Sarah Mullally se prepara para su primer encuentro oficial con el Papa León XIV. Foto: archbishop of canterbury

Primera mujer líder de anglicanos visitará a León XIV en Vaticano: esto es lo que se sabe

La recién nombrada Arzobispa de Canterbury viajará a Roma del 25 al 28 de abril, en lo que será su primer encuentro directo con el Vaticano desde que asumió el cargo el 25 de marzo en la Catedral de Canterbury

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(ZENIT Noticias / Londres, 28.03.2026).- Un intercambio de cartas —y una reunión inminente en Roma— marca un nuevo comienzo en la larga y delicada relación entre anglicanos y católicos, mientras Sarah Mullally se prepara para su primer encuentro oficial con el Papa León XIV.

La recién nombrada Arzobispa de Canterbury viajará a Roma del 25 al 28 de abril, en lo que será su primer encuentro directo con el Vaticano desde que asumió el cargo el 25 de marzo en la Catedral de Canterbury. La visita, confirmada por el Palacio de Lambeth, se produce en un momento de gran simbolismo: el 60.º aniversario de la primera declaración ecuménica formal entre la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica Romana.

Aquel hito —la Declaración Común de 1966, firmada por el Papa Pablo VI y Michael Ramsey— marcó un deshielo histórico tras siglos de distanciamiento. Sentó las bases para un diálogo teológico sostenido que continúa hoy a través de organismos como la Comisión Internacional Anglicana-Católica Romana (ARCIC).

Una correspondencia marcada por la unidad

La próxima reunión estuvo precedida por un intercambio epistolar que, si bien formal, revela una conciencia compartida tanto del progreso como del trabajo pendiente. En una carta a Mullally con motivo de su investidura, el Papa León XIV le aseguró sus oraciones e invocó la guía del Espíritu Santo, animándola a inspirarse en María como modelo de fiel discipulado.

En su respuesta, Mullally correspondió al gesto y situó su nuevo ministerio en un horizonte claramente ecuménico. Como Arzobispa de Canterbury, escribió, está llamada no solo a pastorear la Comunión Anglicana, sino también a servir como «instrumento de comunión», trabajando por la «unidad plena y visible» a la que todos los cristianos están llamados —en referencia a la oración de Cristo en el Evangelio de Juan—.

Su lenguaje refleja una aspiración de larga data: que la unidad cristiana no permanezca como un ideal abstracto, sino que tome forma visible e institucional. Ese objetivo sigue siendo esquivo, pero continúa guiando décadas de diálogo.

La dimensión simbólica de este momento se subrayó en la propia Canterbury, donde las conmemoraciones de la declaración de 1966 se desarrollaron paralelamente a la instalación de Mullally. En presencia de Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, un servicio de oración conjunto recordó el hito alcanzado seis décadas antes.

Koch transmitió personalmente el mensaje del Papa y se unió a Mullally en oración en el lugar tradicionalmente asociado con el martirio de Thomas Becket, un gesto que evocó conscientemente momentos anteriores de acercamiento, como la visita del Papa Juan Pablo II y el Arzobispo Robert Runcie en 1982.

Estos actos de memoria compartida no son casuales. En la diplomacia ecuménica, los gestos suelen tener tanta importancia como los documentos, señalando la continuidad entre generaciones de liderazgo incluso cuando la convergencia doctrinal sigue siendo parcial.

Un diálogo marcado por la historia y sus límites

Desde 1966, las relaciones anglicano-católicas han evolucionado a través de una serie de acuerdos teológicos, colaboraciones pastorales y encuentros simbólicos. Instituciones como ARCIC y la Comisión Internacional Anglicana-Católica Romana para la Unidad y la Misión (IARCCUM) han trabajado para superar las diferencias en temas que abarcan desde la autoridad y la teología sacramental hasta la ética y la eclesiología.

Sin embargo, persisten divergencias significativas, particularmente en áreas como el ministerio ordenado y la enseñanza moral. Estas cuestiones sin resolver han frenado, en ocasiones, el ritmo del diálogo, aun cuando las relaciones personales entre los líderes se han mantenido cordiales.

En este contexto, las recientes declaraciones del Papa Francisco —citadas con aprobación por León XIV— ofrecen una perspectiva reveladora. Dirigiéndose a los primados anglicanos en 2024, Francisco advirtió que sería un escándalo que las divisiones cristianas impidieran un testimonio común del Evangelio. La decisión de León XIV de hacerse eco de estas palabras sugiere una continuidad en el énfasis: la unidad no como una aspiración opcional, sino como una necesidad misionera.

 Una nueva etapa, planteada con cautela

La próxima visita de Mullally a Roma no resolverá, por sí sola, las disputas teológicas. Pero representa el inicio de un nuevo capítulo personal en una relación que depende tanto de la confianza como de la doctrina.

Sus declaraciones tras las celebraciones del aniversario apuntan a una doble conciencia: gratitud por el progreso ya alcanzado y realismo sobre el camino que aún queda por recorrer. La relación entre anglicanos y católicos, señaló, sigue dando frutos en el diálogo, la amistad y el testimonio común en todo el mundo.

Esa tríada —diálogo, amistad y testimonio— se ha convertido en la base del ecumenismo moderno. Reconoce que la unidad no se logra únicamente mediante acuerdos formales, sino también a través de la acción compartida y el reconocimiento mutuo.

Mientras Sarah Mullally se prepara para reunirse con el Papa León XIV en Roma, el encuentro se interpretará menos por sus resultados inmediatos que por su tono y trayectoria. En un contexto donde persisten las divisiones históricas, incluso los pequeños avances tienen un significado profundo.

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Elizabeth Owens

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