Un Cardenal lleno de Fe

Sobre el purpurado valenciano Antonio Cañizares

Share this Entry

Me lo dijo una piadosa y buena monja toledana, Sor Teresita de las MM Jerónimas, para ser más exacto: «No dejará Ud. de escribir alguna cosilla sobre Don Antonio ¿no?». Y heme aquí, siendo obediente con la religiosa, pues ella es de aquellos que, como decía Lope, son: «los que tienen por sabios, la experiencia».

Se ha escrito mucho sobre el Purpurado valenciano. ¿Qué decir entonces, que no sea repetitivo?

El  Cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2004, refiriéndose al Cardenal Cañizares, en aquél entonces arzobispo de Toledo, dijo a dos amigos míos: «D. Antonio Cañizares pequeño de estatura y grande de inteligencia y corazón». Viendo de quien vienen esas palabras… sobran comentarios.

Tres veces encontré a Don Antonio rezando por España a la que tanto ama. Hace algunos años, una tarde de septiembre, al final de la tarde, sentado solo, en la Catedral de Santiago de Compostela, rezaba delante del Señor Santiago, recogido, como un peregrino más. En Roma una noche, en una de esas agradables noches romanas de primavera, le encontré en la Via della Conciliazione, desgranando las cuentas de su Rosario y rezando también por España, entre otras intenciones. Y en Valencia, en esa Valencia que este sábado tomará posesión de él, rezaba discretamente ante la Virgen de los Desamparados y le pedía también por esta España, tan necesitada.

En el 2001 siendo Arzobispo de Granada, D. Antonio celebró un funeral por su madre recientemente fallecida. De la homilía que pronunció ese día, transcribo unas frases que nos muestran la fe y el amor a la Iglesia del cardenal Cañizares:

«No puedo menos que dar gracias a Dios por ese don tan inapreciable de la fe. No sabemos lo que tenemos con la fe. No me canso ni me cansaré nunca de repetirlo, con el auxilio de Dios, que lo más grande que ha sucedido en mi vida ha sido y es el creer: la fe. Mi madre y mi padre no nos dejaron riquezas materiales, pero nos legaron el gran tesoro de la fe en Jesucristo, que no lo cambio por nada, que vale más que la misma vida. La fe no es una ilusión. No es una proyección humana. Es una certeza de la que se tiene experiencia. Una experiencia que viene de otros, de los que vieron y oyeron, de los que palparon al Verbo de la vida, de los que fueron testigos, como Pablo, o como Pedro, o como el resto de los apóstoles, o como mi madre misma, para quien Cristo nunca fue un personaje del pasado y muerto, sino vivo, Señor de la vida y de la muerte, el Amo, como ella solía llamarle, y al que le invocaba con toda familiaridad».

«Ésta es una certeza, en suma, que nos viene por la experiencia viva y real de la Iglesia, donde Él está presente: Se puso en medio de ellos. Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos. Podéis comprender el gozo que se siente en ser Iglesia, la alegría que se experimenta en lo más profundo por vivir en la Iglesia, por tomar parte de ella porque en medio de ella está el Resucitado con sus llagas abiertas y su costado herido. ¡Qué gracias doy a Dios por el don de la Iglesia!»

Palabras de fe y de amor a la Iglesia del entonces arzobispo de Granada y hoy cardenal arzobispo electo de Valencia.

Que Santo Tomás de Villanueva y todos los santos y santas valencianos, le ayuden en su nuevo servicio a la Iglesia.

!Ad Multos annos, Eminencia!

Share this Entry

José Alberto Rugeles Martínez

Apoye a ZENIT

Si este artículo le ha gustado puede apoyar a ZENIT con una donación

console.log("Prueba")