(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 18.01.2026).- El viernes 16 de enero, el Santo Padre acogió en el Vaticano a los familiares de algunos de los jóvenes fallecidos en el incendio ocurrido el 1 de enero de 2026 en el bar Le Constellation, ubicado en la estación de esquí de Crans-Montana, en Valais, Suiza. El incidente mató a 40 personas e hirió a otras 119, muchas de ellas de gravedad. A continuación las sentidas palabras del Papa traducidas al castellano.
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
Buenos días a todos, bienvenidos.
Digo muy sinceramente que estoy profundamente conmovido al encontrarme con ustedes. Cuando supe que de parte de ustedes alguien había solicitado esta audiencia, inmediatamente dije: “Sí, encontraremos el tiempo”. Quería al menos tener la oportunidad de compartir un momento que para ustedes, en medio de tanto dolor y sufrimiento, es verdaderamente una prueba de nuestra fe, es una prueba de aquello en lo que creemos. Muchas veces uno se pregunta: «¿Por qué, Señor?».
Alguien me hizo recordar un momento semejante, precisamente la misa de un funeral, donde, en lugar de dar un sermón, el sacerdote habló como si fuera un diálogo entre la persona y Dios mismo, con esa pregunta que siempre nos acompaña, diciendo: «¿Por qué, Señor?, ¿por qué?».

Estos son momentos de gran dolor y sufrimiento. Una de las personas más queridas y más amadas por ustedes ha perdido la vida en una catástrofe de extrema violencia, o se encuentra hospitalizada por un largo período, con el cuerpo desfigurado por las consecuencias de un terrible incendio que ha impactado al imaginario del mundo entero. Y todo esto ha ocurrido en el momento más inesperado, en un día en el que todos se alegraban y celebraban, intercambiándose deseos de alegría y felicidad.
¿Y qué decir entonces en una circunstancia semejante? ¿Qué sentido dar a acontecimientos como estos? ¿Dónde encontrar un consuelo que esté a la altura de lo que sienten, un alivio que no se reduzca a palabras vacías y superficiales, sino que toque lo más profundo y reavive la esperanza? Quizás solo haya una palabra que sea adecuada: la del Hijo de Dios en la cruz —a quien hoy están tan cercanos—, que desde lo más hondo de su abandono y de su dolor gritó al Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46).

La respuesta del Padre a la súplica del Hijo se hace esperar tres días, en el silencio. Pero luego, ¡qué respuesta! Jesús resucita glorioso, viviendo para siempre en la alegría y en la luz eterna de la Pascua.
Yo no puedo explicarles, hermanos y hermanas, por qué a ustedes y a sus seres queridos se les ha pedido afrontar una prueba tan dura. El afecto y las palabras humanas de compasión que hoy les dirijo parecen muy limitados e impotentes. Sin embargo, el Sucesor de Pedro, a quien han venido a encontrar hoy, se los afirma con fuerza y convicción: su esperanza, su esperanza no es vana, ¡porque Cristo ha resucitado verdaderamente! La Santa Iglesia es testigo de ello y lo anuncia con certeza. San Pablo, que lo había visto vivo, decía a los cristianos de Corinto: «Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.» (1 Cor 15, 19-20).

Queridos hermanos y hermanas, nada podrá jamás separarlos del amor de Cristo (cf. Rom 8, 35), así como tampoco a sus seres queridos que sufren o que han perdido. La fe que habita en nosotros ilumina los momentos más oscuros y más dolorosos de nuestra vida con una luz insustituible, que nos ayuda a continuar con valentía el camino hacia la meta. Jesús nos precede en este camino de muerte y resurrección, que exige paciencia y perseverancia. Estén seguros de su cercanía y de su ternura: Él no está lejos de lo que están viviendo; al contrario, lo comparte y lo carga con ustedes. De la misma manera, toda la Iglesia lo carga con ustedes. Tengan la certeza de la oración de toda la Iglesia —y de mi oración personal— por el descanso de sus difuntos, por el alivio de aquellos que aman y que sufren, y por ustedes mismos, que los acompañan con su ternura y su amor.
Hoy su corazón está traspasado, como lo estuvo el de María al pie de la Cruz. María, junto a la cruz, que veía a su hijo. María Dolorosa está cerca de ustedes en estos días, y es a ella a quien los encomiendo. Confíenle sin reservas sus lágrimas y busquen en ella el consuelo materno que quizá solo María sabrá darles y que sin duda podrá darles. Como María, sabrán esperar con paciencia, en la noche del sufrimiento, pero con la certeza de la fe, que un día, un nuevo día, amanezca; y volverán a encontrar la alegría.

Como signo de consuelo y de cercanía, de querer compartir también con ustedes este momento, los invito a orar juntos, y les imparto a cada uno de ustedes, así como a todos sus seres queridos que sufren, la Bendición Apostólica.
Oremos juntos: Padre Nuestro…
Y a María, nuestra Madre, Nuestra Señora de los Dolores, le decimos: Ave María
[Bendición]
Que la paz y el consuelo de la fe los acompañen siempre. Amén.
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