La mayor parte de esta experiencia tuvo lugar en parroquias de la Diócesis de Motherwell Foto: Missio Escocia

En Escocia los seminaristas no son ordenados sin un año de experiencia misionera: el caso de Matthew y Aidan en Africa

Como parte de su formación al sacerdocio los seminaristas de Escocia deben vivir un año pastoral, una parte del mismo en la misión.

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(ZENIT Noticias – OMPress / Uganda, 23.09.2026).- Como parte de su formación al sacerdocio los seminaristas de Escocia deben vivir un año pastoral, una parte del mismo en la misión. Los seminaristas Matthew O’Neill y Aidan Kelly cuentan cómo han vivido esta experiencia en Uganda este verano, que no han dudado de calificar como un don de Dios. Así lo cuentan:

“En verdad, este año ambos hemos sido conejillos de indias pastorales. La mayor parte de la formación sacerdotal se lleva a cabo en el seminario; en nuestro caso, en el Colegio Escocés de Roma. Sin embargo, este año, la Conferencia Episcopal de Escocia ha implementado una nueva fase de formación, que se desarrolla aproximadamente a mitad de nuestros estudios. Este nuevo período, conocido como año pastoral, tiene como objetivo brindarnos una experiencia real y vivencial de la vida de un sacerdote, y prepararnos para responder a las muchas y variadas necesidades de aquellos que estarán a nuestro cuidado.

La mayor parte de esta experiencia tuvo lugar en parroquias de la Diócesis de Motherwell; sin embargo, también tuvimos la oportunidad de llevar este tiempo de crecimiento y aprendizaje más allá, incluso más allá de Roma: fuimos invitados a pasar seis semanas con la gente de Uganda, en la parroquia de Kigumba, en el oeste del país.

Tras un agotador día de viaje, una multitud de niños que cantaban y bailaban nos recibieron en nuestro nuevo hogar. Esta fue la primera de muchas muestras de la gran hospitalidad y bienvenida a la que nos acostumbramos durante nuestra estancia en Uganda.

La cantidad de sacerdotes en Kigumba podría hacernos pensar en otra época de Escocia. Junto al párroco, había dos jóvenes sacerdotes auxiliares. Esto era esencial debido a la gran cantidad de feligreses y a que la parroquia contaba con 19 estaciones misioneras, conocidas como capillas. En su labor pastoral, contaban con la ayuda de numerosos catequistas, uno a cargo de cada capilla. El trabajo era tan arduo que muchas capillas tenían que esperar semanas para la misa dominical, por lo que estos catequistas dirigían las oraciones en los lugares donde los sacerdotes no siempre podían estar presentes.

Los niños de Kigumba fueron encantadores, ansiosos por conocernos, llenos de risas y alegría. Decidimos que, ya que nos habían cantado, les enseñaríamos una canción de nuestra tierra natal; en poco tiempo, toda una escuela de niños en la Uganda rural estaba cantando a viva voz “You Cannae Shove Yer Granny Aff a Bus” (canción infantil de Escocia, que bromea con la forma de pronunciar el inglés por los escoceses). Pasamos mucho tiempo interactuando con los estudiantes, comparando la vida en Uganda con la vida en Escocia; un niño pequeño preguntó si en Escocia teníamos nieve y manzanas. Nos invitaron a la casa del presidente del consejo local, donde cantamos y bailamos con su familia, para su gran diversión. Diría que quedaron impresionados con nuestros pasos, ¡pero quizás solo estaban siendo amables!

La vida en Kigumba es sencilla, sin muchas de las comodidades y expectativas que teníamos en Escocia. Esto nos hizo valorar aún más los beneficios que recibimos en nuestro país, que no siempre están garantizados para los ugandeses: agua potable y de libre acceso, electricidad sin cortes frecuentes, paz y seguridad en el día a día. Una diferencia fundamental radica en cómo se sustenta la persona promedio. Mientras que nosotros estamos acostumbrados a trabajar de nueve a cinco y a comprar lo que necesitamos en el supermercado según nos apetece, la mayoría de la gente en Uganda cultiva sus propios alimentos en sus tierras, y muchos nunca han tenido dinero en la mano. Dependen totalmente de sus cosechas y animales, lo que representa una forma de vida honesta –que les proporciona una conexión con el medio ambiente que muchos hemos perdido– y, a la vez, una fuente de preocupación, ya que una sequía o una inundación podrían devastar sus vidas. Ambos observamos que las parábolas de Cristo deben ser muy relevantes para la gente de Uganda; no necesitan que se les explique la parábola del sembrador ni la de los obreros en la viña, porque su vida cotidiana refleja la de aquellas personas a las que Jesús se dirigió hace 2000 años.

De hecho, muchos aspectos de la vida parroquial en Kigumba recuerdan a la Iglesia primitiva. A los feligreses se les conoce simplemente como «los cristianos», los edificios de las iglesias son sencillos y mucha gente camina cientos de kilómetros en peregrinación. La principal peregrinación para los católicos en Uganda gira en torno a los famosos mártires ugandeses del siglo XIX. Estas impresionantes figuras nacionales de devoción se sienten muy presentes en la Iglesia ugandesa actual, evocando una época de persecución y tribulación, y brindando fuerza y aliento a quienes hoy continúan construyendo una Iglesia que aún es relativamente joven y pobre.

A pesar de esta falta de recursos, fue aleccionador y enriquecedor ver cuánto ayuda a los demás esta Iglesia en constante crecimiento. A veces caemos en el error de pensar que la Iglesia en Uganda –y en África en general– es solo una iglesia que recibe ayuda; pero, como vimos, esta no era la realidad completa. La parroquia de Kigumba recolecta regularmente ropa, alimentos y artículos de primera necesidad para llevar al campamento de migrantes local, con el fin de ayudar a quienes son menos afortunados, algo que nos abrió los ojos. De lo poco que tenían –como la viuda que Jesús encontró en los Evangelios– habían elegido ayudar a los demás. Tuvimos el privilegio de participar en esta iniciativa, asistiendo a la misa en el campamento de migrantes junto con muchas familias de Siria, Sudán y zonas afectadas por desastres en otras partes de Uganda. Una vez más, fuimos recibidos con una cálida bienvenida y una gran hospitalidad por parte de quienes encontramos.

En Uganda existe una costumbre local según la cual muchas personas, al no tener mucho dinero, llevan sus productos –fruto de su trabajo– a la misa como ofrenda. Muchas de estas frutas, verduras y animales se subastan para recaudar fondos para proyectos locales. En varias ocasiones, quienes asistían a la misa nos obsequiaban con enormes racimos de plátanos locales, grandes cajas de huevos e incluso gallinas vivas.

Las liturgias en Uganda eran dignas de contemplar. La cooperación era impecable. Jamás habíamos visto un pueblo con tal inclinación musical, con congregaciones enteras que entonaban espontáneamente armonías a cuatro voces, acompañadas por el endongo, un instrumento local parecido al laúd, tambores y muchos ululatos. Quienes desearan una misa rápida y sencilla se llevarían una gran decepción, ya que, por costumbre, las misas y los servicios religiosos aquí son muy largos. Los funerales duraban de tres a cuatro horas, y las confirmaciones en las que participamos superaban las seis horas.

Quizás no volvamos a ver misas maratonianas en Escocia pronto, pero aún podemos aprender algo de esto: el pueblo ugandés está acostumbrado a dedicar mucho tiempo a reunirse para orar y participar de la liturgia. ¿Acaso nosotros, a veces, solo estamos dispuestos a dedicar el mínimo indispensable de nuestro tiempo a Dios y a los demás en la oración? Tal vez podríamos aprender a ser más pacientes en lugar de estar constantemente pendientes del reloj. Deberíamos permitirnos sumergirnos por completo en el culto sagrado que compartimos, en este misterio central de nuestra fe; no tratar nuestro tiempo con el Señor y con los demás como algo que soportar, sino como un encuentro gozoso, como un signo de cómo serán nuestras vidas en el Cielo.

Así como los mártires dejaron una huella imborrable en la fe de Uganda, estas personas humildes y generosas han dejado una huella en nosotros. La idea de dar impregna la fe del pueblo ugandés, y por eso, nuestro tiempo con ellos –y el testimonio de esta actitud alegre y generosa– es uno de los mayores regalos que nos han dado. Fuimos con la intención de dar, pero en cambio recibimos: amistad, experiencias y una nueva perspectiva para comprender la fe que compartimos, una fe que trasciende todas las fronteras”.

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Redacción Zenit

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