Reflexión sobre la amistad © Cathopic

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Amigos, o solo cohabitantes

Reflexión sobre la amistad

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VER
Algunas personas expresan que tienen muchos amigos, pero a veces no saben lo que dicen. Presumen de los que califican como amigos, pero que son sólo compañeros de parrandas, de entretenimientos, de diversiones, o de trabajo y de actividades comunes. No hay una relación profunda entre ellos. Se reúnen, ríen, beben, cantan, cuentan chistes, juegan, critican, hablan de todo, menos de sí mismos.
Son frecuentes los suicidios, la mayoría de las veces porque las personas se sienten solas, aunque tengan una familia. Muchos jóvenes no encuentran apoyo, confianza, cariño y comprensión, sino sólo regaños, desconfianzas, negativas, castigos. No se sienten escuchados, porque en su hogar sólo hay gritos, ausencias, infidelidades, carencias. No hay amistad entre hermanos, ni entre parientes.
Hay esposos que, aunque cohabiten en la misma casa y en el mismo lecho, se sienten solos. No hay comunicación profunda de sentimientos, anhelos, ilusiones o frustraciones. Hay una enorme distancia entre ellos. ¡Nada de amistad! Sólo reclamos, celos, exigencias, obligaciones y trabajo. Apenas alguien ajeno a la pareja ofrece algo de cariño y de atención comprensiva, “miguitas de ternura”, el corazón se apega y la infidelidad es casi inevitable; lo que, además, se intenta justificar, porque en casa no se encuentra lo que se ofrece fuera.
Hay personas que nunca han experimentado lo que es una bella amistad. Se autoconsuelan con el alcohol, la masturbación, las apariencias exteriores en ropa, joyas y vehículos, los títulos, los viajes, o con mascotas que les entretienen y les muestran cariño, aunque les cuesten tiempo y dinero. ¡Cómo no agradecer y valorar a quienes nos han permitido vivir una amistad profunda y fortalecedora! Nos enriquecen, nos hacen crecer, nos alientan, nos sostienen, nos acompañan. No estamos solos en la vida. ¡Son un regalo de Dios!
PENSAR
Dice el Papa Francisco: “Hoy en día la palabra ‘amigo’ se ha desgastado un poco. Viviendo en los lugares de la vida metropolitana, cada día entramos en contacto con personas diversas a las que a menudo definimos ‘amigos’, pero es un modo de hablar. Y así, en el horizonte de la comunicación virtual, la palabra ‘amigo’ es una de las más utilizadas. Sin embargo, sabemos que un conocimiento superficial no es suficiente para activar esa experiencia de encuentro y de proximidad a la que hace referencia la palabra ‘amigo’. 
Además, cuando es Jesús el que la usa, indica una verdad incómoda. Hay verdadera amistad sólo cuando el encuentro me implica en la vida del otro hasta el don de sí mismo. De hecho, Jesús dice a sus discípulos: ‘Ya no los llamo siervos. A ustedes los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre’ (Jn 15,15). De esta forma, El establece una nueva relación entre el hombre y Dios, que supera la ley y se basa en un amor confidente. Al mismo tiempo, Jesús libera a la amistad del sentimentalismo y nos la entrega como un compromiso de responsabilidad que implica la vida: ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos’ (Jn 15,13). Por tanto, se es amigo sólo si el encuentro no permanece exterior o formal, sino que se convierte en compartir el destino del otro, compasión, implicación que lleva hasta donarse al otro. 
Nos hace bien pensar en lo que hace un amigo: se pone al lado con discreción y sensibilidad en mi camino; me escucha profundamente y sabe cómo ir más allá de las palabras; es misericordioso respecto a los defectos, está libre de prejuicios, sabe compartir mi recorrido, haciéndome sentir la alegría de no estar solo; no siempre me respalda, porque quiere mi bien, me dice sinceramente lo que no comparte; está dispuesto a ayudarme a volverme a levantar cada vez que caigo” (23-VI-2017). 
ACTUAR
Eduquémonos para la amistad, pues ésta no se improvisa. Exige disciplina interior para saber estar cerca del otro, para escucharle con paciencia y serenidad, para animarle y fortalecerle, pero también para hacerle ver sus errores, no con superioridad personal, con descalificaciones y ofensas, sino como quien le ofrece su mano y su corazón para salir adelante juntos. ¡Cómo se agradece y se valora una amistad así! Hay que pedirla a Dios como una de las mejores bendiciones en la vida.

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Felipe Arizmendi Esquivel

Nació en Chiltepec el 1 de mayo de 1940. Estudió Humanidades y Filosofía en el Seminario de Toluca, de 1952 a 1959. Cursó la Teología en la Universidad Pontificia de Salamanca, España, de 1959 a 1963, obteniendo la licenciatura en Teología Dogmática. Por su cuenta, se especializó en Liturgia. Fue ordenado sacerdote el 25 de agosto de 1963 en Toluca. Sirvió como Vicario Parroquial en tres parroquias por tres años y medio y fue párroco de una comunidad indígena otomí, de 1967 a 1970. Fue Director Espiritual del Seminario de Toluca por diez años, y Rector del mismo de 1981 a 1991. El 7 de marzo de 1991, fue ordenado obispo de la diócesis de Tapachula, donde estuvo hasta el 30 de abril del año 2000. El 1 de mayo del 2000, inició su ministerio episcopal como XLVI obispo de la diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, una de las diócesis más antiguas de México, erigida en 1539; allí sirvió por casi 18 años. Ha ocupado diversos cargos en la Conferencia del Episcopado Mexicano y en el CELAM. El 3 de noviembre de 2017, el Papa Francisco le aceptó, por edad, su renuncia al servicio episcopal en esta diócesis, que entregó a su sucesor el 3 de enero de 2018. Desde entonces, reside en la ciudad de Toluca. Desde 1979, escribe artículos de actualidad en varios medios religiosos y civiles. Es autor de varias publicaciones.

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