José Antonio Senovilla – ZENIT – Espanol https://es.zenit.org El mundo visto desde Roma Sun, 22 Nov 2020 07:26:45 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.4.7 https://es.zenit.org/wp-content/uploads/sites/3/2020/07/723dbd59-cropped-f2e1e53e-favicon_1.png José Antonio Senovilla – ZENIT – Espanol https://es.zenit.org 32 32 Fiesta de la Presentación de María en el templo https://es.zenit.org/2020/11/21/fiesta-de-la-presentacion-de-maria-en-el-templo/ Sat, 21 Nov 2020 08:00:25 +0000 https://es.zenit.org/?p=211483 Antigua y piadosa tradición

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(zenit – 21 nov. 2020).- La Iglesia celebra hoy la Presentación de María en el templo. D. José Antonio Senovilla, sacerdote de la prelatura del Opus Dei nos ofrece este artículo sobre esta fiesta de Nuestra Señora, antigua y piadosa tradición.

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Muchos de nosotros guardamos en el corazón, como un tesoro, nuestro cariño a la Virgen María. Con frecuencia ese cariño es una preciosa herencia de nuestros padres: ¡qué bonito recordar mi primer beso a la Virgen lanzado desde los brazos de Nuestra Madre!

Presentación de la Virgen en el temploQuerríamos saber todo sobre Ella: dónde nació, la historia de sus padres; si tuvo hermanos; cómo fue su infancia… Sin embargo, lo primero que conocemos a ciencia cierta de María, por la Revelación, es el momento de su vocación. Ahí se cumplieron las promesas más antiguas de Dios (Génesis 3, 14-15). Ahí cambió definitivamente el curso de la Historia: en el seno purísimo de María el Verbo de Dios se hizo carne (Lucas 1, 26-38). La Revelación divina nos dice lo esencial para nuestra salvación. Pero no dice más. El Evangelio de san Lucas es llamado el Evangelio de María, porque relata hechos y situaciones que solo María podía conocer y contar a otros. Y, sin embargo, María, siempre discreta, no nos habla nunca de sí misma, no toma nunca para sí un papel de protagonista: habla siempre de la bondad de Dios y nos lleva siempre a Dios.

Nuestro cariño de hijos nos lleva a explorar terrenos desconocidos para saber más de nuestra Madre Santa María. Y la tradición, basada en un episodio narrado en los evangelios apócrifos y la Vida de María de Epifanio el Monje, nos cuenta como a los tres años, María fue llevada al templo de Jerusalén por sus padres, Joaquín y Ana, para ser consagrada a Dios. Ahí la dejaron un tiempo con un grupo de niñas para ser instruida sobre la religión y sus deberes con Dios.

Por medio de este servicio a Dios en el templo, María preparó su cuerpo y alma para recibir al Hijo de Dios. Y así nos lo propone la liturgia de la Iglesia en el día de hoy: «Concédenos, Señor, a cuantos honramos la gloriosa memoria de la santísima Virgen María, por su intercesión, participar como ella de la plenitud de tu gracia» (Oración Colecta de la Misa en la Fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen).

María, una criatura como nosotros, pero al mismo tiempo libre de pecado desde su concepción, nacida de unos padres especialmente elegidos por Dios para la que habría de ser la Madre del Salvador, buscó a Dios de todo corazón desde su primera infancia. Podemos así imitar su ejemplo y poner a Dios en el centro de nuestra vida.

Meter a la Virgen en nuestra vida para que Ella nos lleve a Dios. Éste es el propósito al que nos puede llevar una fiesta tan entrañable como la de hoy. María, a la que invocamos como camino seguro, nos quiere acompañar, cumpliendo así el encargo recibido de su Hijo poco antes de que Él entregara su vida en rescate nuestro. Ella como nadie nos puede mostrar a Jesús fruto bendito de su vientre y puede también venir a recogernos en el momento final de nuestra vida, para acompañarnos en nuestro encuentro directo y definitivo con Dios: ¡Qué consuelo será entonces verla a nuestro lado! No estamos solos: tampoco entonces estaremos solos. María es verdaderamente nuestro consuelo, nuestra abogada, como tantas veces le cantamos en la Salve.

Si queremos ir a Jesús, nada mejor que ir con María. En la Santa Misa, renovación incruenta del sacrificio de la Cruz, allí está Ella uniéndose a su Hijo y recibiéndonos como hijos. Junto al sacerdote que nos trae a Jesús está María, que lo trajo por primera vez al mundo. En el momento de la Comunión, allí está Ella: quizá la hemos invocado con la Comunión espiritual para que nos ayude a recibir a su Hijo con la pureza, humildad y devoción con que Ella le recibió…

Queremos pedir perdón… y ahí está María, para ayudarnos a hacer nuestro examen de conciencia. “Dirígete a la Virgen, y pídele que te haga el regalo -prueba de su cariño por ti- de la contrición, de la compunción por tus pecados, y por los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, con dolor de Amor. Y, con esa disposición, atrévete a añadir: Madre, Vida, Esperanza mía, condúceme con tu mano…, y si algo hay ahora en mí que desagrada a mi Padre-Dios, concédeme que lo vea y que, entre los dos, lo arranquemos. Continúa sin miedo: ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen Santa María!, ruega por mí, para que, cumpliendo la amabilísima Voluntad de tu Hijo, sea digno de alcanzar y gozar las promesas de Nuestro Señor Jesús”. (San Josemaría, Forja 161). Siempre que la necesitemos, junto a nosotros estará María, también para ayudarnos a confesar nuestros pecados y a sentirnos perdonados: como ocurrió con los apóstoles después de abandonar al Señor: ¿Quién aseguró a cada uno el perdón de su Hijo? ¡María!

En nuestra oración, ahí está María. Lo describe esa antigua antífona mariana que tanto gustaba al Papa Juan Pablo II y tanto gusta a Francisco: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!”.

O esa otra, tan consoladora, que nos enseña san Bernardo y que podemos rezar no sólo por nosotros mismos, sino por quienes más lo necesiten: “Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti. Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana. No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino, antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén”. ¡Qué seguridad: jamás se ha oído decir que ninguno haya dejado de ser escuchado por María!

Si queremos aprender a rezar, María (que enseñó a Jesús Niño a rezar) será nuestra maestra. Si queremos, Ella nos podrá explicar cómo fue la Anunciación, y la Navidad… ¿Y la Pasión? Quién nos podría hablar de ella mejor que María, que la vivió en su Corazón bendito. Con María entenderemos el Cielo que nos espera, y arderemos en deseos de participar en la gran fiesta de su Coronación. Con María, aprenderemos a mirar a Jesús, a escucharle y entenderle, a vivir con Él y como Él…

Tener a la Virgen muy presente, cada día: ¡Qué bonita aspiración! Es como darle permiso para que ejerza de Madre y cuide siempre de nosotros. Muchas veces no nos daremos cuenta de sus cuidados, como pasó en Caná (Juan 2, 1-11), pero ahí estará Ella, pidiendo a Jesús que nos saque de apuros…

Por eso, qué bonito es recordar con Ella el momento de su vocación, con el rezo del Ángelus a mitad del día, y quizá aprovechar esa ocasión para agradecer el sí de María a su vocación divina y renovar nuestro propósito de ser muy fieles… ¡Y qué ilusión terminar cada día ofreciéndole tres Avemarías delante de esa imagen querida de nuestra habitación!

María nos lleva a su Hijo Jesús. Y, con Jesús y por Jesús, nos lleva a estar cerca de sus hijos más necesitados, a los que podemos considerar, sin temor a equivocarnos, como pobres y queridos hijos predilectos de la Virgen. A veces los tenemos muy cerca, y están muy solos: María nos llevará nos ayudará a descubrir sus necesidades y a llenarles de consuelo y esperanza.

Cada día María acompaña a muchos de sus hijos al Cielo: cumplieron su misión en la tierra y toca ya ir a la casa del Padre. Hace unos años, en una fiesta como la de hoy, se nos fue Pablo, un “santo de la puerta de al lado”, como diría el papa Francisco. Pablo eligió desde su más tierna infancia a la Virgen María como reina de su corazón: así lo aprendió en casa. Y así vivió cada día de su vida. Por eso ahora estará disfrutando, para siempre, de ese mirar sin cansancio a la Virgen. Y lo mejor de todo: cuando miramos a la Virgen Ella nos mira a nosotros: ahora Pablo estará recibiendo el mejor regalo que ya nunca perderá: la mirada sonriente y dulcísima de María.

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Nuestra Señora del Rosario: La Virgen y la oración mariana https://es.zenit.org/2020/10/07/nuestra-senora-del-rosario-la-virgen-y-oracion-mariana/ Wed, 07 Oct 2020 06:30:34 +0000 https://es.zenit.org/?p=206622 Cercanía y protección de nuestra Madre

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(zenit – 6 oct. 2020).- En la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, D. José Antonio Senovilla, sacerdote de la prelatura del Opus Dei, reflexiona sobre la importancia y el sentido del rezo de la oración mariana.

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La mejor oración es la Santa Misa. Ahí está todo. Ahí la Iglesia, a través de sus sacerdotes – ¡gracias, Señor, ¡por el sacerdocio! – hace lo que Cristo pidió que hiciéramos en su nombre. Ahí es donde se perpetúa el sacrificio de Salvación. Ahí es donde nos encontramos con Dios Padre, con Dios Hijo, con Dios Espíritu Santo como en ningún otro momento. Ahí acompañamos a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección.

Ahí recibimos el envío y la bendición de su Ascensión. Ahí le consolamos. Ahí están todos los coros celestiales, los ángeles, los santos, dando gloria a Dios. Y por nuestra voz, todas las demás criaturas que no pueden hacerlo por sí mismas (Prefacio de la Plegaria Eucarística IV).

En la Santa Misa escuchamos los más bellos relatos, las enseñanzas más profundas, siempre actuales y siempre vivas para cualquier cultura, para cualquier edad y condición. En la Santa Misa, finalmente, podemos participar personalmente del mayor milagro: del milagro de la Eucaristía: un Dios que viene hoy a mí, por mí, para mí.

Dios me ha hecho el regalo de poder atender como sacerdote a unas chicas muy jóvenes, enfermas de una enfermedad tanto más dura cuanto menos comprendida. Estando un día con ellas, una preguntó: “¿Cuál es la oración que tiene más fuerza?” Después de enunciar lo que se acaba de decir sobre la Misa, contesté: “·l Padrenuestro, que es la oración que el mismo Jesús nos enseñó”.

Se pusieron de rodillas y me pidieron que lo rezara con ellas. Necesitaban esa fuerza. Desde entonces, lo rezamos así siempre. Les llena de fuerza. Como a mí…

Santa Misa: lo que Cristo nos enseñó y nos mandó hacer en su nombre. Padrenuestro: la oración que Cristo nos enseñó.

¿Por qué rezar el Rosario?

Entonces, ¿por qué la Virgen en Fátima nos pidió rezar todos los días el Rosario por la paz, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre? Lucía, al ser interrogada, contestó que no se lo llegó a preguntar a la Virgen, en sus conversaciones con Ella.

Pero, pensando, le parecía que la Virgen había pedido que rezáramos el Rosario todos los días porque, siendo la Misa la oración más importante y divina, muchos cristianos no tienen la posibilidad, a veces ni física, de acudir a la santa Misa todos los días, pero rezar el Rosario sí: eso lo puede hacer un niño o un anciano, lo puede hacer un enfermo o alguien en plena vitalidad y con el trabajo más intenso, lo puede hacer un oriental o un africano… todos podemos rezar el Rosario, y todos podemos sentir esa paz que la Virgen pone siempre en el corazón del quien la invoca (Llamadas del Mensaje de Fátima, Hermana Lucia de Jesús, Carmelo de Coímbra y Santuario de Fátima, pp. 134-136).

Pero… la Santa Misa, las oraciones contenidas en la Sagrada Escritura, el Padrenuestro entre ellas, son oraciones “divinas”, por así decirlo. Sin embargo, el Rosario parece una oración compuesta por los hombres, inventada por nosotros. ¿Es así verdaderamente? Y si fuera así, ¿por qué la Virgen la hace suya, por qué la recomienda siempre, por qué la reza con los niños en Lourdes, en Fátima, en tantos lugares?

Cercanía de la Virgen

A esta pregunta nos contesta también Lucía, en los párrafos más arriba citados. El Rosario es una oración fundamentalmente cristológica: es la contemplación del Evangelio, de toda la vida de Jesús, con los ojos y con la ayuda de María. Es como si nos sentáramos junto a la Virgen, y Ella nos enseñara su álbum de fotos familiar. Esto es algo que sólo se hace con alguien a quien se quiere mucho, con quien se está dispuesto a compartir toda la intimidad.

Quien hace caso de la recomendación de la Virgen de rezar el Rosario todos los días, por la paz, recibe como respuesta esa cercanía de la Virgen, esa maravilla de entender cada vez más la vida y la enseñanza de su Hijo contenida en esas veinte escenas de su vida… Y eso deja el corazón lleno de paz. El Rosario es un cabo que la Virgen nos envía desde el Cielo, a nosotros que navegamos por mares profundos, y quien se fía de Ella, Estrella de la mañana, de pronto se ve como llevado con toda suavidad en las tempestades de la vida y se siente seguro.

Un programa completo

Una vez, un chico, joven, listo, buen deportista, con una novia muy guapa, vino a verme y me dijo: “Mi vida no vale nada. ¿Qué puedo hacer?” Le pregunté si estaba de verdad dispuesto a que su vida cambiara de modo radical y me dijo que sí.

Entonces le aseguré: tengo un programa completo, que no falla. ¿Quieres optar a él, o prefieres algo más para gente flojilla? Un poco picado -supongo- me contestó que quería matricularse en el programa completo.

Concentró su atención en mis propuestas: “Primero, toma un sacerdote como ayuda en tu vida y ve a verle con frecuencia”. A esto asintió sin mucho esfuerzo: al fin y al cabo, era lo que estaba haciendo.

En segundo lugar, “reza el Rosario todos los días y tu corazón se llenará de paz, tal y como la Virgen ha prometido”. Noté que recibía la propuesta como una especie de disparo a bocajarro. Se repuso y me dijo: “Usted sabe que yo no soy nada piadoso, pero en fin, lo intentaré”.

Y en tercer lugar, “recibe el Señor en la Eucaristía todos los días… que puedas…”. Al oír el final de la frase, respiró un poco aliviado, pero se quedó como si le hubieran dado con un mazo en la cabeza. “¿De verdad usted cree que yo soy capaz de hacer eso? ¿De verdad usted cree que si hago eso empezaré a tener esa paz que las cosas buenas de la tierra no son capaces de darme?”.

Nos volvimos a ver al cabo de una semana. Me espetó de entrada: “Mire, yo nunca había sido capaz de pararme a rezar un ratito, pero el Rosario me está enseñando a rezar, a sentarme delante de Jesús y contarle, y a entender lo que Él me va diciendo…”.

María nos enseña a rezar

Es verdad: María enseñó a Jesús Niño a rezar cuando estaba creciendo (Lc 2,52), y ahora nos enseña a rezar a nosotros, también sus hijos, sobre todo si nos sabemos hacer pequeños y sencillos, como se hizo Jesús, el Hijo de Dios.

El Rosario es contemplar, vivir cada día, en formato breve, todo el Evangelio. Nos ayuda a mirar a Jesús, y quien mira a Jesús con interés termina queriéndole con todo el corazón y entendiendo sus enseñanzas y pareciéndose a Él. Y le sigue…

Además, en el Rosario tiene parte central el Padrenuestro, esa oración que es la falsilla de toda verdadera oración. Y en el Rosario vemos la bondad y cercanía del Padre y del Espíritu Santo al recordar la Encarnación del Hijo de Dios y en la salutación de María a Isabel… que quedó llena del Espíritu Santo al escuchar el saludo de su prima, como ocurriría con nosotros si de verdad escucháramos a María. El Rosario incluye también esa doxología de alabanza a la Santísima Trinidad, que rezada en clave mariana (rezada con la Virgen), adquiere una dimensión muy especial…

Protección de María

Todos queremos protección. Ahora, y en la hora de nuestra muerte. Pues cuantas más veces se lo digamos a nuestra Madre la Virgen, mejor. Ella nos pide que se lo recordemos, porque eso nos hace mucho bien. Con el Rosario, aseguramos que se lo decimos… al menos cincuenta veces cada día.

La Virgen nos conoce muy bien, porque Dios le ha encargado que cuide de nosotros como Madre. Ella sabe muy bien qué necesitamos para tener paz.

Quizá por eso el Rosario no es una oración corta: dura el tiempo necesario para que Santa María, viéndonos junto a Ella y dispuestos a rezar con Ella, pueda ir curando al son de las Avemarías las heridas más profundas de nuestro corazón.

Por eso la invocamos, especialmente hoy, como Nuestra Señora del Rosario, y siempre, como Reina de la Paz.

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Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores https://es.zenit.org/2020/09/15/fiesta-de-nuestra-senora-de-los-dolores/ Tue, 15 Sep 2020 08:47:01 +0000 https://es.zenit.org/?p=204806 María enseña a entender el dolor

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(zenit – 15 sept. 2020)- Un día después de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Se trata de una advocación mariana que existe desde los orígenes de la Iglesia Católica, cada vez que los cristianos recordaban los dolores de Jesús, asociados a los de su Madre.

En 1814 fue instituida como festividad por el Papa Pío VII, quien dispuso que se celebre cada 15 de septiembre. D. José Antonio Senovilla, sacerdote de la prelatura del Opus Dei, reflexiona sobre el sentido de esta festividad, ayudando a entenderla y vivirla en el momento actual.

***

Cada Misa es un milagro. El mayor milagro. Es un regalo divino siempre nuevo, que nos invita a participar en directo en los acontecimientos más importantes de la Historia: en los que culminaron la tarea de nuestra Redención, el rescate definitivo de la Humanidad, que quedaba así liberada, en virtud de la entrega del Hijo de Dios, de la esclavitud del pecado y del dolor y la muerte.

Por eso, como sacerdote, en mi tarea pastoral siempre aconsejo acudir a Misa con los ojos y los oídos y el corazón bien abiertos, porque nuestro Padre Dios nos va a hacer un regalo, el mejor regalo. Pero hay que estar atentos. Vamos a ver en directo, por encima del tiempo y del espacio, el mayor milagro: la institución de la Eucaristía, en el marco de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, y de su posterior vuelta al Padre. Y estamos ahí invitados.

Aprender de la Virgen

La Misa de hoy nos recuerda una escena que hemos visto en muchas imágenes. Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador, colgado en la Cruz, dando su vida por nosotros. Y junto a Él, de pie, su Madre. Es la escena más desgarradora de la Historia, la injusticia más atroz… y al mismo tiempo, nuestra salvación, nuestra única esperanza. Mirar esa escena una y otra vez nos hace mucho bien. Cada vez entendemos más. Cada vez sacamos de ahí más fuerza y más paz.

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa, fiero
cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
Sujeta a tanto dolor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión, y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

Muy pocas veces una Misa nos ofrece una secuencia así: tan profunda, tan directamente al corazón. Hoy, en la fiesta de la Virgen de los Dolores, esta canción nos ayuda a aprender de Ella; y con Ella, a entender el sufrimiento, el dolor; y al entenderlo, poder vencerlo, darle sentido: poder unirnos al dolor de Cristo en la Cruz, y participar con Él en la aventura más grandiosa que nos pudiéramos imaginar: la salvación del mundo, la victoria contra el mal y contra el dolor y la muerte. Estamos todos invitados a participar como coprotagonistas en la más grandiosa epopeya. Y la Virgen nos enseña cómo hacerlo.

Evangelio de hoy

Lo proclama con toda solemnidad el Evangelio de la Misa de hoy: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19, 25-27). Ahí está María, ahí se nos da por Madre, junto a esa Cruz espantosa. Ella, viendo morir a su Hijo inocente, no grita histérica, no pide cuentas a Dios Padre por la muerte del Hijo, por su propio dolor.

Vivimos en un mundo que se atreve en su soberbia a pedir cuentas a Dios. ¡Qué sería de nosotros si Dios no pusiera límites al mal que nosotros cometemos! En vez de agradecer lo que Dios nos da, cuando algo nos contraría un poco, pedimos cuentas a Dios: ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? Y sin embargo, vemos a María ahí, hablando con su silencio a mi corazón tantas veces lleno de rencor, de envidia, de pereza, de impureza, de mentira y de traición.

Allí estaba la Virgen. Y todas sus amigas. De todas las mujeres que el Evangelio nombra como discípulas de Jesús, no falta ninguna. Quizá porque eran amigas de la Virgen, y no estaban dispuestas a dejarla sola… Mucha gente huye del Calvario, pero quien permanece junto a María, permanece fiel.

Mirar a la Virgen al pie de la Cruz. Aprender con Ella a perdonar como Jesús (Lc, 23, 34). Aprender de Ella a amar la voluntad de Dios Padre como Jesús, sabiendo que, si Dios nuestro Padre, que nos quiere con amor infinito, permite nuestro sufrimiento, es por un bien infinitamente mayor: la salvación nuestra y la de muchas almas.

Los Siete Dolores de María

María estaba entrenada en el dolor. Dios así lo permitió para bien de todos nosotros. Lo contemplamos al hacer recuento de sus Siete Dolores. María sufrió el aguijón de la profecía de Simeón en el Templo. María sufrió teniendo que huir a Egipto con su pequeño Hijo, Hijo de Dios. María sufrió al buscar al Niño durante tres días, hasta encontrarle en el Templo. María se unió como nadie al sufrimiento de su Hijo Bendito en su Pasión y en su Camino hacia la Cruz. Y María supo sufrir en estos momentos que contemplamos hoy: la Muerte Redentora del Salvador, y también del Descendimiento dolorosísimo de ese Cuerpo llagado. El dolor de María culminó por fin al Depositar el Cuerpo inerte de Jesús en el Sepulcro Santo, a la espera de la Resurrección.

Hay Cruz. Hay muerte. Pero eso solo es un paso, una Pascua. Después de la Cruz hay Resurrección, después del dolor hay alegría sin fin, después de la muerte hay vida, para siempre, para siempre, para siempre.

Podemos aprender de María a vivir con la fuerza de Dios. San Josemaría, al mirar a la Virgen al pie de la Cruz, nos invita a examinar si nuestra vida es auténticamente cristiana. “María, a quienes se acercan a Ella y contemplan su vida, les hace siempre el inmenso favor de llevarlos a la Cruz, de ponerlos frente a frente al ejemplo del Hijo de Dios. Y en ese enfrentamiento, donde se decide la vida cristiana, María intercede para que nuestra conducta culmine con una reconciliación del hermano menor –tú y yo– con el Hijo primogénito del Padre”. (Es Cristo que pasa, 149 c).

Vencer el dolor y la muerte

Delante de la Cruz se resuelve mi vida cristiana. ¿Sé querer a los demás como Dios me quiere a mí, como quiere María? ¿Sé perdonar como Jesús en la Cruz, como María? ¿Sé dar al dolor el sentido profundo que tiene? ¿Amo sobre todo la voluntad de mi Padre Dios, sea cual sea, como Jesús, como María? El problema no está en los otros, en el mal que hay fuera de mí. El problema está en el mal que hay escondido en mi corazón. Ahí es donde Cristo quiere vencer para reinar en el mundo: empezando por mi corazón.

La protagonista del documental Converso lo entiende todo al mirar a María. Es una historia viva, actual. Habla de esa contemplación del Evangelio que es el Rosario. Se trata de un ejemplo más, que nos habla de la fuerza de Dios, si sabemos mirar a María y mirar todo como y con María.

Muchas veces no podremos evitar el dolor y la muerte. No podremos evitarlos, pero sí podremos vencerlos. Con la fuerza de Dios. Mirando a María: a esa Madre Dolorosa, nuestra Madre Bendita: ahí está Ella, de pie, junto a la Cruz de su Hijo, hablándonos a cada uno de sus hijos en el fondo de nuestro corazón.

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La Asunción de la Virgen, entrada de María al cielo https://es.zenit.org/2020/08/15/la-asuncion-de-la-virgen-entrada-de-maria-al-cielo/ Sat, 15 Aug 2020 07:30:47 +0000 https://es.zenit.org/?p=202893 Celebrada hoy, 15 de agosto

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(zenit – 15 agosto 2020)-. La Iglesia celebra hoy, 15 de agosto, la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, la llegada de Nuestra Señora al Cielo. Don José Antonio Senovilla, sacerdote de la prelatura del Opus Dei, ofrece a continuación un artículo sobre el sentido de esta fiesta.

María, nuestra Madre del Cielo, siempre fue una privilegiada de Dios. El hecho de estar destinada desde el Paraíso a ser la Madre del Salvador, hace que la acción de Dios en la vida de María sea especialmente apasionante, imprevisible, única: como única había de ser su vocación divina y su respuesta.

Su Concepción fue ya Purísima, su fiat nos trajo al Mesías y todo en su vida tiene el sabor de lo maravilloso: de lo que es capaz de hacer un Dios todopoderoso y lleno de amor con una criatura de corazón tan puro.

Ejemplo de esperanza segura

Asunción de la Virgen CieloEl momento final de María en esta tierra nuestra, de la que es Reina y Señora, no se queda atrás. Como nos dice el prefacio de la Misa en la solemnidad de la Asunción: “Hoy ha sido elevada a los cielos la Virgen, Madre de Dios (…)”.

Ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida, tu Hijo encarnado». Es algo divino, en una criatura humana, en María.

Dios se la llevó dormida

Asunción de la Virgen CieloUn cuerpo inmaculado que dio la vida a su creador no podía sufrir la corrupción propia del pecado. No, en María no hay mancha alguna y su cuerpo purísimo estaba destinado a ir, junto con su alma, al encuentro con Dios, nada más terminar su misión entre nosotros. María se durmió y Dios se la llevó: así, entera, única, serena, bellísima, pura: un cielo que sube al Cielo. María se fue por el camino que nos abrió su Hijo, hacia la Casa del Padre, llena del Espíritu Santo.

Tenemos dos corazones en el Cielo: el Corazón de Jesús y el Corazón de María. El corazón del Hijo, que, en cuanto hombre, se parece al de la Madre; el corazón de la Madre, que en cuanto criatura, se parece al de su creador, su hijo. “Bienaventurado el vientre de María, la Virgen, que llevó al Hijo del eterno Padre” (antífona de comunión de la Misa vespertina).

Jesús nos prometió que, en el Cielo, nos esperaría y prepararía para nosotros un lugar donde vivir con Él eternamente (cfr. Jn 14, 3). Nos imaginamos en esa tarea también a María, en su papel de Madre. ¡Qué dulzura, ir al Cielo y ver por fin esos dos rostros amadísimos, parecidos como dos gotas de agua, sonriéndonos, llenando nuestro corazón de todo el amor divino y humano! Y esto, para siempre.

María nos abre el camino al Cielo

Asunción de la Virgen Cielo“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos que, aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria” (Oración colecta de la Misa en la solemnidad de la Asunción).

María nos abre el camino del Cielo. Jesús volvió a la casa del Padre distinto: volvió con su cuerpo resucitado y así quedará ya para siempre. María sigue ese mismo camino, con su cuerpo de doncella purísima y bella no corrupto.

Y Ella nos espera pidiendo constantemente a Dios por nosotros. Ella es nuestra esperanza: alguien como Ella me está esperando allí arriba. Y al mismo tiempo está siempre aquí a mi lado ayudándome a llegar con Ella allá arriba. Yo no estoy solo. Nunca estoy solo. Nunca nadie estará solo, si no quiere estarlo. Siempre hay alguien que me espera. Siempre hay para mí esperanza. Nunca estoy perdido, con Ella a mi lado.

Consagración al Corazón de María

Asunción de la Virgen CieloMuchos aprovechamos esta fiesta grande para renovar cada año la consagración de nuestra vida al Corazón Inmaculado de María. Así lo han hecho antes muchos santos, también santos de nuestro tiempo como san Juan Pablo II o san Josemaría.

Del fundador del Opus Dei son estas palabras, precisamente en la solemnidad de la Asunción de nuestra Señora: “Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo”. (La Virgen Santa, Causa de nuestra alegría. Es Cristo que pasa, 178). María conoce el atajo para llevarnos… y devolvernos a su Hijo. María es nuestra compañera de camino.

“Hágase en mí según tu palabra”

El compromiso de Dios con el hombre es radical. Dios es fiel y espléndido con quien quiere seguir los pasos de la Virgen y se atreve a pronunciar como Ella desde el fondo de su corazón un fiat personal, su propio “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Esa respuesta “mariana” a la invitación que Dios hace a cada uno para que de verdad nos fiemos de Él da a nuestra vida una dimensión divina que lo eleva todo: es Dios quien nos crea, es Dios quien nos envía, es Dios quien nos invita a seguirle.

Cambiar la historia del mundo

Y es Dios quien nos acompaña en el camino y pone junto a cada uno a la guía más dulce, para que nos acompañe y cuide de nosotros, como cuidó de Jesús. Es el triunfo de Dios en nuestra vida, el triunfo del Corazón Inmaculado de María: yo puedo decir como Ella y con Ella “hágase en mí según tu palabra”.

Así contribuiremos, con María, a adelantar los tiempos y cambiar la historia de este mundo que nos ha sido confiado (Memorias de la Hermana Lucía, Fundación Francisco y Jacinta Marto, Fátima, mayo de 2016, 228-233).

Entrada de María al Cielo

¿Cómo sería la entrada de María, en cuerpo y alma, en el Cielo? La fiesta más grande, el momento más feliz, con la Trinidad y toda la corte celestial esperando: los ángeles, los santos…

Lo consideramos al meditar los últimos misterios del Rosario. Toda esta historia, tan complicada, tiene para nosotros un final feliz: la Coronación de nuestra Madre como Reina y Señora de Cielos y Tierra. María ha subido al Cielo en cuerpo y alma, para enseñarnos el camino que nos abrió su Hijo y para acompañarnos a recorrerlo. Esta es nuestra gran Esperanza.

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