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Jueves 26 de noviembre

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Programa del viaje del papa Francisco en Kenia

Jueves 26 de noviembre

— 08:15 Encuentro interreligioso y ecuménico en el Salón de la Nunciatura Apostólica en Nairobi (Discurso del Santo Padre)
— 10:00 Santa Misa en el Campus de la Universidad de Nairobi (Homilía del Santo Padre)
— 15:45 Encuentro con el clero, los religiosas, los religiosos y los seminaristas en el campo deportivo de la St. Mary’s School  (Discurso del Santo Padre)
— 17:30 Visita a la Sede de las Naciones Unidas en Nairobi (UNON – United Nations Office at Nairobi) – (Discurso del Santo Padre)

(Diferencia horaria: menos 3 horas GTM) Ver el programa completo del viaje a África

 

El Papa en Kenia: El diálogo interreligioso no es un lujo, es fundamental

Recordó a los líderes anglicanos, musulmanes, hindúes y de otras religiones que al cooperar entre ellos se convierten ‘en una bendición para las comunidades’

El papa Francisco inició su segundo día del viaje apostólico en Kenia con un encuentro interreligioso y ecuménico en la capital Nairobi, en el salón de la Nunciatura Apostólica

En un país en el que conviven diversas religiones: musulmanes, anglicanos, hindúes, pentecostales, católicos y de otros credos, en donde el diálogo interreligioso es algo familiar, el Papa recordó que “cuidando el crecimiento espiritual nos convertimos en una bendición para las comunidades en las que viven nuestros pueblos”. Y que por lo tanto “la cooperación entre los líderes religiosos y sus comunidades se convierte en un importante servicio al bien común”.

El Pontífice quiso subrayar el rol esencial de las religiones “en la formación de las conciencias, infundiendo en los jóvenes los profundos valores espirituales de nuestras respectivas tradiciones” y preparando buenos ciudadanos que sean “capaces de impregnar la sociedad civil de honradez, integridad” y fundamentalmente una visión del mundo que “valore a la persona humana por encima del poder y del beneficio material”.

El Papa quiso también aseverar que “el Dios a quien buscamos servir es un Dios de la paz. Su santo Nombre no debe ser usado jamás para justificar el odio y la violencia”.

Así al recordar el Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia católica se ha comprometido con el diálogo ecuménico e interreligioso, el Pontífice reafirmó «este compromiso, que brota de nuestra convicción en la universalidad del amor de Dios y en la salvación que Él ofrece a todos”.

A continuación el texto completo del mensaje:

«Queridos amigos: les agradezco su presencia esta mañana y la oportunidad de compartir con ustedes estos momentos de reflexión. Deseo dar las gracias, de modo particular, a Monseñor Kairo, Arzobispo de Wabukala, y al profesor El-Busaidy por las palabras de bienvenida que me han dirigido en nombre de ustedes y de sus respectivas comunidades.

Siempre que visito a los fieles católicos de una Iglesia local considero importante el poder reunirme con los líderes de otras comunidades cristianas y tradiciones religiosas.

Espero que este tiempo que pasamos juntos sea un signo de la estima que la Iglesia tiene por los seguidores de todas las religiones y afiance los lazos de amistad que ya nos unen.

En realidad, nuestra relación nos impone desafíos e interrogantes. Sin embargo, el diálogo ecuménico e interreligioso no es un lujo. No es algo añadido u opcional sino fundamental; algo que nuestro mundo, herido por conflictos y divisiones, necesita cada vez más.

En efecto, nuestras creencias y prácticas religiosas influyen en nuestro modo de entender nuestro propio ser y el mundo que nos rodea. Son para nosotros una fuente de iluminación, sabiduría y solidaridad, que enriquece a las sociedades en las que vivimos.

Cuidando el crecimiento espiritual de nuestras comunidades, mediante la formación de la inteligencia y el corazón en las verdades y en los valores que nuestras tradiciones religiosas custodian, nos convertimos en una bendición para las comunidades en las que viven nuestros pueblos.

En las sociedades democráticas y pluralistas como la keniata, la cooperación entre los líderes religiosos y sus comunidades se convierte en un importante servicio al bien común.

Desde esta perspectiva, y en un mundo cada vez más interdependiente, vemos siempre con mayor claridad la necesidad de una mutua comprensión interreligiosa, de amistad y colaboración para la defensa de la dignidad otorgada por Dios a cada persona y a cada pueblo, y el derecho que tienen de vivir en libertad y felicidad.

Al promover el respeto de esa dignidad y de esos derechos, las religiones juegan un papel esencial en la formación de las conciencias, infundiendo en los jóvenes los profundos valores espirituales de nuestras respectivas tradiciones, preparando buenos ciudadanos, capaces de impregnar la sociedad civil de honradez, integridad y una visión del mundo que valore a la persona humana por encima del poder y del beneficio material.

Pienso aquí en la importancia de nuestra común convicción, según la cual el Dios a quien buscamos servir es un Dios de la paz. Su santo Nombre no debe ser usado jamás para justificar el odio y la violencia.

Sé que está aún vivo en sus mentes el recuerdo de los bárbaros ataques al Westgate Mall, al Garissa University College y a Mandera. Con demasiada frecuencia, se radicaliza a los jóvenes en nombre de la religión para sembrar la discordia y el miedo, y para desgarrar el tejido de nuestras sociedades.

Es muy importante que se nos reconozca como profetas de paz, constructores de paz que invitan a otros a vivir en paz, armonía y respeto mutuo. Que el Todopoderoso toque el corazón de los que cometen esta violencia y conceda su paz a nuestras familias y a nuestras comunidades.

Queridos amigos, este año se celebra el quincuagésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, en el que la Iglesia católica se ha comprometido con el diálogo ecuménico e interreligioso al servicio de la comprensión y la amistad.

Deseo reafirmar este compromiso, que brota de nuestra convicción en la universalidad del amor de Dios y en la salvación que Él ofrece a todos. El mundo espera justamente que los creyentes trabajen junto con las personas de buena voluntad, para afrontar los numerosos problemas que afectan a la familia humana.

Mirando hacia el futuro, imploremos que todos los hombres y las mujeres se consideren hermanos y hermanas, pacíficamente unidos en y a través de sus diferencias. Recemos por la paz.

Les agradezco su atención y suplico a Dios Todopoderoso que les conceda a ustedes y a sus comunidades la abundancia de sus bendiciones.

 

El Papa pide oponerse a las prácticas que degradan a las mujeres

El Santo Padre ha celebrado la eucaristía por la evangelización de los pueblos en el Campus de la Universidad de Nairobi

El papa Francisco ha hecho un llamado especial a los jóvenes de la nación. Así, ha pedido que “los grandes valores de la tradición africana, la sabiduría y la verdad de la Palabra de Dios, y el generoso idealismo de su juventud, los guíen en su esfuerzo por construir una sociedad que sea cada vez más justa, inclusiva y respetuosa de la dignidad humana”. Del mismo modo les ha pedido que se preocupen de las necesidades de los pobres y rechacen todo prejuicio y discriminación. Lo ha hecho durante la homilía de la misa celebrada en su segundo día en Kenia.

Igualmente ha recordado que “las familias cristianas tienen esta misión especial: irradiar el amor de Dios y difundir las aguas vivificantes de su Espíritu. Esto tiene ho
y una importancia especial, cuando vemos el avance de nuevos desiertos creados por la cultura del materialismo y de la indiferencia hacia los demás”.

Después del encuentro ecuménico e interreligioso, el Santo Padre se ha dirigido esta mañana a la Universidad de Nairobi para celebrar la misa. Cantos y danzas tradicionales han precedido la llegada del Papa a esta celebración eucarística por la evangelización de los pueblos. La lluvia no ha impedido que miles de personas acudieran a compartir este momento con el Pontífice.

Durante su homilía, el Papa ha asegurado que la sociedad keniata “ha sido abundantemente bendecida con una sólida vida familiar, con un profundo respeto por la sabiduría de los ancianos y con un gran amor por los niños”. La salud de cualquier sociedad depende de la salud de sus familias, ha precisado. De este modo, ha afirmado que nuestra fe en la Palabra de Dios “nos llama a sostener a las familias en su misión en la sociedad, a recibir a los niños como una bendición para nuestro mundo, y a defender la dignidad de cada hombre y mujer, porque todos somos hermanos y hermanas en la única familia humana”.

También estamos llamados –ha precisado– a oponernos a las prácticas que fomentan la arrogancia de los hombres, que hieren o degradan a las mujeres, y ponen en peligro la vida de los inocentes aún no nacidos. “Estamos llamados a respetarnos y apoyarnos mutuamente, y a estar cerca de todos los que pasan necesidad”, ha subrayado el Santo Padre.

Haciendo alusión a los dones de gracia que recibimos en elos sacramento, ha recordado que “nos hacen más fieles discípulos del divino Maestro, vasos de misericordia y de amorosa ternura en un mundo lacerado por el egoísmo, el pecado y la división”. Estos son los dones que Dios en su providencia –ha añadido– les concede para que contribuyan, como hombres y mujeres de fe, en la construcción de su país, con la concordia civil y la solidaridad fraterna.

A propósito de la lectura del Evangelio, cuando Jesús resucitado afirma «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra» , ha recordado que “nos está asegurando que Él, el Hijo de Dios, es la roca”.  Él quiere –ha indicado– que todos nosotros construyamos nuestra vida sobre el cimiento firme de su palabra.

Asimismo, ha recordado el encargo que el Señor nos da a cada uno: “nos pide que seamos discípulos misioneros, hombres y mujeres que irradien la verdad, la belleza y el poder del Evangelio, que transforma la vida”

Hombres y mujeres –ha observado– que sean canales de la gracia de Dios, que permitan que la misericordia, la bondad y la verdad divinas sean los elementos para construir una casa sólida. “Una casa que sea hogar, en la que los hermanos y hermanas puedan, por fin, vivir en armonía y respeto mutuo, en obediencia a la voluntad del verdadero Dios, que nos ha mostrado en Jesús el camino hacia la libertad y la paz que todo corazón ansía”, ha concluido el Santo Padre.

Para finalizar la homilía el papa Francisco ha exclamado ¡Mungu awabariki! (Que Dios los bendiga) y ¡Mungu abariki Kenya! (Que Dios bendiga a Kenia). 

 

Francisco a la vida consagrada en Kenia: ‘Sin la oración el alma se seca’

El Papa, en el encuentro con el clero, religiosos, religiosas y seminaristas keniatas, les ha advertido de que existe la tentación de seguir a Dios por ambición. Y les ha dicho que la Iglesia no es una empresa o una ONG, es el misterio de la mirada de Jesús sobre cada uno

El papa Francisco se ha dirigido este jueves por la tarde al campo de deportes de la St Mary’s School en Nairobi, donde ha mantenido un encuentro con los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas de Kenia. A su llegada, el Santo Padre ha sido recibido por el superior regional de los Espiritanos y el párroco de la iglesia de San Agustín, que se encuentra dentro del mismo recinto escolar. 

La reunión ha comenzado con el saludo de Mons. Anthony Ireri Mukobo, IMC, vicario apostólico de Isiolo y presidente de la Comisión para el Clero y los Religiosos de la Conferencia de Obispos Católicos de Kenia.

Poco después, el padre Felix J. Phiri, Mafr, presidente de la Conferencia de Superiores Religiosos de Kenia (RSCK) y la hermana Michael Marie Rottinghaus, presidente de la Asociación de Comunidades de Kenia (AOSK), han compartido su testimonio con el Pontífice y todos los presentes.

En su discurso improvisado en español, el Papa ha señalado que en el seguimiento de Jesucristo, sea en el sacerdocio, sea en la vida consagrada, se entra por la puerta. «La puerta es Cristo. Él llama, Él empieza, Él va haciendo el trabajo. Hay algunos que quieren entrar por la ventana. ¡No sirve eso!», ha explicado.

«Por favor, si alguno ve que un compañero o compañera entró por la ventana, abrácenlo y explíquenle que mejor que se vaya, y que sirva a Dios en otro lado. Porque nunca va a llevar a término una obra que no empezó Jesús por la puerta», ha advertido.

A continuación, Francisco ha apuntado que «hay algunos que no saben para qué los llama Dios, pero sienten que Dios los llamó». «Vayan tranquilos, Él les hará comprender para qué los llamó», ha asegurado.

«Hay otros que quieren seguir al Señor, pero por interés», ha lamentado. «Acordémonos de la mamá de Santiago y Juan: ‘Señor, te quiero pedir que cuando partas la torta le dés la parte más grande a mis dos hijos, uno a la derecha y otra a la izquierda’. Es la tentación de seguir a Jesús por ambición. Ambición de dinero, de poder», ha indicado.

«Todos podemos decir cuándo yo empecé a seguir a Jesús ni se me ocurrió eso. Pero a otros se les ocurrió. Y poco a poco te lo sembraron en el corazón como una cizaña», ha proseguido.

«En la vida del seguimiento de Jesús no hay lugar para la ambición, ni para las riquezas, ni para ser una persona importante en el mundo. A Jesús se le sigue hasta el último paso de su vida terrena, la cruz. Después Él se encarga de resucitarte», ha enfatizado.

Así, el Santo Padre ha afirmado que «la Iglesia no es una empresa, no es una ONG. La Iglesia es un misterio, el misterio de la mirada de Jesús sobre cada uno». «El que llama es Jesús; se entra por la puerta, no por la ventana; y se sigue el camino de Jesús», ha vuelto a decir.

«Jesús cuando nos elige no nos canoniza, seguimos siendo los mismos pecadores», ha apuntado. «Todos somos pecadores. Yo el primero, después ustedes. Pero nos lleva adelante la ternura y el amor de Jesús», ha subrayado.

Tras estas palabras, el Pontífice ha pedido a los presentes que «nunca dejen de llorar». «Cuando a un sacerdote, a un religioso o religiosa se le secan las lágrimas, algo no funciona. Llorar por la propia infidelidad, por el dolor del mundo, llorar por la gente que está descartada, por los viejitos abandonados, por los niños asesinados, por las cosas que no entendemos. Llorar cuando nos preguntan por qué. Ninguno de nosotros tiene todas las respuestas a los por qué», ha reconocido.

«Hay situaciones en la vida que solo nos llevan a llorar mirando a Jesús en la cruz. Y esa es la única respuesta para ciertas injusticias, para ciertos dolores, para ciertas dificultades en la vida», ha señalado.

«Cuando un consagrado o consagrada, un sacerdote, se olvida de Cristo crucificado… pobrecito, cayó en un pecado muy feo. Un pecado que le da asco a Dios, que le hace vomitar. El pecado de la tibieza», ha ad
vertido. «Cuiden de no caer en el pecado de la tibieza», les ha exhortado.

El Papa también ha invitado a los sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas a que «nunca se alejen de Jesús». «Esto quiere decir que nunca dejen de orar», ha explicado. «Si un consagrado deja la oración, el alma se seca, como esos higos secos. Son feos, tienen una apariencia fea. El alma de un religioso o un sacerdote que no reza es un alma fea». «¿Yo le quito tiempo al sueño, le quito tiempo a la radio, a la televisión, a las revistas, para rezar ? ¿O prefiero lo otro?», les ha preguntado.

Casi al final de su intervención, Francisco ha destacado que «todo el que se dejó elegir por Jesús es para servir. Para servir al pueblo de Dios. Para servir a los más pobres, los más descartados, los más humildes. Para servir a los niños y a los ancianos. Para servir también a la gente que no es consciente de la soberbia y el pecado que llevan dentro. Para servir a Jesús». «Dejarse elegir por Jesús es dejarse elegir para servir, no para ser servido. Seguir a Jesús es servir a los demás y no servirse de los demás», ha recordado.

«¡Qué Papa más mal educado es este! Nos dio consejos, nos dio palos, ¡y no nos dice gracias! Era lo último que les quería decir. La frutilla de la torta. Quiero darles gracias a ustedes. Gracias por animarse a seguir a Jesús. Gracias por cada vez que se sienten pecadores. Gracias por cada caricia de ternura que dan a quien lo necesita. Gracias por todas las veces que ayudaron a morir en paz a tanta gente. Gracias por quemar la vida en la esperanza. Gracias por dejarse ayudar y corregir, y perdonar todos los días por Dios. Y les pido, al darles las gracias, que no se olviden de rezar por mí, porque yo lo necesito», ha asegurado el Obispo de Roma.

El encuentro ha concluido con la bendición apostólica y el canto del Salve Regina en latín. Pero antes de abandonar el campo deportivo, el Santo Padre ha vuelto sobre sus pasos para decir a los asistentes: «Les agradezco el buen rato que pasamos juntos, pero yo tengo que salir por esta puerta porque están los niños enfermos de cáncer. Y quisiera verlos a ellos, ¿eh? Y darles una caricia. A ustedes les agradezco mucho. Y ustedes los seminaristas, que no los nombré pero están incluidos, están incluidos en todo lo que dije. Y si alguno no se anima por este camino, esta a tiempo, busque otro trabajo, cásese y haga una buena familia».

 

Ante la ONU en Nairobi el Papa denuncia el comercio ilegal

Manifestó su esperanza en la COP 21. Pidió que la economía y política sean puestas al servicio de los pueblos, la necesidad de la urbanización como instrumento de integración, de la atención sanitaria, dejando de lado los intereses sectoriales e ideologías

El santo padre Francisco ha visitado este jueves por la tarde, como parte de su programa en Kenia, la sede de la Organización de las Naciones Unidas en Nairobi (UNON). El Santo Padre llegó al edificio y fue recibido por la directora general, la señora Sahle-Work Zewde, junto con otras autoridades. 

Después de firmar el Libro de Oro, el Pontífice se dirigió al parque para plantar un árbol, como símbolo de la defensa de la creación, un “gesto simbólico y sencillo, cargado de significado en tantas culturas” dijo.

Llegado al nuevo edificio de la UNEP (United Nations Environment Programme), los presentes le recibieron con gran entusiasmo y aplausos. A ellos el Papa les recordó que en breve iniciará en París la cumbre COP21 sobre el clima, en donde espera se concluya un acuerdo global, basado “en los principios de solidaridad, justicia, equidad y participación”.

Pidió así que la economía y política sean puestas al servicio de los pueblos, sin caer en la “globalización de la indiferencia, ni en las formas extremas de la cultura del descarte y de exclusión social”, ni en las “nuevas formas de esclavitud, el tráfico de personas, el trabajo forzado, la prostitución, el tráfico de órganos”.

El Santo Padre pidió además que “el proceso de urbanización se convierta en un instrumento para el desarrollo y la integración, a fin de garantizar a todos, condiciones de vida dignas”.

Otro tema fueron los tratados de libre comercio regionales que “deberían ser un instrumento para asegurar un mínimo de atención sanitaria y de acceso a los remedios básicos para todos” y de seguir en el combate a enfermedades como la malaria y la tuberculosis. 

El Pontífice concluyó sus palabras indicando su esperanza en que la ayuda multilateral pueda dar un futuro seguro. “Lo será –concluyó– si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado los intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio al bien común”. 

Texto completo:

“Deseo agradecer la amable invitación y las palabras de acogida de la Señora Sahle-Work Zewde, Directora General de la Oficina de las Naciones Unidas en Nairobi, como también del Señor Achim Steiner, Director Ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, y del Señor Joan Clos, Director Ejecutivo del Programa ONU–Hábitat. Aprovecho la ocasión para saludar a todo el personal y a todos los que colaboran con las instituciones aquí presentes.

De camino hacia esta sala me han invitado a plantar un árbol en el parque del Centro de las Naciones Unidas. Quise aceptar este gesto simbólico y sencillo, cargado de significado en tantas culturas.

Plantar un árbol es, en primera instancia, una invitación a seguir luchando contra fenómenos como la deforestación y la desertificación. Nos recuerda la importancia de tutelar y administrar responsablemente aquellos «pulmones del planeta repletos de biodiversidad [como bien lo podemos apreciar en este continente con] la cuenca fluvial del Congo», lugar esencial «para la totalidad del planeta y para el futuro de la humanidad».

Por eso, es siempre apreciada y alentada «la tarea de organismos internacionales y de organizaciones de la sociedad civil que sensibilizan a las poblaciones y cooperan críticamente, también utilizando legítimos mecanismos de presión, para que cada gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales o internacionales»).A su vez, plantar un árbol nos provoca a seguir confiando, esperando y especialmente comprometiendo nuestras manos para revertir todas las situaciones de injusticia y deterioro que hoy padecemos.

Dentro de pocos días comenzará en París un importante encuentro sobre el cambio climático, donde la comunidad internacional como tal, se enfrentará de nuevo a esta problemática. Sería triste y me atrevo a decir, hasta catastrófico, que los intereses particulares prevalezcan sobre el bien común y lleven a manipular la información para proteger sus proyectos.

En este contexto internacional, donde se nos plantea la disyuntiva que no podemos ignorar de mejorar o destruir el ambiente, cada iniciativa tomada en este sentido, pequeña o grande, individual o colectiva, para cuidar la creación indica el camino seguro para esa «generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano» .

«El clima es un bien común, de todos y para todos; […] el cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad» cuya respuesta «debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados». Ya que «el abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, va acompañado por un imparable proceso de exclusión» (Discurso a la ONU, 25 septiembre 2015).

La COP21 es un paso importante en el proceso de desarrollo de un nuevo sistema energético, que dependa al mínimo de los combustib
les fósiles, busque la eficiencia energética y se estructure con el uso de energía con bajo o nulo contenido de carbono. Estamos ante el gran compromiso político y económico de replantear y corregir las disfunciones y distorsiones del actual modelo de desarrollo.

El Acuerdo de París puede dar una señal clara en esta dirección, siempre que, como ya tuve ocasión de decir ante la Asamblea General de la ONU, evitemos «toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas» Por eso, espero que la COP21 lleve a concluir un acuerdo global y «transformador» basado en los principios de solidaridad, justicia, equidad y participación, y orientando a la consecución de tres objetivos, a la vez complejos e interdependientes: el alivio del impacto del cambio climático, la lucha contra la pobreza y el respeto de la dignidad humana.

A pesar de muchas dificultades, se está afirmando la «tendencia a concebir el planeta como patria y la humanidad como pueblo que habita una casa de todos». Ningún país «puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia». El problema surge cuando creemos que interdependencia es sinónimo de imposición o sumisión de unos en función de los intereses de los otros. Del más débil en función del más fuerte.

Es necesario un diálogo sincero y abierto, con la cooperación responsable de todos: autoridades políticas, comunidad científica, empresas y sociedad civil. No faltan ejemplos positivos que nos demuestran cómo una verdadera colaboración entre la política, la ciencia y la economía es capaz de lograr importantes resultados.

Somos conscientes, sin embargo, de que los «seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse» (Carta enc. Laudato si’, 205). Esta toma de conciencia profunda nos lleva a esperar que, si la humanidad del período post-industrial podría ser recordada como una de las más irresponsables de la historia, «la humanidad de comienzos del siglo XXI [sea] recordada por haber asumido con generosidad sus graves responsabilidades» (ibíd., 165).

Para eso es necesario poner la economía y la política al servicio de los pueblos donde «el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social». No se trata de una utopía fantástica, por el contrario, una perspectiva realista que pone la persona y su dignidad como punto de partida y hacia donde todo tiene que fluir.

El cambio de rumbo que necesitamos no es posible realizarlo sin un compromiso sustancial por la educación y la formación. Nada será posible si las soluciones políticas y técnicas no van acompañadas de un proceso de educación que promueva nuevos estilos de vida. Un nuevo estilo cultural.

Esto exige una formación destinada a fomentar en niños y niñas, mujeres y hombres, jóvenes y adultos, la asunción de una cultura del cuidado; cuidado de sí, cuidado del otro, cuidado del ambiente; en lugar de la cultura de la degradación y del descarte. Descarte de sí, del otro, del ambiente.

La promoción de la «conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos nos permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida. Es un gran desafío cultural, espiritual y educativo que supondrá largos procesos de regeneración», que estamos a tiempo de impulsar.

Son muchos los rostros, las historias, las consecuencias evidentes en miles de personas que la cultura del degrado y del descarte ha llevado a sacrificar bajo los ídolos de las ganancias y del consumo.

Debemos cuidarnos de un triste signo de la «globalización de la indiferencia, que nos va “acostumbrando” lentamente al sufrimiento de los otros, como si fuera algo normal» o peor aún, a resignarnos ante las formas extremas y escandalosas de “descarte” y de exclusión social, como son las nuevas formas de esclavitud, el tráfico de personas, el trabajo forzado, la prostitución, el tráfico de órganos.

«Es trágico el aumento de los migrantes huyendo de la miseria empeorada por la degradación ambiental, que no son reconocidos como refugiados en las convenciones internacionales y llevan el peso de sus vidas abandonadas sin protección normativa alguna». Son muchas vidas, son muchas historias, son muchos sueños que naufragan en nuestro presente. +

No en paralelo al descuido del ambiente, desde hace tiempo somos testigos de un rápido proceso de urbanización, que por desgracia conduce con frecuencia a un «crecimiento desmedido y desordenado de muchas ciudades que se han hecho insalubres [e …] ineficientes» .

Y son también lugares donde se difunden síntomas preocupantes de una trágica rotura de los vínculos de integración y de comunión social, que lleva al «crecimiento de la violencia y al surgimiento de nuevas formas de agresividad social, al narcotráfico y al consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, a de la pérdida de identidad» al desarraigo y al anonimato social.

Quiero expresar mi aliento a cuantos, a nivel local e internacional, trabajan para asegurar que el proceso de urbanización se convierta en un instrumento eficaz para el desarrollo y la integración, a fin de garantizar a todos, y en especial a las personas que viven en barrios marginales, condiciones de vida dignas, garantizando los derechos básicos a la tierra, al techo y al trabajo.

Es necesario fomentar iniciativas de planificación urbana y del cuidado de los espacios públicos que vayan en esta dirección y contemplen la participación de la gente del lugar, tratando de contrarrestar las muchas desigualdades y los bolsones de pobreza urbana, no sólo económicos, sino también y sobre todo sociales y ambientales. La futura Conferencia Hábitat-III, prevista en Quito para octubre de 2016, podría ser un momento importante para identificar maneras de responder a estas problemáticas.

Dentro de pocos días, esta ciudad de Nairobi, será sede de la décima Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio. En 1967, frente a un mundo cada vez más interdependiente, y anticipándose en años a la presente realidad de la globalización, mi predecesor Pablo VI reflexionaba sobre cómo las relaciones comerciales entre los Estados podrían ser un elemento fundamental para el desarrollo de los pueblos o, por el contrario, causa de miseria y de exclusión.

Aun reconociendo lo mucho que se ha trabajado en esta materia, parece que no se ha llegado todavía a un sistema comercial internacional equitativo y totalmente al servicio de la lucha contra la pobreza y la exclusión. Las relaciones comerciales entre los Estados, parte indispensable de las relaciones entre los pueblos, pueden servir tanto para dañar el ambiente como para recuperarlo y asegurarlo para las generaciones futuras.

Expreso mi deseo de que las deliberaciones de la próxima Conferencia de Nairobi no sean un simple equilibrio de intereses contrapuestos, sino un verdadero servicio al cuidado de la casa común y al desarrollo integral de las personas, especialmente de los más postergados.

En particular, quiero unirme a las preocupaciones tantas realidades comprometidas en la cooperación al desarrollo y en la asistencia sanitaria –entre ellos las congregaciones religiosas que asisten a los más pobres y excluidos–, acerca de los acuerdos sobre la propiedad intelectual y el acceso a las medicinas y cuidados esenciales de la salud.

Los Tratados de libre comercio regionales sobre la protección de la propiedad intelectual, en particular en materia farmacéutica y de biotecnología, no sólo no deben limitar las facultades y
a otorgadas a los Estados por los acuerdos multilaterales, sino que, al contrario, deberían ser un instrumento para asegurar un mínimo de atención sanitaria y de acceso a los remedios básicos para todos.

Las discusiones multilaterales, a su vez, deben dar a los países más pobres el tiempo, la elasticidad y las excepciones necesarias para una adecuación ordenada y no traumática a las normas comerciales.

La interdependencia y la integración de las economías no debe suponer el más mínimo detrimento de los sistemas de salud y de protección social existentes; al contrario, deben favorecer su creación y funcionamiento. Algunos temas sanitarios, como la eliminación de la malaria y la tuberculosis, la cura de las llamadas enfermedades «huérfanas» y los sectores de la medicina tropical desatendidos, reclaman una atención política primaria, por encima de cualquier otro interés comercial o político.

África ofrece al mundo una belleza y una riqueza natural que nos lleva a alabar al Creador. Este patrimonio africano y de toda la humanidad sufre un constante riesgo de destrucción, causado por egoísmos humanos de todo tipo y por el abuso de situaciones de pobreza y exclusión. En el contexto de las relaciones económicas entre los Estados y los pueblos no se puede dejar de hablar de los tráficos ilegales que crecen en un ambiente de pobreza y que, a su vez alimentan la pobreza y la exclusión.

El comercio ilegal de diamantes y piedras preciosas, de metales raros o de alto valor estratégico, de maderas y material biológico, y de productos animales, como el caso del tráfico de marfil y la consecuente matanza de elefantes, alimenta la inestabilidad política, el crimen organizado y el terrorismo. También esta situación es un grito de los hombres y de la tierra que tiene que ser escuchado por la Comunidad Internacional.

En mi reciente visita a la sede de la ONU en Nueva York, pude expresar el deseo y la esperanza de que la obra de las Naciones Unidas y de todos los desarrollos multilaterales pueda ser «prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado los intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio al bien común».

Renuevo una vez más el apoyo de la Comunidad Católica, y el mío de seguir rezando y colaborando para que los frutos de la cooperación regional que se expresan hoy en la Unión Africana y en los muchos acuerdos africanos de comercio, cooperación y desarrollo sean vividos con vigor y teniendo siempre en cuenta el bien común de los hijos de esta tierra.

La bendición del Altísimo sea con todos y cada uno de ustedes y sus pueblos. Gracias».

 

El atentado en Túnez no fue por motivos religiosos

Las víctimas eran todas musulmanas, señala el director de las Obras Misionales Pontificias del país

El atentado suicida de este martes, 24 de noviembre, en la capital de la República Tunecina, “no es una guerra de religión, y lo demuestra que las víctimas eran todas musulmanas”.

Lo indicó ayer el director nacional de las Obras Misionales Pontificias (OMP), el padre Jawad Alamat, en declaraciones enviadas a la agencia Fides, haciendo referencia al ataque contra un autobús que transportaba a agentes de la seguridad presidencial, en el que se registraron al menos 12 muertos y 17 heridos. El padre Jawad indica que con este ataque, “se ha querido enviar de nuevo un mensaje desestabilizador”.

Y observó que después de los dos ataques más recientes en el país, uno al turismo en Souse, «infligiendo un duro golpe a la economía», y otro al Museo del Bardo, «lo que significa no sólo golpear el turismo sino también una zona de gran importancia política por la cercanía del Parlamento”; ahora se “ha golpeado a las fuerzas de seguridad presidencial”.

Así el director de las OMP de Túnez subraya: “Estamos frente a personas dispuestas a morir para matar. No podemos hablar de choque entre religiones. Las víctimas de Túnez eran todas musulmanas. Todos nos enfrentamos a un terrorismo inhumano”.

El padre Jawad explica que “lo que sucede en París ocurre también en Túnez, lo que pasa en Beirut sucede también en Malí”, como efecto del lado negativo de la globalización.

“Espero –indica el misionero– que después de este nuevo atentado, la política haga un cambio y reaccione. Los tunecinos observan decepcionados y consternados los juegos entre los partidos, mientras que el país vive grandes dificultades.”

“Se tiene la sensación de estar perdiendo –añade el religioso– un tiempo precioso para revitalizar la economía. Espero que este atentado empuje a los políticos a dejar de ‘jugar’, es hora de ser adultos y de pensar en el bien del país, que está amenazado por un enemigo muy determinado”.

Por ello espera que esta última tragedia sea “una llamada a la unidad nacional, a pesar de las diferencias políticas, para proporcionar seguridad a la población local y a todos los que viven en este querido país”.
 

El papa Francisco y la audacia del evangelizador

Carta pastoral del arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro, dedicada al viaje papal a África. ‘Quiere llevar a estas tierras, que padecen el maltrato de la pobreza y de la guerra, el mensaje del Evangelio’

«El Papa Francisco y la audacia del evangelizador» es el título de la nueva carta semanal del arzobispo de Madrid, Mons. Carlos Osoro Sierra, dedicada al viaje papal a África. A continuación, publicamos el texto íntegro:

El Papa Francisco ha iniciado un viaje apostólico a África para llevar la Buena Noticia, la que engendra encuentro y no división, paz y no guerra, amor y no odio. Va como el Buen Pastor de la parábola del Evangelio: a buscar a quienes olvidaron que se construye dando vida o que hay muchos hermanos en aquel continente que sufren. El Papa nos hace vivir con la mirada puesta en los últimos y sabiendo que podemos hacer mucho por ellos. Estos días, durante el viaje del Santo Padre, estemos con él acompañándolo en la oración y en la responsabilidad de hacerles llegar nuestra ayuda, para que todos vivan con la dignidad que Dios mismo les dio y que se manifestó plenamente en Jesucristo. Devolvámosles lo que les pertenece; no consintamos que se robe la dignidad de ningún ser humano.

Francisco visitará tres países: Kenia, Uganda y la República Centroafricana. Quiere llevar a estas tierras, que padecen el maltrato de la pobreza y de la guerra, el mensaje del Evangelio; y mostrará que, lo que el Señor pidió a los primeros discípulos, «id y anunciad el Evangelio», lo sigue haciendo hoy Pedro en su persona. Va a dar rostro a Nuestro Señor Jesucristo, llevando y acercando la alegría del Evangelio, que es transformadora de los corazones de los hombres porque les devuelve la esperanza y los fortalece con la fuerza del amor mismo de Dios. Con este viaje, el Papa desea decirles que no están solos. Y, al mismo tiempo, invita a toda la humanidad a viajar con él África desde el corazón y, a aquellos que pueden, a que hagan todo lo que esté de su parte «para que haya paz y prosperidad en esos países», como pedía el domingo pasado en el rezo del Ángelus.

La audacia evangelizadora del Papa le lleva a decir que el mensaje de Jesús es este: la misericordia. Mensaje que va a proclamar en aquel «paisaje humano», pero que nos da a contemplar a todos. Va a estas tierras, por una parte, para que quienes allí viven sientan la cercanía de Cristo a través del Sucesor de Pedro, a quien encomendó el cuidado de la Iglesia y de todos los hombres. Por otra parte, va para hacernos caer en la cuenta de que hemos de ayudar a quienes más padecen. Por eso, encomendémonos a la misericordia de Dios. No es fácil porque es un abismo incomprensible. Pero hay que hacerlo, a Él le gusta que le contemos lo que nos pasa. ¿Por qué no le abrimos
el corazón mientras acompañamos con la oración al Papa Francisco? Es bueno que le digamos lo que dejamos de hacer o hacemos mal, que, entre otras cosas, es lo que provoca la pobreza, la guerra, la miseria o el hambre. Y no tengamos miedo. Reconociendo que hemos tenido cerrada la vida a nuestros propios intereses, dejemos que Jesucristo nos bese, nos abrace y nos diga: «tampoco yo te condeno, anda y en adelante no peques más», es decir, no te olvides de tu hermano, de los que más sufren. Él nunca se cansa de darnos su perdón y rehabilitarnos para hacer el bien; lo que ocurre es que, como nos recuerda Francisco, muy a menudo, somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.

Con su ejemplo, el Santo Padre nos regala la actitud de Jesús, que conmueve: sus palabras son de amor, de misericordia, e invitan a la conversión; nos muestra el rostro de un Dios que siempre tiene paciencia. No tengamos miedo a acoger la ternura de Dios, a ser custodios de la misma. Esta ternura nos lleva a ocuparnos los unos de los otros, a preocuparnos por todos, especialmente por los más frágiles. Así nos lo pidió y nos lo enseñó el Señor: nos confió la custodia del hombre. Estoy convencido de que, en este viaje, el mensaje más fuerte para todos los hombres va a ser precisamente que custodiemos con la ternura de Dios a los que encontramos por el camino de la historia y de la vida, especialmente a los más rotos y tirados, a los desahuciados y descartados. Nos dirá que no nos quedemos solo en ver, sino que también actuemos con la fuerza, la gracia y el amor de Jesús y que este amor llegue a quienes viven en Kenia, Uganda y República Centroafricana.

¡Qué propuesta más audaz la que nos hace el Papa con este viaje! Los cristianos tenemos que hacer una movilización general y proponer la fe con entusiasmo, con hechos y con palabras. Nos está pidiendo, a quienes formamos parte de la Iglesia, que dediquemos nuestras energías a proponer el mensaje del Evangelio, haciéndolo creíble con obras a todos los hombres. Hablar de Dios no es imponer obligaciones a las personas; es compartir una alegría que nos desafía a actuar con la misma bondad con la que actuó Jesús. No se conforma con que denunciemos las situaciones con más y más declaraciones, el Papa busca cambiar las cosas. Esto es lo que nos dice en La alegría del Evangelio cuando pide que la economía esté al servicio de las personas y no al revés, que no convirtamos la sociedad en una dictadura de la economía que al final no tiene rostro ni fin. La persona en el centro de todo, donde la puso Dios mismo cuando nos creó. A todas las personas hay que hacerles llegar la noticia que nos dio Jesús: que el amor es algo concreto. Los cristianos hemos conocido que el amor tiene rostro, es Jesucristo, no es una idea. Y ese Amor que nos ha sido dado como el regalo más grande debe entrar en otros rostros. Porque se ama a las personas. Un mensaje que enciende corazones apagados, da sentido a la vida y nos hace a los hombres más humanos.

Estemos atentos a lo que el Papa Francisco nos dice. En un mundo al que no conseguimos interesar con nuestras palabras, interesémosle con la presencia de un Dios que nos ama y nos salva. Él es un testigo de esta presencia pues, como Jesús, posa la mirada sobre la gente para no ver lo que queremos ver, sino realmente lo que hay, e impregnar a los hombres de lo que nos ha dado Jesucristo: salvación, consolación y amor.

Con gran afecto, os bendice, + Carlos, arzobispo de Madrid

 

Los indígenas cambian

Los jóvenes respetan a sus padres, a sus antepasados y sus tradiciones, pero la distancia cultural es cada vez mayor. Están perdiendo el sentido de comunidad, que antes les caracterizaba tanto

VER
El pasado fin de semana, tuve un retiro espiritual de tres días con jóvenes indígenas tseltales, para reflexionar la Exhortación del Papa Francisco La alegría del Evangelio, e invitarles a ser misioneros de la misericordia en las periferias existenciales. Participaron 159, en una misión atendida por los padres jesuitas. Varias cosas me llamaron la atención:

La mayoría cursan el bachillerato. Antes, si acaso cursaban la primaria. Ahora hay secundarias y preparatorias por muchos lados, y muchos indígenas, también mujeres, asisten a ellas. Entre las personas mayores, hay un gran analfabetismo; pero los jóvenes indígenas de ahora estudian y se superan. Un buen número asiste a diversas universidades, que han extendido sus campus a varios lugares, incluso de la selva.

Los jóvenes indígenas casi todos son bilingües, pues hablan su idioma materno y el castellano. Por cierto, todavía hay quienes siguen calificando de dialectos a estos idiomas indígenas, que tienen estructura, gramática, historia, vida; son verdaderos idiomas, que se estudian en diversos centros universitarios. Conozco a indígenas que hablan cuatro idiomas: tseltal, tsotsil, ch’ol y castellano, sin haber ido a la escuela. Un chamula, graduado como médico, con la especialidad en gastroenterología en Cuba, me dijo la semana pasada que habla cuatro idiomas: tsotsil, inglés, creol (estuvo dando servicio un año en Haití) y castellano. Y se presenta con orgullo como chamula. ¿Qué dirán tantos mexicanos que hablan sólo castellano, y que califican como atrasados a estos indígenas?

Estos jóvenes indígenas ya no se casan tan chicos como antes. Antes a las mujeres las comprometían en matrimonio desde los 14 años o un poco más, sin siquiera conocer al futuro esposo. No había un proceso de noviazgo propiamente dicho. Hoy se tratan mucho más entre sí, a veces con embarazos prematuros. Tampoco tienen muchos hijos e, incluso, hay jóvenes mayores sin casarse. Se han elegido a personas solteras para cargos importantes, cosa imposible en otros tiempos.

Me sorprende la cantidad de celulares que manejan, algunos de muy buena calidad. Aunque en muchos lugares no hay cobertura, los usan cuando salen a las ciudades, para oír música y sacar fotos. Es frecuente verlos con sus audífonos, como en cualquier otra parte. Salen a estudiar fuera de su comunidad y casi ya no usan su ropa tradicional. Los vemos con modas y peinados modernos, que aprenden de la televisión y en su contacto con el mundo actual.

Es lamentable, sin embargo, que estén perdiendo muchos valores de sus pueblos. Varios ocultan su identidad y ya no quieren hablar su idioma materno; niegan este dato en los censos. Respetan a sus padres, a sus antepasados y sus tradiciones, pero la distancia cultural es creciente día con día. Están perdiendo el sentido de comunidad, que antes les caracterizaba tanto. Los abusos de la sexualidad, de las bebidas embriagantes y de las drogas, los han contagiado; ha habido casos de sida y suicidios. Afortunadamente, ha crecido entre nosotros la pastoral juvenil, para acompañarles desde la fe.

PENSAR
Dice el Papa Francisco: “La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a desarrollarla, ha sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden. Por esa misma razón, las propuestas educativas no producen los frutos esperados. Se hace necesario ahondar en la participación de éstos en la pastoral de conjunto de la Iglesia” (EG 105). “¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra!” (106).

ACTUAR
Demos a estos jóvenes la atención que necesitan. Hay que escucharlos, comprender su nueva cultura, valorarlos, ayudarles a ser críticos, a partir de los valores del Evangelio, en un encuentro personal con Jesús.

 

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa – 27 de noviembre< /h2>

«Esta devoción surgida tras las apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré no ha cesado de otorgar bendiciones, tal como Ella aseveró que sucedería a todo el que llevara pendida al cuello la medalla y lo hiciera con confianza»

Por segunda vez esta sección de ZENIT dedica expresamente un espacio a María. En esta ocasión para ensalzar la Medalla Milagrosa, festividad del día, que tanta devoción suscita en todo el mundo. Como es bien conocido, tiene su origen en las sucesivas apariciones de la Virgen a santa Catalina Labouré, y en las indicaciones que Ella le dio. El bien que viene reportando desde que comenzó a difundirse es inconmensurable. Ha dado lugar a numerosas conversiones.

Los hechos extraordinarios se produjeron en la capilla de la casa madre que poseen en París las Hijas de la Caridad –comunidad a la que pertenecía Catalina–, sita en la rue du Bac, número 140, y en la que había ingresado el 21 de abril de 1830. De modo que cuando ese mismo año comenzó a recibir las gracias de María, era una feliz novicia que había tenido la fortuna de asistir a la solemne traslación de las reliquias de su fundador, san Vicente de Paúl; éstas se encontraban en Nôtre-Dame y eran acogidas por los padres lazaristas en su capilla de la calle Sèvres. Él había sido quien en un sueño, aunque ella no había visto antes su efigie, le ayudó a dilucidar su vocación en un momento en el que dudaba acerca de la Orden en la que debía ingresar.

Ya en los primeros meses de noviciado sus superiores apreciaron su piedad que sobresalía en medio de una inteligencia no especialmente brillante haciéndole pasar desapercibida. Su prudencia, la discreción que acompañaba a tantos rasgos de virtud, fueron también sus aliados para cumplir escrupulosamente la voluntad de la Virgen que no quiso que la noticia de sus apariciones vieran la luz en esos momentos. Catalina las confió únicamente a su confesor, el padre Aladel. La primera se produjo el 18 de julio de 1830 y lo que aconteció ese día, mientras la comunidad oraba, fue narrado por la religiosa al morir el sacerdote muchos años más tarde. Ella tan solo le sobrevivió unos meses.

Esta inicial visión de la santa y las sucesivas son bien conocidas por la profusa difusión que se les ha dado desde el primer momento. Antes de que se produjeran, Catalina había sido favorecida con distintas apariciones en las que, además de ver a su fundador, vio a Cristo presente en el Santísimo Sacramento y como «Rey crucificado». Pero ella deseaba vivir la gracia de la aparición de María que había solicitado por mediación de su fundador. Así que ese día de 1830, camino de la medianoche, mientras se hallaba en su lecho escuchó que alguien pronunciaba su nombre. Era un niño vestido de blanco, de cuatro o cinco años, quien le avisó de que la Virgen la estaba esperando. En pos del pequeño, que desprendía «destellos», caminó hacia la capilla y percibió el crujir de una delicada prenda. El misterioso niño hizo la presentación: «He aquí la Santísima Virgen», que ella acogió turbada, de modo que aquél tuvo que repetir estas palabras.

Sin salir de su asombro, la joven corrió a postrarse de rodillas ante la Virgen que la aguardaba sentada en un sillón junto al altar. Tuvo la inmensa gracia de poder apoyar sus manos sobre el halda de la Madre del cielo y de pasar junto a Ella lo que denominó el momento más feliz de su vida: «Sería imposible decir lo que experimenté. La Virgen me dijo cómo debía portarme con mi confesor y varias otras cosas». María le advirtió que Dios iba a confiarle una misión que le acarrearía tribulaciones, aunque las superaría buscando la gloria del Altísimo. En esa primera aparición ya le encomendó fundar la cofradía de las Hijas de María, indicación que fue materializada por el padre Aladel en 1840.

El 27 de noviembre de ese mismo año 1830, a las 17:30 h., hallándose en oración en la capilla, nuevamente vio a la Virgen vestida de blanco en dos escenas encadenadas. En una de ellas la contempló sobre un globo dorado rematado con una cruz; bajo sus pies oprimía a una serpiente. Le dijo: «Esta bola representa al mundo entero, a Francia y a cada persona en particular». En la segunda Catalina observó que de sus manos abiertas, cuyos dedos estaban enjoyados con bellísimos anillos de piedras preciosas, brotaban unos rayos de fulgurante intensidad que se extendían por doquier. La Virgen explicó: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que María consigue para los hombres». A continuación, apresada esta milagrosa aparición en un semicírculo, Catalina vio emerger la siguiente inscripción en letras de oro: «¡Oh María sin pecado concebida!, ruega por nosotros que recurrimos a ti». Una voz le instó: «Haz, haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias».

El prodigio culminó al contemplar el reverso de la medalla conformada por la Virgen; apreció que estaba compuesta por una cruz sobre la letra «M», inicial de María. Abajo estaba clausurada por dos corazones, uno de ellos coronado de espinas y otro atravesado por una espada, símbolo de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. En diciembre de ese mismo año mientras oraba de nuevo, pero en este caso detrás del altar, vio el cuadro de la medalla. Era la última ocasión en la que se produjo esta aparición: «Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Virgen Santísima consigue para las personas que le piden… Ya no me verás más».

Tal como vaticinó María, las pruebas llegaron enseguida. Su confesor, padre Aladel, fue el primero que no la creyó aconsejándole que se olvidara de ello. Pero, pasó el tiempo y el clamor interno para se cumpliera la petición de la Virgen persistía. El arzobispo de París, monseñor Quélen, tomó cartas en el asunto y concluyó reconociendo la autenticidad de los hechos. El padre Aladel acuñó la medalla, aunque faltaban algunos detalles. En la epidemia de cólera de 1832 la profusión que se hizo de la misma obró muchos milagros y conversiones. En 1846 el papa Gregorio XVI confirmó la veracidad de las apariciones. Catalina murió el 31 de diciembre de 1876.

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ZENIT Staff

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