Maxime Francois Marsal
(ZENIT Noticias / Metz, 29.09.2026).- Con motivo de la visita del papa León XIV a Metz para celebrar la misa, el Padre Jacques-Marie Guilmard repasa el papel fundador y a menudo desconocido de la ciudad lorenesa en la historia de Europa. Desde el renacimiento litúrgico carolingio de San Crodegango hasta la epopeya restauradora de Dom Guéranger en el siglo XIX, un viaje al corazón de lo que hizo de Metz la cuna espiritual de Europa.
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El papa León XIV celebró la misa en la catedral de Metz, rodeado de abades benedictinos. ¿Por qué este acontecimiento va mucho más allá de una simple visita pastoral?
Padre Jacques-Marie Guilmard: Porque reaviva un acontecimiento fundamental: a finales del siglo VIII, la catedral de Metz fue la verdadera cuna espiritual de Europa. Cuando el Santo Padre entró en ese santuario el 28 de septiembre, conectó de nuevo con una historia fundacional que une íntimamente al papado, la liturgia y la identidad de nuestro continente. En Metz se forjó una síntesis única entre la fe, la oración y la cultura, dejando una huella imborrable en toda la cristiandad occidental.
¿Cómo comenzó esta aventura espiritual y política en el siglo VIII?
P. J.-M. G.: Todo empieza con el encuentro de tres personalidades extraordinarias: un papa, Esteban II; un soberano, Pipino el Breve; y un obispo de nombre singular, San Crodegango. Habiendo acudido a Francia —a Saint-Denis para ser precisos— por motivos políticos, es decir, la consagración de Pipino el Breve, de Carlomagno y de su hermano Carlomán, el papa comprende la urgencia de una profunda reforma eclesial. Confía entonces esta misión capital al obispo de Metz y, para darle la autoridad necesaria, lo eleva a la dignidad de arzobispo. Plenamente respaldado por Pipino el Breve, Crodegango se pone de inmediato a trabajar. Su método es sencillo pero revolucionario: reformar a su clero moldeando fielmente sus usos litúrgicos según los del papa.
¿Metz mantenía ya relaciones particulares con Roma en aquella época?
P. J.-M. G.: Absolutamente. La devoción hacia la Sede Apostólica era muy viva allí desde los orígenes cristianos de la ciudad, atribuidos a San Clemente en el siglo I. Crodegango se apoya en este fértil terreno para hacer de Metz una verdadera «ciudad santa» (hagiopolis), un espejo de Roma en el corazón del mundo franco. Dota a su clero de una regla de vida comunitaria —la Regula canonicorum, inspirada en la práctica de San Agustín. Esta regla sirvió de ejemplo a los capítulos canónicos durante siglos. Coloca la celebración de la liturgia romana en el centro de la existencia cotidiana de los sacerdotes y de todos los fieles.
Usted dice que Metz dio a Europa «su alma y su rostro». ¿Qué quiere decir con eso?
P. J.-M. G.: El impulso prendió rápidamente en el naciente Imperio carolingio. Su alma es esa unidad en la oración forjada por la liturgia romana y el afecto filial al «Señor Apostólico», como se llamaba entonces al Papa. Los monjes benedictinos, que difundían desde hacía generaciones el amor a Roma en Inglaterra y luego en Occidente, inspiraron sin duda el deseo de los príncipes francos de instaurar «la unanimidad con la Sede Apostólica y la concordia pacífica de la santa Iglesia de Dios».

A través de los tratados, los reinados y las guerras, esta oración común mantuvo a Europa íntimamente unida. Su rostro es la encarnación visible de esta fe en nuestros paisajes y costumbres. En la Edad Media, las iglesias —a menudo dedicadas a San Pedro— surgieron de la tierra para albergar la santa liturgia. Los fieles, desde el más humilde hasta el más poderoso, acudían en masa a ellas. Más tarde, los príncipes y eruditos tendrían sus Libros de Horas para seguir los oficios. Es el advenimiento de lo que se ha llamado la «civilización de la liturgia». Y en el centro de este edificio resuena el canto gregoriano: en Metz fue donde las melodías llegadas de Roma se refundieron para dar nacimiento a este arte universal que conquistaría, a partir de 765, todo el Occidente.
Este papel capital de los hijos de San Benito como vectores de la liturgia y de la romanidad sería solemnemente reconocido en 1964, cuando San Pablo VI proclamó a San Benito patrón de toda Europa; retomaba así lo que escribía Dom Guéranger en El Año Litúrgico con fecha de 21 de marzo.
¿Metz es entonces la capital espiritual de Europa?
P. J.-M. G.: Sin duda alguna, y es obra de San Crodegango, cuyas reliquias se encuentran en la catedral donde el papa celebró la misa el 28 de septiembre. Al igual que Crodegango, Dom Guéranger está también convencido de la necesaria «unanimidad con la sede apostólica»; milita por el regreso de las diócesis de Francia a la liturgia romana y emprende los trabajos para devolver la vida a un canto gregoriano que, nacido en Metz en el siglo VIII, había caído en la decadencia en la época contemporánea. La liturgia se convierte entonces, tras sus pasos, en lo que destaca el Concilio Vaticano II: «la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia», y el canto gregoriano, en «el canto propio de la liturgia romana». El cardenal Aveline, presidente de la Conferencia Episcopal de Francia, lo ha subrayado recientemente. Es esta vida de la Iglesia la que la visita del papa vino a renovar y vivificar en nosotros.
¿Qué vínculo establece entre la obra carolingia de San Chrodegang y la de Dom Guéranger en la época contemporánea?
P. J.-M. G.: ¡Dom Guéranger es el continuador directo de San Crodegango! A partir de enero de 1830, tras las convulsiones revolucionarias, muchas diócesis francesas se habían apartado de la milenaria liturgia romana. El galicanismo había instaurado liturgias neogalicanas dispares. El joven abad y refundador de Solesmes se entrega con una energía incansable a reconstruir la unidad con Roma. A él le debemos la denominación hoy ampliamente extendida de «Año Litúrgico», recordada por el Santo Padre León XIV durante su audiencia general del 12 de agosto de 2026. Crodegango y Dom Guéranger comparten exactamente el mismo carisma: el amor apasionado por el Vicario de Cristo y el celo por la Iglesia de Roma en oración.
Por eso Dom Guéranger inició el renacimiento benedictino en Francia y trabajó para que los fieles participaran de manera consciente y habitual en los misterios celebrados. Resulta llamativo constatar, como un signo providencial, que el escudo de armas de Dom Guéranger como abad fue reutilizado casi idéntico en la bandera del Consejo de Europa: las mismas doce estrellas de oro dispuestas en círculo, el mismo fondo de azur; la única diferencia es la ausencia, en el centro del círculo estrellado, de la rosa que simboliza a Cristo.
La etapa de Metz es la de la Europa espiritual, pero ¿y la presencia del papa en Saint-Denis? ¿Cómo la interpreta?
P. J.-M. G.: Creo que lo que nos enseña el Santo Padre León XIV en su visita a Francia es profundamente «guerangeriano», aunque no parezca evidente de inmediato. El Papa acude a Saint-Denis, exactamente igual que hizo Esteban II en el siglo VIII, para despertar el espíritu cristiano y la dimensión universal de la fe, encomendando esta misión a San Crodegango.
El propio Dom Guéranger fue un promotor de esta unidad en torno al pontífice romano: fue uno de los teólogos de referencia para la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia y de la jurisdicción universal del pontífice romano. Recordemos que Saint-Denis es una iglesia benedictina, y que fue allí donde el oficio monástico conforme a la Regla de San Benito se impuso por primera vez en 863, en lo que más tarde se convertiría en el Imperio carolingio. De hecho, fue en esa misma iglesia donde se celebró la clausura del año jubilar que conmemoraba los 150 años del fallecimiento del siervo de Dios Dom Guéranger a finales de 2025.
¿Y en Lourdes?
P. J.-M. G.: El papa acude a Lourdes, el lugar mismo de la gran aparición de Nuestra Señora, quien se presenta a sí misma como la «Inmaculada Concepción». Incluso antes de la proclamación del dogma, Dom Guéranger relata en su Autobiografía la gracia interior particular hacia este objeto de fe que en aquella época no estaba reconocido universalmente. Dom Guéranger fue posteriormente uno de los principales artífices, a petición del papa Pío IX, de la definición de dicho dogma.
¿Cree que estas consideraciones antiguas siguen llegando a los jóvenes?
P. J.-M. G.: Me impresiona ver que en las generaciones jóvenes, y en particular entre todos aquellos que asistieron a la vigilia con León XIV en el Stade de France, el repertorio del canto gregoriano forma parte de su vida cristiana, como lo atestigua el Salve Regina final cantado a pleno pulmón por las 80 000 personas presentes.
¿Cree que el papa León XIV tiene un afecto o apego particular a Dom Guéranger?
P. J.-M. G.: No lo sé, sin embargo, lo que me ha interesado es ver su apego a un religioso francés, carmelita, el hermano Lorenzo de la Resurrección, quien nos transmite un mensaje: «Poneos en presencia de Dios, incluso en las cosas ordinarias». ¡Parece que se estuviera leyendo a Dom Guéranger! Porque para Dom Guéranger, la verdadera escuela de oración es la liturgia, donde es Cristo y la Iglesia quienes oran en primer lugar a través del oficio divino. La oración debe nacer espontáneamente al contacto con los misterios cristianos celebrados. Por esta razón, deseo animar a todos a profundizar en los misterios que nos enseña la Iglesia como madre en la liturgia, la cual no está reservada a los clérigos. El oficio divino, la liturgia de las horas, como enseñaba el Santo Papa Pablo VI (Laudis canticum), es el privilegio y el deber de todo bautizado.
A su juicio, ¿cuál es el mensaje profético que la visita del Papa a Metz dirige a nuestro siglo XXI?
P. J.-M. G.: Nos vuelve a decir que la oración litúrgica y la comunión con el Sucesor de Pedro no son meras piezas de museo, sino fuentes vivas de unidad, de paz y de reconciliación para la Iglesia y para el mundo. Para nosotros, los cristianos de hoy, nada puede parecerse a la nostalgia: lo que buscó Dom Guéranger en la época contemporánea, tras San Chrodegang, que fue su precursor al inicio de la era carolingia, es algo que espera Europa, que espera el mundo de hoy: que la Iglesia vuelva a ser una «sociedad de alabanza», según la hermosa expresión de Dom Guéranger. Es lo esencial del programa fijado por la Iglesia en el Concilio Vaticano II en su primera constitución. El Concilio del siglo XX comienza sus trabajos por la liturgia, porque la liturgia, la oración de la Iglesia, siempre escuchada, es la de la esposa al esposo, Cristo: es la savia de nuestra vida (cf. Prefacio general al Año Litúrgico de Dom Guéranger). Al renovar su vitalidad en Metz, Europa recuerda aquello que forjó su nobleza espiritual. La «civilización de la liturgia» puesta en marcha por San Chrodegang y perpetuada por la tradición benedictina tiene un único horizonte: preparar y construir la «civilización del amor».
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Entrevista realizada con el Padre Jacques-Marie Guilmard, monje de Solesmes. Para profundizar: Dom J.-M. Guilmard, «L’origine du chant grégorien» (2020) y «Au cœur du chant grégorien» (2024), Éditions de Solesmes.Asociación para la canonización de Dom Guéranger (ACDG – www.domgueranger.net) – Presidente de honor: Cardenal Aveline.
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