El Papa Francisco se reunió con operadores jurídicos. Foto: Vatican Media

La misión del canonista: un camino de sabiduría judicial. Así habla el Papa sobre derecho y evangelización

Discurso a los participantes en un curso de formación para operadores jurídicos organizado por el Tribunal de la Rota Romana.

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano 18.02.2023).- El Papa Francisco acogió en el Palacio Apostólico del Vaticano a un grupo de participantes en el Curso de Formación para operadores jurídicos organizado por el Tribunal de la Rota Romana, del 14 al 18 de febrero. Ofrecemos el discurso en lengua española con negritas añadidas por ZENIT.

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Agradezco al Decano sus palabras; os saludo a todos: después de lo que ha dicho, no sé qué decir, porque lo ha dicho todo y bien: ¡gracias! Esta iniciativa del Curso para Practicantes de Derecho Canónico y de Pastoral Familiar forma parte del servicio polifacético de la Curia Romana a la misión evangelizadora de la Iglesia, según el espíritu de la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium.

Podemos preguntarnos: ¿en qué sentido un curso de Derecho está relacionado con la evangelización? Estamos acostumbrados a pensar que el derecho canónico y la misión de difundir la Buena Nueva de Cristo son dos realidades separadas. En cambio, es decisivo descubrir el vínculo que las une dentro de la única misión de la Iglesia. Se podría decir esquemáticamente: ni derecho sin evangelización, ni evangelización sin derecho. En efecto, el núcleo del derecho canónico concierne a los bienes de comunión, en primer lugar la Palabra de Dios y los Sacramentos. Toda persona y toda comunidad tienen derecho -tiene derecho- al encuentro con Cristo, y todas las normas y actos jurídicos tienden a favorecer la autenticidad y la fecundidad de este derecho, es decir, de este encuentro. Por tanto, la ley suprema es la salvación de las almas, como afirma el último canon del Código de Derecho Canónico (cf. canon 1752). Por tanto, el derecho eclesiástico aparece íntimamente ligado a la vida de la Iglesia, como uno de sus aspectos necesarios, el de la justicia en la conservación y transmisión de los bienes salvíficos. En este sentido, evangelizar es el compromiso jurídico primordial, tanto de los pastores como de todos los fieles. Es lo que marca la diferencia, por ejemplo, entre los sacerdotes, entre un pastor y un clérigo del Estado. El primero, el Pastor del pueblo, va a evangelizar y cumple con este derecho primordial; el clérigo de Estado, una especie de coadjutor de la corte, realiza una función pero no cumple con el derecho que tiene el pueblo a ser evangelizado.

Queridos juristas de la Iglesia, probablemente conozcáis las palabras que el Papa Benedicto XVI escribió a los seminaristas. Decía: «Aprended también a comprender y -me atrevería a decir- a amar el derecho canónico en su necesidad intrínseca y en las formas de su aplicación práctica: una sociedad sin derecho sería una sociedad sin derechos. El derecho es una condición del amor» (Carta a los seminaristas, 18 de octubre de 2010, n. 5). Vuestro trabajo se ocupa de normas, procesos y sanciones, pero nunca debéis perder de vista los derechos, poniendo en el centro de vuestro trabajo a las personas, que son a la vez sujetos y «objetos» del Derecho. Estos derechos no son reivindicaciones arbitrarias, sino bienes objetivos, destinados a la salvación, que deben ser reconocidos y protegidos. Vosotros, como juristas, tenéis la responsabilidad especial de hacer resplandecer la verdad de la justicia en la vida de las Iglesias particulares: esta tarea es una gran contribución a la evangelización.

En esta perspectiva, estáis llamados a conocer y observar fielmente las normas canónicas, teniendo siempre presentes los bienes que están en juego, pues es indispensable interpretar y aplicar esas normas con justicia. La misión del canonista no es una utilización positivista de los cánones para buscar soluciones convenientes a problemas jurídicos o intentar ciertos «equilibrios». Entendida así, su actuación serviría a cualquier interés, o buscaría atrapar la vida en rígidos esquemas formalistas y burocráticos que descuidan los verdaderos derechos. No hay que olvidar el mayor principio, el de la evangelización: la realidad es superior a la idea, lo «concreto» de la vida es superior a lo formal, siempre; la realidad es superior a cualquier idea, y a esta realidad hay que servir con derecho. La grandeza de vuestra tarea emerge de una visión en la que el derecho canónico, sin olvidar la justicia del caso individual, se aplica a través de las virtudes de la prudencia jurídica que discierne el derecho concreto. Ir de lo universal a lo concreto universal y a lo concreto: éste es un camino de sabiduría judicial. El juicio judicial o el auxilio judicial no se hacen a través de equilibrios o desequilibrios, se hacen a través de esta sabiduría. Hace falta ciencia, hace falta capacidad de escucha; sobre todo, hermanos y hermanas, hace falta oración para juzgar bien. De este modo, no se descuidan ni las exigencias de bien común inherentes a las leyes, ni las debidas formalidades de los actos, sino que todo se sitúa dentro de un verdadero ministerio de justicia.

Habéis situado adecuadamente la administración de la justicia en el contexto de la acción sinodal de la Iglesia. El año pasado hablé de la sinodalidad intrínseca al proceso de nulidad matrimonial (cf. Discurso a la Rota Romana, 27 de enero de 2022). La misma consideración vale también para todos los que intervienen en el proceso de concesión de la dispensa del matrimonio no consumado. Y el espíritu sinodal debe vivirse en todas vuestras tareas jurídicas. Caminar juntos, escuchándoos e invocando al Espíritu Santo, es condición indispensable para ser justos practicantes. Una manifestación concreta de esto es la necesidad de pedir consejo, de buscar la opinión de quien tiene más conocimientos y experiencia, con ese deseo humilde y constante de aprender siempre para servir mejor a la Iglesia en este campo. Y quien te da el consejo es el Espíritu Santo: debes buscar consejo no sólo para una determinada interpretación jurídica, para tener equilibrio; no, buscas consejo para recibir la creatividad que el Espíritu Santo, con el don del consejo, te da cada vez que tienes que emitir un juicio. Esto es importante.

Queridos Agentes de Pastoral Familiar, me dirijo también a vosotros, y me alegro de vuestra participación en este Curso. Desde los dos motu proprio Mitis Iudex y Mitis et misericors Iesus, se ha ido tomando conciencia de la interacción entre la pastoral familiar y los tribunales eclesiásticos, considerados también en su especificidad como organismos pastorales. Por una parte, una pastoral familiar integral no puede ignorar las cuestiones jurídicas relativas al matrimonio. Baste pensar, por ejemplo, en la tarea de prevenir la nulidad matrimonial en la fase previa a la celebración, y también de acompañar a las parejas en situaciones de crisis, incluso dirigiéndolas a los tribunales eclesiásticos cuando es plausible que exista una causa de nulidad, o aconsejándoles iniciar el procedimiento de dispensa por inconsumación. Por otra parte, los profesionales de los tribunales no pueden olvidar nunca que están tratando asuntos que tienen una fuerte relevancia pastoral, por lo que las exigencias de verdad, accesibilidad y prudente celeridad deben guiar siempre su trabajo; y tampoco debe olvidarse el deber de hacer todo lo posible por la reconciliación entre las partes o la validación de su unión, como recordé de nuevo en mi Discurso a la Rota del año pasado. Como decía san Juan Pablo II, «la verdadera justicia en la Iglesia, animada por la caridad y templada por la equidad, merece siempre el atributo calificativo de pastoral» (Discurso a la Rota Romana, 18 de enero de 1990, n. 4): en medio del rebaño, con el olor del rebaño y buscando el progreso del rebaño.

Estas son, queridos hermanos y hermanas, las consideraciones que os confío, conociendo el espíritu de fidelidad que os anima y el empeño que ponéis en aplicar plenamente las normas de la Iglesia, en la búsqueda del verdadero bien del Pueblo de Dios. A Nuestra Señora, Espejo de Justicia, os encomiendo a cada uno de vosotros, os confío vuestro trabajo cotidiano. Os bendigo de corazón; por favor, no olvidéis rezar por mí. Gracias.

Traducción del original en lengua italiana realizada por el director editorial de ZENIT

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Redacción Zenit

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