CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 11 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- El hombre es religioso por naturaleza, y la oración expresa esa necesidad profunda de encontrar sentido a la existencia. Así lo afirmó hoy el Papa Benedicto XVI durante la audiencia general celebrada en la Plaza de San Pedro.
En esta segunda catequesis de su recién comenzado ciclo sobre la oración, el Pontífice quiso profundizar en qué es la oración, que es mucho más que un rito o una fórmula.
“Vivimos en una época en la que son evidentes los signos del secularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizonte de muchas personas o que se haya convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente”, afirmó.
Sin embargo, al mismo tiempo, hay “muchos signos que nos indican un despertar del sentido religioso, un redescubrimiento de la importancia de Dios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad, de superar una visión puramente horizontal, material, de la vida humana”.
Citando sobre todo el Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa explicó que el hombre “es religioso por naturaleza”, y “siente la necesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de la realidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica”.
“El homo religiosus no emerge sólo del mundo antiguo, sino que atraviesa toda la historia de la humanidad”, afirmó. “El hombre “digital” así como el de las cavernas, busca en la experiencia religiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena”.
El hombre espera de las diversas religiones “la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón”, añadió, citando la declaración Nostra Aetate.
“El hombre sabe que no puede responder por sí mismo a su propia necesidad fundamental de entender. Aunque sea iluso y crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de que no se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o a alguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismo hacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de su deseo”.
“El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgia de la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia el Absoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y el hombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle”.
Esta atracción del hombre hacia Dios, explicó el Papa, es algo “que Dios mismo ha puesto en el hombre”, y “es el alma de la oración, que se reviste de muchas formas y modalidades según la historia, el tiempo, el momento, la gracia y finalmente el pecado de cada uno de los que rezan”.
“La historia del hombre ha conocido, en efecto, variadas formas de oración, porque él ha desarrollado diversas modalidades de apertura hacia lo Alto y hacia el Más Allá, tanto que podemos reconocer la oración como una experiencia presente en toda religión y cultura”.
La oración como experiencia del hombre es “una actitud interior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modo de estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras”.
“La oración tiene su centro y fundamenta sus raíces en lo más profundo de la persona; por esto no es fácilmente descifrable y, por el mismo motivo, puede estar sujeta a malentendidos y mistificaciones”.
Por ello también, añadió, “rezar es difícil. De hecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, de la tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. Por esto, la experiencia de la oración es un desafío para todos, una “gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos”.
Una expresión típica de la oración, explicó, es el gesto de ponerse de rodillas. “Es un gesto que lleva en sí mismo una radical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponerme de rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedo arrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro”.
“En este mirar a Otro, en este dirigirse 'más allá' está la esencia de la oración, como experiencia de una realidad que supera lo sensible y lo contingente”.
La oración cristiana, además, da un paso más alla, pues Dios ya no es un desconocido buscado a tientas, sino un Dios visible. “Sólo en el Dios que se revela encuentra su plena realización la búsqueda del hombre”, afirmó.
En este sentido, la oración pasa a ser “la apertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en una relación personal con Él”.
“A medida que Dios se revela, y revela al hombre a sí mismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, un hondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y de actos, tiene lugar un trance que compromete el corazón humano”.
ROMA, lunes 9 de mayo de 2011 (ZENIT.org).- “Era en agosto de 1944: cuando en Varsovia estalló la insurrección contra los nazis, el cardenal Sapieha decidió reunir a los estudiantes en el episcopio. Esa fue la primera vez que ví a Karol Wojtyla”.
Monseñor Kazimierz Suder, nacido en 1922, lee con voz tranquila los recuerdos anotados con escritura minuciosa en las hojas blancas apoyadas ante él. A la otra parte de la mesa, como estudiantes a la espera de un examen, los periodistas llegados a Cracovia para recoger el testimonio del último superviviente de los ocho jóvenes que componían el seminario teológico clandestino organizado, cuando ya estaba la guerra en curso, por el indómito arzobispo de Cracovia, Adam Sapieha, el último Obispo-príncipe de la ciudad.
“Durante la ocupación nazi – explicó monseñor Suder –, cuando un seminarista expresaba al cardenal la intención de hacerse sacerdote, él indicaba a cada uno que estudiase en casa, a escondidas. Ninguno de nosotros conocía a los demás”.
Era una medida que se había hecho necesaria después de que los nazis hubieran encontrado a cinco jóvenes seminaristas que pernoctaban en el seminario cerrado por su imposición: les habían arrestado y fusilado, mientras que los demás habían sido deportados a Auschwitz. Por esto Sapieha había decidido hacer entrar a seminario en la más total clandestinidad.
A espaldas del anciano sacerdote, un retrato de Karol Wojtyła en actitud pensativa, con el mentón apoyado en una mano, parece participar en la reevocación de los terribles momentos de hace setenta años. Desde las ventanas de la pequeña habitación, la vista se extiende hasta la centralísima basílica Mariacka, donde en los años cincuenta Wojtyła llevó a cabo el oficio de padre espiritual.
“Tengo bien impresa en la memoria la imagen de Karol en ese día de agosto – explicó monseñor Suder –: tenía una camisa blanca sobre los pantalones de tejido espeso y en los pies zuecos de madera. En la cabeza era evidente una cicatriz: en seguida supe que había sido embestido por un camión”.
“Un buen compañero”, recordó. “No tenía problemas de comunicación” – ¡y de esto se habría dado cuenta sucesivamente todo el mundo! –; era “modesto en el hablar en cuanto que prefería escuchar, daba su parecer sobre las cuestiones pero no lo imponía, intentaba comprender al otro, no mentía nunca”.
El joven Wojtyła prestaba apuntes (cada página de sus cuadernos estaba sellada con las iniciales de Jesús y María) y ayudaba de buen grado a los amigos en el estudio, pero no en los exámenes; a un compañero que le había pedido respuestas durante una prueba, le dio esta respuesta: “Concéntrate un momento, pide ayuda al Espíritu Santo y después intenta dar solo tus respuestas”.
“Tenía la mirada serena – afirmó monseñor Suder – y sentido del humorismo, le gustaba escuchar chistes”. Fiel a la disciplina del seminario, estaba muy atento en las clases y era capaz de sintetizar, los profesores estaban muy contentos con él.
“Tras el fracaso de la insurrección de Varsovia, al obispado llegaron los sacerdotes que habían tenido que huir de la ciudad, por lo que nosotros los seminaristas tuvimos que ceder nuestras habitaciones y dormimos todos juntos en la sala de las audiencias del cardenal, donde tenían lugar también las clases”, prosiguió monseñor Suder.
Este periodo de vida estrechamente común, que se prolongó hasta la llegada a la ciudad de los rusos, en enero de 1945, acercó mucho a los jóvenes: “Supe que había nacido en Wadovice, que había llegado a Cracovia junto con el padre tras la muerte de los suyos, y que después en 1941 cuando también murió su padre, había concluido que el objetivo de su vida era el sacerdocio”.
Otra característica del joven Wojtyła que permaneció viva en la memoria de sus compañeros de estudio era “la sensibilidad hacia el sufrimiento humano. Regalaba a los pobres todo lo que recibía pero con mucha discreción, para no ostentar su generosidad”.
“Sobre todo – recordó Suder – tenía el don de saber rezar”. Rezaba casi siempre de rodillas, con el rosario en la mano, al cuello el escapulario carmelita. “No separaba el estudio de la teología de la oración, para él era todo una unidad. Después de la oración de la noche, se quedaba en la capilla con el manual de teología o el cuaderno de apuntes: el estudio ligado a la oración y viceversa era una característica suya”.
Suder vuelve con la mente a esos años lejanos, a la capilla de la calle Franciszkańska donde a menudo por la noche los jóvenes habían visto al cardenal Sapieha, fiero opositor de los nazis y catalizador de la resistencia polaca, extendido en el suelo con los brazos en forma de cruz, vuelve a pensar en su antiguo compañero de estudios cuya efigie sonríe hoy desde la logia de la Basílica de San Pedro y admite con humildad: “Nunca conseguí llegar a su concentración en la oración”.
Wojtyła fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946; el día después celebró su primera Misa en la capilla de san Leonardo de la catedral de Wawel, y el 10 de noviembre en la parroquia de Wadowice.
“En la misma semana – recordó Suder – Karol partió hacia Roma para el doctorado, sólo después de dos años de estudio en el seminario”.
La gran aventura del hombre que habría contribuido a cambiar la historia de su país y del mundo había comenzado.
Por Chiara Santomiero. Traducción del italiano por Inma Álvarez
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