(ZENIT Noticias / Nueva York, 28.09.2026).- Ofrecemos a continuación la traducción íntegra al español, realizada por ZENIT, del discurso que el Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin pronunció en el Debate General del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrado en Nueva York del 22 al 28 de septiembre de 2026:
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Discurso de Su Eminencia el Cardenal Pietro Parolin
Secretario de Estado y Jefe de la Delegación de la Santa Sede en el Debate General de la Semana de Alto Nivel en la apertura del 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones UnidasNueva York, 26 de septiembre de 2026
«RESTABLECER LA CONFIANZA, GESTIONAR LA TRANSFORMACIÓN: UNA ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS QUE CUMPLA PARA TODOS»
Señor Presidente,
me honra transmitirle a usted y a los distinguidos representantes de las Naciones aquí reunidas los cordiales saludos de Su Santidad el Papa León XIV, al tiempo que felicito a Su Excelencia por su elección como Presidente de esta estimada Asamblea.
En un mundo marcado por el rápido cambio tecnológico, las amenazas medioambientales, los conflictos renovados y las fracturas cada vez más profundas en el orden internacional, el tema de este año —«Restablecer la confianza, gestionar la transformación: una Organización de las Naciones Unidas que cumpla para todos»— no es meramente aspiracional; es un imperativo moral y político urgente.
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Toda institución internacional, más allá de su marco jurídico, necesita la confianza mutua entre sus miembros para ser eficaz. Además, la confianza es un proceso continuo. Se fomenta mediante el respeto mutuo y el diálogo, y requiere un compromiso incesante con los valores de la dignidad humana y la justicia sobre los que se fundan las instituciones multilaterales. Lamentablemente, las relaciones internacionales de hoy se caracterizan por una creciente falta de confianza entre los actores, especialmente a través del irrespeto al principio pacta sunt servanda. Esto conduce con frecuencia al aislamiento y a posturas defensivas, que pueden dar lugar a tensiones adicionales. También crea un círculo vicioso que reduce significativamente las oportunidades de construir relaciones sólidas y alimenta un sistema de amenazas mutuas basado en la ilusión de que la fuerza engendra poder.
A este respecto, los Estados deben ir más allá de los intereses nacionales y económicos y establecer debates y decisiones conjuntas que prioricen la promoción del bien común, centrado en la dignidad dada por Dios a cada persona humana.
El Papa León XIV identifica tres palabras esenciales que deben guiar la diplomacia: paz, justicia y verdad. Subrayando su interconexión, advierte contra el retorno de una diplomacia de la fuerza y reafirma el papel indispensable de las instituciones multilaterales.[1]
En efecto, en su primera Carta Encíclica Magnifica humanitas, el Papa subrayó que «es urgente pasar de la «cultura del poder» a una auténtica «cultura de la negociación», en la que el diálogo y la diplomacia se conviertan en los medios habituales de resolución de conflictos. […] En las relaciones internacionales, el diálogo es una herramienta diplomática insustituible para prevenir conflictos y reconstruir los vínculos de confianza. Ante las transmisiones impulsivas, la retórica agresiva y la política de poder que caracterizan nuestro tiempo, la vocación de la diplomacia es fomentar el diálogo con todas las partes, incluidos aquellos interlocutores considerados menos «convenientes» o no considerados legitimados para negociar. Por ello, debe emplearse toda la humildad y la paciencia posibles para nutrir incluso los más tenues signos de buena voluntad entre las partes en conflicto, a fin de hacer avanzar el proceso de paz».[2]
Señor Presidente,
en una época que corre el riesgo de reducir a la persona a consumidor, dato o instrumento, el Papa León XIV insiste en que la persona humana sigue siendo la medida de todo progreso. En el corazón de esta convicción se halla el reconocimiento de la inviolable dignidad dada por Dios a cada persona humana. Esta dignidad no es conferida por el Estado, por la productividad económica ni por la capacidad tecnológica; es intrínseca, enraizada en el hecho de que cada persona es querida y amada por Dios. De aquí se derivan la sacralidad de la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, así como el imperativo de salvaguardar a la persona humana, deber que toda sociedad que aspire a ser considerada civilizada tiene la obligación de cumplir.
Estrechamente vinculada está la dignidad del trabajo. En efecto, el trabajo no es un mero medio de producción, sino una participación insustituible en la obra creadora de Dios y un camino hacia la realización personal y la solidaridad social. Las condiciones laborales indignas, el empleo precario, la explotación de los trabajadores y la exclusión de los necesitados destruyen la esperanza, fracturan las sociedades y alimentan los conflictos. Desde esta perspectiva, la justicia económica se convierte en un prerequisito para la paz.
En ningún ámbito es este desafío antropológico más agudo que en el de la inteligencia artificial. El Papa León XIV abordó en su primera Carta Encíclica este nuevo desafío tecnológico, que no rechaza, sino que reclama ordenar éticamente. El control de estas poderosas herramientas no debe permanecer en manos de unos pocos elegidos; deben estar al servicio de la humanidad, y no al revés.
En particular, el desarrollo de sistemas de armas letales autónomas (SALA) plantea profundas cuestiones morales. En este ámbito crítico, el Papa León XIV ofrece criterios claros de discernimiento: «El primero de estos criterios concierne a la responsabilidad personal. Cuando una decisión de atacar se automatiza o se vuelve opaca, aumenta el riesgo de abdicar de la responsabilidad. Por ello, la cadena de responsabilidad debe ser identificable y verificable; quienes diseñan, entrenan, autorizan y emplean la tecnología deben rendir cuentas de sus decisiones. El segundo criterio se refiere al marco moral para emitir juicios. Si bien la IA tiende a acelerar los procesos de toma de decisiones, la velocidad y la eficiencia nunca deben ser la fuerza motivadora suprema para las decisiones irreversibles tomadas en el contexto de la guerra. El tercer criterio es la identificación y protección de los civiles. Toda tecnología que facilite ataques sin ver el rostro de los seres humanos rebaja el umbral moral del conflicto. La selección de objetivos y el uso de la fuerza no deben confundir a combatientes y no combatientes, ni ignorar el impacto sobre las poblaciones indefensas. Estos criterios dan lugar a ciertos requisitos no negociables. En primer lugar, todos los sistemas utilizados en un contexto bélico deben garantizar la posibilidad de rastrear y reconstruir los procesos de toma de decisiones, de modo que la responsabilidad no quede diluida en «la máquina». En segundo lugar, la decisión de emplear la fuerza letal no puede delegarse en procesos opacos o automatizados, sino que debe permanecer bajo un control humano efectivo, consciente y responsable. Finalmente, es imperativo establecer un marco compartido —también a nivel internacional— con el fin de frenar la carrera armamentística tecnológica y garantizar una protección sólida para los civiles y las infraestructuras necesarias para su supervivencia».[3]
Cuando está implicada la inteligencia artificial, no basta, por tanto, con invocar un tipo genérico de ética; es más bien fundamental liberarla de lógicas de dominación, exclusión y muerte. La tecnología debe respetar «el primado de la persona humana, para garantizar que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y determine responsablemente su uso y sus límites».[4] La IA puede contribuir a restablecer la confianza si no está habilitada para causar daño, sino si se garantizan la fiabilidad, la seguridad y la supervisión humana. De hecho, los avances tecnológicos, que van acompañados de un aumento de las vulnerabilidades, están destinados a incrementar también la desconfianza y a conducir a un nivel de riesgo inaceptable.
En el marco de la reflexión ofrecida por Magnifica humanitas, la Santa Sede contempla con particular preocupación el fenómeno de las adicciones, que, en sus diversas formas, pueden minar la libertad de una persona y fomentar dinámicas que explotan la vulnerabilidad humana.[5] Como observa el Papa León XIV, «cuando los modelos de negocio prosperan sobre la debilidad humana, la persona es tratada como un medio y no como un fin».[6]
Esta preocupación es particularmente aguda en lo que respecta a las drogas y otras formas de adicción, que representan un grave desafío para la dignidad de la persona humana, para los jóvenes, las familias y el tejido social en su conjunto.[7] La Santa Sede considera, por tanto, importante promover «respuestas integrales»,[8] enraizadas en la prevención comunitaria, la atención científica, la justicia con rostro humano, y orientadas hacia el cuidado, la presencia y la reconstrucción del tejido comunitario, así como hacia la recuperación y la reintegración de los afectados.[9] Al mismo tiempo, es necesario abordar con firmeza las redes criminales y los intereses que alimentan este fenómeno.[10]
En este sentido, la cooperación internacional puede contribuir a reconstruir la confianza mediante el establecimiento de normas y políticas comunes y, sobre todo, proporcionando respuestas concretas que apoyen a los miembros más desfavorecidos de la sociedad. Es necesario «multiplicar los lugares de sanación, encuentro y educación»,[11] para que ninguna persona pueda ser jamás considerada perdida.
Señor Presidente:
Desde hace algunos años, el mundo se ha visto arrastrado a una espiral de violencia que se ha extendido y agravado progresivamente, abriendo continuamente nuevos escenarios de guerra. La Santa Sede subraya con firmeza la urgente necesidad de un cese inmediato y total de las hostilidades como condición previa para cualquier compromiso serio destinado a restablecer y construir el futuro.
Al mismo tiempo, es necesario considerar, como insiste el Papa León XIV, que la paz no es una palabra «negativa», es decir, la mera ausencia de guerra. Observa que con demasiada frecuencia se considera la paz como una pausa temporal entre conflictos, mientras se vive en un constante «estado de conflicto» en todos los niveles de las relaciones humanas. La paz es ante todo un don —el don de Cristo resucitado—, pero un don activo y exigente. Se construye en el corazón de cada persona y forma parte integrante de la memoria colectiva de cada comunidad, así como del patrimonio de la humanidad. Requiere verdad y justicia, al tiempo que rechaza el orgullo y el espíritu de venganza, eligiendo palabras y acciones que calmen en lugar de herir.
Además, como afirmó el Papa Pablo VI, «la paz que no sea fruto del verdadero respeto al hombre no es verdadera paz. ¿Y cómo llamamos a ese sentimiento sincero hacia el hombre? Lo llamamos justicia». La paz es fruto de la justicia. Exige la construcción paciente de relaciones justas dentro de las naciones y entre ellas. Requiere decisiones que aborden las causas profundas de los conflictos: la desigualdad, la exclusión, la negación de los derechos y libertades fundamentales y la incapacidad de reconocer al otro como hermano o hermana, en lugar de como rival.
En el esfuerzo por restablecer la confianza y la paz, el desarme no es, por tanto, un ideal opcional, sino un instrumento necesario. No es posible una paz verdadera sin una voluntad común genuina de avanzar hacia el desarme; el derecho legítimo de cada pueblo a garantizar su propia defensa no debe degenerar en una carrera hacia un rearme masivo. La concepción predominante de la seguridad, basada principalmente en la disuasión y en la supremacía militar, no es ni inevitable ni suficiente. Es posible otro enfoque de la seguridad: uno que tenga en cuenta el impacto de las políticas sobre la vida y la dignidad humanas y que se fundamente en la cooperación multilateral y en la responsabilidad hacia el bien común y las generaciones futuras. Este enfoque ofrece una base mucho más creíble para la estabilidad internacional a largo plazo que otra basada en la amenaza permanente de aniquilación.
También exige la protección de los civiles en los conflictos armados y la prestación de asistencia humanitaria. El derecho internacional humanitario no es un instrumento flexible u opcional subordinado a las conveniencias militares; es un compromiso vinculante de los Estados. El Papa León XIV ha afirmado claramente que no es posible «ignorar que la destrucción de hospitales, infraestructuras energéticas, viviendas y lugares esenciales para la vida cotidiana constituye una grave violación del derecho internacional humanitario». La Santa Sede reitera firmemente su condena de cualquier forma de afectación de civiles en operaciones militares.
Señor Presidente:
La dignidad de la persona encuentra una expresión concreta en los derechos humanos y libertades fundamentales, que «son inviolables, ya que son inherentes a la persona humana y a su dignidad. Por consiguiente, son universales e inalienables. Precisamente porque están arraigados en la dignidad común de todo hombre y de toda mujer». Estos derechos son universales, interdependientes y están arraigados en la ley natural; no son una concesión de ningún gobierno. Debe prestarse especial atención a las personas más expuestas: quienes están en el seno materno, los ancianos, las personas con discapacidad, los enfermos, los refugiados y migrantes, los desempleados, los marginados, los que viven en soledad y quienes se encuentran en condiciones de extrema pobreza, violencia o conflicto.
Entre estos derechos fundamentales, la libertad religiosa ocupa un lugar privilegiado. No es una libertad secundaria, sino una dimensión esencial de la persona humana. Como afirmó el Papa Benedicto XVI, la libertad religiosa «es verdaderamente el primero de los derechos humanos, no solo porque históricamente fue el primero en ser reconocido, sino también porque afecta a la dimensión constitutiva del hombre, a su relación con su Creador». Sin la posibilidad de buscar y adherirse a la verdad sobre Dios de acuerdo con los dictados de la propia conciencia, las demás libertades permanecen incompletas. El pleno respeto de la libertad religiosa es indispensable para la purificación del corazón necesaria para la paz.
Trágicamente, los cristianos de muchas partes del mundo siguen sufriendo discriminación, violencia y persecución abierta simplemente por su fe. Se atacan iglesias, se desplazan comunidades y se mata o encarcela a personas. Al condenar todas las formas de discriminación religiosa, la Santa Sede alza su voz en defensa de estos hermanos y hermanas, no desde un espíritu de defensa exclusiva, sino porque la defensa de la libertad de cualquier comunidad fortalece la libertad de todos. Guardar silencio ante semejante sufrimiento sería una traición a la misión de la Iglesia y a los derechos humanos universales que la comunidad internacional se ha comprometido a defender.
Además, la dignidad no depende de la ubicación geográfica ni de la condición socioeconómica. Quienes se desplazan, o se ven obligados a desplazarse, conservan siempre su dignidad. Es esencial seguir abordando las causas subyacentes para que emigrar vuelva a ser una cuestión de elección y no una necesidad impuesta por las circunstancias. Es importante no ignorar la situación de quienes buscan refugio, de quienes han sido expulsados por la fuerza de su tierra natal y de quienes emprenden peligrosos viajes.
Señor Presidente:
El paso del tiempo no hace que una guerra sea menos intolerable; por el contrario, hace aún más grave la responsabilidad de quienes pueden ponerle fin o contribuir a hacerlo. Después de más de cuatro años de guerra en Ucrania, el número de muertos sigue aumentando. Ante esta tragedia, la Santa Sede, al tiempo que reclama el estricto cumplimiento del derecho internacional humanitario, destaca la urgente necesidad de poner fin a las hostilidades y abrir el camino a la diplomacia. La paz no puede aplazarse; las armas deben guardar silencio y deben cesar los bombardeos. La Santa Sede alienta toda iniciativa encaminada a lograr un alto el fuego inmediato, completo y efectivo.
La Santa Sede reitera su llamamiento a poner fin a la violencia contra la población civil palestina en Cisjordania, especialmente ante la escalada de las hostilidades, la demolición de viviendas y las restricciones a la circulación, que están provocando el desplazamiento de comunidades palestinas.
En cuanto a la situación en Gaza, la Santa Sede sigue preocupada por la gravísima crisis humanitaria, la destrucción generalizada, el desplazamiento masivo y la persistencia de graves carencias. En este sentido, la Santa Sede insta a la comunidad internacional a trabajar para impulsar la solución de los dos Estados, con vistas a alcanzar una paz justa y duradera.
La Santa Sede acoge con satisfacción la firma del Acuerdo Marco Trilateral entre Estados Unidos, Israel y Líbano, destinado a estabilizar las fronteras meridionales de la República del Líbano y alcanzar una paz justa y duradera. El acuerdo constituye por sí mismo un avance significativo. Sin embargo, la Santa Sede expresa su seria preocupación por las dificultades encontradas en su aplicación y pide a las partes implicadas que respeten plenamente y hagan cumplir sus términos mediante acciones concretas. El respeto de la soberanía y de las fronteras constituye el fundamento esencial para la aplicación del plan de paz.
Asimismo, la presencia de los cristianos en Líbano y en todo Oriente Medio no solo debe ser protegida como legítima continuación de una presencia histórica, sino también alentada por la comunidad internacional, ya que los cristianos aspiran a ser una fuerza activa de paz, espiritualidad y cultura dentro del mosaico de pueblos que conforman el Levante, donde nació la fe cristiana.
La Santa Sede sigue con profunda preocupación la situación en la región del Golfo, donde el conflicto se ha extendido progresivamente y la violencia no da señales de disminuir. En particular, la Santa Sede no puede permanecer en silencio ante el dramático impacto que este conflicto está teniendo sobre las poblaciones civiles vulnerables, que se ven abocadas al hambre y al desplazamiento forzoso y viven en condiciones apenas sostenibles. El conflicto también ha afectado infraestructuras vitales, rutas de transporte marítimo y recursos energéticos de importancia estratégica para la economía mundial, con repercusiones sobre los medios de subsistencia de personas de todo el mundo. La Santa Sede reitera firmemente su llamamiento a las partes implicadas para que tengan el valor de entablar un diálogo. Solo un compromiso renovado con la negociación, respaldado por la comunidad internacional, puede restablecer la perspectiva de una paz estable y un desarrollo compartido en la región del Golfo.
La comunidad internacional no debe olvidar la trágica situación de los cientos de miles de rohinyás que desde hace más de nueve años sufren no solo la tragedia de la apatridia, sino también circunstancias inhumanas y mortales. Estas personas se ven privadas de sus derechos inherentes, en flagrante desprecio de su dignidad humana. Su sufrimiento debe terminar. Deben crearse las condiciones en su tierra de origen que permitan un regreso seguro, legal, voluntario y sin obstáculos.
La Santa Sede renueva su sentido llamamiento a poner fin inmediatamente al conflicto en Sudán, una tierra que lleva demasiado tiempo devastada por una violencia indiscriminada que afecta a los más indefensos, comenzando por los niños y las mujeres. Ante una catástrofe humanitaria sin precedentes, se insta a todas las partes a iniciar, sin demora, un diálogo sincero y constructivo con el apoyo de la comunidad internacional, para facilitar la asistencia a la población y garantizar la estabilidad y la paz.
La Santa Sede pide a todos los principales actores de la política de Sudán del Sur que antepongan el bienestar de la nación a los intereses partidistas. Cada uno, de acuerdo con sus propias responsabilidades, está llamado a promover acciones y palabras que contribuyan a la reconciliación, la paz y la armonía entre todos los habitantes de Sudán del Sur.
La Santa Sede sigue con profunda preocupación la crisis humanitaria que se está desarrollando actualmente en determinadas zonas de Somalia, donde los brotes de violencia y los fenómenos meteorológicos extremos están agravando las ya precarias condiciones de vida de la población. La Santa Sede insta a la comunidad internacional a comprometerse generosamente para atender las necesidades inmediatas de las personas más vulnerables, especialmente las mujeres y los niños.
La situación en la República Democrática del Congo es motivo de preocupación para la Santa Sede, particularmente la prolongada crisis en el este del país y la epidemia de ébola. La Santa Sede, al tiempo que expresa su pleno apoyo a los procesos de paz en el país, alienta el diálogo nacional y reclama la protección urgente de los trabajadores sanitarios y humanitarios, el acceso sin trabas a la ayuda y el fortalecimiento de la cooperación regional para afrontar estos desafíos de manera integrada. Debe concederse especial importancia a la reconciliación entre las comunidades, ya que es una condición indispensable para una paz verdaderamente duradera. Asimismo, la Santa Sede está profundamente preocupada por los ataques terroristas, especialmente en Kivu del Norte e Ituri, que tienen repetidamente como objetivo a la población civil, incluidas las comunidades cristianas, y que implican asesinatos, secuestros y la destrucción de aldeas y estructuras de la Iglesia.
La Santa Sede observa con preocupación el avance de los grupos yihadistas desde el Sahel hacia los países costeros del golfo de Guinea. La respuesta no puede ser exclusivamente militar: debe incluir la prevención de la radicalización, el desarrollo de las zonas fronterizas, la educación de los jóvenes, la cohesión social y el diálogo interreligioso, valorando plenamente el papel de las comunidades religiosas en la prevención del extremismo.
La provincia de Cabo Delgado, en Mozambique, continúa desestabilizada después de casi nueve años de conflicto armado. La Santa Sede, al reclamar el fin del conflicto, sigue preocupada por los episodios esporádicos de violencia que impiden a los desplazados internos regresar a sus lugares de origen y les obligan a continuar viviendo en una situación de sufrimiento e inseguridad alimentaria, sin perspectivas de un futuro mejor.
En Venezuela, la Santa Sede alienta todos los esfuerzos encaminados a la plena restauración del orden democrático mediante vías pacíficas e inclusivas que respeten la soberanía nacional, así como al inicio de un proceso de reconciliación nacional basado en el diálogo, la búsqueda del bien común y el pleno respeto de los derechos humanos y las libertades civiles.
En este contexto, la difícil situación que afrontan en ocasiones los detenidos en Venezuela, así como el sufrimiento padecido por sus familias, siguen suscitando preocupación humanitaria y no deben ser ignorados. Lo mismo cabe decir de la urgente necesidad de una rápida recuperación de la economía nacional, en beneficio de toda la población, cuya mayoría continúa soportando condiciones de vida extremadamente difíciles.
La Santa Sede continúa siguiendo con gran atención la situación en Haití; el país atraviesa actualmente un período de grave inestabilidad política, institucional y social, así como una dramática emergencia humanitaria. La Santa Sede alienta a todos los haitianos a dar prioridad al diálogo y a la búsqueda del bien común, y renueva su llamamiento a la comunidad internacional para que acompañe al país con determinación y generosidad en su difícil camino hacia la paz, la democracia y una renovada confianza en su futuro.
La Santa Sede sigue de cerca la situación entre Cuba y Estados Unidos y exhorta a todos los responsables a promover un diálogo sincero y eficaz, con el fin de evitar cualquier acción que pueda aumentar el sufrimiento del querido pueblo cubano.
La Santa Sede sigue con particular preocupación la situación en Nicaragua y reitera su constante llamamiento a emprender un camino de diálogo respetuoso y constructivo con las autoridades del país, por el bien del pueblo y de la Iglesia en Nicaragua.
La Santa Sede alienta a Azerbaiyán y Armenia a consolidar el proceso encaminado a alcanzar una paz estable y duradera en el Cáucaso meridional.
Señor Presidente:
Volvamos ahora al tema de este año.
El multilateralismo está en crisis. El Papa Francisco escribió que «no es útil confundir el multilateralismo con una autoridad mundial concentrada en una sola persona o en una élite con un poder excesivo: “Cuando hablamos de la posibilidad de alguna forma de autoridad mundial regulada por la ley, no debemos pensar necesariamente en una autoridad personal”. Hablamos sobre todo de “organizaciones mundiales más eficaces, dotadas del poder de procurar el bien común mundial, la eliminación del hambre y la pobreza y la defensa segura de los derechos humanos fundamentales”». [19]
Como observó el Papa León XIV en su discurso al Cuerpo Diplomático del 9 de enero de 2026: «Una diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza, ya sea ejercida por individuos o por grupos de aliados. La guerra vuelve a estar de moda y se extiende el fervor bélico. El principio establecido después de la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a las naciones utilizar la fuerza para violar las fronteras de otras, ha quedado completamente socavado».
[20]La paz ya no se busca como un don y un bien deseable en sí mismo, sino como una realidad impuesta mediante las armas y los armamentos. Esto amenaza gravemente el Estado de derecho, que constituye el fundamento de toda convivencia civil pacífica.
Sin embargo, la crisis del multilateralismo no disminuye su importancia. Como ocurre en toda crisis, en última instancia se trata de una cuestión de voluntad: la voluntad de defender la justicia en lugar de recurrir a la violencia; la voluntad de defender el Estado de derecho en lugar de someterse a la dominación; la voluntad de elegir la paz frente a la destrucción.
Las Naciones Unidas nacieron de las cenizas de una catástrofe mundial, precisamente con la determinación de evitar nuevas catástrofes, salvaguardar la paz, defender los derechos humanos fundamentales y promover el desarrollo sostenible. Ochenta años después, deben adaptarse a las realidades contemporáneas, permaneciendo fieles a sus objetivos fundacionales. Deben ser más específicas en sus prioridades, más eficientes y estar más orientadas hacia la unidad de la familia humana, en lugar de permitir que prevalezcan las divisiones ideológicas. [21]
La Santa Sede reconoce los actuales desafíos a los que se enfrentan las Naciones Unidas. La Iniciativa UN80, que entra ahora en su fase de aplicación, constituye un signo importante de la voluntad de la Organización de examinarse críticamente y emprender los cambios necesarios para cumplir sus objetivos de manera más eficaz. La Santa Sede acoge favorablemente este esfuerzo y exhorta a los Estados miembros a desempeñar un papel activo y constructivo para garantizar que la reforma esté guiada por un renovado sentido de responsabilidad hacia el bien común y la dignidad de todo ser humano. «La Santa Sede apoya y acompaña estos esfuerzos, reconociendo al mismo tiempo que las actuales debilidades de la ONU y del sistema político internacional ponen de manifiesto la necesidad de reformas profundas. No se trata simplemente de ajustes técnicos, pues la crisis de convicciones y valores que afecta también a los fundamentos éticos de las naciones dificulta orientar el multilateralismo hacia el verdadero bien común». [22]
El multilateralismo auténtico exige un acuerdo sobre el significado de las palabras. Cuando el lenguaje se vacía de contenido o se distorsiona deliberadamente, el diálogo se vuelve imposible. Exige un compromiso compartido con el derecho internacional, incluido el derecho internacional humanitario. Requiere la humildad de reconocer que ninguna nación, por poderosa que sea, puede afrontar por sí sola desafíos como la inseguridad alimentaria, la migración, la disrupción tecnológica, el cambio climático y la degradación medioambiental, o la amenaza de las armas nucleares y autónomas. Y, sobre todo, exige recuperar la confianza: la confianza en que los acuerdos serán respetados, en que los débiles no serán abandonados y en que el bien común tendrá prioridad sobre la búsqueda de ventajas unilaterales.
La Santa Sede sigue comprometida con esta labor paciente y, a menudo, poco vistosa de tender puentes. Lo hace porque la familia humana es una, porque toda persona posee una dignidad inviolable recibida de Dios y porque la paz es posible cuando la verdad y la justicia ocupan el lugar que les corresponde.
Señor Presidente:
La transformación que afronta el mundo —tecnológica, geopolítica y social— no esperará a la actividad o inactividad de las Naciones Unidas. Que se convierta en una transformación que eleve a la persona humana o en una que la degrade dependerá de las decisiones que tomemos juntos en estas salas. Es imperativo desarmar no solo las armas, sino también la lógica de la dominación; proteger a quienes más lo necesitan; decir la verdad con caridad; y reconstruir, mediante el diálogo y la solidaridad, un orden multilateral que realmente dé resultados para todos.
Que la comunidad internacional, como familia de las Naciones, tenga el valor de restaurar la confianza, la sabiduría para gestionar la transformación con justicia y la perseverancia para construir la paz. En este sentido, la Santa Sede insta firmemente a todas las partes a entablar negociaciones sinceras para poner fin a todas las guerras y conflictos. La guerra solo trae muerte y destrucción, mientras que la paz trae desarrollo y prosperidad. La Santa Sede seguirá desempeñando su papel en la construcción de un futuro mejor para todos.
Gracias.
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[1] Cfr. Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025. [2] Papa León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas, 221, 224. [3] Papa León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas, 199-200. [4] Ibíd., 97. [5] Cfr. Ibíd., 170. [6] Ibíd. [7] Cfr. Papa León XIV, Discurso a los participantes en el encuentro promovido por la Comisión Pontificia para América Latina sobre las situaciones relacionadas con las adicciones en América Latina, 27 de agosto de 2026. [8] Ibíd. [9] Cfr. Ibíd. [10] Cfr. Papa León XIV, Discurso con motivo del Día Internacional contra el Abuso y el Tráfico Ilícito de Drogas, 26 de junio de 2025. [11] Ibíd. [12] Cfr. Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025. [13] Papa Pablo VI, Mensaje para la celebración de la Jornada de la Paz, 1 de enero de 1972. [14] Cfr. Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025. [15] Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026. [16] Papa León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas, 55. [17] Papa Benedicto XVI, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 10 de enero de 2011. [18] Cfr. Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 16 de mayo de 2025. [19] Papa Francisco, Exhortación apostólica Laudate Deum, 35. [20] Papa León XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026. [21] Cfr. Ibíd. [22] Papa León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas, 226.Gracias por leer nuestros contenidos. Si deseas recibir el mail diario con las noticias de ZENIT puedes suscribirte gratuitamente a través de este enlace.




