Detrás de estas cifras hay familias que viven con una forma particular de duelo: la ausencia no tiene un final definitivo. Foto: Arquidiócesis Primada de México

Iglesias mexicanas se convierten en refugios de esperanza mientras la búsqueda de los desaparecidos alcanza los 135,000 casos

La Arquidiócesis de México planea expandir los Buzones de la Paz a toda su red, con el objetivo de llegar a 420 parroquias para diciembre. La iniciativa comenzó antes, con instalaciones en algunas comunidades desde 2024 y experiencias como la de Santo Tomás Ajusco, donde familias que buscaban a sus parientes utilizaron espacios parroquiales para obtener información de los residentes locales.

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(ZENIT Noticias / Ciudad de México, 31.08.2026).- En México, se les pide a algunas iglesias católicas que hagan algo que va mucho más allá de su tradicional función pastoral: ayudar a romper el silencio que rodea a miles de desapariciones.

La iniciativa es engañosamente sencilla. Una persona que tenga información sobre un familiar desaparecido —un nombre, un vehículo, una casa, una última ubicación conocida o incluso una posible tumba clandestina— puede dejar esa información de forma anónima en un «Buzón de la Paz» en una parroquia. La Iglesia no investiga la información directamente. Su propósito es crear un canal confiable a través del cual una pista potencialmente vital pueda llegar a los responsables de la búsqueda e investigación.


La magnitud de la crisis explica por qué la idea ha cobrado urgencia. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas de México registró 135,048 casos hasta el 16 de junio de 2026, según Red Lupa del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia. Las cifras iniciales situaban el total en 134,512 a principios de agosto, lo que ilustra la rapidez con la que el registro sigue cambiando. Es importante destacar que el registro incluye tanto a personas desaparecidas como a personas no localizadas, lo que significa que no todos los casos constituyen legalmente una desaparición forzada.

Detrás de estas cifras hay familias que viven con una forma particular de duelo: la ausencia no tiene un final definitivo. No basta con llorar la desaparición de un hijo o una hija, porque la familia puede seguir albergando la esperanza de un reencuentro. Al mismo tiempo, pueden pasar años sin respuesta sobre si la persona está viva, adónde fue llevada o qué sucedió.

Por eso, la intervención de la Iglesia mexicana se ha centrado cada vez más no solo en la oración, sino también en la presencia.

La Arquidiócesis de México planea expandir los Buzones de la Paz a toda su red, con el objetivo de llegar a 420 parroquias para diciembre. La iniciativa comenzó antes, con instalaciones en algunas comunidades desde 2024 y experiencias como la de Santo Tomás Ajusco, donde familias que buscaban a sus parientes utilizaron espacios parroquiales para obtener información de los residentes locales.

El procedimiento está diseñado deliberadamente para garantizar el anonimato. La información se coloca en sobres sellados, y el personal parroquial tiene instrucciones de no abrir, leer, copiar ni fotografiar lo que se ha entregado. Las parroquias no deben interrogar a los testigos, verificar las acusaciones ni realizar investigaciones paralelas. En cambio, la información se recopila y se transmite, a través del proceso establecido por la Iglesia, a las instituciones capaces de llevar a cabo búsquedas e investigaciones.

Esta distinción es fundamental. La Iglesia no puede asumir las funciones del Estado, ni debe intentarlo. La búsqueda de personas desaparecidas, la investigación de delitos, la identificación de restos y el enjuiciamiento de los responsables son responsabilidades gubernamentales.

Pero existe un problema antes de que pueda comenzar cualquier investigación oficial: la información.

Alguien puede saber lo que sucedió, pero tener demasiado miedo para acudir a las autoridades. Puede haber temor a represalias, amenazas contra familiares o simplemente desconfianza hacia las instituciones. Una parroquia, en cambio, puede ser un lugar familiar integrado en el barrio donde vive esa persona. Por lo tanto, la Iglesia intenta utilizar su presencia territorial para obtener información que de otro modo podría permanecer oculta.

La necesidad se ve agravada por los peligros que enfrentan las propias familias. Amnistía Internacional ha documentado más de 230 colectivos de búsqueda en México y, en un informe de 2025 basado en las experiencias de más de 600 mujeres que participan en la búsqueda, registró amenazas, violencia, estigma y graves consecuencias económicas, físicas y emocionales. Expertos de las Naciones Unidas también informaron en 2026, citando estadísticas de la sociedad civil, que al menos 19 personas que participaban en la búsqueda habían sido asesinadas desde 2020 y otras 20 habían sobrevivido a intentos de asesinato.

A estas mujeres se las suele llamar «madres buscadoras», pero el movimiento incluye a hermanas, esposas, hijas, padres y otros familiares. Muchas han aprendido a examinar el terreno, usar mapas y herramientas de búsqueda, desenvolverse en los sistemas forenses y seguir pistas, ya que las deficiencias institucionales les dejaron pocas alternativas. Su presencia en campos, hospitales, servicios forenses y oficinas gubernamentales es uno de los aspectos más dolorosos de la crisis de desapariciones en México: las familias se han visto repetidamente obligadas a realizar un trabajo que no les correspondía.

Las estadísticas ponen de manifiesto la magnitud del desafío. En marzo de 2026, las cifras gubernamentales registraban 132.534 personas desaparecidas tras un total histórico de 394.645 denuncias que se remontan a 1952. De las personas localizadas, el 92% fueron encontradas con vida y el 8% fallecidas. Esta última distinción es crucial: una búsqueda no termina con el reencuentro. El hallazgo de restos humanos también puede poner fin a años de incertidumbre, permitir la identificación y brindar a las familias la posibilidad de saber qué ocurrió y buscar justicia.

La decisión de la Iglesia de ampliar los buzones de la Paz se enmarca dentro de una respuesta católica más amplia a la violencia en México. En el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, que se conmemoró el 30 de agosto, el Diálogo Nacional por la Paz, que incluye a la Conferencia Episcopal Mexicana junto con religiosos y laicos, hizo un llamado a las iglesias de todo el país para que acogieran a las familias que buscan a sus seres queridos, los incluyeran en sus oraciones, proporcionaran espacio para los Buzones de la Paz y acompañaran las actividades organizadas por los colectivos de búsqueda.

Esta iniciativa también tiene una importante conexión con el Vaticano. Durante su visita a México a principios de agosto, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, se reunió con miembros del Diálogo Nacional por la Paz y escuchó directamente el testimonio de una madre que buscaba a su ser querido. Su mensaje fue conciso: la paz comienza con la empatía hacia el sufrimiento ajeno.

Este principio ayuda a explicar por qué la Iglesia ha optado por una respuesta práctica ante una crisis que no puede resolverse únicamente con el lenguaje pastoral.

La oración no puede encontrar a una persona desaparecida. Una parroquia no puede reemplazar a un fiscal. Un sacerdote no puede identificar restos. Pero una Iglesia que simplemente observa tal sufrimiento desde la distancia también estaría fallando en parte de su misión.

Existe una dimensión cristiana más profunda en el recuerdo de los desaparecidos. Pronunciar el nombre de una persona durante la oración es rechazar la idea de que un individuo pueda desaparecer dos veces: primero físicamente y luego de la memoria colectiva. La familia quizás aún no sepa si su ser querido regresará, pero la comunidad puede al menos negarse a tratar la desaparición como una estadística anónima.

Por consiguiente, los obispos mexicanos han instado a los católicos a acompañar a las familias que buscan a su ser querido, acogerlas en las iglesias y ayudar a visibilizar sus causas. El mensaje no es de resignación ante la violencia, sino de solidaridad unida a la exigencia de verdad y justicia.

Los Buzones de la Paz trasladan este enfoque a la vida parroquial cotidiana. En ellos se pueden recibir información, pero también oraciones, cartas, palabras de aliento y dibujos para las familias que llevan años buscando. En ese sentido, el buzón cumple una doble función: puede transmitir una pista, a la vez que recuerda a las familias que su sufrimiento no se ha vuelto invisible.

No se puede garantizar que una sola pista conduzca a una persona viva, a la recuperación de restos o a un avance en la investigación. La propia Iglesia reconoce que no puede verificar toda la información depositada en un buzón.

Pero hay valor en crear una vía alternativa para romper el silencio.

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Enrique Villegas

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