(ZENIT Noticias / Jerusalén, 20.01.2026).- En una intervención inusual y cuidadosamente redactada, los Patriarcas y Jefes de las Iglesias de Jerusalén reafirmaron públicamente quién representa al cristianismo en Tierra Santa y quién no. En una declaración conjunta publicada el sábado 17 de enero, los líderes de las comunidades cristianas históricas de la ciudad advirtieron que la creciente visibilidad del sionismo cristiano representa una amenaza directa para la unidad eclesial y la frágil presencia cristiana en la región.
Hablando colectivamente en nombre de las iglesias católica, ortodoxa y protestante, los firmantes recordaron tanto a los creyentes como a las autoridades políticas que «el rebaño de Cristo en esta tierra está confiado a las Iglesias apostólicas», que han ejercido la responsabilidad pastoral en Jerusalén durante siglos. La declaración deja pocas dudas: la autoridad espiritual en Tierra Santa no pertenece a movimientos extranjeros ni a intermediarios autoproclamados, sino a las iglesias que han vivido, servido y sufrido allí continuamente desde los primeros días del cristianismo.
La preocupación inmediata planteada por los Patriarcas es lo que describen como la actividad engañosa de individuos locales que promueven “ideologías dañinas”, nombrando explícitamente al sionismo cristiano. Según la declaración, tales iniciativas distorsionan la percepción pública, siembran confusión entre los fieles y debilitan la unidad de las comunidades cristianas. Aún más preocupante, señalan los líderes de la iglesia, es que estos actores han encontrado respaldo político en Israel y en el extranjero, lo que permite que una corriente teológica con claras implicaciones políticas se presente como una voz legítima del cristianismo local.
Para las iglesias de Jerusalén, el problema no es la teología abstracta, sino la realidad vivida. Invocando la imagen del apóstol Pablo de la Iglesia como un solo cuerpo con muchos miembros (Romanos 12:5), los Patriarcas advierten que reclamar autoridad fuera de la comunión eclesial hiere a ese cuerpo y supone una carga adicional para las iglesias históricas, precisamente en la tierra donde Jesús vivió, enseñó, sufrió y resucitó de entre los muertos. También expresan su alarma por la recepción oficial de representantes de círculos sionistas cristianos, tanto a nivel local como internacional, calificando estos gestos de intromisión en la vida interna de las iglesias y de desestimación del mandato pastoral confiado a los líderes cristianos de Jerusalén.
La declaración culmina con una afirmación inequívoca: solo los Patriarcas y Jefes de Iglesias representan a las comunidades cristianas de Tierra Santa en asuntos de vida religiosa, comunitaria y pastoral. La oración final pide a Dios, «Pastor y Guardián de las almas», que conceda sabiduría para proteger a su pueblo y preservar su testimonio en la tierra sagrada por el Evangelio.
Para comprender la trascendencia de esta declaración, es necesario comprender qué es el sionismo cristiano y por qué ha preocupado durante tanto tiempo a los cristianos de Oriente Medio. Como movimiento, el sionismo cristiano interpreta el regreso de los judíos a Tierra Santa y la creación del Estado de Israel en 1948 como el cumplimiento de la profecía bíblica. Aunque a menudo se presenta como projudía, esta teología suele sostener que, en el devenir final de la historia, muchos judíos aceptarán a Jesús como Mesías, lo que conducirá a una forma de «cristianismo judío» al final de los tiempos. Los críticos, incluyendo a eruditos judíos como el rabino Dan Cohn-Sherbok, han señalado la paradoja de una alianza que, en última instancia, prevé la desaparición del judaísmo como fe viva.
Históricamente, el sionismo cristiano no es nuevo. Sus raíces se remontan a corrientes del pensamiento protestante de hace cuatro siglos y, posteriormente, al dispensacionalismo del siglo XIX. Sin embargo, en la era moderna, ha cobrado especial influencia dentro de sectores del protestantismo evangélico estadounidense. El movimiento cuenta con una sólida financiación, está altamente organizado y es cada vez más visible. Desde 1980, opera a través de la Embajada Cristiana Internacional en Jerusalén, y cada año miles de fieles viajan a la ciudad durante la festividad judía de Sucot. El corolario político de esta teología es el apoyo incondicional al Estado de Israel, considerado un paso necesario hacia el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento y la eventual venida del Reino de Dios.
Los líderes de la iglesia de Jerusalén ya se han enfrentado a esta ideología. En agosto de 2006, un grupo de líderes de iglesias cristianas —incluido el entonces patriarca latino Michel Sabbah— emitió la Declaración de Jerusalén sobre el Sionismo Cristiano, rechazando lo que describieron como un movimiento teológico y político que alinea el Evangelio con el imperio, el colonialismo y el militarismo. Ese documento argumentaba que la especulación apocalíptica no puede invalidar la demanda cristiana de justicia, reconciliación y paz en el presente.
La renovada advertencia de enero de 2026 llega en medio de una mayor atención internacional al activismo sionista cristiano. Aunque no se menciona explícitamente, los funcionarios de la iglesia parecen estar aludiendo a un evento de alto perfil organizado por el Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel en diciembre, cuando una delegación de alrededor de 1.000 pastores protestantes estadounidenses se reunió en Jerusalén para reforzar la alianza judeocristiana y las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Para los cristianos locales, tales espectáculos corren el riesgo de crear la impresión de que los movimientos extranjeros hablan en su nombre, una impresión que los Patriarcas están decididos a corregir.
El mensaje de Jerusalén es, por lo tanto, tanto teológico como pastoral, pero también profundamente político en sus implicaciones. En una región donde los cristianos constituyen una minoría pequeña y vulnerable, los Patriarcas temen que las ideologías importadas, por muy influyentes que sean en el extranjero, puedan marginar aún más a los creyentes locales y enredarlos en agendas que no son de su elección. Al trazar este límite claro, las iglesias de Jerusalén no están entrando en una guerra cultural; están defendiendo la continuidad, la presencia y la responsabilidad en una tierra donde nació el cristianismo y donde su futuro sigue siendo precario.
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