Texto completo de la homilía del Papa en la canonización de dos canadienses

San Francisco de Laval y santa María de la Encarnación, son ejemplo como miles de misioneros que llevaron el Evangelio por el mundo

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El santo padre Francisco presidió este domingo por mañana en la basílica de San Pedro, la santa misa en agradecimiento por la canonización de los santos canadienses san Francisco de Laval, obispo (1623-1708) y santa María de la Encarnación, Guyart Martin, religiosa y fundadora de la congregación de las Ursulinas de la Unión Canadiense. (1599-1672).

Concelebraron con el Santo Padre, diversos obispos y sacerdotes de la arquidiócesis canadiensde de Québec.

A continuación la homilía del Santo Padre después de la proclamación del Evangelio.

«Hemos escuchado la profecía de Isaías: «El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros …». Estas palabras, llenas de la esperanza de Dios, indican el futuro hacia el cual estamos en el camino. En este camino, los santos nos preceden y nos guían. Estas palabras también describen la vocación misionera.

Los misioneros son quienes, obedientes al Espíritu Santo, tienen el valor de vivir el Evangelio. También este Evangelio que acabamos de escuchar: «Salgan a los cruces los caminos», dijo el rey a sus siervos (Mt 22, 9). Los criados salieron y reunieron a todos los que encontraron, «malos y buenos» para llevarlos al banquete de las bodas del rey.

Los misioneros acogieron esta llamada: salieron a llamar a todos, en las encrucijadas del mundo; y así hicieron mucho bien a la Iglesia, ya que si la iglesia se detiene y se cierra, se enferma, se puede corromper, sea por los pecados que con la falsa ciencia separada de Dios, que es el secularismo mundano.

Los misioneros dirigieron su mirada hacia Cristo crucificado, recogieron su gracia y no se la han tenido para ellos. Al igual que San Pablo, hicieron todo para todos; han sido capaces de vivir en la pobreza y en la abundancia, en la saciedad o en el hambre; todo podían en Aquel que da la fuerza. Y con esta fuerza de Dios, tuvieron el coraje de «salir» por las calles del mundo con la confianza en el Señor que llama.

Esta es la vida del misionero o misionera, después puede terminar lejos de casa, lejos de su patria. Tantas veces, muchísimos asesinados, como sucedió en estos días con tantos hermanos y hermanas nuestros.

La misión evangelizadora de la Iglesia es esencialmente el anuncio del amor, de la misericordia y del perdón de Dios, revelado a los hombres en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Los misioneros han servido a la misión de la Iglesia, partiendo el pan de la Palabra en favor de los más pequeños y lejanos, llevando a todos el don del amor inagotable que brota del corazón del mismo Salvador. Así eran san Francisco de Laval y santa María de la Encarnación.

Quiero dejarles hoy, queridos peregrinos canadienses, dos consejos tomados de la Carta a los Hebreos, pero que pensando a los misioneros le van a hacer mucho bien a sus comunidades.

El primero es este: «Acuérdense de sus jefes, quienes les anunciaron palabra de Dios. Considerando atentamente el resultado final de su vida, imítenlos en su fe”.

El recuerdo de los misioneros nos sostiene cuando sentimos la escasez de los obreros del Evangelio. Sus ejemplos nos atraen, nos empuja a imitar su fe. ¡ Son testimonios fecundos que generan vida!

El segundo es éste: «Traigan a la memoria esos primeros días: después de haber recibido la luz de Cristo, han tenido que soportar una lucha grande y penosa… No abandonen la franqueza a la cual está reservada una gran recompensa. Tienen solamente necesidad de perseverancia”. (10, 32,35-36).

Rendir honor a quienes han sufrido para traernos el Evangelio, significa llevarnos hacia adelante en la buena batalla de la fe, con humildad, mansedumbre y misericordia, en la vida de cada día. Y esto trae fruto.

Memoria de quienes nos precedieron, de quienes fundaron nuestra Iglesia, la Iglesia fecunda de Quebec, con tantos misioneros que fueron por todas partes. El mundo fue llenado de misioneros canadienses, como estos dos.

Ahora un consejo, que esta memoria no nos lleve a abandonar ni el coraje ni la franqueza, quizás, no quizás, no, pero seguramente: el diablo que es envidiosos, no tolera que una tierra sea tan fecunda en misioneros. Recemos Señor para que Quebec vuelva en este camino de la fecundidad, de haber dado a tantos misioneros.

Y estos dos, que han por así decir, fundado la Iglesia en Quebec, nos ayuden como intercesores. Que la semilla que ellos sembraron dé frutos, de nuevos hombres y mujeres llenos de coraje, de amplios horizontes, con el corazón abierto a la llamada del Señor. Hoy hay que pedir esto para vuestra patria y ellos desde el cielo serán nuestros intercesores. Que Quebec vuelva a ser esa fuente de buenos y santos misioneros.

Aquí está la alegría y la entrega de vuestra peregrinación: recordar a los testigos, a los misioneros de la fe en vuestra tierra. Esta memoria nos sostiene siempre en el camino hacia el futuro, hacia la meta, cuando “el Señor Dios enjugará las lágrimas de cada rostro…”;

“Alegrémonos, y exultemos por su salvación”».

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ZENIT Staff

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