la comisión propone lo que el Papa Francisco llamó un «antropocentrismo situado», expresión que también adoptó el Papa León XIV Foto: Vatican Media

Un nuevo pecado: el pecado ecológico. Oficina del Vaticano publica documento que aborda los pecados contra la creación

El documento, «Cuidando nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trino», consta de más de 29.000 palabras y fue elaborado por una subcomisión que trabajó entre 2022 y 2025. Su argumento central es claro: la crisis ecológica es, en última instancia, inseparable de la crisis de la persona humana.

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(ZENIT Noticias / Roma, 02.09.2026).- La doctrina ecológica de la Iglesia Católica ha dado un paso importante con un nuevo documento que sostiene que la destrucción ambiental no puede entenderse simplemente como un problema científico, político o económico. También es una cuestión de pecado.

En un texto publicado el 2 de septiembre, la Comisión Teológica Internacional aboga por lo que describe como una auténtica conversión ecológica y propone una expresión más precisa para la realidad moral que implica: un «pecado contra la creación y contra el Creador».

Esta formulación va deliberadamente más allá de la expresión más común de «pecado ecológico». Para la comisión, el problema no radica simplemente en que los seres humanos dañen los bosques, el agua, el aire o la biodiversidad. El abuso ambiental también representa una falta de reconocimiento del significado divino de la creación y de la responsabilidad de la humanidad dentro de ella.

El documento, «Cuidando nuestra casa común: Una respuesta responsable y fraterna al Dios Trino», consta de más de 29.000 palabras y fue elaborado por una subcomisión que trabajó entre 2022 y 2025. Fue aprobado por la mayoría de los miembros de la comisión en julio y autorizado para su publicación por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, tras ser presentado al papa León XIV.

Su argumento central es claro: la crisis ecológica es, en última instancia, inseparable de la crisis de la persona humana.

La comisión atribuye la situación actual a lo que denomina una «triple transformación» en la relación de la humanidad con la naturaleza. A lo largo de los siglos, la percepción del mundo natural como creación de Dios se debilitó; surgió una forma de antropocentrismo cada vez más explotadora; y la degradación ambiental acabó convirtiéndose en una crisis de dimensiones planetarias.

Pero el documento se niega a responder sustituyendo un extremo por otro.

Rechaza lo que denomina «antropocentrismo depredador», la idea de que los seres humanos son amos absolutos con derecho a explotar todo lo que les rodea. Al mismo tiempo, rechaza el biocentrismo radical y las formas de ecología profunda que, en la práctica, disuelven el lugar singular de la humanidad dentro de la creación.

En cambio, la comisión propone lo que el Papa Francisco llamó un «antropocentrismo situado», expresión que también adoptó el Papa León XIV.

En esta visión, los seres humanos no son tiranos de la creación ni intrusos insignificantes en ella. Son administradores y servidores, a quienes se les ha confiado un mundo que, en última instancia, pertenece a Dios.

Esta distinción confiere al documento un enfoque claramente cristiano de la responsabilidad ambiental.

El mandato bíblico de ejercer dominio sobre la tierra, argumenta, no puede interpretarse como una licencia para la destrucción. La humanidad está llamada a cultivar, proteger y usar la creación de manera responsable. La explotación, la contaminación y la destrucción de la biodiversidad no son, por lo tanto, simples fallos técnicos. Revelan un desorden en las relaciones de la humanidad con Dios, con los demás y con el mundo creado. Este desorden es especialmente grave porque sus consecuencias no se distribuyen equitativamente.

La comisión señala el alarmante deterioro ambiental, que incluye la pérdida de biodiversidad, la contaminación del aire y del agua, y la devastación ecológica causada por los conflictos armados. Subraya que las naciones y comunidades más pobres suelen sufrir las consecuencias más graves, a pesar de haber contribuido mínimamente al daño.

Por esta razón, el cuidado de la creación no puede separarse de la justicia para los pobres.

El «grito de la tierra», argumenta el documento, está estrechamente vinculado al grito de las personas cuyos medios de subsistencia, hogares y recursos se ven amenazados por la degradación ambiental. La cuestión ecológica es, por tanto, también una cuestión de solidaridad entre naciones, generaciones y grupos sociales.

El fundamento teológico del documento comienza con la Trinidad.

El documento afirma que la creación no solo tiene un origen divino, sino también una impronta trinitaria. Inspirándose en San Agustín, Santa Hildegarda de Bingen, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, la comisión presenta el mundo creado como capaz de guiar la mente humana hacia su Creador.

La descripción que hace Santa Hildegarda de la creación como una especie de «segunda Escritura» ayuda a explicar este enfoque. La naturaleza no es divina en sí misma, pero tampoco carece de significado espiritual. Es creación: una realidad que apunta más allá de sí misma.

La comisión también entabla un diálogo con la ciencia y la filosofía modernas, incluyendo la cosmología contemporánea. La ciencia puede investigar legítimamente cómo se desarrolló el universo, explica el documento, pero la doctrina cristiana de la creación aborda una cuestión diferente: por qué existe algo en lugar de nada, y por qué el universo depende de un Creador para su existencia.

El resultado es un intento de evitar la falsa dicotomía entre conocimiento científico y fe religiosa.

Las propuestas prácticas del documento son igualmente destacables.

Exige cambios no solo en la tecnología y las políticas públicas, sino también en los hábitos personales y culturales. Siguen siendo necesarias soluciones científicas y técnicas, sobre todo en la producción, el consumo, el transporte y el uso de la energía. Sin embargo, la comisión insiste en que la tecnología por sí sola no puede resolver una crisis que tiene sus raíces, en parte, en los deseos, las prioridades y los valores humanos.

Por lo tanto, la conversión ecológica debe implicar también una conversión del corazón.

Entre los principios destacados se encuentran el consumo responsable, la moderación, el ascetismo, el ayuno, el respeto por la creación y un ritmo más equilibrado entre el trabajo y el descanso.

El documento otorga especial importancia al principio bíblico del sábado. El descanso no se presenta simplemente como una interrupción práctica del trabajo, sino como un desafío al impulso moderno de poseer, dominar y consumir sin límites.

La misma lógica aparece en las reflexiones de la comisión sobre la tradición benedictina de la oración y el trabajo. Un enfoque cristiano saludable del mundo, sugiere, requiere límites.

Por eso, una de las observaciones más impactantes del documento se refiere al consumo: las decisiones de compra no son moralmente neutras.

La forma en que los individuos y las sociedades consumen recursos expresa una visión de lo que los seres humanos creen necesitar y de lo que creen tener derecho a tomar.

La respuesta de la comisión no supone un rechazo al desarrollo humano legítimo ni al uso responsable de los recursos naturales. Más bien, aboga por la necesidad y la moderación en lugar de la explotación indiscriminada.

La Eucaristía ocupa un lugar particularmente importante en esta visión.

El documento la describe como una «escuela ecológica» porque enseña a los creyentes a recibir la creación no simplemente como materia prima para el consumo, sino como un don. Desde esa perspectiva sacramental, argumenta la comisión, puede surgir una relación positiva y activa con la naturaleza, basada tanto en la explotación como en el miedo.

Su visión ecológica también está explícitamente vinculada con la santidad de la vida humana.

El documento insiste en que la vida humana posee una dignidad incondicional e inalienable que los Estados deben proteger y promover. Vincula este principio con el rechazo a la guerra, que no solo destruye vidas humanas, sino que también puede acelerar la devastación ambiental.

Esto nos recuerda la importante perspectiva teológica del documento. El cuidado del medio ambiente no implica reducir a la humanidad a una especie más ni considerar la naturaleza más valiosa que la persona humana. Tampoco la dignidad humana justifica tratar al resto de la creación como prescindible.

La administración cristiana exige defender tanto la vida humana como el mundo confiado a la humanidad.

La comisión también invoca el destino universal de los bienes, enfatizando que la propiedad privada no es un derecho absoluto desvinculado de la responsabilidad hacia los demás y las generaciones futuras.

Su propuesta de «lógica jubilea» se basa en la fraternidad, la solidaridad, la gratitud y la humildad: un rechazo al impulso de acumular todo sin límites.

La dimensión final del documento trasciende el cristianismo mismo.

La comisión reconoce elementos de responsabilidad ambiental presentes en el judaísmo, el islam, el hinduismo, el budismo, el confucianismo, las religiones africanas y las tradiciones religiosas indígenas de América y Oceanía. Hace un llamado a la cooperación interreligiosa allí donde los creyentes puedan colaborar para proteger la creación y promover el florecimiento de la vida.

El mensaje es ambicioso porque la crisis que aborda también lo es.

La Comisión Teológica Internacional no propone que la política ambiental sea reemplazada por un lenguaje religioso. Su argumento es más exigente: las soluciones científicas, las decisiones políticas y las reformas económicas son necesarias, pero resultarán incompletas si la humanidad se niega a afrontar las causas morales y espirituales de la conducta destructiva.

Por eso, la expresión propuesta —«pecado contra la creación y contra el Creador»— cobra importancia.

Identifica la destrucción ambiental no como un crimen abstracto cometido contra un planeta impersonal, sino como una ruptura de las relaciones: con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo que la humanidad ha recibido como un don.

Más de una década después de Laudato Si’, la reflexión teológica de la Iglesia avanza, por lo tanto, hacia una conclusión aún más contundente. La crisis ecológica no se limita a lo que la humanidad le hace a la Tierra.

También se trata de en qué se convierte la humanidad al hacerlo.

Sin embargo, el documento concluye no con desesperación, sino con esperanza. Argumenta que la conversión ecológica es posible porque la fe cristiana no considera que la historia esté atrapada en un declive irreversible.

El Dios que creó el mundo no lo ha abandonado.

Y la responsabilidad de cuidar la casa común comienza con el reconocimiento de una verdad que las sociedades modernas suelen olvidar: la creación puede haber sido confiada a la humanidad, pero en última instancia no le pertenece.

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Redacción Zenit

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