CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 18 enero 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI lanzó este viernes un llamamiento a apoyar a los cristianos que viven en los países árabes para que se detenga su éxodo hacia otras regiones del mundo en búsqueda de mejores condiciones de vida.

«Hay que alentar y apoyar firmemente a quienes deciden permanecer fieles a su tierra para que no se convierta en un lugar arqueológico, desprovisto de vida eclesial», afirmó el Papa al recibir a la Conferencia de los obispos latinos en las regiones árabes, al concluir su visita quinquenal «ad limina apostolorum».

Entre sus huéspedes se encontraba Su Beatitud Michel Sabbah, patriarca de Jerusalén de los Latinos, así como prelados procedentes, entre otros países de Israel, Territorios palestinos, Irak, Arabia, Somalia y el Cuerno de África.

El obispo de Roma reconoció que «es comprensible que en ocasiones las circunstancias inciten a los cristianos a abandonar sus países para encontrar una tierra acogedora que les permita vivir de una manera conveniente».

«Promoviendo una vida fraterna sólida, encontrarán apoyo en sus pruebas», aseguró el obispo de Roma. «Ofrezco, por tanto, todo mi apoyo a las iniciativas que emprendéis para contribuir a la creación de condiciones socioeconómicas que ayuden a los cristianos a permanecer en sus países y hago un llamamiento a toda la Iglesia a apoyar de manera vigorosa estos esfuerzos».

Según el Papa, «la vocación de los cristianos en vuestros países tiene una importancia esencial».

«Siendo artífices de la paz y de la justicia, son una presencia viva de Cristo, quien vino para reconciliar al mundo con el Padre, y a reunir a todos sus hijos dispersos».

Asimismo, el pontífice manifestó «el vivo deseo de que por doquier sea efectiva la auténtica libertad religiosa y que no se obstaculice el derecho de cada quien a practicar su religión o a cambiarla. Se trata de un derecho primordial de todo ser humano».

Antes de despedirse, el pontífice aseguró a los prelados «la solidaridad de la Iglesia universal».

La Santa Sede estudia una Jornada mundial de Oración por Tierra Santa

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 16 enero 2008 (ZENIT.org).- Una Jornada de oración en todo el mundo católico por Tierra Santa: es la propuesta que estudia la Santa Sede a petición del Patriarca latino de Jerusalén y de los prelados de Europa y Norteamérica.

La iniciativa se dio a conocer este miércoles en Roma, en la rueda de prensa convocada por los obispos del «Grupo de Coordinación en apoyo de Tierra Santa».

Momentos antes, este grupo había celebrado un encuentro con el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, el cardenal Leonardo Sandra, prefecto de la Congregación para las Iglesias Orientales, y el secretario para las Relaciones con los Estados, el arzobispo Dominique Mamberti.

Entre los prelados representantes del citado grupo –recién llegado de su anual visita a Tierra Santa, el obispo Joan-Enric Vives, de la Conferencia Episcopal Española, explicó a los medios: «El Patriarca pide, y creo que es una buena idea, que se designe una Jornada de oración en todo el mundo católico, cristiano, por Tierra Santa» y así «se ha pedido a la Santa Sede».

La decisión está por tomar, pero es posible «empezar a tener una jornada de oración, no sólo en el momento de la colecta por los Santos Lugares [el Viernes Santo], sino también una jornada de petición de la paz, en la unidad de la Iglesia con la Iglesia madre de Jerusalén», y sería de gran importancia, apuntó el obispo de Urgell, «llevarlo a cabo también en las diócesis y en las parroquias».

Representaría un inequívoco signo de solidaridad con la población cristiana, que afronta el drama de la emigración. En términos del Patriarca –recordó monseñor Vives–, la permanencia de los cristianos en Tierra Santa «es una vocación».

Es «una vocación de la Iglesia estar allí en el sufrimiento con el Señor» –profundizó–, un aspecto «un poco difícil de entender en nuestra sociedad secularizada, pero es la realidad: Nuestro Señor sufrió en Jerusalén, y la Iglesia madre de Jerusalén tiene este sufrimiento».

Pero es un deber –subrayó el prelado, miembro del Grupo de Coordinación– ayudar a los cristianos en la región, «sobre todo llevar sostenimiento y solidaridad» para que la eventual emigración sea una opción libre, no una constricción; igualmente para que puedan regresar a su tierra, si lo desean.