(ZENIT Noticias / Colonia, 16.03.2026).- El fallecimiento de Jürgen Habermas el 14 de marzo, a los 96 años, no solo cierra un capítulo biográfico en la historia intelectual europea, sino que también marca el ocaso de una de las últimas voces que intentaron integrar, dentro de un mismo marco, la democracia, la razón y la responsabilidad moral en una época convulsa. Murió en su casa de Starnberg, cerca de Múnich, rodeado de su familia, según confirmó su editorial, Suhrkamp Verlag.
Durante décadas, Habermas fue sinónimo del legado intelectual de la Escuela de Frankfurt, el influyente círculo de pensadores que buscaba reinterpretar el marxismo a la luz de las catástrofes culturales y políticas del siglo XX. Alumno y posteriormente asistente de Theodor W. Adorno, transformaría esa tradición, desplazando su enfoque de la crítica económica a las estructuras de la comunicación, el discurso público y la legitimidad democrática.
En el centro de su proyecto filosófico se encontraba una intuición engañosamente simple: que la racionalidad, bien entendida, no se impone, sino que surge a través del diálogo. Su teoría de la acción comunicativa —desarrollada durante sus años en la Universidad Goethe de Fráncfort— proponía que las normas sociales son legítimas solo en la medida en que pueden ser aceptadas por todos los afectados, en condiciones libres de coerción. En este sentido, la democracia no era simplemente un sistema de instituciones, sino una práctica moral arraigada en el argumento, la reciprocidad y el reconocimiento mutuo.
Sin embargo, el pensamiento de Habermas no se limitó a la racionalidad procedimental. En las últimas décadas de su vida, especialmente tras el impacto de los atentados del 11 de septiembre y el resurgimiento del fundamentalismo religioso, se volcó cada vez más hacia una cuestión que durante mucho tiempo había permanecido al margen de su obra: si la razón por sí sola podía sustentar los fundamentos morales de las sociedades modernas.
Fue en este contexto que tuvo lugar su ahora célebre diálogo con Joseph Ratzinger en 2004, en la Academia Católica de Baviera. El encuentro —publicado posteriormente bajo el título de «Dialéctica de la secularización»— se ha convertido desde entonces en un punto de referencia para comprender la evolución de la relación entre fe y razón en la Europa contemporánea.
Habermas, quien se describía a sí mismo como un «ateo metódico», hizo una concesión sorprendente. El Estado democrático liberal, argumentaba, depende de recursos éticos que no puede generar por sí mismo. La racionalidad puramente secular, si bien indispensable, tiene dificultades para producir motivaciones morales vinculantes o un sentido compartido de justicia. La religión, en cambio, conserva intuiciones morales, narrativas y lenguajes simbólicos capaces de sustentar la solidaridad.
Sus reflexiones fueron más allá. En una de sus formulaciones más debatidas, sugirió que la autocomprensión normativa de la modernidad —su compromiso con los derechos humanos, la igualdad, la conciencia individual y la participación democrática— tiene una deuda no reconocida con la herencia ética de las tradiciones bíblicas. Sin esta herencia, advertía, la modernidad corre el riesgo de derivar hacia lo que él consideraba una forma de racionalismo fría y, en última instancia, inestable.
Esto no significaba un retorno a la política confesional. Por el contrario, Habermas insistió en que las contribuciones religiosas al debate público debían traducirse a un lenguaje accesible a todos los ciudadanos. Aquí radicaba una de las tensiones centrales de su pensamiento: la religión era necesaria como reserva moral, pero debía someterse a las normas procedimentales de la razón secular para acceder a la esfera pública.
El intercambio con Ratzinger reveló tanto convergencia como divergencia. Ambos pensadores rechazaban por igual el relativismo y el fundamentalismo, y ambos reconocían que las democracias modernas requieren más que racionalidad técnica. Pero mientras Habermas fundamentaba la legitimidad en el consenso discursivo, Ratzinger apuntaba a la revelación y a una comprensión metafísica más amplia de la razón. El filósofo alemán se mantuvo receloso ante cualquier intento de reintroducir la teología como autoridad fundacional, mientras que el futuro papa cuestionaba si la razón, separada de sus raíces metafísicas, podría evitar su autodestrucción.
El debate no terminó ahí. Figuras como el cardenal Camillo Ruini cuestionaron posteriormente el marco teórico de Habermas, argumentando que subestimaba la radical novedad de la afirmación cristiana: no solo un sistema moral, sino la revelación de un Dios personal que entra en la historia. Para los críticos, la exigencia de que la religión se tradujera por completo a categorías seculares corría el riesgo de reducir su esencia.
Sin embargo, incluso entre sus interlocutores, se reconocía la singular importancia del esfuerzo de Habermas. En una época en que gran parte del pensamiento europeo oscilaba entre la autosuficiencia secular y el pesimismo cultural, él intentó un camino más exigente: una «alianza», por frágil que fuera, entre la racionalidad moderna y las intuiciones morales preservadas por las tradiciones religiosas.
Esta preocupación no era abstracta. Habermas percibía en las sociedades contemporáneas un creciente riesgo de agotamiento moral. Creía que el lenguaje de los derechos podía persistir institucionalmente perdiendo su fuerza motivacional más profunda. Sin horizontes éticos compartidos, la vida democrática podría degenerar en tecnocracia, lógica de mercado o conflicto de identidades, tendencias que se han vuelto cada vez más visibles a principios del siglo XXI.
Su propia biografía intelectual dotó a esta preocupación de una profundidad particular. Nacido en 1929 en Düsseldorf, marcado en su infancia por un trastorno del habla que dificultaba la comunicación, se convertiría en el filósofo del diálogo por excelencia. Para él, el lenguaje no era solo un problema teórico, sino una conquista personal: un medio a través del cual la dignidad humana se expresa y se reconoce.
Por supuesto, existían ambigüedades. El apoyo de Habermas a ciertas intervenciones militares occidentales, incluido el bombardeo de Serbia por la OTAN en 1999, planteó dudas sobre la coherencia de su compromiso con el diálogo como principal medio para resolver conflictos. Los críticos señalaron una tensión entre sus ideales normativos y sus juicios políticos.
Aun así, su legado se resiste a ser reducido a una sola controversia. Galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003, siguió siendo, hasta sus últimos años, un interlocutor clave en los debates sobre democracia, derecho, bioética y el futuro de Europa.
Quizás lo que más perdura no sea un sistema, sino una pregunta, una que el propio Habermas dejó sin resolver. ¿Pueden las sociedades modernas, construidas sobre el pluralismo y la razón procedimental, mantener la profundidad moral necesaria para su propia supervivencia? ¿O dependen, de maneras que no pueden reconocer plenamente, de tradiciones —entre ellas, las religiosas— que preceden y trascienden la justificación racional?
En una era marcada por la polarización, la aceleración tecnológica y el renovado conflicto ideológico, esta pregunta parece menos teórica que nunca. Habermas no ofreció una respuesta definitiva. Pero al insistir en que la razón debe permanecer abierta al diálogo con lo que trasciende su propia existencia, se aseguró de que la conversación no terminara con él.
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