el rey Felipe VI de España asumió formalmente el antiguo título de Protocanónigo del Capítulo de la Basílica de Santa María la Mayor Foto: Basílica de Santa María la Mayor

Rey de España toma posesión de título en Basílica Pontificia de Santa María la mayor

El título asumido por Felipe VI no es una mera distinción honorífica, sino un privilegio eclesiástico único reservado exclusivamente al jefe de Estado español

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(ZENIT Noticias / Roma, 20.03.2026).- Roma ofreció, una vez más, el escenario de un gesto donde convergen historia, fe y diplomacia. En la mañana del 20 de marzo de 2026, el rey Felipe VI de España asumió formalmente el antiguo título de Protocanónigo del Capítulo de la Basílica de Santa María la Mayor, sellando así una continuidad que se extiende a lo largo de más de cuatro siglos de historia compartida entre la Corona española y uno de los santuarios marianos más venerables del cristianismo.

La ceremonia, celebrada a las 12:30 h en el interior de la basílica, se desarrolló con solemnidad. El monarca y la reina Letizia fueron recibidos en la entrada por el cardenal Rolandas Makrickas, arcipreste de la basílica, antes de entrar para un rito que combinó simbolismo litúrgico con memoria institucional. El acto tuvo lugar tras una audiencia celebrada ese mismo día con el papa León XIV, enmarcando así el acto en el contexto más amplio de una visita oficial al Vaticano.

El título asumido por Felipe VI no es una mera distinción honorífica, sino un privilegio eclesiástico único reservado exclusivamente al jefe de Estado español. El Capítulo Liberiano —órgano rector de la basílica— está compuesto por el cardenal arcipreste y doce canónigos. Por larga tradición, el rey de España ostenta la preeminencia como protocanónigo, un papel que subraya la singular relación entre una monarquía nacional y una basílica romana.

Esta relación se remonta formalmente a 1603, cuando el rey Felipe III de España fue invitado por el Capítulo a convertirse en su protector. Sin embargo, sus raíces son aún más profundas, nutridas por siglos de mecenazgo español. La basílica misma, la más antigua de Occidente dedicada a la Virgen María, fue construida en el siglo V tras el Concilio de Éfeso (431), que proclamó a María como Theotokos, Madre de Dios, un hito doctrinal esencial que a menudo pasa desapercibido fuera de los círculos especializados.

Con el tiempo, la huella de España en la basílica se hizo visible y perdurable. El artesonado de madera, aún admirado hoy, fue encargado bajo el pontificado del papa Alejandro VI —antes cardenal Rodrigo Borgia— y financiado, según la tradición, con oro vinculado a la temprana presencia española en América. Contribuciones posteriores reforzaron este vínculo: la reina Margarita de Austria, reina de España, donó el relicario de la Santa Cuna, mientras que el rey Felipe IV de España estableció en 1647 una dotación permanente, la Opera Pia di Spagna, para el sostenimiento y mantenimiento de la basílica.

En agradecimiento, el Cabildo encargó una estatua de bronce de Felipe IV a Gian Lorenzo Bernini, que aún se alza en el pórtico, dando la bienvenida a los peregrinos como testigo silencioso de esta alianza entre trono y altar.

El marco moderno de esta relación se reafirmó en 1953, cuando el papa Pío XII promulgó la bula Hispaniarum fidelitas. El documento reconoció explícitamente los «lazos de piedad y devoción» que unían a España con Santa María la Mayor e institucionalizó los lazos espirituales permanentes. Hasta el día de hoy, la basílica celebra tres misas anuales por el pueblo español y su jefe de Estado: el 30 de mayo (San Fernando), el 15 de agosto (la Asunción) y el 8 de diciembre (la Inmaculada Concepción).

Durante la ceremonia, estas capas de historia no solo fueron recordadas, sino también interpretadas para el presente. El cardenal Makrickas enfatizó que la tradición, según la concepción de la Iglesia, no es una repetición estática, sino una transmisión viva que exige fidelidad y renovación. Sus palabras enmarcaron el papel de la monarquía española no como una reliquia del pasado, sino como participante activa en una herencia espiritual compartida.

Felipe VI, por su parte, respondió con un discurso que combinó la conciencia histórica con la sensibilidad contemporánea. Expresó su gratitud por la custodia que el Capítulo tenía de lo que describió como un «tesoro del cristianismo y la cultura universal», y evocó la legendaria «nevada milagrosa» de agosto de 358, que, según la tradición, marcó el lugar donde la Virgen María indicó la ubicación para la construcción de la basílica en el cerro Esquilino.

El Rey también se refirió a la Capilla Paulina, que alberga el icono de la Salus Populi Romani, una de las imágenes marianas más veneradas de Roma. Recordó cómo el Papa Francisco confió sus viajes apostólicos a su protección y eligió la basílica como su lugar de descanso final, reforzando así su papel como un espacio profundamente personal e institucional dentro del mundo católico.

En una reflexión más amplia, Felipe VI trazó una línea entre el liderazgo moral que atribuyó a Francisco y lo que describió como una sensibilidad similar en su sucesor, el Papa León XIV. Sin entrar en detalles, aludió a conversaciones sobre el momento histórico actual, marcado —sugirió— por la necesidad de claridad en la acción, la conciencia y el propósito. Su llamamiento fue deliberadamente universal: una invitación a fomentar la fraternidad y el bien común en una época a menudo caracterizada por la fragmentación y la indiferencia.

La ceremonia concluyó con un acto simbólico: la lectura de extractos de Hispaniarum fidelitas, tras lo cual el Rey ocupó su lugar entre los canónigos en posición de honor. Posteriormente, los reyes guardaron un momento de oración silenciosa ante la tumba del Papa Francisco, añadiendo una dimensión personal a un evento de gran significado institucional.

Si bien el título de Protocanónigo se transmite automáticamente a cada monarca español al ascender al trono, su asunción formal dista mucho de ser rutinaria. Más bien, funciona como una reafirmación ritual de una relación que ha sobrevivido a las transformaciones políticas, la secularización y la redefinición gradual de la propia monarquía.

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Redacción Zenit

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