID-19

Mediante Decreto de la Penitenciaria Apostólica difundido el pasado 23 de octubre, la Iglesia ha dispuesto que las indulgencias ordinariamente previstas para los días 1 y 8 de noviembre, se extiendan a todo el mes de noviembre, “con la adecuación de las obras y condiciones para garantizar la seguridad de los fieles”. Tales indulgencias se dirigen a quienes “visiten un cementerio y recen por los difuntos, aunque solo sea mentalmente”. O sea, no es necesario desplazarse al cementerio, habida cuenta los riesgos de la actual crisis sanitaria, y podrá hacerse durante todo el mes de los difuntos.

Además, esa norma señala que la indulgencia plenaria del 2 de noviembre, “establecida con ocasión de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos para los que visiten piadosamente una iglesia u oratorio y reciten allí el ‘Padre Nuestro’ y el ‘Credo’, puede ser transferida no solo al domingo anterior o posterior o al día de la solemnidad de Todos los Santos, sino también a otro día del mes de noviembre”, libremente escogido por cada persona.

En todo caso, lo destacable de esta disposición de nuestra Madre la Iglesia es que el mismo día 2 –o cualquier día del mes de noviembre– puede librarse del Purgatorio a un alma ya difunta, y conseguir que alcance el Cielo, ya que la indulgencia plenaria limpia totalmente la pena pendiente de purificación.

En definitiva, se trata de considerar el día 2 de noviembre, y durante el resto del mes, esa conclusión a la que llega el apóstol Pablo: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra Fe (…) Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desdichados” (1 Cor. 15, 13 ss.). Se trata de dar gracias a Dios por posibilitar nuestra salvación y procurarla para nuestros seres queridos ya difuntos.

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1 de noviembre: Solemnidad de Todos los Santos https://es.zenit.org/2020/11/01/1-de-noviembre-solemnidad-de-todos-los-santos/ Sun, 01 Nov 2020 08:00:50 +0000 https://es.zenit.org/?p=209345 ¿Qué se celebra?

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(zenit – 1 nov. 2020).- En este día de la Solemnidad de Todos los Santos, D. Alejandro Vázquez- Dodero, sacerdote y capellán del colegio Tajamar en Madrid, España, ofrece un artículo en el que explica el origen y sentido de esta celebración de la Iglesia.

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El primer día de noviembre celebramos la denominada “Iglesia triunfante”, proponiéndose a los fieles el ejemplo de los santos, o sea el de aquellas almas que nos han precedido y que han llegado a la meta, el Cielo. Llegar al Cielo significa gozar de la visión beatífica en la presencia de Dios por toda la eternidad.

La Iglesia Católica de rito latino celebra esta fiesta –elevada a rango de solemnidad– el 1 de noviembre, y la ortodoxa y la católica de rito bizantino el primer domingo de Pentecostés.

Se nos anima a acudir a los santos ese día especialmente para pedirles que intercedan por nosotros ante Dios y podamos así alcanzar la misma santidad, salvando el alma, mereciendo el Cielo.

A lo largo del año litúrgico se celebran santos “oficialmente proclamados”, beatificados o canonizados. El 1 de noviembre se conmemora a todas aquellas almas anónimas que han alcanzado la santidad pero que no han sido beatificadas o canonizadas por la Iglesia.

Se celebra a esos santos desconocidos, santos de lo sencillo y ordinario, que con una vida que pasó desapercibida a los ojos del mundo –o al menos no dejaron rastro oficial de su santidad– llegaron a colmar esa aspiración de toda alma: el encuentro con Dios al final de sus días aquí en la Tierra.

Es frecuente que este día las grandes catedrales exhiban las reliquias de los santos canonizados, para ayudar ese día a los fieles en la piedad y devoción a aquellos otros desconocidos.

Origen de la festividad, distinción frente a Halloween

El origen de la fiesta de Todos los Santos se halla vinculado al templo del Panteón en Roma. Esa edificación se usó en un principio para dar culto a los dioses romanos, pero a principios del siglo VII el emperador lo donó al papa Bonifacio IV, y pasó a ser una iglesia católica. En el siglo IX fueron trasladados a su interior los cuerpos de varios mártires, y desde entonces se denominaría Santa María ad Martyres.

Muchas festividades comienzan su celebración el día anterior por la noche –por aquello de que las fiestas se conocen por sus vísperas– y en este caso el 31 de octubre. En inglés sería All Hallow’s Eve, la víspera de Todos los Santos. Su pronunciación fue cambiando con los años hasta la que conocemos en nuestros días Halloween. Esa celebración nada tiene que ver hoy día con la de todos los santos del 1 de noviembre; aunque, como se puede comprobar, están relacionadas en su origen.

La antigua costumbre anglosajona de Halloween consiste en creer en la reencarnación del alma inmortal, que la víspera del 1 de noviembre debe volver al hogar del anterior huésped de esa alma. Tal celebración ha robado su estricto sentido religioso a esa víspera, para celebrar en su lugar “la noche del terror, de las brujas y los fantasmas”. Halloween marca un retorno al antiguo paganismo.

Entonces, ¿la santidad es para todos?

La llamada a la santidad, o sea la invitación a salvar el alma y llegar el Cielo, es para todos, es universal. Ser santo no es más que salvar el alma de las penas del infierno. Y llegar al Cielo significa colmar la perfección de la vida cristiana, y unirse íntimamente con Cristo, y en Él con la Trinidad Santísima.

El Concilio Vaticano II recordó de nuevo a los cristianos la llamada universal a la santidad que hizo el Señor: todos hemos sido llamados a la santidad, a la identificación con Cristo y a una divinización progresiva bajo la acción de la gracia, para llegar a la plenitud de la vida cristiana, “a la medida de la plenitud de Cristo”. Así lo recuerda san Pablo a los Efesios en su carta (4, 13).

En concreto fue la constitución dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II –Cap. V, nn. 41 y 42– la que desarrolló la llamada universal a la santidad, mensaje que el Opus Dei difunde en esencia. La santidad está al alcance del hombre de la calle. Idea ésta de raíces evangélicas, que encuentra su mejor ejemplo en la vida de los primeros cristianos. Es un mensaje “viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo”, en palabras de san Josemaría Escrivá de Balaguer (cfr. Carta, 9-I-1932, n. 91).

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Octubre: Mes del Rosario https://es.zenit.org/2020/10/01/octubre-mes-del-rosario/ Thu, 01 Oct 2020 07:28:59 +0000 https://es.zenit.org/?p=206094 Rezo de la oración mariana

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(zenit – 1 oct. 2020).- Tal y como recordó ayer el Papa Francisco durante la audiencia general, octubre está “tradicionalmente dedicado a Nuestra Señora del Rosario”, es el mes del Rosario.

Alejandro Vázquez-Dodero, sacerdote y capellán del colegio Tajamar, describe en este artículo el origen y significado de esta devoción mariana en octubre y cómo rezar el Rosario.

¿Por qué en el mes de octubre esta devoción mariana?

La dedicación del mes de octubre al rezo del santo Rosario tiene un origen histórico. Los cristianos vencieron a los turcos en la batalla naval de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Sabían que si perdían esta batalla su religión podía peligrar, motivo por el que, alentados por el romano pontífice san Pío V, acudieron a la intercesión de la Santísima Virgen rezándole el santo Rosario.

Por ese motivo, y en agradecimiento a María Santísima, dicho papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, que se celebraría cada 7 de octubre. Poco más tarde el papa Gregorio XIII cambió el nombre de la fiesta por el de Nuestra Señora del Rosario.

Origen y significado de la devoción mariana del santo Rosario

Pero ¿qué es el santo Rosario? Las culturas romana y griega coronaban con rosas a las estatuas que representaban a sus dioses, como símbolo de su ofrecimiento. Para ellos, el sustantivo “rosario” significaba corona de rosas.

Inspiradas en ese proceder, las mujeres cristianas que eran llevadas al martirio por los romanos marchaban por el Coliseo –donde iban a morir– con sus cabezas adornadas de coronas de rosas, significando la alegría y la entrega de sus corazones al ir al encuentro de Dios. Finalizada la matanza, los cristianos recogían sus coronas y, por cada rosa, recitaban una oración o un salmo rezando por el eterno descanso de las almas de las mártires asesinadas.

Así nació la costumbre de rezar el santo Rosario. En un inicio consistía en recitar los 150 salmos de David, pues era considerada una oración sumamente agradable a Dios y fuente de innumerables gracias para aquellos que la rezaran. Ahora bien, esta recomendación sólo la seguían las personas cultas que conocían esos salmos, pero no la mayoría de los cristianos. En consecuencia, la Iglesia sugirió que quienes no supieran leer sustituyeran los 150 salmos por 150 Avemarías, divididas en quince decenas. A esa oración se le llamó “salterio de la Virgen”.

Al principio constaba de quince “misterios” que recordaban momentos –gozosos, dolorosos y gloriosos– de la vida de Jesús y de María. En el año 2002 san Juan Pablo II añadió los misterios luminosos, en memoria de la vida pública del Señor.

Dirá san Pablo VI que el santo Rosario es “síntesis de todo el Evangelio”. Es una oración que comprende en sí misma la veneración que la Virgen recibe en la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica, 971).

La Iglesia recomienda el rezo del santo Rosario

Se trata de una oración aconsejada por el Magisterio de la Iglesia Católica, ya que en sí misma resume el mensaje evangélico de salvación. De otro lado la Virgen Santísima, cuando se ha aparecido, ha animado a rezar esta oración. Como es sabido, el 13 de mayo de 1917, en su primera aparición en Fátima, dijo: “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”; y en su última aparición en ese lugar la Madre de Dios se presentó como la “Señora del Rosario”.

Varios pontífices han resaltado la importancia de esta devoción. Entre otros, san Juan Pablo II, quien en 2002 escribió la carta Rosarium Virginis Mariae, con la que exaltaba la belleza de esta plegaria, que ayuda a “contemplar a Cristo con María”.

¿Cómo se reza el santo Rosario?

Cada día de la semana tiene asignados cinco “misterios” –o escenas de la vida del Señor– y cada misterio consta de diez Avemarías, un Padrenuestro y un Gloria. Los lunes y sábados se reza los misterios gozosos, los martes y viernes los dolorosos, los miércoles y domingos los gloriosos, y los jueves los luminosos. Además, al finalizar los respectivos misterios se reza la letanía lauretana, compuesta principalmente de una serie de jaculatorias –piropos cariñosos y encendidos– en honor a la Virgen María.

Al recitar el santo Rosario rememoramos los misterios de la vida de Jesús y los misterios de la conducta admirable de María. Dicho de otro modo: nos adentramos en las escenas evangélicas, como un personaje más. Tales escenas pasan por nuestra mente y corazón mientras recitamos esa piadosa oración.

Es un modo filial de manifestar a nuestra Madre del Cielo lo mucho que la queremos, incansablemente. El amor jamás es repetitivo, porque cada acto, por muchas veces que se ejercite y aún pareciendo el mismo, si emerge sinceramente del corazón siempre contiene alguna novedad y transmite el mismo amor, ¡o cada vez más!

Al rezarlo la Virgen intercede por nosotros ante Dios nuestro Señor y nos obtiene su gracia divina, de modo que nos ayuda a unirnos a Dios y, cuando Él quiera, llegar al Cielo. María vela de ese modo por nosotros sus hijos y no deja de premiarnos con su ayuda maternal.

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Fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael https://es.zenit.org/2020/09/29/fiesta-de-los-santos-arcangeles-miguel-gabriel-y-rafael/ Tue, 29 Sep 2020 07:21:09 +0000 https://es.zenit.org/?p=205870 Cercanos a las necesidades de las personas

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(zenit – 29 sept. 2020).- Cada 29 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Tres celebraciones en una sola a partir del Concilio Vaticano II, pues hasta entonces se celebraban por separado.

Fue Pseudo-Dionisio Areopagita, padre de la Iglesia del siglo VI, quien propuso tres jerarquías de ángeles. En la primera están los Serafines, Querubines y Tronos. Les siguen las Dominaciones, Virtudes y Potestades. En la tercera jerarquía se encuentran los Principados, Arcángeles y Ángeles. Estos tres últimos son los que están más cercanos a las necesidades de los seres humanos.

¿Celebración de unos “santos” arcángeles?

¿Y por qué “santos” arcángeles? La palabra “santo” –del griego hagios– significa “el que es sagrado”. Así, no significa tan solo “ser humano santo” –o que ha alcanzado el Cielo, la salvación de su alma– sino que puede aplicarse a los santos que no son humanos, o sea a espíritus puros, entre los que se encuentran los arcángeles.

Como destaca san Gregorio Magno, el nombre de “ángel” designa la función, y los que anuncian mensajes de gran trascendencia se llaman “arcángeles”. De ahí que a la Virgen no le fuera enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, dado que lo que debía comunicar el Señor a la humanidad era de enorme relevancia: el anuncio de la encarnación del Hijo de Dios.

También cuando se trata de una misión especial, como la que confirió Dios al arcángel san Miguel, pues solo Dios podía llevarla a cabo: derrotar al maligno.

En cuanto al arcángel san Rafael le fue conferida la misión de curar a Tobías, y la medicina de Dios obró a través de esa criatura angelical, librándole de las tinieblas de su ceguera.

San Miguel, “¿quién como Dios?”

Anunciado en la sagrada escritura en el Apocalipsis 12:7-9, y en la carta del apóstol san Judas.

Tiene el lugar más alto entre los arcángeles, llamado el “príncipe de los espíritus celestiales”, o “jefe o cabeza de la milicia celestial”.

Se le presenta como el gran defensor del pueblo de Dios contra los ataques del demonio. En particular nos protege de la pretensión del diablo de hacernos creer que Dios debe desaparecer, para ser nosotros grandes y, en definitiva, desplazarle y dejar de contar con Él.

Se le representa en traje de guerrero con una lanza o espada venciendo al demonio.

Oración para hoy y siempre: “Oh Miguel, príncipe invicto de la malicia del demonio, protégenos con tu fuerza resplandeciente y guárdanos en la gracia de Dios”.

San Gabriel, “mensajero de Dios”

Anunciado en la sagrada escritura en Daniel 8:16-26 y 9:20-27; Deuteronomio 8:15-27; y Lucas 1:11-20 y 26-38.

En varias ocasiones es enviado por Dios como mensajero. Se apareció al profeta Daniel para comunicarle el tiempo en el que iba a llegar el Redentor, a Zacarías para anunciarle que iba a tener por hijo a Juan Bautista, y principalmente a María para anunciarle su maternidad divina.

San Gabriel es el patrono de las comunicaciones y de los comunicadores, porque trajo al mundo la más bella noticia: que el Hijo de Dios se hacía hombre.

Se le representa con una vara de perfumada azucena, la que obsequió a María Santísima en la Anunciación.

Oración para hoy y siempre: “Oh Gabriel, elegido para anunciar los más grandes misterios, haznos amar siempre los senderos de la Luz”.

San Rafael, “medicina de Dios”

San Rafael ArcángelEs el arcángel más cercano a nosotros los hombres, atento para aliviarnos en nuestros dolores y sufrimientos.

Fue enviado por Dios para curar de su ceguera a Tobías y acompañar al hijo de éste en un larguísimo y peligroso viaje, y conseguirle una santa esposa, Sara. De ahí que san Rafael es muy invocado para alejar enfermedades y lograr terminar felizmente los viajes. Uno de los patronos de los peregrinos, a quien además se le encomienda la juventud.

Se le representa como un caminante, con bastón y el pez con que curó a Tobías.

Oración para hoy y siempre: “Oh Rafael, medicina para los cuerpos, trae la salud a las almas y asístenos en el camino hacia Dios”.

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Fiesta del Dulce Nombre de María https://es.zenit.org/2020/09/12/fiesta-del-dulce-nombre-de-maria/ Sat, 12 Sep 2020 07:04:24 +0000 https://es.zenit.org/?p=204578 Un nombre muy “dulce” y maternal

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(zenit – 12 sept. 2020).- Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Dulce Nombre de la Virgen María. En zenit, el sacerdote español Alejandro Vazquez- Dodero relata los orígenes del nombre de Nuestra Señora y de esta fiesta.

En una de sus conocidas homilías san Bernardo Abad anima así a invocar el nombre de Nuestra Señora: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María”. Sugiere recurrir a María –en arameo מרים Mariam–, pronunciando su nombre. Ese es el nombre que nos presentan los evangelios cuando quieren referirse a la madre de Jesús de Nazaret.

El hecho de que la Santísima Virgen lleve el nombre de María es el motivo de esta festividad, instituida a fin de que los fieles encomienden a Dios, a través de la intercesión de la Virgen, sus necesidades y las de la Iglesia. Y le den gracias por su omnipotente protección y sus innumerables beneficios, en especial los que reciben por las gracias y la mediación de Nuestra Señora.

Un nombre muy especial

El evangelista san Lucas revela el nombre de la doncella que va a ser la Madre de Dios: “Y su nombre era María”.

En el idioma egipcio, que fue donde primero se utilizó el nombre de María, significa “la preferida de Yahvé Dios” (ref. Éxodo 15, 20). Traducido del hebreo, “Miriam” significa doncella, señora, princesa, hermosa.

De otro lado, el nombre María está relacionado con el mar, al guardar las tres letras semejanza fonética con María.

También tiene relación con “mirra”, que proviene de un idioma semita. La mirra es una hierba de origen africano que produce incienso y que perfuma el ambiente.

Hay quienes, de otro lado, y aunque parezca algo triste o poco luminoso, sostienen que puede significar “mar amargo”, por la situación de amargura en que vivía el pueblo de Israel en su época. Recuerda que muchos israelitas ponían a sus hijos los nombres que mejor expresaran las situaciones sociales y económicas en que vivían.

Sin embargo, y por encima de todo, María, en el idioma popular, significa “la iluminadora” según referirá San Jerónimo.

Celebración de la fiesta

Cuenta la tradición que el origen de la fiesta del Dulce Nombre de María, celebrada en la Iglesia desde inicios del siglo XVI, hay que referirlo al momento en que los padres de la Virgen –Joaquín y Ana– le impusieron ese nombre.

A finales del siglo XVII el papa Inocencio XI declaró oficial una fiesta que se celebraba en España durante muchos años, y que es la del Dulce nombre de María.

Se cuenta que la primera diócesis que celebró oficialmente la fiesta fue la española de Cuenca. Pero la onomástica del Dulce nombre de María tiene fecha propia, el 12 de septiembre.

Hay muchas “Marías” que celebran su fiesta durante este día y no el 15 de agosto o cualquier otra fiesta mariana. A todas ellas, que lucen el nombre de tan dulce y hermosa Madre: “felicidades”.

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