Bangladesh: Ácido sulfúrico a las mujeres «rebeldes»

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Denunciados el año pasado 200 casos de mujeres desfiguradas

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MILAN, 8 mar 2001 (ZENIT.org).- Su nombre, Nurun Nahar, significa «Cascada de Luz» pero su vida parece contradecir este auspicio. A los veinte años, ha sobrevivido al ácido. Hoy recibió aquí, en Milán, un reconocimiento de la región de Lombardía «en signo de solidaridad con las mujeres de Bangladesh».

Cuando tenía 13 años, una tarde, en su casa, una banda de diez chicos le echó ácido sulfúrico en la cara porque se atrevió a rechazar las insinuaciones de uno de ellos.

Las doce operaciones de cirugía estética que ha sufrido le han reconstruido los labios y los pabellones auriculares y un conato de nariz, pero no le han dado la esperanza de poder casarse y tener hijos. Porque en Bangladesh si eres feo por fuera o con algún defecto físico, significa que eres feo también por dentro, que debes tener alguna culpa. Esto lo sabían los chicos que le quemaron la cara y el futuro.

«Cinco de ellos están en la cárcel, condenados a cadena perpetua –explica Nurun–. Hoy, las penas por este delito son más duras. Pero han presentado otro recurso al Tribunal Supremo. Veremos».

Pero, al menos, ¿han comprendido el mal que te han hecho? «Quizá», responde, y los ojos sin pestañas se hacen más brillantes detrás de las gafas.

Tras el atentado con el ácido en su aldea de Patuakali, Nurun conoció a una de las organizaciones no gubernamentales más grandes de Italia COOPI (Cooperación Internacional), que ha creado en un hospital de la capital, Dacca, un departamento para tratar a las mujeres quemadas con ácido. Se calcula que sólo se denuncia la mitad de los casos. Han sido 250 el año pasado.

Otros tantos son ocultados por la familia para la cual una hija deforme es una vergüenza, aunque haya sido reducida esta condición por delincuentes. Nurun se ha convertido en asistente social y ahora ayuda a las jóvenes desfiguradas como ella.

«He hablado con 36 en ocho meses de trabajo –explica–. Todas piensan en suicidarse porque no aceptan verse en esta situación. Las mismas familias las rechazan. Yo trato de hacer comprender a los padres que la hija sufre y que es sangre de su sangre. Intento, en pocas palabras, reconstruir el lazo familiar. La familia a menudo querría llevar a la hija a su aldea y tenerla encerrada en casa, escondida. Nosotros decimos que no es justo, que debe reinsertarse en la sociedad para que no sea víctima por partida doble».

Gracias a la campaña «Un rostro para la vida», COOPI ha permitido a 150 jóvenes poderse operar y otras lo harán gracias alas iniciativas de estos días, entre ellas un subasta de 76 obras de artistas italianas y extranjeras que se cerrará el sábado en Milán.

«Se trata de intervenciones de cirugía plástica de reconstrucción –explica Giacomo Franceschini, responsable de COOPI para Bangladesh–, necesaria para recuperar algunas funciones». Los cirujanos reconstruyen partes del rostro pero no pueden borrar las cicatrices que dejan las operaciones en la faz de chicas.

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ZENIT Staff

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