ID del artículo: 253648
Descripción corta: Todos los grupos enfatizaron la necesidad de que la Iglesia se muestre como madre, un lugar acogedor —incluso mediante la reestructuración de parroquias— capaz de reconocer sus propios errores y hacer del sufrimiento un momento de crecimiento
(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 26.06.2026).- Tras la celebración de la Santa Misa en la Basílica de San Pedro, la primera sesión del Consistorio Extraordinario comenzó a las 9:30 de la mañana en el Aula Pablo VI. Estuvieron presentes ciento setenta y ocho cardenales, reunidos en mesas según sus grupos de trabajo: ocho cardenales electores ordinarios (incluidos los nuncios y los cardenales electores que han concluido su servicio como ordinarios) y diez grupos de cardenales electores de la Curia Romana y no electores.
Tras el canto del Veni Creator, el cardenal Rueda Aparicio, moderador de esta primera sesión, dio inicio al acto y cedió la palabra al cardenal Re, decano del Colegio Cardenalicio, para que pronunciara su saludo. A continuación, el papa León XIV se dirigió a la asamblea con un discurso introductorio.

Al finalizar su intervención, el cardenal Rueda Aparicio recalcó la petición de ayuda del Papa dirigida a los cardenales y les aseguró su apoyo con fe, alegría y disponibilidad. A continuación, el cardenal presentó brevemente la sesión «¿En qué mundo estamos llamados a proclamar el Evangelio?». Finalmente, cedió la palabra al cardenal Ryś, quien ofreció una meditación bíblica para introducir las reflexiones de los grupos de trabajo sobre los sufrimientos, las tensiones y las preguntas que aquejan al mundo actual. Hoy pueblos y comunidades eclesiales» y sobre «signos de esperanza, de fidelidad al Evangelio y de posible reconciliación que deben ser escuchados en común».
Tras un prolongado momento de oración en silencio, los cardenales, divididos en diferentes grupos, tuvieron la oportunidad de compartir sus reflexiones según los métodos indicados.
Cada grupo decidió cuándo tomar un breve descanso en su trabajo, y a las 12:10 del mediodía, en la asamblea plenaria, los secretarios de algunos de los grupos —los 8 del primer grupo y 4 del segundo— informaron sobre su reflexión compartida.

Todos los grupos hicieron hincapié, de forma muy consciente, en el sufrimiento que experimentan hombres y mujeres en esta época de profunda transformación social.
Entre los temas que surgieron en respuesta a la primera pregunta se encontraba la creciente polarización dentro de las sociedades y comunidades, que genera tensiones políticas y violencia, alimentada por las divisiones sociales, el uso de información falsa y una comunicación generalizada que no fomenta el entendimiento. Se hizo hincapié en cómo la polarización obstaculiza la gobernanza y la coexistencia, y cómo la violencia aumenta como medio para resolver disputas, lo que resulta en antagonismos personales, agresiones o, a nivel internacional, guerras y conflictos. Varios grupos destacaron cómo muchas partes del mundo sufren la falta de respeto hacia las minorías religiosas y étnicas, lo que socava la libertad religiosa y conduce a la hostilidad, e incluso a la violencia, particularmente contra la Iglesia. En este sentido, algunos grupos también mencionaron el auge del antisemitismo.
Muchos de los grupos de trabajo analizaron el individualismo exacerbado, la crisis de la familia, especialmente la soledad, tanto entre los ancianos como entre los jóvenes, como causa de males aún peores, el aumento de los suicidios y el consumo de drogas. Desde esta perspectiva, se habló mucho sobre los jóvenes, incluso en el contexto de las crisis económicas, financieras y del mercado laboral. En el centro de muchos de los debates subyacía la conciencia de una sensación generalizada de desconfianza, fatalismo e impotencia hacia las instituciones, la democracia y el futuro, vinculada también al descenso de la natalidad, el auge de las bandas criminales, la delincuencia juvenil y el narcotráfico. En este sentido, varios grupos destacaron el papel del secularismo, la pérdida de valores trascendentes y espirituales, y el sentido de la vida; cómo la creciente sensación de hastío y la ausencia de una perspectiva de la verdad evidencian la incapacidad de reconocer la alteridad y de construir relaciones.

Se debatió la necesidad de abordar el fenómeno de la migración de manera humana y cristiana. Este fenómeno está transformando a los pueblos, las sociedades y las comunidades, lo que hace urgente desarrollar políticas de integración eficaces, al tiempo que surgen nuevas formas de exclusión. También se mencionó la crisis ecológica, junto con la corrupción y el sufrimiento que se experimenta en las grandes ciudades.
Ante estos escenarios, con el sufrimiento descrito en tantos niveles, todos los grupos enfatizaron la necesidad de que la Iglesia se muestre como madre, un lugar acogedor —incluso mediante la reestructuración de parroquias— capaz de reconocer sus propios errores y hacer del sufrimiento un momento de crecimiento, recordando al mundo que somos una sola familia humana. Dentro de este contexto, también surgió una fuerte conciencia de la responsabilidad confiada a la Iglesia en el momento histórico actual.
Numerosos grupos observaron que, mientras muchas instituciones experimentan una crisis de credibilidad, la Iglesia se siente llamada a hablar con autoridad por la dignidad de la persona, por la paz, la reconciliación y el bien común. Y especialmente en contextos donde está cerca del sufrimiento de las personas, hay una creciente conciencia de cómo puede encontrar la credibilidad que les falta a otras instituciones. La Iglesia es experta en relaciones auténticas y mira al mundo con compasión: ve a los jóvenes con una creciente sed del Evangelio, con quienes pueden construir un mundo mejor a través de la cercanía; ve cómo la sinodalidad es un camino providencial para que la Iglesia y la humanidad encuentren las respuestas que el mundo busca; se destacó cómo la caridad y la promoción de la solidaridad son un testimonio auténtico de hombres y mujeres generosos, laicos y laicas; cómo los migrantes pueden ser una bendición para las comunidades que los acogen; y cómo trabajan por la paz y la participación de todos en las comunidades de fe. En este sentido, también se mencionó el valor del testimonio de la Iglesia cuando es una minoría, un pequeño rebaño entre muchos pueblos del mundo. Diversos grupos enfatizaron la importancia de la educación como espacio para reconstruir el bien común y el crecimiento de las vocaciones, y describieron la devoción popular y la celebración de la fe del Pueblo de Dios como signos de esperanza.

Se debatió cómo todos los esfuerzos por rechazar la violencia y promover el diálogo, como el diálogo ecuménico e interreligioso, y el papel fundamental de la oración en el mantenimiento de la paz, son una muestra de ello. En este mismo sentido, algunos grupos citaron el reciente viaje del Santo Padre a España y las palabras del Papa León XIII, una voz leal y libre en estos tiempos.
El Papa León XIV permaneció presente hasta que comenzaron las discusiones grupales y regresó antes de que se reanudara la sesión plenaria. Tras las presentaciones de los grupos, agradeció brevemente a los presentes y reiteró el valor de la participación y el diálogo. Citó la meditación del Cardenal Ryś, la imagen de la víctima, casi muerta: «Si no estamos ciegos, es cierto que hay mucho sufrimiento». La soledad y el sufrimiento, dijo el Papa, son el resultado de esta sociedad, un desafío al que la Iglesia responde invitando a todos a la comunión, no solo abriendo las iglesias y celebrando los sacramentos, sino creando oportunidades y experiencias de encuentro.
La sesión finalizó con la oración del Ángelus y la cita para la tarde quedó fijada para las 16:00 horas.
Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace.