(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 21.09.2026).- Por la mañana del lunes 21 de septiembre, el Papa León XIV recibió en audiencia privada a un grupo de monjas clarisas capuchinas con quienes abordó tres temas especiales: 1) la reelaboración de sus Constituciones, 2) la formación inicial y permanente y 3) la reducción de vocaciones. Sobre el tercer tema, el Papa se detuvo más ampliamente y ofreció algunas orientaciones. La audiencia tuvo lugar en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico. Ofrecemos a continuación la traducción al español realizada por ZENIT:
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En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¡La paz sea con vosotros! ¡Y también se puede decir «paz y bien»!

Queridas hermanas, hermanos, ¡buenos días y bienvenidos todos!
Estoy muy contento de encontrarles y de compartir con ustedes este momento de reflexión. Tomaremos como punto de partida la Liturgia de hoy, Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista.
En la Carta a los Efesios, San Pablo exhorta así: «Compórtense de manera digna de la vocación que han recibido, con toda humildad, mansedumbre y magnanimidad […] una sola es la esperanza a la que han sido llamados, la de su vocación» (Ef 4,1-2.4).
Es una invitación a la fidelidad, a la que su Federación responde según el carisma de Santa Clara y San Francisco, en la oración contemplativa, en la pobreza y en una total adhesión al Evangelio. Con este fin es loable el trabajo de reelaboración y actualización de las Constituciones que han realizado, en el que han encontrado síntesis las aportaciones de muchos. En ellas se reafirma que «la primera y principal tarea de todos los religiosos es la contemplación de las realidades divinas y la constante unión con Dios en la oración» (Constituciones, 60; cfr. CIC, can. 663). Como escribía Santa Clara a la Santa Inés de Bohemia: «Pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda entera, a través de la contemplación, en imagen de su divinidad» (Tercera carta a la Beata Inés de Bohemia, 12-13; FF 2888).

Y es precisamente con la «mente en el espejo de la eternidad» como los invito a contemplar tanto el tiempo presente, con sus dramas e incertidumbres, como los desafíos de su «pequeño mundo», rico de su pasado y llamado a mirar con esperanza al porvenir. El reducido número de vocaciones, en particular, podría empujar a alguien hacia opciones de cierre o repliegue. Pero quiero repetirles lo que he dicho sobre el futuro de las Diócesis y de los Seminarios en Italia. Intentemos cambiar de perspectiva al considerar esta realidad. Sus aspectos críticos, en efecto, pueden ayudarnos a descubrir o redescubrir potencialidades inesperadas, «no tanto en lo que se refiere a las fuerzas numéricas sino a la calidad de la propuesta» (Discurso a los peregrinos de las diócesis toscanas, 11 de octubre de 2025). Nos lo recuerda el Evangelio de hoy, que dice: «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9,12). La reducción numérica de las comunidades —y el temor que de ella deriva de perder la propia autonomía— no debe turbar ni quitar la esperanza, sino más bien impulsar a una renovación de la propia vida y a un compromiso aún mayor en el acompañamiento espiritual de quien llama a las puertas de los monasterios, en hacer crecer comunidades alegres y vivas, en las que experimentar la intimidad con Dios, la afabilidad, la comunión, la autenticidad de las relaciones. Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizativas, ni de campañas estudiadas en un escritorio, sino de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio, de saber acogerse con las propias imperfecciones (cfr. Gal 6,2), de sentirse parte de un todo que crea unidad. Y para lograrlo, el Señor no nos pide ser impecables, sino dejarnos plasmar por su gracia, humildemente, día a día.

Esto nos ofrece el punto de partida para hablar de otro tema importante: el de la formación, tanto inicial como permanente. Fórmense y formen a una clausura vivida en espíritu de comunión profunda entre ustedes y con la Iglesia; a un silencio que, en una sociedad dominada por la prisa y el ruido, haga sentir la necesidad de tiempos y espacios para detenerse, discernir, sin temor a perder el «instante fugitivo».
Por lo demás, esta es también la misionariedad específica de la vocación claustral. El Salmo 18, tomado igualmente de la Liturgia de hoy, recita: «Sin lenguaje, sin palabras, sin que se oiga su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta los confines del mundo su mensaje» (vv. 4-5). Formadas en la escuela del Evangelio, el Señor las llama a ser sus testigos en el silencio y en la contemplación, situándolas en la historia como memoria viva y profética de la Buena Nueva.
Como hermanas de Santa Clara, además, tienen un mensaje especial que anunciar, que pasa ante todo a través de la observancia de la Regla y de sus Constituciones. Forma parte de su ser y de su misión vivir el Evangelio dejando todo lo que es del mundo, total y constantemente vueltas hacia el primer y único Amor de su vida. Esto implica sobriedad, desapego de las cosas, entrega de sí en la obediencia, transparencia, en una vida sencilla, pero también radical y exigente, signo precioso de fidelidad, especialmente en un mundo globalizado e inquieto, en el que parece haberse perdido el gusto y la capacidad de «echar raíces» (cfr. Francisco, Const. ap. Vultum Dei quærere, 35).

Por eso, queridísimas, quisiera concluir retomando una pregunta de su Asistente Federal: «¿Pueden los monasterios femeninos de clausura ofrecer respuestas a las preguntas de sentido de la humanidad de hoy?». Para responder, les señalaba cuatro medios que considero importantes: la escucha mutua; la koinonia, como comunión de intenciones, para evitar el aislamiento; la diakonía, para servir y trabajar juntos; la martyría, para testimoniar el Evangelio. Se los dejo como senderos seguros para su camino.
Queridas Hermanas, les agradezco lo que hacen y lo que son: «antorchas, centinelas para la Iglesia y para el mundo» (Francisco, Mensaje a las contemplativas, 21 de noviembre de 2018), signos de la presencia del reino de Dios en la tierra.
Me alegra haberlas encontrado y, invocando la intercesión de María, de los Santos Francisco y Clara de Asís y de la Beata María Lorenza Longo, les imparto de corazón la Bendición apostólica.
Traducción del original en lengua italiana realizado por el director editorial de ZENIT.
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