La audiencia tuvo lugar en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Foto: Vatican Media

Así es como León XIV reivindica el papel del seminario en el proceso de formación sacerdotal y pide no subestimarlo

Palabras del Papa a los Seminaristas del Pontificio Seminario Regional de Apulia «Pío XI», en Molfetta, y del Seminario Diocesano de Aversa

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 06.09.2026).- El Santo Padre recibió en audiencia privada, la mañana del jueves 3 de septiembre, a seminaristas y formadores del Pontificio Seminario Regional de Apulia «Pío XI», en Molfetta, y del Seminario Diocesano de Aversa, así como a algunas familias que les acompañaban. La audiencia tuvo lugar en la Sala Clementina del Palacio Apostólico. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano realizada por ZENIT de las palabras del Papa:

***

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La paz sea con vosotros.

Queridos hermanos en el Episcopado, sacerdotes, seminaristas, familiares,

ante todo les agradezco de corazón su presencia aquí, hoy.

Vienen de dos caminos distintos y de dos tierras distintas, pero este año sus casas celebran juntas un aniversario. En Molfetta recuerdan el primer centenario de la nueva sede, querida por el Papa Pío XI, cuyo nombre lleva su seminario, mientras que en Aversa celebran el tricentenario de la apertura de la sede actual.

Al encontrarlos, me urge subrayar una dimensión de su itinerario formativo: la de la relación con Aquel que los ha llamado. El estudio, la disciplina, las etapas del camino son elementos importantes que hay que tener bien presentes, pero solo valen si están fundados en la relación con Dios.

San Marcos, en su Evangelio, narra que Jesús «subió al monte y llamó a los que él quiso, y vinieron a él. Instituyó a Doce —a los que llamó apóstoles—, para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar» (Mc 3,13-14).

En estas pocas palabras está ya todo. Deteniéndonos en esta breve perícopa podemos vislumbrar una admirable síntesis de la experiencia válida para todo llamado, para todos los que desean profundizar en la verdad de su propia vocación. Está el monte que hay que subir, donde alcanzar a Cristo y, sobre todo, donde estar junto a Él. El corazón de la experiencia del seminario está todo aquí: aprender a estar con el Maestro, el Señor Jesús.

El evangelista refiere que el Señor «llamó a los que él quiso», y pone de relieve de inmediato la libertad de Dios, de la que brota toda vocación. No hay un concurso, no hay una clasificación, ni está escrito que eligiera a los mejores: eligió a los que quiso. En un mundo que tanto se afana en celebrar la autorrealización, es verdaderamente importante reafirmar que ninguno de ustedes y ninguno de nosotros está aquí porque se lo haya merecido, sino únicamente por una libre elección por parte de Dios Padre, signo y prenda de un amor gratuito que siempre nos previene y que nunca decepciona.

Queridísimos seminaristas, su misma presencia en el seminario es un signo de esperanza para toda la Iglesia. No de un vago optimismo, sino de la certeza de que el Señor llama siempre, en toda época de la historia y en todo lugar. Al mirar a cada uno de ustedes, contemplo la maravilla de Dios que nunca se cansa de susurrar al corazón de los jóvenes la belleza de dar la vida por Él y por la Iglesia.

Toda vocación nace de un diálogo íntimo con Dios, cultivado en el silencio y la oración, que con frecuencia tiene lugar «a pesar del ruido a veces ensordecedor del mundo» (León XIV, Mensaje para la LXIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, 16 de marzo de 2026). Es ahí donde se decide todo, y para que ese diálogo ocurra es necesario aprender a estar con Él.

Tienen muchos ejemplos, pero creo que para todos ustedes el venerable Obispo don Tonino Bello muestra con particular claridad qué significa ser Sacerdote y ser Obispo: no en las palabras, sino en cada gesto y en cada decisión, y dando testimonio hasta el final.

Por eso el tiempo del seminario sigue siendo necesario, hoy no menos que ayer. En un mundo que tiene prisa y que mira con sospecha toda parada prolongada, podría pensarse que es un lujo o una institución superada, pero no es así. Precisamente porque nuestro tiempo es rápido y ruidoso, hace falta un lugar y una temporada de la vida en que se aprenda a estar, a discernir, a dejarse formar sin atajos. El seminario no es un aplazamiento de la misión, sino su condición. No se lo subestime.

Después de haber escuchado la voz del Señor, en efecto, hay que alcanzarlo y subir al monte, y esto a veces puede ser fatigoso, porque se sube a pie, a ratos con la respiración entrecortada, sin ver todavía la cima.

La fatiga de la vida espiritual está sostenida, sin embargo, por la belleza de la fraternidad y de la comunión en la misión. En el monte, Jesús no llama a un solo hombre, sino que llama a doce, de las personalidades más dispares y a veces improbables a nuestros ojos. El Señor los reúne, los mantiene unos junto a otros, para que aprendan que la Iglesia se vive juntos: no es propiedad de ninguno de nosotros, y todos estamos llamados a amarla y a servirla como un único cuerpo. Ustedes, los que vienen de Molfetta, lo experimentan de manera especial, ya que en el seminario regional la comunión entre las Iglesias de Puglia no es un ideal, sino una amistad concreta que nace en estos años y que los acompañará como presbíteros durante toda la vida.

Porque, así como «ningún pastor existe solo» (León XIV, Carta ap. Una fedeltà che genera futuro, 8 de diciembre de 2025, 15), tampoco un seminarista puede concebir un camino privado con el Señor: debe sentir y experimentar siempre la belleza de la mediación eclesial. El seminario, pues, antes que un lugar donde adquirir información, «debería ser una escuela de los afectos» (ibíd., 12). Y a ustedes, queridos formadores, les pido que sean los primeros maestros de ese cuidado y de esa fraternidad que se manifiestan en relaciones auténticas, personales y comunitarias, hechas de verdad y de caridad. Formadores no se improvisa: el de ustedes es un ministerio delicadísimo para el que hay que prepararse con ciencia, paciencia y amor.

Queda luego el último paso: aquel en que del monte se baja, porque el monte no es un refugio. Jesús no lleva a los Doce a lo alto para ponerlos a salvo, sino para que, tras haber hecho experiencia de Dios, puedan ser enviados a comunicar al mundo esta novedad de vida.

Serán llamados, pues, a bajar del monte, para ser enviados a la gente de sus tierras: a esas familias que tiran hacia adelante con esfuerzo, a los jóvenes que a los veinte años hacen las maletas para buscar trabajo, a los ancianos solos, a los marginados, a quienes han perdido el sentido de la existencia. El sacerdote es enviado a todos porque a todos anuncia la belleza de la fe en Jesucristo, la buena noticia de nuestra salvación. Es la salvación que nos ha sido dada por medio de María. Encomiéndense a Ella, como a quien primera hizo lo que hoy se les pide a ustedes. Pidan a María la gracia de aprender a decir cada día su «sí» al Señor Jesús.

Queridísimos seminaristas, antes de despedirnos quiero decirles gracias. Gracias, en nombre de la Iglesia, por el «sí» que han pronunciado y que cada día vuelven a pronunciar: no es fácil ni obvio en el mundo de hoy, y la Iglesia lo sabe bien.

Y un agradecimiento particular deseo dirigirlo a las familias aquí presentes. Una vocación nunca nace sin un contexto adecuado, y con frecuencia necesita un hogar, de padres que rezan y que saben dejar ir. A ustedes, queridas familias, el reconocimiento mío y de toda la Iglesia.

Saludo y bendigo a los diáconos que serán ordenados presbíteros en pocos días: los llevo en mi oración personal, para que sean siempre discípulos fieles, alegres y valientes del Señor. Rezaremos por ustedes, todos.

Los bendigo a todos de corazón, junto a sus Obispos, a sus formadores, a sus familias, y a esas comunidades que los esperan y ya rezan por ustedes. Gracias.

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Redacción Zenit

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