Benedicto XVI responde a las inquietudes de los párrocos (IV)

Intervención en el encuentro con los sacerdotes de la diócesis de Roma

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ROMA, viernes 6 de marzo de 2009 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación, el último artículo de la serie con la transcripción del interesante diálogo que el Papa mantuvo con los párrocos de la diócesis de Roma, en el encuentro celebrado el pasado jueves 26 de febrero, y que ha hecho público la Santa Sede.

La primera parte fue publicada por ZENIT el 27 de febrero, la segunda el 3 de marzo, la tercera el 4 de marzo y la cuarta el 5 de marzo.

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7) Santo Padre, soy el padre Guillermo M. Cassone, de la comunidad de los padres de Schoenstatt en Roma, vicario parroquial en la parroquia de los santos Patronos de Italia, San Francisco y Santa Catalina, en el Transtíber.

Después del Sínodo sobre la Palabra de Dios, reflexionando sobre la Proposición 55, «Maria Mater Dei et Mater fidei», me pregunto cómo mejorar la relación entre la Palabra de Dios y la piedad mariana, sea en la vida espiritual sacerdotal, sea en la acción pastoral. Dos imágenes me ayudan: la anunciación por la escucha y la visitación por el anuncio. Quisiera pedirle, Santidad, que nos ilumine con su enseñanza sobre este tema. Le agradezco por este don.

–Benedicto XVI: Me parece que usted mismo ha respondido a su pregunta. Realmente María es la mujer de la escucha: lo vemos en el encuentro con el ángel y lo volvemos a ver en todas las escenas de su vida, desde las bodas de Caná, hasta la cruz y hasta el día de Pentecostés, cuando estaba en medio de los apóstoles precisamente para acoger al Espíritu. Es el símbolo de la apertura, de la Iglesia que espera la venida del Espíritu Santo.

En el momento del anuncio podemos tomar ya la actitud de la escucha -una escucha verdadera, una escucha que interiorizar, que no dice simplemente sí, sino que asimila la Palabra, toma la Palabra- y después seguir con la verdadera obediencia, como si fuese una Palabra interiorizada, es decir, convertida en Palabra en mí y para mí, casi forma de mi vida. Esto me parece muy hermoso: ver esta escucha activa, una escucha que atrae la Palabra de forma que entre y llegue a ser en mí Palabra, reflexionándola y aceptándola en lo íntimo del corazón. Así la Palabra se convierte en encarnación.

Lo mismo vemos en el Magníficat. Sabemos que es un tejido hecho de palabras del Antiguo Testamento. Vemos que María es realmente una mujer de escucha, que conocía en su corazón la Escritura. No conocía solo algunos textos, sino que estaba tan identificada con la Palabra que las palabras del Antiguo Testamento se convierten, sintetizadas, en un canto en su corazón y en sus labios. Vemos que su vida estaba penetrada realmente por la Palabra, había entrado en la Palabra, la había asimilado y se había convertido en vida en ella, transformándose de nuevo en Palabra de alabanza y de anuncio de la grandeza de Dios.

Me parece que san Lucas, refiriéndose a María, dice al menos tres veces, quizás cuatro veces, que asimiló y conservó la Palabra en el corazón. Era, para los Padres, el modelo de la Iglesia, el modelo del creyente que conserva la Palabra, lleva en sí la Palabra; no sólo la lee, o la interpreta con la inteligencia para saber qué sucedió en aquel tiempo, cuáles son los problemas filológicos. Todo esto es interesante, importante, pero es más importante escuchar la Palabra que se conserva y que se convierte en Palabra en mí, vida en mí y presencia del Señor. Por eso me parece importante el nexo entre mariología y teología de la Palabra, del cual han hablado los padres sinodales y del que hablaremos en el documento post-sinodal.

Es obvio: la Virgen es palabra de la escucha, palabra silenciosa, pero también palabra de alabanza, de anuncio, porque la Palabra en la escucha se convierte de nuevo en carne y llega a ser así presencia de la grandeza de Dios.

8) Santo Padre, soy Pietro Riggi y soy salesiano, trabajo en el Borgo ragazzi Don Bosco, quisiera preguntarle: El Concilio Vaticano II ha traído muchas importantísimas novedades en la Iglesia, pero no ha abolido las cosas que ya había en ella. Me parece que muchos sacerdotes o teólogos quisieran hacer pasar como espíritu del Concilio lo que no tiene nada que ver con el mismo Concilio. Por ejemplo las indulgencias. Existe el Manual de Indulgencias de la Penitenciaría apostólica, a través de las indulgencias se accede al tesoro de la Iglesia y se pueden ofrecer sufragios por las almas del Purgatorio. Existe un calendario litúrgico en el que se dice cuándo y cómo se pueden conseguir las indulgencias plenarias, pero muchos sacerdotes ya no hablan de ellas, impidiendo que lleguen sufragios importantísimos a las almas del Purgatorio. Las bendiciones. Existe el Manual de las bendiciones en que se prevé la bendición de personas, ambientes, objetos e incluso alimentos. Pero muchos sacerdotes desconocen estas cosas, otros las consideran preconciliares, y desatienden a esos fieles que piden aquello que por derecho deberían tener.

Las prácticas de piedad más conocidas. Los primeros viernes del mes no fueron abolidos por el Concilio Vaticano II, pero muchos sacerdotes ya no hablan de eso, o incluso hablan mal. Hoy hay un sentido de aversión a todo esto, porque las ven como antiguas y dañinas, como cosas viejas y preconciliares, mientras que yo creo que todas estas oraciones y prácticas cristianas son actualísimas y muy importantes, que deberían recuperarse y explicarse adecuadamente al Pueblo de Dios, en el sano equilibrio y en la verdad en la integridad del Vaticano II.

Quisiera también preguntarle: una vez usted hablando de Fátima dijo que existe un lazo entre Fátima y Akita, las lacrimaciones de la Virgen en Japón. Tanto Pablo VI como Juan Pablo II han celebrado en Fátima una misa solemne y han utilizado el mismo pasaje de la sagrada Escritura, Apocalipsis 12, la mujer vestida de sol que lucha en una batalla decisiva contra la serpiente antigua, el diablo, Satanás. ¿Existe afinidad entre Fátima y el Apocalipsis 12?

Concluyo: el año pasado un sacerdote le regaló un cuadro, yo no sé pintar pero quería yo también hacerle un regalo, así he pensado entregarle tres libros que he escrito recientemente, espero que le gusten.

–Benedicto XVI. Son realidades de las que el Concilio no ha hablado, pero que supone como realidad en la Iglesia. Éstas viven en la Iglesia y se desarrollan. Ahora no es el momento para entrar en el gran tema de las indulgencias. Pablo VI ha reordenado este tema y nos indica el hilo para entenderlo. Diría que se trata sencillamente de un intercambio de dones, es decir, cuanto en la Iglesia existe de bien, existe para todos. Con esta clave de la indulgencia podemos entrar en esta comunión de los bienes de la Iglesia. Los protestantes se oponen afirmando que el único tesoro es Cristo. Pero para mí lo maravilloso es que Cristo -el cual es realmente más que suficiente en su amor infinito, en su divinidad y humanidad- quería añadir a cuanto ha hecho él, también nuestra pobreza. No nos considera sólo como objetos de su misericordia, sino que nos hace sujetos de su misericordia y del amor junto con Él, de modo que -aunque no cuantitativamente, al menos en sentido mistérico- nos quisiera añadir al gran tesoro del cuerpo de Cristo. Quería ser la Cabeza con su cuerpo, en el que se realiza toda la riqueza de lo que ha hecho. De este misterio resulta precisamente que existe un tesaurus ecclesiae, que el cuerpo, como la cabeza, entrega tanto y que nosotros podemos tener uno del otro y entregar uno al otro.

Y así vale para las demás cosas. Por ejemplo, el viernes del sagrado Corazón es una cosa muy hermosa en la Iglesia. No son cosas necesa
rias, sino surgidas en la riqueza de la meditación del misterio. Así el Señor nos ofrece en la Iglesia estas posibilidades. No me parece ahora el momento de entrar en todos los detalles. Cada uno puede entender más o menos qué es más importante y qué no lo es; pero nadie debería despreciar esta riqueza, crecida durante los siglos como ofrenda y como multiplicación de las luces en la Iglesia. La única luz es la de Cristo. Aparece en todos sus colores y ofrece el conocimiento de la riqueza de su don, la interacción entre cabeza y cuerpo, la interacción entre los miembros, de manera que podemos ser verdaderamente juntos un organismo vivo, en el cual uno dona a todos, y todos donan al Señor, el cual se nos ha donado completamente a sí mismo.

[Traducción del original italiano por Inma Álvarez

© Copyright 2009 – Libreria Editrice Vaticana]

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ZENIT Staff

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