(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 02.04.2026).- En cuestión de días, el Papa León XIV ha actuado con decisión en tres frentes que revelan la estructura de su gobierno: la supervisión financiera, la cultura institucional y la larga lucha de la Iglesia por la protección. Los nombramientos y las transiciones anunciados el 1 de abril no conforman un único titular, pero en conjunto trazan una dirección coherente, que se apoya en la experiencia tecnocrática al tiempo que reafirma la responsabilidad moral.
En la Secretaría de Economía, el Papa ha elegido a Paola Fanelli para dirigir la Dirección de Recursos Humanos, un puesto que ha adquirido importancia estratégica a medida que el Vaticano continúa profesionalizando sus estructuras administrativas. Fanelli llega con un perfil atípico para la Curia Romana, pero cada vez más reconocido: una combinación de formación académica y transformación empresarial. Graduada con honores en Investigación Operativa por la Universidad Bocconi en 1989, inició su carrera profesional en Accenture, donde se centró en el cambio organizacional y el rediseño de los procesos de recursos humanos en diversos sectores.
Posteriormente, su trayectoria la llevó al sector bancario, donde ocupó el cargo de directora de programas en Mediocredito Centrale durante la compleja fusión entre Banco di Sicilia y Sicilcassa, una experiencia que la situó en la intersección de la integración institucional y la reestructuración financiera. En 1999, se convirtió en subdirectora general de Cassa di Risparmio di Pescara, donde lideró la innovación en sistemas y procesos, antes de incorporarse a BNL BNP Paribas en 2001. Allí, desempeñó funciones de alta responsabilidad en gestión de personal, comunicación corporativa y responsabilidad social. Su nombramiento refleja el continuo énfasis del Vaticano en la gobernanza, entendida no solo como administración, sino como cambio cultural dentro de un entorno históricamente clerical.
Si la llegada de Fanelli apunta a una consolidación, la salida de Teresa Morris Kettelkamp de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores marca el final de una etapa formativa. Kettelkamp, estadounidense y ex coronela de la Policía Estatal de Illinois, ha sido una de las figuras laicas clave en el marco de protección de la Iglesia durante la última década. Se unió a la Comisión en 2018 y posteriormente se convirtió en su secretaria adjunta, cargo creado para apoyar la ampliación de su mandato, incluyendo la redacción de informes anuales y el desarrollo de directrices globales.
Su renuncia, efectiva a partir del 1 de abril, no se debió a tensiones institucionales, sino a circunstancias personales: el grave estado de salud de su nieta, nacida prematuramente en abril de 2025 y que ya fue sometida a una cirugía cardíaca de emergencia. Esta decisión pone de manifiesto una tensión recurrente en el servicio vaticano, donde las responsabilidades globales a menudo chocan con las obligaciones privadas. Al renunciar, Kettelkamp reafirmó un principio que ha defendido consistentemente: que la protección no se reduce a políticas, sino que constituye un deber moral arraigado en la dignidad de la persona humana.
La Comisión que deja tras de sí —establecida en 2014 por el Papa Francisco— ha evolucionado de un órgano consultivo a un actor más estructurado en la respuesta global de la Iglesia ante los abusos. Su actual presidente, Thibault Verny, rindió homenaje a su «compromiso inquebrantable» con las víctimas y los supervivientes, destacando la huella perdurable de su labor en la integración de las voces de los supervivientes en la vida eclesial. La propia Kettelkamp había insistido durante mucho tiempo en que el reconocimiento y la escucha son requisitos indispensables para la sanación, un enfoque que ha influido gradualmente en las prácticas diocesanas de todo el mundo.
Paralelamente a estos acontecimientos, el centro financiero del Vaticano está experimentando su propia transición. El Instituto para las Obras de Religión (IOR), a menudo descrito —de forma imprecisa— como el «banco del Vaticano», ha nombrado a François Pauly como próximo presidente de su Consejo de Supervisión. Sucederá a Jean-Baptiste Douville de Franssu, quien permanecerá en el cargo hasta el 28 de abril de 2026, fecha en la que el Consejo tiene previsto aprobar los estados financieros del Instituto correspondientes al 31 de diciembre de 2025.
El nombramiento de Pauly se produce tras un proceso de sucesión de doce meses llevado a cabo conjuntamente por el Consejo de Supervisión y la Comisión de Cardenales, lo que refleja un esfuerzo por garantizar la continuidad en lugar de una ruptura. De nacionalidad luxemburguesa, Pauly aporta décadas de experiencia en la banca europea, incluyendo puestos de liderazgo en el Banque Internationale à Luxembourg entre 2011 y 2016 y, anteriormente, responsabilidades ejecutivas en Dexia Crediop en Italia. Su experiencia previa en el consejo del IOR desde 2024 lo posicionó como un candidato interno capaz de mantener la trayectoria actual del Instituto.
Esta trayectoria ha sido moldeada en gran medida por Douville de Franssu, cuyo mandato coincidió con un período de mayor escrutinio y reformas destinadas a alinear las prácticas financieras del Vaticano con los estándares internacionales. Giuseppe Petrocchi, presidente de la Comisión Cardenalicia del IOR, vinculó explícitamente la nominación de Pauly a la necesidad de consolidar esos logros y profundizar la integración del Instituto en el sistema financiero global, tanto a nivel operativo como cultural.
En conjunto, estas acciones sugieren que León XIV no está desmantelando ni reinventando radicalmente las reformas iniciadas por su predecesor. En cambio, parece estar reforzándolas mediante nombramientos estratégicos y transiciones cuidadosamente gestionadas.
En el Vaticano, donde la continuidad suele tener tanta importancia como el cambio, este tipo de decisiones rara vez generan titulares inmediatos.
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