el grupo impulsa planes para consagrar nuevos obispos sin mandato papal Foto: FSSPX

Lefebvristas irán adelante con ordenaciones episcopales sin mandato pontificio y dan a conocer más detalles

Incluso los detalles logísticos relacionados con las consagraciones planeadas dejan entrever la magnitud del evento. Se espera una asistencia considerable de peregrinos, aunque, a diferencia de años anteriores, no se permitirá acampar cerca del seminario

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(ZENIT Noticias / Econe, 24.03.2026).- El frágil equilibrio entre Roma y el movimiento tradicionalista conocido como la Sociedad de San Pío X (o lefebvristas) parece estar nuevamente en riesgo, ya que el grupo impulsa planes para consagrar nuevos obispos sin mandato papal, un acto que, en términos canónicos, atenta contra la esencia misma de la unidad eclesial.

Según un calendario preliminar publicado por su seminario en Écône, las consagraciones episcopales están programadas para el 1 de julio, con una solemne Misa Pontifical a las 9:00 a. m., seguida de celebraciones litúrgicas durante todo el día, incluyendo las Segundas Vísperas Pontificales dedicadas a la Preciosa Sangre. Se espera que uno de los obispos recién consagrados celebre su primera Misa Pontifical a la mañana siguiente. Si bien la Sociedad no ha revelado oficialmente cuántos candidatos serán elevados al episcopado, informes internos sugieren la posibilidad de hasta cinco nuevos obispos.

La elección de Écône no es casual. Fue aquí, en 1988, donde Marcel Lefebvre llevó a cabo la consagración ilícita de cuatro obispos sin la aprobación papal, lo que provocó la excomunión automática para él, el prelado que lo consagró y los obispos recién ordenados. Aquel momento marcó una de las rupturas más graves en la historia católica moderna tras el Concilio Vaticano II.

La dirección de la Fraternidad argumenta que medidas similares son necesarias para garantizar su supervivencia institucional. El Superior General, Davide Pagliarani, ha dejado claro que la disminución del número de obispos —solo dos de los cuatro originales siguen vivos, ambos septuagenarios— representa una amenaza estructural. Sin obispos, la Compañía no puede ordenar sacerdotes, un obstáculo sacramental que afecta directamente a sus operaciones globales.

Sin embargo, desde la perspectiva de Roma, lo que está en juego es tanto teológico como jurídico. La consagración de obispos sin mandato pontificio no es simplemente una irregularidad administrativa, sino un acto cismático que conlleva la pena de excomunión automática. Esta postura ha sido reiterada en las últimas semanas por varias figuras prominentes dentro de la jerarquía eclesiástica.

Entre los críticos más enérgicos se encuentra Robert Sarah, quien advirtió que tal medida podría poner en peligro las almas y profundizar la fragmentación eclesial. De manera similar, Joseph Zen, si bien expresó cierta comprensión hacia las preocupaciones de la Fraternidad, advirtió sobre el riesgo de un cisma formal. Otras voces, como Marian Eleganti y Gerhard Ludwig Müller, han subrayado la gravedad del acto, calificándolo como una ruptura no solo con la disciplina eclesiástica, sino con la comunión misma.

El Vaticano no se ha mantenido pasivo. En un esfuerzo notable, aunque finalmente infructuoso, Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, se reunió con Pagliarani poco después del anuncio. El encuentro tenía como objetivo explorar posibles vías de acuerdo. Sin embargo, la Sociedad descartó rápidamente la posibilidad de una convergencia doctrinal. En un intercambio franco, Pagliarani reconoció que ambas partes eran plenamente conscientes de la profundidad de sus desacuerdos, particularmente en lo que respecta a la interpretación y el legado del Concilio Vaticano II y las enseñanzas papales posteriores.

Esta franca admisión pone de relieve una paradoja fundamental: la Fraternidad insiste en que no busca el cisma, pero sus acciones ponen a prueba repetidamente los límites de la comunión. Su liderazgo sostiene que la crisis dentro de la Iglesia —especialmente en materia doctrinal y litúrgica— justifica medidas extraordinarias. Los críticos, sin embargo, argumentan que este razonamiento corre el riesgo de crear una estructura eclesial paralela, institucionalizando de hecho la división.

Incluso los detalles logísticos relacionados con las consagraciones planeadas dejan entrever la magnitud del evento. Se espera una asistencia considerable de peregrinos, aunque, a diferencia de años anteriores, no se permitirá acampar cerca del seminario. En cambio, los organizadores planean ofrecer servicio de comidas en el lugar, lo que sugiere una reunión controlada pero numerosa.

En esencia, la situación actual plantea una pregunta que ha inquietado a la Iglesia desde 1988: ¿puede un movimiento afirmar fidelidad a la tradición actuando al margen del marco jurídico y sacramental que define la unidad católica? La respuesta, una vez más, podría depender de decisiones tomadas en un tranquilo valle suizo, pero con consecuencias que se extenderán mucho más allá.

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Joachin Meisner Hertz

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