(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 25.10.2026).- El Viernes 23 de octubre, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Papa León XIV recibió en audiencia especial a los participantes en el Congreso Internacional con motivo del 150.º aniversario de la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana. Ofrecemos a continuación la traducción al castellano que ZENIT ha realizado del discurso del Santo Padre:
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz sea con vosotros.
Eminencias, Excelencias,
hermanos y hermanas,

me alegra mucho dirigir mi saludo a ustedes, Rector Magnífico, Padre Decano, profesores y docentes, estudiantes y amigos, que participan en el Congreso Internacional con ocasión del 150 aniversario de la Facultad de Derecho Canónico de la Pontificia Universidad Gregoriana.
El 16 de agosto de 1876, por voluntad del Beato Pío IX, la Congregación para los Estudios disponía la institución de su Facultad. Fue ese el cumplimiento de una larga tradición de estudio y de enseñanza del derecho canónico, que había acompañado la historia del Colegio Romano y de la Compañía de Jesús. La fecha en que celebramos el 150 aniversario representa, en efecto, una etapa fundamental de una historia iniciada siglos atrás, gracias a la cual la enseñanza del derecho canónico había madurado ya una propia tradición científica, mediante la aportación de numerosas figuras de maestros que han dado lustre a la Facultad y han contribuido de manera relevante al desarrollo de la ciencia canónica. Ellos constituyen una suerte de hilo ininterrumpido que une a las generaciones y que todavía hoy transmite un precioso legado científico y eclesial.
Esta Facultad, así como la Universidad en la que se inserta, es una obra apostólica de la Compañía de Jesús. Participa, pues, de la espiritualidad que tiene su fuente en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y que, entre sus rasgos característicos, tiene el sintetizado en la expresión: Non multa, sed multum. Importa, es decir, no conocer muchas cosas, sino penetrar profundamente en la realidad, comprenderla, interiorizarla. Así escribe San Ignacio: «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar las cosas interiormente» (cfr. EE. SS., Anotaciones, 2, 4).

No sorprende, pues, que esta orientación espiritual encuentre correspondencia en el modo en que su Facultad concibe la enseñanza del derecho de la Iglesia. La finalidad es, además de conocer las normas adecuadas para regular la vida eclesial, la de formar personas que tengan el sentido eclesial del iustum, adquirido mediante el estudio cuidadoso de las fuentes, de la tradición canonista y de los principios teológicos que iluminan la norma. Esto es posible cuando el estudio del derecho canónico se realiza a la luz del misterio de la Iglesia, tal como lo ilustra el Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Lumen gentium. Si es verdad, como escribió San Juan Pablo II en la Constitución apostólica Sacrae disciplinae leges (25 de enero de 1983) con la que promulgaba el Código de Derecho Canónico para la Iglesia latina, que «es imposible traducir perfectamente en lenguaje «canonístico» la imagen de la Iglesia», sin embargo el derecho canónico debe reflejarla. Cumple un servicio esencial en la custodia de la comunión eclesial y, por tanto, es «sumamente necesario para la Iglesia» y tiene como fin «crear en la sociedad eclesial un orden tal que, dando primacía al amor, a la gracia y al carisma, haga […] más fácil su desarrollo orgánico». El bien de la persona y de la comunidad eclesial, en efecto, no pueden existir independientemente el uno del otro.

Por eso en el Programa de estudios de su Facultad se lee: «El derecho de la Iglesia debe tender siempre al bien sobrenatural de los fieles en particular y a la edificación de la comunión eclesial». Les exhorto a actuar fielmente según tal finalidad, es decir, para el bien sobrenatural de las personas, que se realiza persiguiendo la verdadera justicia, nunca separada en la Iglesia de la verdad y de la misericordia. San Agustín lo expresa con una fórmula querida por la tradición cristiana: Ordinata dilectio est iustitia.
Quisiera, además, subrayar una característica de su identidad que se encuentra también en los Estatutos: la Facultad «reconoce su papel especial en el servicio a la misión petrina. Por ello en la enseñanza es fiel al Magisterio de la Iglesia y da prioridad al servicio que sus profesores prestan a la Sede Apostólica». Los invito, pues, a proponer a sus estudiantes una experiencia viva de la Iglesia universal, que encuentra en el Obispo de Roma el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad (cfr. Lumen gentium, 23).
Los estudiantes y las estudiantes —clérigos, consagrados y laicos—, que llegan de tantas partes del mundo para realizar sus estudios en Roma, deben poder experimentar, también a través de la vida universitaria, que la Iglesia es una comunión universal; y, una vez regresados a sus Iglesias particulares, llevar consigo esta experiencia como una riqueza que compartir, poniéndola al servicio de sus comunidades.

Queridísimos, después de 150 años su Facultad puede mirar al futuro confiando en Dios y también en el gran legado recibido. Así, siguiendo las huellas de quienes les han precedido, podrán continuar produciendo esos frutos de doctrina, de ciencia y de santidad de vida que el Señor y la Iglesia esperan de ustedes.
Los acompañe en este camino la intercesión de María Santísima, Speculum iustitiae, y mi bendición apostólica.
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