ZENIT – Espanol https://es.zenit.org El mundo visto desde Roma Mon, 06 Dec 2021 10:23:18 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.8 https://es.zenit.org/wp-content/uploads/sites/3/2020/07/723dbd59-cropped-f2e1e53e-favicon_1.png ZENIT – Espanol https://es.zenit.org 32 32 Desierto y conversión: la bella homilía del Papa para el tiempo de Adviento https://es.zenit.org/2021/12/06/desierto-y-conversion-la-bella-homilia-del-papa-para-el-tiempo-de-adviento/ Mon, 06 Dec 2021 10:23:18 +0000 https://es.zenit.org/?p=217944 El Papa celebró la santa misa en el “Megaron Concert Hall” de Atenas la tarde del domingo 5 de diciembre. En la homilía el Papa quiso detenerse en dos mensajes contenidos en el Evangelio: desierto y conversión.

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(ZENIT Noticias / Atenas, 05.12.2021).- A su regreso de la isla de Lesbos, el Papa celebró la santa misa en el “Megaron Concert Hall” de Atenas la tarde del domingo 5 de diciembre. En la homilía el Papa quiso detenerse en el Evangelio del segundo domingo de Adviento, concretamente en dos mensajes contenidos en él: desierto y conversión. Ofrecemos la traducción al español de esta homilía (traducción del original italiano por nuestro director editorial).

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En este segundo domingo de Adviento, la Palabra de Dios nos presenta la figura de San Juan Bautista. El Evangelio hace hincapié en dos aspectos: el lugar donde se encuentra, el desierto, y el contenido de su mensaje, la conversión. Desierto y conversión: en esto insiste el Evangelio de hoy, y tal insistencia nos hace ver que estas palabras nos conciernen directamente. Aceptémoslas ambas.

1) El desierto

El evangelista Lucas presenta este lugar de manera especial. De hecho, habla de Habla de circunstancias solemnes y de grandes personalidades de la época: menciona el decimoquinto año del emperador Menciona el año 15 del emperador Tiberio César, al gobernador Poncio Pilato, al rey Herodes y a otros «dirigentes políticos» de la época; luego menciona a los religiosos, Anás y Caifás, que estaban en el Templo de Jerusalén (cf. Lc 3,1- 2). En este punto declara: «La palabra de Dios vino a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto». (Lc 3,2).

¿Pero cómo? Habríamos esperado que la Palabra de Dios se dirigiera a uno de los grandes que acabamos de enumerar. Pero no. De las líneas del Evangelio se desprende una sutil ironía: de los altos pisos donde habitan los detentadores del poder, pasamos de repente al desierto, a un hombre desconocido y solitario. Dios es sorprendente, sus elecciones son sorprendentes: no se ajustan a las predicciones humanas, no siguen el poder y la grandeza que el hombre suele asociar con ellas. El Señor prefiere la pequeñez y la humildad. La redención no comienza en Jerusalén, Atenas o Roma, sino en el desierto.

Esta estrategia paradójica nos da un mensaje muy hermoso: tener autoridad, ser culto y famoso no es garantía de agradar a Dios. Por el contrario, podría llevar a uno a volverse insuperable y rechazarlo.

Quedémonos con la paradoja del desierto. El Precursor prepara la venida de Cristo en este lugar impermeable e inhóspito, lleno de peligros.

Ahora bien, si uno quiere hacer un anuncio importante, suele ir a lugares bonitos, donde hay mucha gente, donde hay visibilidad. Juan, en cambio, predica en el desierto. Allí mismo, en el lugar de la aridez, en ese espacio vacío que se extiende hasta donde alcanza la vista y donde casi no hay vida, se revela la gloria del Señor, que -como profetizan las Escrituras (cf. Is 40,3-4)- transforma el desierto en un lago, la tierra estéril en manantiales de agua (cf. Is 41,18). He aquí otro mensaje alentador: Dios, ahora como entonces, dirige su mirada hacia donde prevalecen la tristeza y la soledad.

Esto lo podemos experimentar en la vida: a menudo Él no consigue llegar a nosotros mientras estamos en medio de los aplausos y pensando sólo en nosotros mismos; lo consigue sobre todo en las horas de prueba. Nos visita en situaciones difíciles, en nuestros espacios vacíos, en nuestros desiertos existenciales. Allí el Señor nos visita.

Queridos hermanos y hermanas, no faltan momentos en la vida de una persona o de un pueblo en los que se tiene la impresión de estar en un desierto. Es precisamente ahí donde el Señor se hace presente, y a menudo no es acogido por los que sienten que han triunfado, sino por los que sienten que han fracasado. Y viene con palabras de cercanía, compasión y ternura: «No tengas miedo, porque yo estoy contigo; no te pierdas, porque yo soy tu Dios. Te haré fuerte y vendré en tu ayuda» (v. 10).

Predicando en el desierto, Juan nos asegura que el Señor viene a liberarnos y a devolvernos la vida en las mismas situaciones que parecen irremediables, sin salida: él viene allí. Por tanto, no hay lugar que Dios no quiera visitar. Y hoy no podemos dejar de sentir alegría al ver que ha elegido el desierto, para llegar a nosotros en nuestra pequeñez que ama y en nuestra esterilidad donde quiere saciar nuestra sed. Por eso, queridos amigos, no tengáis miedo a la pequeñez, porque no se trata de ser pequeños y pocos, sino de estar abiertos a Dios y a los demás. Y tampoco tengan miedo de la esterilidad, porque Dios no la teme y viene a visitarnos allí.

2) La conversión

Pasemos al segundo aspecto, la conversión. El Bautista lo predicaba sin cesar y en tono vehemente (cf. Lc 3,7). Este también es un tema «incómodo».

Al igual que el desierto no es el primer lugar al que nos gustaría ir, la invitación a la conversión no es ciertamente la primera propuesta que nos gustaría escuchar.

Hablar de conversión puede provocar tristeza; parece difícil conciliarla con el Evangelio de la alegría. Pero esto sucede cuando la conversión se reduce a un esfuerzo moral, como si fuera sólo un fruto de nuestro propio esfuerzo. El problema radica precisamente aquí, en basar todo en nuestras propias fuerzas. ¡Esto no está bien! Aquí es también donde acechan la tristeza y la frustración espirituales: quisiéramos convertirnos, ser mejores, superar nuestros defectos, cambiar, pero sentimos que no somos plenamente capaces de hacerlo y, a pesar de nuestra buena voluntad, siempre retrocedemos. Tenemos la misma experiencia que San Pablo que, desde estas mismas tierras, escribió: «En mí hay deseo de bien, pero no capacidad de hacerlo; pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,18-19). Entonces, si por nosotros mismos no tenemos la capacidad de hacer el bien que quisiéramos, ¿qué significa que debemos convertirnos?

Su hermosa lengua, el griego, puede ayudarnos con la etimología del verbo evangélico «convertir», metanoéin. Se compone de la preposición metá, que aquí significa más allá, y del verbo noéin, que significa pensar. Convertirse es, por tanto, pensar más allá, es decir, ir más allá de la forma habitual de pensar, más allá de nuestros esquemas mentales habituales.

Estoy pensando precisamente en los esquemas que reducen todo a nuestro ego, a nuestra pretensión de autosuficiencia. O a los que se cierran por la rigidez y el miedo que paralizan, por la tentación de «siempre se ha hecho así, ¿por qué cambiar?», por la idea de que los desiertos de la vida son lugares de muerte y no de presencia de Dios.

Instando a la conversión, Juan nos invita a ir más allá y a no detenernos aquí; a ir más allá de lo que nos dicen nuestros instintos y fotografían nuestros pensamientos, porque la realidad es mayor: es mayor que nuestros instintos, que nuestros pensamientos. La realidad es que Dios es más grande.

Convertirse, pues, significa no escuchar a los que aplastan la esperanza, a los que repiten que nada en la vida cambiará jamás: los pesimistas de toda la vida. Es negarse a creer que estamos destinados a hundirnos en las arenas movedizas de la mediocridad. Es no rendirse a los fantasmas interiores que aparecen sobre todo en los momentos de prueba para desanimarnos y decirnos que no lo conseguiremos, que todo va mal y que ser santo no es para nosotros. Este no es el caso, porque existe Dios. Debemos confiar en Él, porque Él es nuestro más allá, nuestra fuerza. Todo cambia si le damos a Él el primer lugar. Aquí está la conversión: el Señor sólo necesita nuestra puerta abierta para entrar y obrar maravillas, como le bastó un desierto y las palabras de Juan para venir al mundo. No pide más.

Pedimos la gracia de creer que con Dios las cosas cambian, que Él sana nuestros miedos, cura nuestras heridas, convierte los lugares secos en manantiales de agua. Pedimos la gracia de la esperanza. Porque es la esperanza la que reaviva la fe y reaviva la caridad. Porque es la esperanza lo que los desiertos del mundo están sedientos hoy. Y mientras este encuentro nuestro nos renueva en la esperanza y la alegría de Jesús, y yo me alegro de estar con vosotros, pidamos a nuestra Madre, la Toda Santa, que nos ayude a ser, como ella, testigos de la esperanza, sembradores de alegría a nuestro alrededor -la esperanza, hermanos, nunca defrauda, nunca decepciona-, no sólo cuando somos felices y estamos juntos, sino cada día, en los desiertos que habitamos. Porque es ahí donde, con la gracia de Dios, nuestra vida está llamada a la conversión. Allí, en los muchos desiertos que hay en nuestro interior o en nuestro entorno, la vida está llamada a florecer. Que el Señor nos dé la gracia y el valor de aceptar esta verdad.

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100 pesebres en el Vaticano: de uno hecho completamente con chocolate a otro en un autobús https://es.zenit.org/2021/12/06/100-pesebres-en-el-vaticano-de-uno-hecho-completamente-con-chocolate-a-otro-en-un-autobus/ Mon, 06 Dec 2021 10:13:30 +0000 https://es.zenit.org/?p=217940 Los más de 100 pesebres sintetizan la inspiración y la imaginación de los artesanos que los fabrican; los materiales utilizados para su manufactura son variados: papel, tela, corcho, madera; hay dioramas evocadores, nacimientos representados en los escenarios de los barrios de Roma, pesebres de ganchillo o de coral.

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 05.12.2021).- Este año se celebra la cuarta edición de la Exposición Internacional 100 Pesebres en el Vaticano, una muestra que reúne las obras de numerosos artesanos, en la cual representan la escena de la Natividad, según la imaginación les lleva a exprésala en cada pesebre.

Dado que la pandemia por Covid-19 ha dificultado la realización de eventos en lugares cerrados, la Muestra se presenta en el sugestivo espacio situado bajo la Columnata de Bernini en la Plaza de San Pedro. A su vez, este escenario único sitúa los numerosos pesebres, verdaderas obras de arte, en una atmósfera que invita al visitante a asombrarse todavía más ante la tradicional escena del nacimiento de Jesús.

Este año se expondrán 126 pesebres procedentes de varios países de Europa, como Alemania, Hungría, Eslovenia, Eslovaquia y Croacia, y de todo el mundo, como Kazajistán, Perú, Indonesia, Uruguay, Colombia y Estados Unidos. Muchas de estas naciones están representadas por sus respectivas embajadas ante la Santa Sede, las cuales han asumido la tarea de promover el evento en los distintos países.

Varias organizaciones participan con pesebres muy originales: Atac S.p.A., realizó un pesebre en la parte delantera de un autobús; la empresa Il Cioccolato dei Trappisti creó un pesebre de 100 kg hecho completamente de chocolate. Como todos los años, 30 escuelas de la región del Lazio se han adherido voluntariamente a la iniciativa y presentan pesebres hechos por los niños. También se pueden apreciar pesebres provenientes de las parroquias de Roma.

Los más de 100 pesebres sintetizan la inspiración y la imaginación de los artesanos que los fabrican; los materiales utilizados para su manufactura son variados: papel, tela, corcho, madera; hay dioramas evocadores, nacimientos representados en los escenarios de los barrios de Roma, pesebres de ganchillo o de coral.

El ingreso a la Muestra será gratuito y estará abierta durante 5 semanas, desde el domingo 5 de diciembre de 2021 hasta el domingo 9 de enero de 2022, de 10:00 a 20:00 horas, todos los días.

El 24 de diciembre y el 31 de diciembre, la Exposición cerrará a las 17:00 horas. La última visita se puede efectuar a más tardar 15 minutos antes de la hora de cierre. La entrada a la Exposición está situada en la Plaza de San Pedro y se realizará respetando las normas de prevención y contención de la infección por Covid-19. Los voluntarios del Dicasterio para la Nueva Evangelización estarán presentes durante todo el evento para ofrecer un servicio de acogida.

La Exposición se inauguró el domingo 5 de diciembre de 2021 a las 16:00 horas, con la presencia de S.E. Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, junto con algunos miembros del Dicasterio; del Embajador de la República de China (Taiwán) ante la Santa Sede, S.E. Matthew Shieh-Ming Lee, acompañado del personal de la Embajada. La animación corrió a cargo de los artistas de la Academia de danza Yang Yu Lin Dance Group, que interpretaron coreografías originales de danzas tradicionales taiwanesas combinadas con técnicas de danza moderna contemporánea. La Compañía está dirigida por la Profesora Yang Yu Lin, una de las primeras bailarinas del legendario Lang Yan Group, fundado por el sacerdote camiliano P. Giancarlo Michelini en Taiwán. La danza estuvo acompañada por la actuación de la reconocida soprano Liu Mon Chieh.

Un año más, la Exposición Internacional de los 100 Pesebres en el Vaticano ha sido posible gracias a la generosidad de UnipolSai, que ha sostenido prácticamente el evento. Regia Congressi también apoyó al desarrollo del proyecto de la Muestra, así como a The Media Company y a Il Cioccolato dei Trappisti por su disposición para promover el evento.

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Biden restablece políticas migratorias de Trump: obispos estadounidenses se pronuncian https://es.zenit.org/2021/12/06/biden-restablece-politicas-migratorias-de-trump-obispos-estadounidenses-se-pronuncian/ Mon, 06 Dec 2021 10:09:12 +0000 https://es.zenit.org/?p=217938 El Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (DHS) anunció que los Protocolos de Protección al Migrante (MPP), también conocidos como "Permanecer en México", reiniciarían la semana del 6 de diciembre. Los obispos católicos se han pronunciado al respecto.

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(ZENIT Noticias / Washington, 05.12.2021).- El pasado 2 de diciembre, el Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (DHS) anunció que los Protocolos de Protección al Migrante (MPP), también conocidos como «Permanecer en México», reiniciarían la semana del 6 de diciembre. Este anuncio sigue a un acuerdo alcanzado entre los Estados Unidos y México para reimplementar el programa con ciertas modificaciones. En octubre, el secretario del DHS, Alejandro Mayorkas, emitió un memorando para rescindir el MPP, luego de un fallo de un tribunal de distrito federal que anulaba su terminación anterior del programa.

La apelación del gobierno federal a esa decisión está pendiente. Mientras tanto, el DHS está cumpliendo con la orden del tribunal de restablecer el MPP. Su reactivación se produce cuando la Administración Biden continúa utilizando el Título 42 del Código de los Estados Unidos para expulsar a los solicitantes de asilo y otros migrantes vulnerables, sin pasar por los procedimientos de inmigración normales y eludiendo las protecciones del debido proceso.

La Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) se ha opuesto al MPP desde que se presentó por primera vez en 2019. Reafirmando esa posición, el obispo Mario E. Dorsonville, obispo auxiliar de Washington y presidente del Comité de Migración de la USCCB, emitió la siguiente declaración:

“Estamos profundamente consternados por la reimplementación del MPP. Desafortunadamente, los intentos de la Administración de hacer que este programa sea «más humano», por bien intencionado que sea, no curarán sus fallas inherentes ni aliviarán su inevitable costo de vidas humanas. Nos preocupa especialmente que esto perpetúe la tragedia existente de la separación familiar, ya que es probable que muchas madres y padres se sientan obligados a separarse de sus hijos en un intento desesperado por garantizar su seguridad.

“El primer domingo de Adviento, el Papa Francisco oró por los migrantes y renovó su llamado a los líderes a encontrar soluciones que respeten su humanidad. En solidaridad con el Santo Padre, instamos encarecidamente a la Administración a tomar todas las medidas necesarias para poner fin al MPP y reemplazarlo con un enfoque que respete la dignidad humana, ejemplifique nuestros valores nacionales, defienda el estado de derecho y abrace el llamado de Cristo para dar la bienvenida al recién llegado».

 

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La visita del Papa a los migrantes de Lesbos en 10 pasajes temáticos: del miedo individualista al destino común https://es.zenit.org/2021/12/06/la-visita-del-papa-a-los-migrantes-de-lesbos-en-10-pasajes-tematicos-del-miedo-individualista-al-destino-comun/ Mon, 06 Dec 2021 10:05:09 +0000 https://es.zenit.org/?p=217935 El Santo Padre saludó a muchos migrantes, a tantos de ellos, especialmente a los niños, con caricias en sus cabezas. Estuvo presente la presidenta de Grecia y a ella también el Papa expresó su gratitud.

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(ZENIT Noticias / Lesbos, 05.12.2021).- Después de cinco años, el Papa regresó a la isla griega de Lesbos. A ella se trasladó por la mañana del domingo 5 de diciembre, desde Atenas. La intención era muy clara y la expresó él mismo al inicio del discurso en el Centro de Acogida e Identificación de Mitilene: “estoy nuevamente aquí para encontrarme con ustedes; estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes de corazón; estoy aquí para ver sus rostros, para mirarlos a los ojos: ojos cargados de miedo y de esperanza, ojos que han visto la violencia y la pobreza, ojos surcados por demasiadas lágrimas”.

El Santo Padre saludó a muchos migrantes, a tantos de ellos, especialmente a los niños, con caricias en sus cabezas. Estuvo presente la presidenta de Grecia y a ella también el Papa expresó su gratitud.

Hubo claros pasajes ecuménicos en el discurso del Obispo de Roma, especialmente al recordar una cita del Patriarca Bartolomé, arzobispo de Constantinopla, en la visita común que hicieron en 2016: «El que les tiene miedo no los ha mirado a los ojos. El que les tiene miedo no ha visto sus rostros. El que les tiene miedo no ve a sus hijos. Olvida que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la división. Olvida que la migración no es un problema del Oriente Medio y del África septentrional, de Europa y de Grecia. Es un problema del mundo» (Discurso, 16 abril 2016).

Para facilitar el contacto con el discurso del Papa, ofrecemos el texto con encabezados temáticos agregados por ZENIT.

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1) Migración, pandemia y cambio climático

Sí, es un problema del mundo, una crisis humanitaria que concierne a todos. La pandemia nos ha afectado globalmente, nos ha hecho sentir a todos en la misma barca, nos ha hecho experimentar lo que significa tener los mismos miedos. Hemos comprendido que las grandes cuestiones se afrontan juntos, porque en el mundo de hoy las soluciones fragmentadas son inadecuadas. Pero mientras se llevan adelante las vacunaciones a nivel planetario y —aun en medio de muchos retrasos e incertezas— algo parece que se está moviendo en la lucha contra el cambio climático, todo parece terriblemente opaco en lo que se refiere a las migraciones. Y, sin embargo, están en juego personas, vidas humanas.

2) El futuro será sereno solo si está integrado

Está en juego el futuro de todos, que sólo será sereno si está integrado. El futuro sólo será próspero si se reconcilia con los más débiles. Porque cuando se rechaza a los pobres, se rechaza la paz. Cierres y nacionalismos —nos enseña la historia— llevan a consecuencias desastrosas. En efecto, como ha recordado el Concilio Vaticano II, «es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz» (Const. past. Gaudium et spes, 78).

3) El futuro nos coloca más en contacto

Es una ilusión pensar que basta con salvaguardarnos a nosotros mismos, defendiéndonos de los más débiles que llaman a la puerta. El futuro nos pondrá cada vez más en contacto unos con otros; para orientarlo hacia el bien no sirven acciones unilaterales, sino políticas más amplias. La historia, repito, nos enseña, pero todavía no hemos aprendido. Que no se vuelvan las espaldas a la realidad, que termine el continuo rebote de responsabilidades, que no se delegue siempre a los otros la cuestión migratoria, como si a ninguno le importara y fuese sólo una carga inútil que alguno se ve obligado a soportar.

4) Unos rostros que piden no mirar a otra parte

Hermanas, hermanos, sus rostros, sus ojos nos piden que no miremos a otra parte, que no reneguemos de la humanidad que nos une, que hagamos nuestras sus historias y no olvidemos sus dramas. Elie Wiesel, testigo de la tragedia más grande del siglo pasado, escribió: «Me acerco a los hombres, mis hermanos, porque recuerdo nuestro origen común, porque me niego a olvidar que su futuro es tan importante como el mío» (From the Kingdom of MemoryReminiscenses, Nueva York, 1990, 10).

 

5) Que Dios despierte del individualismo y superemos la parálisis del miedo

En este domingo, ruego a Dios que nos despierte del olvido de quien sufre, que nos sacuda del individualismo que excluye, que despierte los corazones sordos a las necesidades del prójimo. Y ruego también al hombre, a cada hombre: superemos la parálisis del miedo, la indiferencia que mata, el cínico desinterés que con guantes de seda condena a muerte a quienes están en los márgenes. Afrontemos desde su raíz al pensamiento dominante, que gira en torno al propio yo, a los propios egoísmos personales y nacionales, que se convierten en medida y criterio de todo.

Han pasado cinco años desde la visita que realicé con los queridos hermanos Bartolomé y Ieronymos. Después de todo este tiempo constatamos que poco ha cambiado sobre la cuestión migratoria. Ciertamente, muchos se han comprometido en la acogida y en la integración, y quisiera agradecer a los numerosos voluntarios y a cuantos, a todo nivel —institucional, social, caritativo, político—, han asumido grandes esfuerzos, haciéndose cargo de las personas y de la cuestión migratoria. Reconozco el compromiso en la financiación y construcción de dignas estructuras de acogida y agradezco de corazón a la población local por todo el bien que ha hecho y los numerosos sacrificios que han aceptado. Asimismo, quisiera agradecer a las autoridades locales, que reciben, custodian y ayudan a salir adelante a esta gente que viene a nosotros. Gracias por lo que hacen. Pero debemos admitir amargamente que este país, como otros, está atravesando actualmente una situación difícil y que en Europa sigue habiendo personas que persisten en tratar el problema como un asunto que no les incumbe. Esto es trágico. Recuerdo sus últimas palabras [dirigiéndose a la Presidenta]: “Que Europa haga lo mismo”. Y, ¡cuántas condiciones indignas del hombre! ¡Cuántos puntos críticos donde los migrantes y refugiados viven en situaciones límite, sin vislumbrar soluciones en el horizonte! Y, sin embargo, el respeto a las personas y a los derechos humanos —especialmente en el continente que no cesa de promoverlos en el mundo— debería ser salvaguardado siempre, y la dignidad de cada uno debería ser antepuesta a todo.

6) Sobre el destino de fondos comunes para la construcción de muros

Es triste escuchar que el uso de fondos comunes se propone como solución para construir muros, para construir alambres de púas. Estamos en la época de los muros y de los alambres de púas.

Ciertamente, los temores y las inseguridades, las dificultades y los peligros son comprensibles. El cansancio y la frustración, agudizados por la crisis económica y pandémica, se perciben, pero no es levantando barreras como se resuelven los problemas y se mejora la convivencia, sino uniendo fuerzas para hacerse cargo de los demás según las posibilidades reales de cada uno y en el respeto de la legalidad, poniendo siempre en primer lugar el valor irrenunciable de la vida de todo hombre, de toda mujer, de toda persona.

Cito una vez más a Elie Wiesel: «Cuando las vidas humanas están en peligro, cuando la dignidad humana está en peligro, los límites nacionales se vuelven irrelevantes» (Discurso de aceptación del Premio Nobel de la paz, 10 diciembre 1986).

7) La disparidad de trato a la migración que al comercio de armas

En varias sociedades los conceptos de seguridad y solidaridad, local y universal, tradición y apertura se están oponiendo de modo ideológico. Más que sostener unas ideas, puede ayudar partir de la realidad, detenerse, ampliar la mirada, sumergirse en los problemas de la mayoría de la humanidad, de tantas poblaciones víctimas de emergencias humanitarias que no han provocado sino sólo padecido, a menudo después de largas historias de explotación todavía en curso.

Es fácil arrastrar a la opinión pública, fomentando el miedo al otro; ¿por qué, en cambio, con el mismo tono, no se habla de la explotación de los pobres, o de las guerras olvidadas y a menudo generosamente financiadas, o de los acuerdos económicos que se hacen a costa de la gente, o de las maniobras ocultas para traficar armas y hacer que prolifere su comercio? ¿Por qué no se habla de esto? Hay que enfrentar las causas remotas, no a las pobres personas que pagan las consecuencias de ello, siendo además usadas como propaganda política. Para remover las causas profundas no se puede sólo resolver las emergencias. Se necesitan acciones concertadas. Es necesario acercarse a los cambios históricos con amplitud de miras. Porque no hay respuestas fáciles para problemas complejos; existe más bien la necesidad de acompañar los procesos desde dentro, para superar los guetos y favorecer una lenta e indispensable integración, para acoger las culturas y las tradiciones de los otros de una manera fraterna y responsable.

8) El Mar Mediterráneo: un frío cementerio sin lápidas y espejo de muerte

Sobre todo, si queremos recomenzar, miremos el rostro de los niños. Hallemos la valentía de avergonzarnos ante ellos, que son inocentes y son el futuro. Interpelan nuestras conciencias y nos preguntan: “¿Qué mundo nos quieren dar?”. No escapemos rápidamente de las crudas imágenes de sus pequeños cuerpos sin vida en las playas. El Mediterráneo, que durante milenios ha unido pueblos diversos y tierras distantes, se está convirtiendo en un frío cementerio sin lápidas. Esta gran cuenca de agua, cuna de tantas civilizaciones, ahora parece un espejo de muerte. ¡No dejemos que el mare nostrum se convierta en un desolador mare mortuum, ni que este lugar de encuentro se vuelva un escenario de conflictos! No permitamos que este “mar de los recuerdos” se transforme en el “mar del olvido”. Hermanos y hermanas, les suplico: ¡detengamos este naufragio de civilización!

9) La fe cristiana pide compasión y misericordia

Dios se hizo hombre en las orillas de este mar. Su Palabra ha resonado llevando consigo el anuncio de Dios, que es «Padre y guía de los hombres» (S. Gregorio Nacianceno, Sermón 7, en honor de su hermano Cesario, 24). Él nos ama como hijos y quiere que seamos hermanos. Y, en cambio, ofendemos a Dios, despreciando al hombre creado a su imagen, dejándolo a merced de las olas, en la marea de la indiferencia, a veces justificada incluso en nombre de presuntos valores cristianos.

La fe nos pide compasión y misericordia —no nos olvidemos que este es el estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura—. La fe exhorta a la hospitalidad, a aquella filoxenia que impregnó la cultura clásica, encontrando luego en Jesús su propia manifestación definitiva, especialmente en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37) y en las palabras del capítulo 25 del Evangelio de Mateo (cf. vv. 31-46). No es ideología religiosa, son raíces cristianas concretas. Jesús afirma solemnemente que está allí, en el forastero, en el refugiado, en el que está desnudo y hambriento; y el programa cristiano es estar donde está Jesús. Sí, porque el programa cristiano, escribió el Papa Benedicto, «es un corazón que ve» (Carta enc. Deus caritas est, 31).

10) Gracias al pueblo griego, María y las mujeres embarazadas

Y no quisiera terminar este mensaje sin agradecer al pueblo griego por el recibimiento, pues tantas veces la acogida se convierte en un problema porque no encuentra camino de salida para la gente, para desplazarse a otro lado. Gracias, hermanos y hermanas griegos, gracias por esta generosidad.

Y ahora pidamos a la Virgen María que nos abra los ojos ante los sufrimientos de los hermanos. Ella se puso en camino rápidamente al encuentro de su prima Isabel, que estaba encinta. ¡Cuántas madres embarazadas encontraron la muerte rápidamente, estando de viaje, mientras llevaban la vida en su vientre! Que la Madre de Dios nos ayude a tener una mirada materna, que ve en los hombres hijos de Dios, hermanas y hermanos que acoger, proteger, promover e integrar; y a amar con ternura. Que María Santísima nos enseñe a anteponer la realidad del hombre a las ideas e ideologías, y a dar pasos ágiles al encuentro del que sufre. Ahora recemos a la Virgen todos juntos.

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Declaración del arzobispo emérito de París tras darse a conocer que el Papa acepta su dimisión https://es.zenit.org/2021/12/05/declaracion-del-arzobispo-emerito-de-paris-tras-darse-a-conocer-que-el-papa-acepta-su-dimision/ Sun, 05 Dec 2021 15:59:28 +0000 https://es.zenit.org/?p=217933 Decidimos publicar una traducción del comunicado más reciente que el mismo Mons. Aupetit dio a propósito de toda esta situación. La ofrecemos a continuación por sentido de transparencia.

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Por: Covadonga Asturias

(ZENIT Noticias / Paris, 04.12.2021).- En ZENIT hemos dado la información inicial acerca de la polémica suscitada en Francia a raíz de unos hechos con relación a la vida privada del ex arzobispo de París. Posteriormente nuestro director editorial también comunicó la aceptación de la “renuncia” por parte del Papa ofreciendo más contexto. Sabemos que el director editorial de nuestro portal está trabajando en un análisis más profundo sobre este caso y toda la situación en Francia, mientras tanto, por sentido de honestidad periodística, decidimos publicar una traducción del comunicado más reciente que el mismo Mons. Aupetit dio a propósito de toda esta situación. La ofrecemos a continuación (enlace original en francés y video original en YouTube).

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«El Señor ha dado, el Señor ha quitado. Bendito sea el nombre del Señor».

Esta frase de Job está en mi mente al recibir esta aceptación de la entrega de mi cargo por parte del Santo Padre. Los dolorosos acontecimientos de la semana pasada, de los que ya he hablado, me habían llevado a poner mi misión en manos del Papa Francisco para preservar a la diócesis de la división que siempre provocan la sospecha y la pérdida de confianza.

He recibido esta pesada carga de la Diócesis de París y he tratado de llevarla a cabo con fervor y dedicación. Doy gracias a Dios que siempre me ha concedido el don de una mirada benévola hacia mis semejantes y del amor a las personas, lo que me llevó al ejercicio de la medicina en primer lugar.

Cuidar es algo muy arraigado en mí y las dificultades de las relaciones entre las personas no lo disminuyen. Me alegro de haber servido a esta diócesis con magníficos equipos, clérigos, laicos, consagrados, totalmente entregados al servicio de Cristo, de la Iglesia y de sus hermanos. Hay demasiadas personas a las que agradecer para hacer una lista exhaustiva.

El día que entré en el seminario no tenía ni idea de adónde me llevaría, pero la confianza en Jesucristo que tenía en aquel momento sigue haciéndome estar totalmente disponible para seguirle donde él quiera. Por supuesto, me molestaron mucho los ataques contra mí. Hoy, doy gracias a Dios porque mi corazón está profundamente en paz.

Agradezco a las muchísimas personas que me han mostrado su confianza y su afecto en estos ocho días. Rezo por aquellos que me han deseado el mal, como nos enseñó Cristo, que nos ayuda más allá de nuestras pobres fuerzas. Pido perdón a quienes haya podido herir y os aseguro a todos mi profunda amistad y mi oración, que siempre será vuestra.

La diócesis de París está llena de un profundo dinamismo. Está en el camino de una nueva forma de vivir la fraternidad desde nuestro bautismo común, en una sinodalidad sin posturas entre los diferentes estados de vida. Tengo total confianza en lo que se ha iniciado con los vicarios generales y los distintos consejos que me rodean. Este impulso no se perderá y pido a todos que trabajen para que lo que se ha iniciado se cumpla con el aliento del Espíritu Santo.

Permanezco totalmente unido a ti y camino contigo hacia el cumplimiento de la salvación. Sólo puedo repetir el mensaje de mi primera homilía: «¡No miren al arzobispo, miren a Cristo!

Michel Aupetit

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La elaboración actual de la fe: dos actitudes concretas según el Papa https://es.zenit.org/2021/12/05/la-elaboracion-actual-de-la-fe-dos-actitudes-concretas-segun-el-papa/ Sun, 05 Dec 2021 15:51:41 +0000 https://es.zenit.org/?p=217930 En este encuentro con los católicos griegos, el tema tratado fue la elaboración actual de la fe. Este tema fue desarrollado por el Papa tomando pue de dos actitudes del apóstol San Pablo quien en uno de sus muchos destinos pastorales también visitó Atenas.

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(ZENIT Noticias / Atenas, 04.12.2021).- Por la tarde del sábado 4 de diciembre, el Papa tuvo un encuentro con la comunidad católica griega en la catedral de San Dionisio de la capital helénica. Estaban presentes los obispos, sacerdotes, religiosas y catequistas católicos del país, una minoría si se considera que la mayoría del país, de 11 millones de habitantes, profesa el cristianismo ortodoxo.

En el encuentro no sólo habló el Papa. De hecho, primero escuchó. Una de las personas escuchadas por el Santo Padre fue una religiosa, la cual dio su testimonio. De suyo, para ella y los demás religiosos presentes fueron las primeras palabras del Santo Padre: “Es importante que los religiosos y las religiosas vivan su servicio con este espíritu, con un amor apasionado que se hace don para la comunidad donde son enviados”. Después habló un laico y a continuación Francisco. A todos recordó: “Todos somos un poco hijos y deudores de su país (Grecia): sin la poesía, la literatura, la filosofía y el arte que se desarrollaron aquí no podríamos conocer tantas facetas de la existencia humana, ni satisfacer tantas preguntas interiores sobre la vida, el amor, el dolor y también la muerte”.

Ofrecemos el texto del discurso. En este caso el tema fue la elaboración actual de la fe. Este tema fue desarrollado por el Papa tomando pue de dos actitudes del apóstol San Pablo quien en uno de sus muchos destinos pastorales también visitó Atenas. A continuación el texto con los encabezados de ZENIT.

***

Introducción: Pablo: el primero en abrir un “taller de la fe”

En el seno de este rico patrimonio, en los inicios del cristianismo se inauguró aquí un “taller” para la inculturación de la fe, dirigido por la sabiduría de muchos Padres de la Iglesia, que con su santa conducta de vida y sus escritos representan un faro luminoso para los creyentes de todas las épocas. Pero si nos preguntamos quién ha inaugurado el encuentro entre el cristianismo de los orígenes y la cultura griega, el pensamiento no puede ir más que al apóstol Pablo. Es él quien abrió el “taller de la fe” que sintetizó esos dos mundos; y lo hizo precisamente aquí, como relatan los Hechos de los Apóstoles. Llegó a Atenas, comenzó a predicar en la plaza y los eruditos de ese tiempo lo llevaron al Areópago (cf. Hch 17,16-34), que era el consejo de los ancianos, de los sabios que juzgaban cuestiones de interés público. Detengámonos en este episodio y dejémonos orientar, en nuestro camino como Iglesia, por dos actitudes del Apóstol que son útiles a nuestra actual elaboración de la fe.

Primer actitud: la confianza

Mientras Pablo predicaba, algunos filósofos comenzaron a preguntarse qué quería enseñar ese «charlatán» (v. 18). Lo llamaron así, charlatán, uno que inventa cosas aprovechándose de la buena fe de quien lo escucha, por eso lo condujeron al Areópago. Por tanto, no tenemos que imaginar que le abrieron el telón de un escenario. Al contrario, lo llevaron allí para interrogarlo: «¿Se puede saber qué doctrina nueva es esta que tú enseñas? Queremos saber qué significan estas cosas extrañas que te oímos decir» (vv. 19-20). Pablo, en definitiva, fue acorralado.

Estas circunstancias de su misión en Grecia también son importantes para nosotros hoy: el Apóstol fue arrinconado. Un poco antes, en Tesalónica, había sido obstaculizado en su predicación y, a causa de los tumultos suscitados en el pueblo, que lo acusaba de procurar desórdenes, tuvo que escapar durante la noche. Ahora, en Atenas, fue tomado por un charlatán y, como un huésped no deseado, lo condujeron al Areópago. Por lo tanto, no estaba viviendo un momento triunfante, sino que estaba llevando adelante la misión en condiciones difíciles. Quizá en muchos momentos de nuestro camino, también nosotros percibimos el cansancio y a veces la frustración de ser una comunidad pequeña o una Iglesia con poca fuerza que se mueve en un contexto no siempre favorable. Mediten la historia de Pablo en Atenas: estaba solo, superado en número y tenía escasas posibilidades de éxito, pero no se dejó vencer por el desánimo, no renunció a la misión ni se dejó atrapar por la tentación de lamentarse. Esto es muy importante, tengan cuidado con no estarse lamentando. Esta es la actitud del verdadero apóstol: seguir adelante con confianza, prefiriendo la inquietud de las situaciones inesperadas a la costumbre y a la repetición. Pablo tuvo esa valentía, ¿de dónde le nacía? De la confianza en Dios. Su valentía era la de la confianza, confianza en la grandeza de Dios, que ama obrar siempre en nuestra debilidad.

Queridos hermanos y hermanas, tenemos confianza, porque el ser Iglesia pequeña nos hace signo elocuente del Evangelio, del Dios anunciado por Jesús que elige a los pequeños y a los pobres, que cambia la historia con las proezas sencillas de los humildes. A nosotros, como Iglesia, no se nos pide el espíritu de la conquista y de la victoria, la magnificencia de los grandes números, el esplendor mundano. Todo eso es peligroso, es la tentación del triunfalismo. A nosotros se nos pide que sigamos el ejemplo del granito de mostaza, que es ínfimo, pero crece humilde y lentamente; es la más pequeña de todas las semillas —dice Jesús— pero cuando crece se convierte en un árbol (cf. Mt 13,32). A nosotros se nos pide que seamos levadura que fermenta en lo escondido, paciente y silenciosamente, dentro de la masa del mundo, gracias a la obra incesante del Espíritu Santo (cf. v. 33). El secreto del Reino de Dios está contenido en las pequeñas cosas, en lo que a menudo no se ve ni hace ruido. El apóstol Pablo, cuyo nombre remite a la pequeñez, vivió en la confianza porque acogió en el corazón estas palabras del Evangelio, hasta el punto de enseñarlas a los hermanos de Corinto: «lo que parece debilidad en Dios es más fuerte que todo lo humano», «escogió a los que el mundo tiene por débiles, para avergonzar a los fuertes» (1 Co 1,25.27).

Entonces, queridos amigos, quisiera decirles: bendigan la pequeñez y acójanla, los dispone a confiar en Dios y sólo en Él. Ser minoría —y en el mundo entero la Iglesia es minoritaria— no quiere decir ser insignificantes, sino recorrer el camino que abrió el Señor, que es el de la pequeñez, el de la kénosis, el abajamiento, de la condescendencia, de la synkatábasis de Dios en Jesucristo. Él descendió hasta llegar a esconderse en los pliegues de la humanidad y en las llagas de nuestra carne. Nos ha salvado, sirviéndonos. Él, en efecto —afirma Pablo—, «se despojó de sí mismo asumiendo la condición de esclavo» (Flp 2,7). Muchas veces tenemos la obsesión de querer aparecer, de llamar la atención, pero «el Reino de Dios no viene de manera que lo puedan detectar visiblemente» (Lc 17,20). Viene secretamente como la lluvia, lentamente, sobre la tierra. Ayudémonos a renovar esta confianza en la obra de Dios, a no perder el entusiasmo del servicio. ¡Ánimo y adelante por este camino de la humildad y la pequeñez!

Segunda actitud: la acogida

Ahora quisiera destacar una segunda actitud de Pablo en el Areópago de Atenas: la acogida. Es la disposición interior necesaria para la evangelización, se trata de no querer ocupar el espacio y la vida de los demás, sino de sembrar la buena noticia en el terreno de su existencia, aprendiendo sobre todo a acoger y reconocer las semillas que Dios ya ha puesto en sus corazones, antes de nuestra llegada. Recordemos que Dios siempre nos precede, Dios siempre precede nuestra siembra. Evangelizar no es llenar un recipiente vacío, es ante todo dar a luz aquello que Dios ya ha empezado a realizar. Y esta extraordinaria pedagogía es la que el Apóstol demostró ante los atenienses. No les dijo “se están equivocando en todo” o “ahora les enseño la verdad”, sino que comenzó acogiendo su espíritu religioso: «Atenienses, veo que ustedes son, desde todo punto de vista, personas muy religiosas. Porque mientras paseaba y contemplaba sus monumentos sagrados encontré un altar en el que estaba escrito: “Al dios desconocido”» (Hch 17,22-23).

Toma un elemento valioso de los atenienses. El Apóstol reconoció la dignidad de sus interlocutores y acogió su sensibilidad religiosa. Aun cuando las calles de Atenas estaban llenas de ídolos, que lo habían hecho “estremecerse dentro de sí” (cf. v. 16), Pablo acogió el deseo de Dios escondido en el corazón de esas personas y amablemente quiso transmitirles el asombro de la fe. Su estilo no fue impositivo, sino propositivo; no estaba fundado en el proselitismo, nunca, sino en la mansedumbre de Jesús. Y eso fue posible porque Pablo tenía una mirada espiritual sobre la realidad, creía que el Espíritu Santo trabaja en el corazón del hombre, más allá de las etiquetas religiosas. Hemos escuchado esto en el testimonio de Rokos. En un cierto momento, los hijos se alejan un poco de la práctica religiosa, pero el Espíritu Santo había obrado y continúa obrando, y de ese modo ellos creen mucho en la unidad y en la fraternidad con el prójimo. El Espíritu trabaja siempre, más allá de lo que se ve exteriormente, ¡acordémonos de esto! La actitud del apóstol en todo tiempo comienza, pues, por acoger al otro, no olvidemos que «la gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe» (Exhort ap. Evangelii gaudium, 115). No hay una gracia abstracta girando sobre nuestras cabezas, siempre la gracia esta encarnada en una cultura, ahí se encarna.

A propósito de la visita de Pablo al Areópago, Benedicto XVI dijo que debemos interesarnos mucho por las personas agnósticas o ateas, pero que tenemos que estar atentos porque «cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión, ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad» (Discurso a la Curia Romana, 21 diciembre 2009). También hoy a nosotros se nos pide la actitud de la acogida, el estilo de la hospitalidad, un corazón animado por el deseo de crear comunión en medio de las diferencias humanas, culturales o religiosas. El desafío es elaborar la pasión por el conjunto, que nos conduzca —católicos, ortodoxos, hermanos y hermanas de otros credos, así como hermanos agnósticos, todos— a escucharnos recíprocamente, a soñar y trabajar juntos, a cultivar la “mística” de la fraternidad (cf. Exhort ap. Evangelii gaudium, 87). La historia pasada permanece todavía como una herida abierta en el camino de este diálogo afable, pero abrazamos con valentía el desafío que hoy se nos presenta.

Queridos hermanos y hermanas, aquí en tierra griega, san Pablo manifestó su serena confianza en Dios y eso hizo que acogiera a los areopagitas que sospechaban de él. Con estas dos actitudes anunció a ese Dios que era desconocido para sus interlocutores, y llegó a presentarles el rostro de un Dios que en Cristo Jesús sembró el germen de la resurrección, el derecho universal a la esperanza, que es un derecho humano, el derecho a la esperanza. Cuando Pablo anunció esta buena noticia, la mayor parte lo ridiculizó y se fue. Sin embargo, «algunos hombres se unieron a él y abrazaron la fe, entre ellos Dionisio, el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más» (Hch 17,34). La mayoría se fue, un pequeño resto se unió a Pablo, entre ellos Dionisio, titular de esta Catedral. Era una pequeña porción, pero es así como Dios teje los hilos de la historia, desde entonces hasta hoy. Les deseo de corazón que prosigan la obra en su histórico taller de la fe, y que lo hagan con estos dos ingredientes: la confianza y la acogida, para saborear el Evangelio como experiencia de alegría y también como experiencia de fraternidad. Los llevo conmigo en el afecto y en la oración. Y ustedes, por favor, no se olviden de rezar por mí. O Theós na sas evloghi! [¡Que Dios los bendiga!]

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Grecia: el discurso político del Papa que conquistó a las autoridades civiles del país e interpeló a las europeas en 12 puntos https://es.zenit.org/2021/12/05/grecia-el-discurso-politico-del-papa-que-conquisto-a-las-autoridades-civiles-del-pais-e-interpelo-a-las-europeas-en-12-puntos/ Sun, 05 Dec 2021 02:08:59 +0000 https://es.zenit.org/?p=217923 Por su naturaleza y contexto, se trataba, sobre todo, de un encuentro de cariz político. Oportunidad que brindaba la ocasión de visibilizar temas y hacer exhortaciones más allá de las fronteras de una gran capital europea como es Atenas.

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(ZENIT Noticias / Atenas, 04.12.2021).- Hacia las 11 de la mañana, hora local, el Papa llegó a Grecia, procedente de Chipre. Le recibió el ministro de asuntos exteriores en el aeropuerto internacional de Atenas. De ahí el Papa se trasladó al Palacio Presidencial de Atenas para su primer encuentro público, en este caso, con la presidente de la república, los miembros del gobierno, el cuerpo diplomático, y representantes de la sociedad, el mundo de la cultura y líderes religiosos.

 

Por su naturaleza y contexto, se trataba, sobre todo, de un encuentro de cariz político. Oportunidad que brindaba la ocasión de visibilizar temas y hacer exhortaciones más allá de las fronteras de una gran capital europea como es Atenas.

 

Nuevamente el Papa logró hacerse con la simpatía de los presentes al poner en alto la historia y protagonismo de Grecia. Pero de esa exaltación se pasó también a la exhortación sobre temas políticos de interés no sólo europeo. En ZENIT hemos evidenciado doce temas y una introducción en este discurso. Lo ofrecemos con los encabezados que agregó nuestra agencia.

 

***

 

Introducción: sin Grecia el mundo sería menos sabio y menos feliz

Los saludo cordialmente y agradezco a la señora Presidenta las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de ustedes y de todos los ciudadanos griegos. Es un honor estar en esta gloriosa ciudad. Hago mías las palabras de san Gregorio Nacianceno: «Atenas áurea y dispensadora de bien… cuando buscaba la elocuencia, encontré la felicidad» (Oratio 43,14).

 

Vengo como peregrino a estos lugares que sobreabundan de espiritualidad, cultura y civilización, para percibir la misma felicidad que entusiasmó al gran Padre de la Iglesia. Era la alegría de cultivar la sabiduría y de compartir su belleza. Una felicidad, por tanto, que no es individual ni está aislada, sino que, naciendo del asombro, tiende al infinito y se abre a la comunidad; una sabia felicidad, que desde estos lugares se ha difundido en todas partes. Sin Atenas y sin Grecia, Europa y el mundo no serían lo que son: serían menos sabios y menos felices.

 

Desde aquí, los horizontes de la humanidad se han dilatado. Yo también me siento invitado a elevar la mirada y a detenerla en la parte más alta de la ciudad: la Acrópolis. Visible desde lejos para los viajeros que han llegado hasta allí a través de los milenios, ofrecía una imprescindible referencia a la divinidad.

 

1) Grecia: un llamado a ampliar los horizontes hacia lo alto

Es la llamada a ampliar los horizontes hacia lo alto, desde el Monte Olimpo a la Acrópolis y al Monte Athos. Grecia invita al hombre de todos los tiempos a orientar el viaje de la vida hacia lo alto: hacia Dios, porque necesitamos de la trascendencia para ser verdaderamente humanos. Y mientras hoy en el Occidente, que ha nacido aquí, se tiende a ofuscar la necesidad del Cielo, atrapados por el frenesí de miles de carreras terrenas y por la avidez insaciable de un consumismo que despersonaliza, estos lugares nos invitan a dejarnos sorprender por el infinito, por la belleza del ser, por la alegría de la fe. Por aquí han pasado los caminos del Evangelio que han unido el Oriente y el Occidente, los Santos Lugares y Europa, Jerusalén y Roma; esos Evangelios que, para llevar al mundo la buena noticia de Dios amante del hombre, se escribieron en griego, lengua inmortal usada por la Palabra —el Logos— para expresarse, lenguaje de la sabiduría humana convertido en voz de la Sabiduría divina.

 

2) Atenas: el impulso a mirar también “hacia el otro”

Pero en esta ciudad la mirada, además de dirigirse hacia lo alto, se impulsa también hacia el otro. Nos lo recuerda el mar, al que Atenas se asoma y que orienta la vocación de esta tierra, situada en el corazón del Mediterráneo para ser puente entre las personas. Aquí grandes historiadores se apasionaron narrando las historias de los pueblos cercanos y lejanos. Aquí, según la conocida afirmación de Sócrates, tuvo comienzo el sentirse ciudadanos no sólo de la propia patria, sino del mundo entero. Ciudadanos, aquí el hombre tomó conciencia de ser “un animal político” (cf. Aristóteles, Política, I, 2) y, como parte de una comunidad, vio en los otros no sólo sujetos, sino ciudadanos con los que organizar juntos la polis. Aquí nació la democracia. La cuna, milenios después, se convirtió en una casa, una gran casa de pueblos democráticos: me refiero a la Unión Europea y al sueño de paz y fraternidad que representa para tantos pueblos.

 

3) Retrocesos en la democracia no sólo en Europa

Sin embargo, no se puede dejar de constatar con preocupación cómo hoy, no sólo en el continente europeo, se registra un retroceso de la democracia. Ésta requiere la participación y la implicación de todos y por tanto exige esfuerzo y paciencia; la democracia es compleja, mientras el autoritarismo es expeditivo y las promesas fáciles propuestas por los populismos se muestran atrayentes. En diversas sociedades, preocupadas por la seguridad y anestesiadas por el consumismo, el cansancio y el malestar conducen a una suerte de “escepticismo democrático”. Sin embargo, la participación de todos es una exigencia fundamental, no sólo para alcanzar objetivos comunes, sino porque responde a lo que somos: seres sociales, irrepetibles y al mismo tiempo interdependientes.

 

4) El escepticismo con relación a la democracia

Pero también existe un escepticismo, en relación a la democracia, provocado por la distancia de las instituciones, por el temor a la pérdida de identidad y por la burocracia. El remedio a esto no está en la búsqueda obsesiva de popularidad, en la sed de visibilidad, en la proclamación de promesas imposibles o en la adhesión a abstractas colonizaciones ideológicas, sino que está en la buena política. Porque la política es algo bueno y así debe ser en la práctica, en cuanto responsabilidad suprema del ciudadano, en cuanto arte del bien común.

 

5) Ni derechas ni izquierdas: adelante

Para que el bien sea realmente participado, hay que dirigir una atención particular, diría prioritaria, a las franjas más débiles. Esta es la dirección a seguir, que un padre fundador de Europa indicó como antídoto para las polarizaciones que animan la democracia, pero que amenazan con exasperarla: «Se habla mucho de quien está a la izquierda o a la derecha, pero lo decisivo es ir hacia adelante, e ir hacia adelante significa encaminarse hacia la justicia social» (A. De Gasperi, Discurso en Milán, 23 abril 1949). En este sentido, es necesario un cambio de ritmo, mientras cada día se difunden miedos, amplificados por la comunicación virtual, y se elaboran teorías para oponerse a los demás. Ayudémonos, en cambio, a pasar del partidismo a la participación; del mero compromiso por sostener la propia facción a implicarse activamente por la promoción de todos.

 

6) Del partidismo a la participación

Es la motivación que nos debe impulsar en varios frentes: pienso en el clima, en la pandemia, en el mercado común y sobre todo en las pobrezas extendidas. Son desafíos que piden colaborar de manera concreta y activa, lo necesita la comunidad internacional, para abrir caminos de paz a través de un multilateralismo que no sea sofocado por excesivas pretensiones nacionalistas; lo necesita la política, para poner las exigencias comunes ante los intereses privados. Puede parecer una utopía, un viaje sin esperanza en un mar turbulento, una odisea larga e irrealizable. Y, sin embargo, como enseña el gran relato homérico, el viaje en un mar agitado es a menudo el único camino. Y alcanza la meta si está animado por el deseo de un hogar, por la búsqueda de seguir adelante juntos, por el nóstos álgos, por la nostalgia. A este respecto, quisiera renovar mi aprecio por el difícil recorrido que ha llevado al “Acuerdo de Prespa”, firmado entre esta República y la de Macedonia del Norte.  

 

7) Los olivos, el paisaje herido y la voluntad de contrastar la crisis climática

Mirando aún al Mediterráneo, mar que nos abre al otro, pienso en sus costas fértiles y en el árbol que podría erigirse como símbolo: el olivo, del que se acaban de recoger los frutos y que aúna tierras diversas que se asoman al único mar. Es triste ver cómo muchos olivos centenarios ardieron en los últimos años, consumidos por incendios causados con frecuencia por condiciones meteorológicas adversas, que a su vez fueron provocados por el cambio climático. Frente al paisaje herido de este maravilloso país, el árbol del olivo puede simbolizar la voluntad de contrastar la crisis climática y sus devastaciones.

 

De hecho, después del diluvio, la catástrofe primordial narrada por la Biblia, una paloma regresó hasta Noé «llevando en el pico una hoja de olivo que había arrancado» (Gn 8,11). Era el símbolo de la recuperación, de la fuerza para volver a comenzar cambiando el estilo de vida, renovando las propias relaciones con el Creador, las creaturas y la creación. En este sentido, deseo que los compromisos asumidos en la lucha contra el cambio climático se compartan cada vez más y no sean de fachada, sino que se lleven adelante con seriedad; que a las palabras sigan los hechos, para que los hijos no paguen una vez más la hipocresía de los padres. Resuenan en este sentido las palabras que Homero puso en boca de Aquiles: «Me es tan odioso como las puertas del Hades quien piensa una cosa y manifiesta otra» (Ilíada, IX,312-313).

 

8) El olivo, la solidaridad y la Unión Europea

En la Escritura, el olivo también representa una invitación a ser solidarios, en particular con respecto a cuantos no pertenecen al propio pueblo. Dice la Biblia: «Si recoges el fruto de tus olivos, no regreses a buscar más. Será para el migrante» (Dt 24,20). Este país, caracterizado por la acogida, ha visto arribar en algunas de sus islas un número mayor de hermanos y hermanas migrantes que el de los mismos habitantes, aumentando de ese modo los problemas, que todavía se ven afectados por las dificultades que trajo consigo la crisis económica. Pero también las demoras europeas perduran.

 

La Comunidad europea, desgarrada por egoísmos nacionalistas, más que ser un tren de solidaridad, algunas veces se muestra bloqueada y sin coordinación. Si en un tiempo los contrastes ideológicos impedían la construcción de puentes entre el este y el oeste del continente, hoy la cuestión migratoria también ha abierto brechas entre el sur y el norte.

 

Quisiera exhortar nuevamente a una visión de conjunto, comunitaria, ante la cuestión migratoria, y animar a que se dirija la atención a los más necesitados para que, según las posibilidades de cada país, sean acogidos, protegidos, promovidos e integrados en el pleno respeto de sus derechos humanos y de su dignidad. Más que un obstáculo para el presente, eso representa una garantía para el futuro, de modo que sea signo de una convivencia pacífica para cuantos se ven forzados a huir en busca de un hogar y de esperanza, y que son cada vez más numerosos. Son los protagonistas de una terrible odisea moderna.

 

9) Grecia, la Odisea y la migración

Me agrada recordar que cuando Ulises desembarcó en Ítaca no fue reconocido por los señores del lugar, que le habían usurpado su casa y sus bienes, sino por quien se había hecho cargo de él. Su nodriza se dio cuenta de que era él cuando vio sus cicatrices. Los sufrimientos nos unen y reconocer la pertenencia a la misma humanidad frágil nos ayudará a construir un futuro más integrado y pacífico. ¡Transformemos en audaz oportunidad lo que sólo parece una desgraciada adversidad!

 

10) La pandemia: la gran adversidad común

En cambio, la pandemia es la gran adversidad. Ha hecho que nos redescubramos frágiles, necesitados de los demás. También en este país es un desafío que requiere oportunas intervenciones por parte de las autoridades —me refiero a la necesidad de la campaña de vacunación— y no pocos sacrificios para los ciudadanos.

 

Pero en medio de tanto esfuerzo se ha abierto camino un notable sentido de solidaridad, al que la Iglesia católica local es dichosa de poder seguir contribuyendo, con la convicción de que esto constituya una herencia que no debe perderse con el lento aplacarse de la tempestad. Algunas palabras del juramento de Hipócrates parecen escritas para nuestro tiempo, tales como el esfuerzo por “regular el tenor de vida por el bien de los enfermos”, por “abstenerse de todo daño y ofensa” a los demás, por salvaguardar la vida en todo momento, particularmente en el seno materno (cf. Juramento de Hipócrates, texto antiguo). Siempre ha de privilegiarse el derecho al cuidado y a los tratamientos para todos, para que los más débiles nunca sean descartados, en particular los ancianos; que los ancianos no sean las primeras personas excluidas por la cultura del descarte. Los ancianos son el singo de la sabiduría de un pueblo. En efecto, la vida es un derecho; no lo es la muerte, que se acoge, no se suministra.

 

11) Grecia: la memoria de Europa

Queridos amigos, algunos ejemplares de olivo mediterráneo atestiguan una vida tan larga que precede al nacimiento de Cristo. Milenarios y duraderos, han resistido el paso del tiempo y nos recuerdan la importancia de custodiar raíces fuertes, inervadas de memoria. Este país puede definirse como la memoria de Europa, —ustedes son la memoria de Europa— y estoy contento de visitarlo después de veinte años de la histórica visita del Papa Juan Pablo II y en el bicentenario de su independencia. A este respecto, es conocida la frase del general Colocotronis: “Dios ha puesto su firma sobre la libertad de Grecia”.

 

Dios pone gustosamente su firma sobre la libertad humana, siempre y en todo lugar, es su don más grande y lo que, a su vez, más valora de nosotros. Él, en efecto, nos ha creado libres y lo que más le agrada es que amemos libremente a Él y al prójimo. Las leyes contribuyen a hacerlo posible, pero también la educación en la responsabilidad y el crecimiento de una cultura del respeto. A este respecto, quiero renovar mi agradecimiento por el reconocimiento público de la comunidad católica y aseguro su voluntad de promover el bien común de la sociedad griega, orientando en ese sentido la universalidad que la caracteriza, con el deseo de que en términos prácticos siempre se garanticen las condiciones necesarias para desempeñar bien su servicio.

 

12) Los católicos y ortodoxos: comunión no división

Hace doscientos años, el Gobierno provisorio del país se dirigió a los católicos con palabras conmovedoras: “Cristo ha establecido el mandamiento del amor al prójimo. ¿Pero quién es más prójimo a ustedes, nuestros conciudadanos, aunque haya algunas diferencias en los ritos? Nosotros tenemos una única patria, pertenecemos a un único pueblo; nosotros cristianos somos hermanos, hermanos en las raíces, en el crecimiento y en los frutos por la Santa Cruz”.

 

Ser hermanos bajo el signo de la cruz, en este país bendecido por la fe y por sus tradiciones cristianas, exhorta a todos los creyentes en Cristo a cultivar la comunión en todos los ámbitos, en el nombre de ese Dios que abraza a todos con su misericordia. En este sentido, queridos hermanos y hermanas, les agradezco su compromiso y los exhorto a hacer progresar a este país en la apertura, la inclusión y la justicia. Desde esta ciudad, desde esta cuna de la civilización se elevó —y que siga elevándose siempre— un mensaje orientado hacia lo alto y hacia el otro; que a las seducciones del autoritarismo responda con la democracia; que a la indiferencia individualista oponga el cuidado del otro, del pobre y de la creación, pilares esenciales para un humanismo renovado, que es lo que necesitan nuestros tiempos y nuestra Europa. O Theós na evloghí tin Elládha! [¡Que Dios bendiga a Grecia!]

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“Ustedes no son forasteros, sino conciudadanos”: el emotivo discurso sobre migración que el Papa dio desde Chipre al mundo https://es.zenit.org/2021/12/05/ustedes-no-son-forasteros-sino-conciudadanos-el-emotivo-discurso-sobre-migracion-que-el-papa-dio-desde-chipre-al-mundo/ Sun, 05 Dec 2021 01:56:27 +0000 https://es.zenit.org/?p=217920 Este discurso era uno de los más esperados pues de hecho todo el viaje giraba en torno al tema migratorio. Como se sabe, Chipre es el país de la Unión Europea que proporcionalmente, por población, más migrantes recibe. En este encuentro estuvieron presentes los patriarcas maronita y latino de Jerusalén, Béchara Raï y Pizzaballa.

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 (ZENIT Noticias / Nicosia, 04.12.2021).- El último encuentro público en la agenda del Papa en Chipre fue el encuentro que tuvo con los migrantes la tarde del viernes 3 de diciembre en la Iglesia parroquial de la Santa Cruz, Nicosia, a pocos metros del muro que separa no sólo la capital sino a todo el país del resto de la isla. Un encuentro “de oración”: “Es una gran alegría estar aquí con ustedes y concluir mi visita a Chipre con este encuentro de oración”, dijo el Papa. Ahí escuchó los testimonios de personas que han emigrado y que reflejan la historia de tantos otros migrantes anónimos y sin voz. La iglesia estaba llena de migrantes de diferentes confesiones cristianas, también de musulmanes. A ellos les comenzó diciendo: “Su presencia, hermanos y hermanas migrantes, es muy significativa en esta celebración. Sus testimonios son como un “espejo” para nosotros, comunidades cristianas”.

Este discurso era uno de los más esperados pues de hecho todo el viaje giraba en torno al tema migratorio. Como se sabe, Chipre es el país de la Unión Europea que proporcionalmente, por población, más migrantes recibe. En este encuentro estuvieron presentes los patriarcas maronita y latino de Jerusalén, Béchara Raï y Pizzaballa. A continuación las partes principales del discurso con encabezados de ZENIT. 

 

Introducción

“Ustedes no son forasteros, sino conciudadanos”. Esta es la profecía de la Iglesia, una comunidad que encarna —con todos los límites humanos— el sueño de Dios. Porque también Dios sueña (…) un mundo de paz, en el que sus hijos viven como hermanos y hermanas. Dios quiere esto, Dios sueña esto. Somos nosotros los que no lo queremos.

 

1) Thamara y la identidad de los migrantes

Cuando tú, Thamara, que vienes de Sri Lanka, dices: “A menudo me preguntan quién soy”: la brutalidad de la migración pone en juego la propia identidad. “Pero, ¿este soy yo? No lo sé. ¿Dónde están mis raíces? ¿Quién soy?”. Y cuando dices esto, nos recuerdas que también a nosotros se nos hace a veces esta pregunta: “¿Quién eres tú?”. Y, lamentablemente, con frecuencia lo que se quiere decir es: “¿De qué parte estás? ¿A qué grupo perteneces?”. Pero como tú nos has dicho, no somos números, no somos individuos que haya que catalogar: somos “hermanos”, “amigos”, “creyentes” y “prójimos” los unos de los otros. Pero cuando los intereses de grupo o los intereses políticos, también de las naciones, presionan, muchos de entre nosotros son apartados y, sin quererlo, se ven esclavos. Porque el interés siempre esclaviza, siempre crea esclavos. El amor que es amplio y que es contrario al odio, nos hace libres.

 

2) Maccolins y las heridas por el odio hacia los migrantes

Cuando tú, Maccolins, que vienes de Camerún, dices que a lo largo de tu vida has sido “herido por el odio”, tú estás hablando de esto, de estas heridas de los intereses; y nos recuerdas que el odio también ha contaminado nuestras relaciones entre cristianos. Y esto, como tú has dicho, deja una marca, una marca profunda que dura mucho tiempo: es un veneno. Sí, lo has expresado con tu pasión: el odio es un veneno del que resulta difícil desintoxicarse. Y el odio es una mentalidad distorsionada que, en vez de hacer que nos reconozcamos hermanos, lleva a que nos veamos como adversarios, como rivales, o si no como objetos que se venden o se explotan.

 

3) Rozh y los migrantes en camino

Cuando tú, Rozh, que vienes de Irak, dices que eres “una persona en camino”, nos recuerdas que también nosotros somos una comunidad en camino, que estamos en marcha del conflicto a la comunión. En este camino, que es largo y está formado por subidas y bajadas, no nos deben asustar las diferencias entre nosotros, sino más bien, sí deben darnos miedo nuestras cerrazones, y nuestros prejuicios, que impiden que nos encontremos realmente y que caminemos juntos. Las cerrazones y los prejuicios vuelven a construir entre nosotros ese muro de separación que Cristo ha derribado, es decir, la enemistad (cf. Ef 2,14). Y entonces nuestro viaje hacia la unidad plena podrá avanzar en la medida en que tengamos todos juntos la mirada fija en Jesús, en Él, que es «nuestra paz» (ibíd.), que es la «piedra principal» (v. 20). Y Él, el Señor Jesús, viene a nuestro encuentro en el rostro del hermano marginado y descartado, en el rostro del migrante despreciado, rechazado, oprimido, explotado. Pero también —como has dicho tú—, en el rostro del migrante que está en camino hacia algo, hacia una esperanza, hacia una convivencia más humana.

 

4) Dios y los sueños de los migrantes

Y así Dios nos habla a través de sus sueños. El peligro es que muchas veces no dejamos entrar los sueños dentro de nosotros, preferimos dormir y no soñar. Es más fácil mirar a otra parte. Y en este mundo nos acostumbramos a la cultura de la indiferencia, a la cultura de mirar a otro lado, y dormirnos así, tranquilos. Pero por este camino nunca se puede soñar. Es duro. Dios habla por medio de sus sueños. Dios no habla por medio de las personas que no pueden soñar nada, porque tienen todo o porque su corazón se ha endurecido.

Dios también a nosotros nos llama a no resignarnos a vivir en un mundo dividido, a no resignarnos a comunidades cristianas divididas, sino a caminar en la historia atraídos por el sueño de Dios, que es una humanidad sin muros de separación, liberada de la enemistad, sin más forasteros sino sólo conciudadanos, como nos decía Pablo en el pasaje que he citado. Diferentes, es verdad, y orgullosos de nuestras peculiaridades; orgullosos de ser diferentes, de estas peculiaridades que son un don de Dios, Diferentes, orgullosos de serlo, pero siempre reconciliados, siempre hermanos.

 

5) Chipre: la isla dividida de la generosidad

Que esta isla, marcada por una dolorosa división —estoy mirando el muro, allí [a través de la puerta abierta de la Iglesia]—, pueda convertirse con la gracia de Dios en taller de fraternidad. Yo agradezco a todos los que trabajan por esto. Pensar que esta isla es generosa, pero no puede hacerlo todo, porque el número de gente que llega es superior a sus posibilidades de incorporar, de integrar, de acompañar, de promover. Su cercanía geográfica facilita, pero no es fácil.

Debemos entender los límites que tienen los gobernantes de esta isla. Pero siempre está presente en esta isla, y lo he visto en los responsables que he visitado, [el compromiso] de convertirse, con la gracia de Dios, en taller de fraternidad. Y podrá serlo con dos condiciones: la primera es el reconocimiento efectivo de la dignidad de cada persona humana (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 8). Nuestra dignidad no se vende, no se alquila, no se pierde. La frente alta: yo soy digno hijo de Dios. El reconocimiento efectivo de la dignidad de toda persona humana: este es el fundamento ético, un fundamento universal que está también en el centro de la doctrina social cristiana. La segunda condición es la apertura confiada a Dios, Padre de todos, y este es el “fermento” que estamos llamados a ser como creyentes (cf. ibíd., 272).

Con estas condiciones es posible que el sueño se traduzca en un viaje cotidiano, hecho de pasos concretos que van del conflicto a la comunión, del odio al amor, de la huida al encuentro. Un camino paciente que, día tras día, nos hace entrar en la tierra que Dios ha preparado para nosotros, la tierra donde, si te preguntan: “¿Quién eres?”, puedes responder a cara descubierta: “Mira, soy tu hermano, ¿no me conoces?”. Y andar así, lentamente.

 

6) Los que se quedaron en el camino

Escuchándolos a ustedes, mirándolos a la cara, la memoria va más allá, va a los sufrimientos. Ustedes llegaron aquí, pero, ¿cuántos de sus hermanos y hermanas se quedaron en el camino? ¿Cuántos, desesperados, empezaron el viaje en condiciones muy difíciles, incluso precarias, y no pudieron llegar? Podemos decir que este mar se ha convertido en un gran cementerio.

Mirándolos a ustedes veo los sufrimientos del camino, tantos que han sido secuestrados, vendidos, explotados; todavía están en camino, no sabemos dónde. Es la historia de una esclavitud, una esclavitud universal. Nosotros miramos lo que sucede, y lo peor es que nos estamos acostumbrando a esto: “Ah, sí, hoy se hundió un barco, allí, muchos desaparecidos”. Pero mira que este acostumbrarse es una enfermedad grave, es una enfermedad muy grave y no hay antibiótico para esta enfermedad. Debemos reaccionar contra este vicio de acostumbrarse a leer estas tragedias en los periódicos o escucharlas en otros medios de comunicación. Mirándolos a ustedes, pienso en tantos que tuvieron que regresar porque los rechazaron y terminaron en los campos de refugiados, verdaderos campos de concentración, donde las mujeres son vendidas, los hombres torturados, esclavizados. Nosotros nos lamentamos cuando leemos las historias de los campos de concentración del siglo pasado, los de los nazis, los de Stalin, nos lamentamos cuando vemos eso y decimos: “Pero, ¿cómo es posible que haya sucedido eso?”.

Migrantes, los “campos de concentración” y la cultura de la indiferencia occidental

Hermanos y hermanas: está sucediendo hoy, en las costas cercanas. Lugares de esclavitud. He visto algunos testimonios grabados de eso: lugares de tortura, de venta de personas. Esto lo digo porque es mi responsabilidad ayudar a que abramos los ojos. La migración forzada no es una costumbre casi turística, ¡por favor! Y el pecado que tenemos dentro nos impulsa a pensar así: “Pobre gente, pobre gente”. Y con ese “pobre gente” borramos todo. Es la guerra de este momento, es el sufrimiento de hermanos y hermanas que nosotros no podemos callar. Aquellos que han dado todo lo que tenían para subir a un barco, de noche sin saber si llegarían. Y después, tantos de ellos son rechazados y terminan en los campos de concentración, verdaderos lugares de confinamiento, de tortura y de esclavitud.

Esta es la historia de esta civilización desarrollada, que nosotros llamamos Occidente. Y después —perdónenme, pero quisiera decir lo que tengo en el corazón, al menos para rezar unos por otros y hacer algo—, después los alambres de púas. Uno lo veo aquí: esta es una guerra de odio que divide a un país. Pero los alambres de púas, en otros lugares donde están, se ponen para no dejar entrar al refugiado, al que viene a pedir libertad, pan, ayuda, hermandad, alegría, que está huyendo del odio y se encuentra ante un odio que se llama alambre de púas. Que el Señor despierte las conciencias de todos nosotros frente a estas cosas.

Y perdónenme si he dicho las cosas como son, pero no podemos callar y mirar a otro lado, en esta cultura de la indiferencia.

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Adviento: los tres pasos para acoger al Señor que viene, según el Papa https://es.zenit.org/2021/12/05/adviento-los-tres-pasos-para-acoger-al-senor-que-viene-segun-el-papa/ Sun, 05 Dec 2021 01:51:32 +0000 https://es.zenit.org/?p=217917 El Papa dedicó la homilía al pasaje de los dos ciegos que imploran de Jesús su sanación y lo reconocen como Mesías. Fue a partir de este texto que el Sumo Pontífice profundizó en tres pasos para acoger a Jesús en este tiempo de adviento.

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(ZENIT Noticias / Nicosia, 04.12.2021).- El Papa tuvo el encuentro más “multitudinario” en el estadio GSP de Nicosia la mañana del viernes 3 de diciembre. Fue ahí donde la comunidad católica de la isla, la mayoría de rito católico maronita y de rito católico latino, tuvo “su momento” de fe comunitario en torno a la Eucaristía. En la misa estaba presente el presidente de Chipre, quien no es católico. El Papa dedicó la homilía al pasaje de los dos ciegos que imploran de Jesús su sanación y lo reconocen como Mesías. Fue a partir de este texto que el Sumo Pontífice profundizó en tres pasos para acoger a Jesús en este tiempo de adviento.

 

Al finalizar, expresó a los presentes su agradecimiento por la acogida: “Aquí en Chipre estoy respirando un poco de esa atmósfera típica de Tierra Santa, donde la antigüedad y la variedad de las tradiciones cristianas enriquecen al peregrino. Esto me hace bien, y hace bien encontrar comunidades de creyentes que viven el presente con esperanza, abiertas al futuro, y que comparten este horizonte con los más necesitados”.

 

A continuación los tres pasos que mencionó el Papa con encabezados de ZENIT para facilitar la lectura.

 

***

 

1) Ir a Jesús para sanar

El texto dice que los dos ciegos gritaban al Señor mientras lo seguían (cf. v. 27). No lo veían, pero escuchaban su voz y seguían sus pasos. Buscaban en el Cristo lo que habían preanunciado los profetas, es decir, los signos de curación y de compasión de Dios en medio de su pueblo. A este respecto, Isaías había escrito: «Se despegarán los ojos de los ciegos» (35,5). Y otra profecía, incluida en la primera Lectura de hoy: «Los ojos de los ciegos verán sin sombra ni oscuridad» (29,18). Los dos ciegos del Evangelio se fían de Jesús y lo siguen en busca de luz para sus ojos.

¿Y por qué, hermanos y hermanas, estas dos personas se fían de Jesús? Porque perciben que, en la oscuridad de la historia, Él es la luz que ilumina las noches del corazón y del mundo, que derrota las tinieblas y vence toda ceguera. También nosotros, como los dos ciegos, tenemos cegueras en el corazón.

También nosotros, como los dos ciegos, somos viajeros a menudo inmersos en la oscuridad de la vida. Lo primero que hay que hacer es acudir a Jesús, como Él mismo dijo: «Vengan a mí todos los cansados y abrumados por cargas, y yo los haré descansar» (Mt 11,28). ¿Quién de nosotros no está de alguna manera cansado y abrumado? Todos. Pero nos resistimos a ir hacia Jesús; muchas veces preferimos quedarnos encerrados en nosotros mismos, estar solos con nuestras oscuridades, autocompadecernos, aceptando la mala compañía de la tristeza. Jesús es el médico, sólo Él, la luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9), nos da luz, calor y amor en abundancia. Sólo Él libera el corazón del mal. Podemos preguntarnos: ¿me encierro en la oscuridad de la melancolía, que reseca las fuentes de la alegría, o voy al encuentro de Jesús y le ofrezco mi vida? ¿Sigo a Jesús, lo “persigo”, le grito mis necesidades, le entrego mis amarguras? Hagámoslo, démosle a Jesús la posibilidad de curarnos el corazón: este es el primer paso; la curación interior requiere otros dos.

 

2) Llevar las heridas juntos

El segundo paso es llevar las heridas juntos. En este relato evangélico no se cura a un solo ciego, como por ejemplo, en el caso de Bartimeo (cf. Mc 10,46-52) o del ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Aquí los ciegos son dos. Se encuentran juntos en el camino. Juntos comparten el dolor por su condición, juntos desean una luz que pueda hacer brillar un resplandor en el corazón de sus noches.

El texto que hemos escuchado está siempre en plural, porque los dos hacen todo juntos: ambos siguen a Jesús, ambos, dirigiéndose a Él, le piden la curación a gritos; no cada uno por su lado, sino juntos. Es significativo que digan a Cristo: ten piedad de nosotros. Usan el “nosotros”, no dicen “yo”. No piensa cada uno en su propia ceguera, sino que piden ayuda juntos. Este es el signo elocuente de la vida cristiana, el rasgo distintivo del espíritu eclesial: pensar, hablar y actuar como un “nosotros”, saliendo del individualismo y de la pretensión de la autosuficiencia que enferman el corazón.

Los dos ciegos, al compartir sus sufrimientos y con su amistad fraterna, nos enseñan mucho. Cada uno de nosotros de algún modo está ciego a causa del pecado, que nos impide “ver” a Dios como Padre y a los otros como hermanos. Esto es lo que hace el pecado: distorsiona la realidad, nos hace ver a Dios como el amo y a los otros como problemas. Es la obra del tentador, que falsifica las cosas y tiende a mostrárnoslas bajo una luz negativa para arrojarnos en el desánimo y la amargura. Y la horrible tristeza, que es peligrosa y no viene de Dios, anida bien en la soledad. Por tanto, no se puede afrontar la oscuridad estando solos. Si llevamos solos nuestras cegueras interiores, nos vemos abrumados. Necesitamos ponernos uno junto al otro, compartir las heridas y afrontar el camino juntos. 

Queridos hermanos y hermanas, frente a cada oscuridad personal y a los desafíos que se nos presentan en la Iglesia y en la sociedad estamos llamados a renovar la fraternidad. Si permanecemos divididos entre nosotros, si cada uno piensa sólo en sí mismo o en su grupo, si no nos juntamos, si no dialogamos, si no caminamos unidos, no podremos curar la ceguera plenamente. La curación llega cuando llevamos juntos las heridas, cuando afrontamos juntos los problemas, cuando nos escuchamos y hablamos entre nosotros. Y esta es la gracia de vivir en comunidad, de comprender el valor de estar juntos, de ser comunidad. Pido para ustedes que puedan estar siempre juntos, siempre unidos; seguir adelante así y con alegría, hermanos cristianos, hijos del único Padre. Y lo pido también para mí.

 

3) Anunciar el Evangelio con alegría

Y el tercer paso es anunciar el Evangelio con alegría. Después de haber sido curados juntos por Jesús, los dos protagonistas anónimos del Evangelio, en los que podemos reflejarnos, comenzaron a difundir la noticia en toda la región, a hablar de eso en todas partes. Hay un poco de ironía en este hecho: Jesús les había recomendado que no dijeran nada a nadie, sin embargo, ellos hicieron exactamente lo contrario (cf. Mt 9,30-31). Pero por el relato se entiende que no era su intención desobedecer al Señor, sino que simplemente no lograron contener el entusiasmo por haber sido curados y la alegría por lo que habían vivido en el encuentro con Él. Aquí hay otro signo distintivo del cristiano: la alegría del Evangelio, que es incontenible, «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1); la alegría del Evangelio libera del riesgo de una fe intimista, distante y quejumbrosa, e introduce en el dinamismo del testimonio.

Queridos amigos, es hermoso verlos y percibir que viven con alegría el anuncio liberador del Evangelio: les agradezco por esto. No se trata de proselitismo —por favor, nunca hagan proselitismo—, sino de testimonio; no es moralismo que juzga —no, no lo hagan—, sino misericordia que abraza; no se trata de culto exterior, sino de amor vivido. Los animo a seguir adelante en este camino. Como los dos ciegos del Evangelio, renovemos también nosotros el encuentro con Jesús y salgamos de nosotros mismos sin miedo para testimoniarlo a cuantos encontremos. Salgamos a llevar la luz que hemos recibido, salgamos a iluminar la noche que a menudo nos rodea. Hermanos y hermanas, se necesitan cristianos iluminados, pero sobre todo luminosos, que toquen con ternura las cegueras de los hermanos, que con gestos y palabras de consuelo enciendan luces de esperanza en la oscuridad; cristianos que siembren brotes de Evangelio en los áridos campos de la cotidianidad, que lleven caricias a las soledades del sufrimiento y de la pobreza.  

Hermanos, hermanas, el Señor Jesús pasa, también pasa por nuestras calles de Chipre, escucha el grito de nuestras cegueras, quiere tocar nuestros ojos, quiere tocar nuestro corazón, quiere atraernos hacia la luz, hacernos renacer y reanimarnos interiormente: esto quiere hacer Jesús. Y también a nosotros nos dirige la pregunta que hizo a aquellos ciegos: «¿Creen que puedo hacer esto?» (Mt 9,28). ¿Creemos que Jesús pueda hacer esto? Renovemos nuestra confianza en Él. Digámosle: Jesús, creemos que tu luz es más grande que cualquiera de nuestras tinieblas, creemos que Tú puedes curarnos, que Tú puedes renovar nuestra fraternidad, que puedes multiplicar nuestra alegría; y con toda la Iglesia te invocamos, todos juntos: ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”] ¡Ven, Señor Jesús! [todos repiten: “¡Ven, Señor Jesús!”]

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10 mensajes clave del Papa al mundo ortodoxo desde Chipre https://es.zenit.org/2021/12/04/10-mensajes-clave-del-papa-al-mundo-ortodoxo-desde-chipre/ Sat, 04 Dec 2021 10:30:59 +0000 https://es.zenit.org/?p=217912 El viernes 3 de diciembre el Papa Francisco vivió un encuentro con los representantes del mundo ortodoxo chipriota, religión a la que están adscritos la mayoría de los habitantes de la isla. Fue recibido en la Catedral ortodoxa de Nicosia por el arzobispo pero también por todo el Sínodo ortodoxo. El Santo Padre expresó su alegría por encontrarse ahí, llamó “querido hermano” al arzobispo ortodoxo y habló claro y en positivo a todos los ahí presentes.

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(ZENIT Noticias / Nicosia, 03.12.2021).- Los viajes pastorales del Papa suelen dividirse en tres círculos de encuentros: con la sociedad civil, con la mayoría cristiana o religiosa del lugar y con los católicos del territorio que visita. El viernes 3 de diciembre el Papa Francisco vivió un encuentro con los representantes del mundo ortodoxo chipriota, religión a la que están adscritos la mayoría de los habitantes de la isla. Fue recibido en la Catedral ortodoxa de Nicosia por el arzobispo pero también por todo el Sínodo ortodoxo. El Santo Padre expresó su alegría por encontrarse ahí, llamó “querido hermano” al arzobispo ortodoxo y habló claro y en positivo a todos los ahí presentes. Todo un programa de unidad también con el mundo ortodoxo más allende las fronteras de Chipre. ZENIT distinguió 10 mensajes clave que ofrecemos con un encabeza a continuación.

***

1) Nos une un mismo ardor apostólico y el camino del Evangelio

La gracia de estar aquí me lleva a pensar que tenemos un origen apostólico común: Pablo atravesó Chipre y posteriormente llegó a Roma. Por tanto, descendemos del mismo ardor apostólico y nos une un único camino: el del Evangelio. Me agrada ver que seguimos caminando en la misma dirección, en busca de una fraternidad cada vez mayor y de la unidad plena. En este retazo de la Tierra Santa que difunde la gracia de los Santos Lugares en el Mediterráneo, viene con naturalidad el recuerdo de tantas páginas y figuras bíblicas. Entre todas, quisiera referirme de nuevo a san Bernabé, destacando algunos aspectos que pueden orientarnos en el camino.

2) Católicos y ortodoxos: la misión de proclamar el consuelo

«José, a quien los apóstoles llamaban “Bernabé”» (Hch 4,36): así es presentado en los Hechos de los Apóstoles. Lo conocemos y veneramos por su sobrenombre, debido a lo mucho que este definía su persona. Ahora bien, la palabra Bernabé significa al mismo tiempo “hijo del consuelo” e “hijo de la exhortación”. Es hermoso que en su figura se fundan ambas características, indispensables para el anuncio del Evangelio. En efecto, todo consuelo verdadero no puede ser intimista, sino que debe traducirse en exhortación, orientar la libertad hacia el bien. Al mismo tiempo, cada exhortación en la fe no puede más que fundarse en la presencia consoladora de Dios y estar acompañada por la caridad fraterna.

De este modo Bernabé, hijo del consuelo, nos exhorta a nosotros sus hermanos a emprender la misma misión de proclamar el Evangelio a los hombres, invitándonos a comprender que el anuncio no puede basarse en exhortaciones generales, en la repetición de preceptos y normas que observar, como se ha hecho con frecuencia.

3) Católicos y ortodoxos: al encuentro personal de las preguntas y necesidades de las gentes

Hay que seguir el camino del encuentro personal, prestar atención a las preguntas de la gente, a sus necesidades existenciales. Para ser hijos del consuelo, antes de decir cualquier cosa, es necesario escuchar, dejarse interrogar, descubrir al otro, compartir: porque el Evangelio se transmite por la comunión.

4) Católicos en camino sinodal como los ortodoxos

Esto es lo que, como católicos, deseamos vivir en los próximos años, redescubriendo la dimensión sinodal, constitutiva del ser de la Iglesia. Y en esto sentimos la necesidad de caminar más intensamente con ustedes, queridos hermanos, que por medio de la experiencia de su sinodalidad pueden sernos verdaderamente de gran ayuda. Gracias por su colaboración fraterna, que también se manifiesta en la participación activa en la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa.

5) Aumentar las posibilidades de encuentros entre católicos y ortodoxos

Deseo de corazón que aumenten las posibilidades de encontrarnos, de conocernos mejor, de derribar muchos preconceptos y de disponernos para una escucha serena de las respectivas experiencias de fe. Será una exhortación estimulante para que cada uno ofrezca lo mejor y esto dará un fruto espiritual de consolación a todos. El apóstol Pablo, de quien descendemos, habla a menudo de consolación y es hermoso imaginar que Bernabé, hijo del consuelo, haya sido el inspirador de algunas palabras suyas, como aquellas del comienzo de la segunda Carta a los corintios, con las que recomienda que nos consolemos mutuamente con el mismo consuelo que recibimos de Dios (cf. 2 Co 1,3-5). En este sentido, queridos hermanos, deseo asegurarles mi oración y cercanía, así como la de la Iglesia católica, tanto en los problemas más dolorosos que los angustian como en las esperanzas más hermosas y audaces que los animan. Las tristezas y las alegrías de ustedes nos pertenecen, las sentimos nuestras; y también sentimos que necesitamos mucho de sus oraciones.

6) La valentía de despojarse de lo terreno para favorecer la unidad

A continuación —segundo aspecto—, san Bernabé es presentado en los Hechos de los Apóstoles como «un levita nacido en Chipre» (Hch 4,36). El texto no agrega otros detalles, ni en cuanto a su aspecto ni en cuanto a su persona, pero inmediatamente después revela a Bernabé por medio de una acción emblemática: «vendió un campo de su propiedad, llevó el importe y lo puso a disposición de los apóstoles» (v. 37). Este magnífico gesto sugiere que para revitalizarnos en la comunión y en la misión también nosotros hemos de tener la valentía de despojarnos de aquello que, aun siendo valioso, es terreno, para favorecer la plenitud de la unidad.

No me refiero ciertamente a lo que es sagrado y nos ayuda a encontrar al Señor, sino al riesgo de absolutizar ciertos usos y costumbres que no son esenciales para vivir la fe. No nos dejemos paralizar por el temor de abrirnos y de realizar gestos audaces, no secundemos el “carácter irreconciliable de las diferencias” que no encuentra correspondencia en el Evangelio. No permitamos que las tradiciones —en plural y con la “t” minúscula— tiendan a prevalecer sobre la Tradición —en singular y con la “t” mayúscula—. Esta nos exhorta a imitar a Bernabé, a dejar cuanto, aun siendo bueno, puede comprometer la plenitud de la comunión, el primado de la caridad y la necesidad de la unidad.

7) Redescubrirnos parte de un mismo cuerpo

Bernabé, dejando todo lo que poseía a los pies de los apóstoles, entró en sus corazones. También nosotros estamos invitados por el Señor a redescubrirnos como parte del mismo Cuerpo, a abajarnos hasta los pies de los hermanos. Es cierto que la historia, en el campo de nuestras relaciones, ha abierto amplios surcos entre nosotros, pero el Espíritu Santo desea que volvamos a acercarnos con humildad y respeto. Él nos invita a no resignarnos frente a las divisiones del pasado y a cultivar juntos el campo del Reino, con paciencia, asiduidad y de modo concreto. Porque si dejamos de lado teorías abstractas y trabajamos juntos codo a codo —por ejemplo, en la caridad, en la educación y en la promoción de la dignidad humana—, redescubriremos al hermano y la comunión madurará por sí misma, para gloria de Dios. Cada uno mantendrá las propias maneras y el propio estilo pero, con el tiempo, el trabajo conjunto acrecentará la concordia y se mostrará fecundo. Así como estas tierras mediterráneas fueron embellecidas por el trabajo respetuoso y paciente del hombre, también nosotros cultivemos, con la ayuda de Dios y con humilde perseverancia, nuestra comunión apostólica.

Por ejemplo, es un buen fruto lo que sucede aquí en Chipre en la iglesia de “Nuestra Señora de la Ciudad de oro”. El templo, dedicado a la Panaghia Chrysopolitissa, es actualmente lugar de culto para varias confesiones cristianas, amado por la población y elegido con frecuencia para las celebraciones de los matrimonios. Es por tanto un signo de comunión de fe y de vida, bajo la mirada de la Santa Madre de Dios, que reúne a sus hijos. Además, dentro del complejo se conserva una columna donde, según la tradición, san Pablo sufrió treinta y nueve azotes por haber anunciado la fe en Pafos. La misión, así como la comunión, pasa siempre a través de sacrificios y pruebas.

8) Las falsedades y engaños del pasado católico-ortodoxo

El tercer aspecto que destaco de la figura de Bernabé es precisamente una prueba, la cual marcó su historia y los orígenes de la difusión del Evangelio en estas tierras. Al regresar a Chipre con Pablo y Marcos, Bernabé encontró a Elimas, “mago y falso profeta”, que se les opuso con malicia, tratando de torcer los caminos derechos del Señor (cf. Hch 13,6.8.10). Tampoco hoy faltan falsedades y engaños que el pasado nos pone delante y que obstaculizan el camino. Siglos de división y distancias que han llevado a asimilar, aun involuntariamente, no pocos prejuicios hostiles respecto a los demás, preconceptos basados a menudo en informaciones deficientes y distorsionadas, divulgadas por una lectura agresiva y polémica. Pero todo esto tuerce el camino de Dios, que se orienta hacia la concordia y la unidad. Queridos hermanos, la santidad de Bernabé es elocuente también para nosotros. Cuántas veces en la historia, entre los mismos cristianos nos hemos preocupado por oponernos a los demás, en lugar de acoger dócilmente el camino de Dios, que tiende a recomponer las divisiones en la caridad. Cuántas veces hemos agrandado y difundido prejuicios sobre los demás, en vez de cumplir la exhortación que el Señor repite especialmente en el Evangelio escrito por Marcos, quien fuera con Bernabé a esta isla: hacerse pequeños y servir a los demás (cf. Mc 9,35; 10,43-44).

9) Nuestra Iglesia es madre

Beatitud, hoy en nuestro diálogo he quedado conmovido cuando usted habló de la Iglesia Madre. Nuestra Iglesia es madre, es una madre que siempre reúne a sus hijos con ternura. Confiamos en esta Madre Iglesia, que nos reúne a todos y que, con paciencia, ternura y valentía, nos conduce hacia adelante en el camino del Señor. Pero, para sentir la maternidad de la Iglesia, todos nosotros tenemos que ir allí donde la Iglesia es madre. Todos nosotros, con nuestras diferencias, pero todos hijos de la Iglesia Madre. Gracias por esa reflexión que hoy ha hecho conmigo.

10) Chipre: tierra de santos

Supliquemos al Señor sabiduría y valentía para seguir sus caminos y no los nuestros. Pidámoslo por intercesión de los santos. Leontios Machairas, cronista del siglo XV, definió a Chipre como la “Isla santa” por la cantidad de mártires y beatos que esta tierra ha conocido a lo largo de los siglos. Además de los más célebres y venerados, como Bernabé, Pablo y Marcos, Epifanio, Bárbara, Espiridón, hay muchos otros, multitudes innumerables de santos que, unidos en la única Iglesia celestial —la Iglesia Madre—, nos impulsan a navegar juntos hacia el puerto por el que todos suspiramos. Desde el más allá invitan a que hagamos de Chipre —que ya es un puente entre Oriente y Occidente— un puente entre el cielo y la tierra. Que así sea, para gloria de la Santísima Trinidad, para nuestro bien y para el bien el de todos. Gracias.

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