en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, el Papa León XIV y los altos cargos de la Curia Romana entraron en el silencio de la Cuaresma Foto: Vatican Media

FOTOGALERÍA: Papa León XIV inicia los ejercicios espirituales

El Papa León XIV y los altos cargos de la Curia Romana entraron en el silencio de la Cuaresma

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 22.02.2026).- El domingo 22 de febrero por la tarde, en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, el Papa León XIV y los altos cargos de la Curia Romana entraron en el silencio de la Cuaresma. La ocasión fue la meditación de apertura de los ejercicios espirituales anuales, una semana que suspende el gobierno ordinario para favorecer el recogimiento, el examen y la oración.

El predicador invitado a guiar el retiro de este año fue Erik Varden, obispo cisterciense de Trondheim, Noruega. Monje de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia, más conocidos como los Trapenses, Varden trajo al Vaticano una sensibilidad claramente monástica: austera, bíblica y sin temor al combate espiritual. Su tema principal de la semana, «Iluminados por una gloria oculta», marcó la pauta de un ciclo de meditación que busca descubrir el resplandor divino no en el espectáculo, sino en la fidelidad.

La reflexión inicial, titulada “Entrando en la Cuaresma”, giró en torno a una paradoja: la paz cristiana no es la recompensa de una vida cómoda, sino la condición previa para una sociedad transformada. “La paz cristiana no es la promesa de una vida fácil”, insistió Varden. Es, más bien, el fruto de una entrega valiente, arraigada en lo que es justo y verdadero. En un mundo acostumbrado a equiparar la paz con la ausencia de tensión, el obispo trazó una línea más nítida. La paz a la que la Cuaresma llama a los creyentes, dijo, es una que “el mundo no puede dar”, haciéndose eco del Evangelio de Juan. No es una tregua negociada, sino el signo interior de la presencia permanente de Cristo.

Varden enmarcó la Cuaresma como un tiempo de esencialidad. La Iglesia, explicó, se deshace deliberadamente de los excesos, tanto materiales como simbólicos, para crear un espacio en el que el creyente pueda confrontar lo que realmente importa. Incluso las buenas distracciones se dejan de lado temporalmente. En este ambiente purificado, la lucha espiritual se vuelve inevitable. La Iglesia no diluye su lenguaje al hablar de vicios y pasiones destructivas, señaló. Su gramática no es relativista, sino categórica: «sí, sí» y «no, no». La Cuaresma no es tiempo de medias tintas.

Un aspecto central de esta batalla es la purificación de la ira. Citando al maestro ascético del siglo VII, Juan Clímaco, Varden recordó la advertencia inflexible: nada obstruye más la morada del Espíritu que la ira. En una época marcada por la polarización ideológica y la indignación digital, este recordatorio adquirió una relevancia contemporánea. La auténtica identidad cristiana, enfatizó, se mide por la fidelidad al ejemplo y los mandamientos de Cristo, no por la fuerza retórica ni el dominio cultural.

La meditación también se entrelazó con la herencia litúrgica del Rito Romano. Durante más de un milenio, el Primer Domingo de Cuaresma, la liturgia romana ha proclamado, antes del Evangelio de la tentación de Cristo en el desierto, el canto solemne conocido como el «tractus», extraído casi en su totalidad del Salmo 90, el Qui habitat. El lenguaje del salmo —»El que habita al abrigo del Altísimo»— es a la vez marcial y sereno, evocando la protección divina en medio de la prueba.

Para ilustrar su profundidad, Varden recurrió a una de las grandes voces cistercienses, Bernardo de Claraval. Durante la Cuaresma de 1139, Bernardo predicó a sus monjes un ciclo de diecisiete sermones sobre el Qui habitat. En esas reflexiones, Bernardo trazó los contornos de la gracia que obra en medio de la lucha: combatiendo el mal, fomentando el bien, defendiendo la verdad y perseverando en el éxodo de la esclavitud hacia la tierra prometida. El camino, reconoció, puede sentirse como caminar sobre el filo de una navaja. Pero debajo están “los brazos eternos”, una imagen bíblica que ancla el coraje en la fidelidad divina.

Del lunes 23 de febrero al viernes 27 de febrero, se programan dos meditaciones diarias: una a las 9:00 h, precedida por el oficio del mediodía, y otra a las 17:00 h, seguida de la adoración eucarística y las Vísperas. Tras el discurso inaugural del domingo, dos reflexiones se centran explícitamente en Bernardo de Claraval —«San Bernardo el Idealista» la mañana del 23 de febrero y «San Bernardo el Realista» la tarde del 26 de febrero—, lo que sugiere una exploración deliberada de la tensión entre la aspiración espiritual y la vida eclesial concreta.

Otros temas abordados para la semana incluyen la confianza en la ayuda divina, el proceso de liberación, el esplendor de la verdad, la enigmática frase bíblica «mil caerán», la promesa «Yo lo glorificaré», el ministerio de los ángeles de Dios y la virtud del discernimiento o la «consideración». La meditación final, centrada en «Comunicar la esperanza», clausurará el retiro. Ese tema final resuena más allá de los muros del Palacio Apostólico. En los últimos años, el Vaticano ha insistido repetidamente en que la esperanza no es mero optimismo, sino una virtud teologal arraigada en la Resurrección. «Comunicar esperanza» presupone haber luchado primero con la desesperación, purificado la ira y elegido la fidelidad por encima de la conveniencia. Es, en otras palabras, el resultado del mismo combate espiritual con el que comenzó Varden.

Al abrir la Cuaresma con una meditación sobre la paz radical y el discipulado disciplinado, el obispo noruego ofreció al papa León XIV y a la Curia no un programa de reforma administrativa, sino algo más fundamental: una invitación a la coherencia interior.

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Redacción Zenit

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