Asunción de la Virgen © Patrizio Righero/Cathopic

Asunción de la Virgen © Patrizio Righero/Cathopic

La Asunción de la Virgen, entrada de María al cielo

Celebrada hoy, 15 de agosto

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(zenit – 15 agosto 2020)-. La Iglesia celebra hoy, 15 de agosto, la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, la llegada de Nuestra Señora al Cielo. Don José Antonio Senovilla, sacerdote de la prelatura del Opus Dei, ofrece a continuación un artículo sobre el sentido de esta fiesta.

María, nuestra Madre del Cielo, siempre fue una privilegiada de Dios. El hecho de estar destinada desde el Paraíso a ser la Madre del Salvador, hace que la acción de Dios en la vida de María sea especialmente apasionante, imprevisible, única: como única había de ser su vocación divina y su respuesta.

Su Concepción fue ya Purísima, su fiat nos trajo al Mesías y todo en su vida tiene el sabor de lo maravilloso: de lo que es capaz de hacer un Dios todopoderoso y lleno de amor con una criatura de corazón tan puro.

Ejemplo de esperanza segura

Asunción de la Virgen CieloEl momento final de María en esta tierra nuestra, de la que es Reina y Señora, no se queda atrás. Como nos dice el prefacio de la Misa en la solemnidad de la Asunción: “Hoy ha sido elevada a los cielos la Virgen, Madre de Dios (…)”.

Ella es ejemplo de esperanza segura y consuelo del pueblo peregrino. Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la que, de modo admirable, concibió en su seno al autor de la vida, tu Hijo encarnado». Es algo divino, en una criatura humana, en María.

Dios se la llevó dormida

Asunción de la Virgen CieloUn cuerpo inmaculado que dio la vida a su creador no podía sufrir la corrupción propia del pecado. No, en María no hay mancha alguna y su cuerpo purísimo estaba destinado a ir, junto con su alma, al encuentro con Dios, nada más terminar su misión entre nosotros. María se durmió y Dios se la llevó: así, entera, única, serena, bellísima, pura: un cielo que sube al Cielo. María se fue por el camino que nos abrió su Hijo, hacia la Casa del Padre, llena del Espíritu Santo.

Tenemos dos corazones en el Cielo: el Corazón de Jesús y el Corazón de María. El corazón del Hijo, que, en cuanto hombre, se parece al de la Madre; el corazón de la Madre, que en cuanto criatura, se parece al de su creador, su hijo. “Bienaventurado el vientre de María, la Virgen, que llevó al Hijo del eterno Padre” (antífona de comunión de la Misa vespertina).

Jesús nos prometió que, en el Cielo, nos esperaría y prepararía para nosotros un lugar donde vivir con Él eternamente (cfr. Jn 14, 3). Nos imaginamos en esa tarea también a María, en su papel de Madre. ¡Qué dulzura, ir al Cielo y ver por fin esos dos rostros amadísimos, parecidos como dos gotas de agua, sonriéndonos, llenando nuestro corazón de todo el amor divino y humano! Y esto, para siempre.

María nos abre el camino al Cielo

Asunción de la Virgen Cielo“Dios todopoderoso y eterno, que has elevado en cuerpo y alma a la gloria del cielo a la inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo, concédenos que, aspirando siempre a las realidades divinas, lleguemos a participar con ella de su misma gloria” (Oración colecta de la Misa en la solemnidad de la Asunción).

María nos abre el camino del Cielo. Jesús volvió a la casa del Padre distinto: volvió con su cuerpo resucitado y así quedará ya para siempre. María sigue ese mismo camino, con su cuerpo de doncella purísima y bella no corrupto.

Y Ella nos espera pidiendo constantemente a Dios por nosotros. Ella es nuestra esperanza: alguien como Ella me está esperando allí arriba. Y al mismo tiempo está siempre aquí a mi lado ayudándome a llegar con Ella allá arriba. Yo no estoy solo. Nunca estoy solo. Nunca nadie estará solo, si no quiere estarlo. Siempre hay alguien que me espera. Siempre hay para mí esperanza. Nunca estoy perdido, con Ella a mi lado.

Consagración al Corazón de María

Asunción de la Virgen CieloMuchos aprovechamos esta fiesta grande para renovar cada año la consagración de nuestra vida al Corazón Inmaculado de María. Así lo han hecho antes muchos santos, también santos de nuestro tiempo como san Juan Pablo II o san Josemaría.

Del fundador del Opus Dei son estas palabras, precisamente en la solemnidad de la Asunción de nuestra Señora: “Cor Mariæ Dulcissimum, iter para tutum; Corazón Dulcísimo de María, da fuerza y seguridad a nuestro camino en la tierra: sé tú misma nuestro camino, porque tú conoces la senda y el atajo cierto que llevan, por tu amor, al amor de Jesucristo”. (La Virgen Santa, Causa de nuestra alegría. Es Cristo que pasa, 178). María conoce el atajo para llevarnos… y devolvernos a su Hijo. María es nuestra compañera de camino.

“Hágase en mí según tu palabra”

El compromiso de Dios con el hombre es radical. Dios es fiel y espléndido con quien quiere seguir los pasos de la Virgen y se atreve a pronunciar como Ella desde el fondo de su corazón un fiat personal, su propio “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

Esa respuesta “mariana” a la invitación que Dios hace a cada uno para que de verdad nos fiemos de Él da a nuestra vida una dimensión divina que lo eleva todo: es Dios quien nos crea, es Dios quien nos envía, es Dios quien nos invita a seguirle.

Cambiar la historia del mundo

Y es Dios quien nos acompaña en el camino y pone junto a cada uno a la guía más dulce, para que nos acompañe y cuide de nosotros, como cuidó de Jesús. Es el triunfo de Dios en nuestra vida, el triunfo del Corazón Inmaculado de María: yo puedo decir como Ella y con Ella “hágase en mí según tu palabra”.

Así contribuiremos, con María, a adelantar los tiempos y cambiar la historia de este mundo que nos ha sido confiado (Memorias de la Hermana Lucía, Fundación Francisco y Jacinta Marto, Fátima, mayo de 2016, 228-233).

Entrada de María al Cielo

¿Cómo sería la entrada de María, en cuerpo y alma, en el Cielo? La fiesta más grande, el momento más feliz, con la Trinidad y toda la corte celestial esperando: los ángeles, los santos…

Lo consideramos al meditar los últimos misterios del Rosario. Toda esta historia, tan complicada, tiene para nosotros un final feliz: la Coronación de nuestra Madre como Reina y Señora de Cielos y Tierra. María ha subido al Cielo en cuerpo y alma, para enseñarnos el camino que nos abrió su Hijo y para acompañarnos a recorrerlo. Esta es nuestra gran Esperanza.

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José Antonio Senovilla

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