Cardenal Walter Brandmüller
(ZENIT Noticias / Roma, 19.03.2026).- No fue con la Sacrosanctum concilium del Concilio Vaticano II, sino con la aplicación posterior a este de la reforma litúrgica, cuando se abrió una fractura en amplias partes del mundo católico. De allí surgió un malsano conflicto entre “progresistas” y “retrógrados”. ¿Debemos sorprendernos? En absoluto. Esto no hace sino demostrar el papel central que la liturgia ocupa en la vida de los fieles.
El llamado “conflicto litúrgico” no es, por lo demás, un fenómeno surgido únicamente después del Vaticano II, ni tampoco exclusivamente en el ámbito católico. Cuando en la Rusia ortodoxa, en 1667, el patriarca Nikon y el zar Alejo I introdujeron una reforma litúrgica, varias comunidades se separaron, algunas llegando incluso a rechazar el sacerdocio mismo, con divisiones que perduran hasta hoy.
También en Occidente, tanto católico como protestante, se encendieron en la época ilustrada disputas encarnizadas respecto a la introducción de nuevos himnarios. En la católica Francia, la sustitución de la antigua liturgia galicana por el nuevo Missale Romanum a mediados del siglo XIX encontró una oposición feroz.
En resumen, en todos estos casos no se trataba, como con Arrio o Lutero, del dogma o de la verdad revelada. Tales cuestiones se convertían más bien en objeto de disputa en ambientes intelectuales.
Lo que toca, en cambio, la vida cotidiana de la piedad son los ritos, las costumbres, las formas concretas de religiosidad vivida cada día. Es allí donde el conflicto se enciende, a veces incluso por detalles secundarios, como variantes de textos en himnos o plegarias. Y cuanto más irracional parece el motivo de la contienda, más violento se vuelve el enfrentamiento.
En un terreno tan minado no se puede intervenir con un bulldozer. En la mayoría de los casos, no es la doctrina de la fe lo que se ve directamente afectado. Lo son el sentimiento religioso, las queridas fórmulas devocionales, los hábitos. Y esto penetra a menudo más profundamente que una fórmula teológica abstracta, porque toca la experiencia vital.
Del mismo modo, es igualmente erróneo invocar el eslogan “bajo las sotanas, el olor mohoso de mil años” para exigir demoliciones y rupturas de la tradición, pues ello terminaría por desconocer no solo la esencia cristiana, sino también la humana de la tradición heredada. Esto vale en general para cualquier intento de reforma, tanto más cuando toca la práctica religiosa cotidiana, como por ejemplo la reorganización de las parroquias, que incide en la vida vivida de los fieles.
Y sin embargo, sorprendentemente, tal desconfianza, o incluso tal rechazo de las novedades, no se manifestó cuando Pío XII reformó primero, en 1951, la Vigilia Pascual, y luego, en 1955, toda la liturgia de la Semana Santa. Yo mismo viví esto personalmente, como seminarista y joven sacerdote. Y salvo reacciones perplejas en algún contexto rural, allí donde estas reformas fueron aplicadas con fidelidad fueron acogidas con gozosa expectativa, sino con entusiasmo.
Y sin embargo, hoy, con la distancia del tiempo, debemos preguntarnos por qué, en cambio, las reformas de Pablo VI generaron reacciones tan conocidas. En el primer caso la Iglesia conoció un impulso litúrgico; en el segundo, muchos vieron en acto una ruptura litúrgica con la tradición.
Tras el pontificado de Pío XII, en varios ambientes eclesiales la elección de Juan XXIII fue percibida como una liberación de coerciones magisteriales. Se abría la puerta también al diálogo con el marxismo, la filosofía existencialista, la Escuela de Frankfurt, Kant y Hegel, y con ello a un modo radicalmente nuevo de entender la teología. Sonaba la hora del individualismo teológico, del adiós a lo que se liquidaba como “pasatismo”.
Las consecuencias para la liturgia fueron graves. El arbitrio, la proliferación, el individualismo desenfrenado condujeron, en no pocos lugares, a la sustitución de la Misa por elaboraciones personales, recogidas incluso en cuadernos de anillas preparados por los celebrantes. El resultado fue un caos litúrgico y un éxodo de la Iglesia sin precedentes, que a pesar de la reforma paulina perdura aún hoy.
Como respuesta surgieron grupos y círculos decididos a contraponer al desorden la firme fidelidad al Missale Romanum de Pío XII. Cuanto más reinaban, pues, de un lado el arbitrio y el desorden, tanto más se endurecía, del otro, el rechazo a cualquier desarrollo, a pesar de las experiencias positivas ya hechas con las reformas de Pío XII. De este modo, también la reforma del misal de Pablo VI —que ciertamente no carecía de defectos— encontró críticas y resistencias. Y aunque tales objeciones fueran a menudo motivadas, no estaban sin embargo justificadas. El Novus Ordo había sido promulgado por el papa: aun con críticas legítimas, debía ser acogido en obediencia.
El apóstol Pablo escribe que Cristo “se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, y con su muerte Él ha redimido al mundo. Si, pues, en la celebración eucarística se hace presente la obediencia hasta la muerte de Cristo, esta celebración no puede tener lugar en la desobediencia.
Y sin embargo, ¿qué ocurrió? Para algunos las reformas no eran suficientes: continuaron con su liturgia en cuadernos de anillas, fruto de la creatividad individual. Otros, por el contrario, opusieron la fidelidad a la “Misa de siempre”, olvidando —o ignorando— que el rito de la Santa Misa se ha desarrollado y transformado a lo largo de los siglos, asumiendo formas diversas tanto en Oriente como en Occidente, según los respectivos contextos culturales. En verdad, la única “Misa de siempre” se reduce a las palabras de la consagración, transmitidas además con formulaciones diferentes en los Evangelios y en Pablo. Esta, y solo esta, es la “Misa de siempre”. Allí donde no se quiso tomar conciencia de ello, se alinearon las partes y la lucha continúa hasta nuestros días.
No debe olvidarse, sin embargo, que la liturgia auténtica, celebrada con conciencia en nombre de la Iglesia, es en muchos lugares una realidad pacífica y cotidiana. Pero queda la pregunta: ¿cómo fue posible un desarrollo conflictivo tan desgarrador? Una mirada a la historia revela algo.
Las batallas libradas después del Concilio de Trento no se referían a la naturaleza de la Santa Eucaristía. El nuevo Missale Romanum de Pío V fue introducido gradualmente en los distintos países, por último en la Francia de finales del siglo XIX, sin provocar conflictos, mientras antiguos ritos locales, como el ambrosiano en Milán, o los propios de las órdenes religiosas, continuaban sin dificultad.
Fue solo a comienzos del siglo XX, en el contexto del modernismo, cuando resurgió la disputa sobre el sacrificio de la Misa, ahora no tanto sobre el rito cuanto sobre la esencia misma del sacrificio. El estallido de la Primera Guerra Mundial, con sus consecuencias devastadoras para Europa, impidió una solución adecuada, dejando que la cuestión no resuelta siguiera latente. Y en los años siguientes, el movimiento litúrgico, importante en la posguerra, se ocupó también —salvo excepciones— no de la esencia, sino más bien de la ejecución de la liturgia, en particular del sacrificio de la Misa por parte de la comunidad de los fieles. La toma del poder por las dictaduras comunistas, fascistas y nacionalsocialistas, seguida luego por la Segunda Guerra Mundial con sus consecuencias, impidió nuevamente una solución definitiva.
Fue Pío XII quien, en medio de los problemas de la posguerra y consciente de las cuestiones no resueltas relativas al santo sacrificio de la Misa, retomó el tema en su encíclica Mediator Dei de 1947: reafirmó y aclaró el dogma del Concilio de Trento y finalmente ofreció indicaciones para una celebración litúrgica digna.
Y sin embargo, las controversias no cesaron; al contrario, se encendieron nuevamente no tanto sobre el rito, sino otra vez sobre la naturaleza del sacrificio eucarístico. La excesiva —hasta la verdadera absolutización— del carácter convivencial de la Santa Misa condujo, y conduce aún, a graves abusos litúrgicos, a veces incluso blasfemos. Abusos nacidos de malentendidos fundamentales del misterio de la Eucaristía.
A esto se añade el hecho de que depende casi siempre de los sacerdotes individuales si la Santa Misa se celebra según el Novus Ordo observado escrupulosamente o si se da rienda suelta a las ideas subjetivas de los celebrantes. Los casos en que las autoridades episcopales han intervenido contra los abusos han sido bastante raros. No se ha comprendido aún suficientemente que esta disolución de la unidad litúrgica es fruto de incertidumbre o incluso de pérdida de la fe auténtica y constituye una amenaza para la unidad misma en la fe.
Es, pues, necesario —si se quieren evitar o sanar fracturas fatales de la unidad eclesial— llegar a una paz, o al menos a una tregua, en el frente litúrgico. Por eso vale la pena retomar el título de la célebre novela pacifista de Bertha von Suttner, publicada desde 1889 en 37 ediciones y 15 traducciones: Die Waffen nieder!: ¡bajen las armas!
Esto significa ante todo desarmar el lenguaje cuando se habla de liturgia. Del mismo modo, sería necesario evitar todo tipo de acusación recíproca. Ninguna de las dos partes debería poner en duda la seriedad de las intenciones de la otra. En resumen: es preciso ejercer tolerancia y evitar la polémica. Ambas partes deberían garantizar una liturgia que respete escrupulosamente las respectivas normas. La experiencia muestra que esta advertencia vale no solo para los innovadores, sino también para los defensores de la “Misa antigua”.
Ambos bandos deberían estudiar con imparcialidad el capítulo II de la constitución conciliar Sacrosanctum concilium y evaluar a su luz los desarrollos posteriores. Resultaría entonces evidente cuánto la praxis posconciliar se ha alejado de la constitución, a la cual, no lo olvidemos, también adhirió el arzobispo Marcel Lefebvre.
Solo así, en silencio y con gran paciencia, se podrá trabajar en una reforma de la reforma que corresponda realmente a las disposiciones de la Sacrosanctum concilium. Podrá entonces llegar el momento en que se presente una reforma capaz de honrar las exigencias de ambas partes.
Pero hasta entonces, una vez más, por el amor de Dios: “¡Bajen las armas!”.
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