Vladimir Putin (2006)

WIKIMEDIA COMMONS - Russian Presidential Press and Information Office

El fin del putinismo

Lo que vaya a quedar del régimen de Putin después de esta guerra no tiene mayor importancia: ha logrado su objetivo, que no era la conquista de Kiev, sino la desintegración del orden mundial llamado «globalización», que tanto odia. Pero Ucrania también marca un punto de no retorno para la Ortodoxia, que ahora será puesta a prueba por la imposición militar del dogma putiniano.

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Por: Stefano Caprio

 

(ZENIT Noticias – Mundo Ruso (de AsiaNews) / 12.03.2022).- Las sirenas de Kiev suenan, la catástrofe se propaga sobre el suelo ucraniano, frontera entre Oriente y Occidente. Los rusos han invadido Ucrania y se encuentran frente a la Gran Puerta de Kiev, la que Modest Mussorgsky ensalzó en el siglo XIX al final de «Cuadros de una exposición» con una música solemne basada en un himno bautismal extraído del repertorio de cantos de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Es el renacimiento de la Rusia ortodoxa, al menos en las intenciones del zar Putin «el Terrible», que aspira a la gloria de sus predecesores -desde el príncipe bautizador Vladimir el Grande hasta Stalin, el «padre de los pueblos» y del Gulag soviético.

La última opción

Vladimir Putin ha jugado su última carta, la definitiva, para llevar a cabo su misión histórica de reconstruir la grandeza de Rusia llegando a las cimas del Imperio y la Revolución. Lo hizo luego de invadir Georgia y anexionarse Crimea, tras socorrer a los kazajos y proteger a los armenios, repartiéndose el Cáucaso con Turquía, y tras enfrentarse con los japoneses y abrazar a China, regalándole Siberia. También tras haber aplastado a los terroristas en Siria y apoyar a las guerrillas en Libia, luego de flanquear a los dictadores de África y Venezuela y de recuperar Bielorrusia y dividir Moldavia.

Tras haber inspirado los soberanismos mundiales en Europa, América y Asia, y luego de entrometerse en todas las elecciones occidentales a través de escuadrones de hackers, envenenando a los espías entregados al enemigo y encerrando a todos los disidentes en la cárcel. Lo hizo después de proteger a la ortodoxia y al islam del proselitismo católico y protestante, y de defender a la familia de cualquier diversidad de género -y a la información, de toda diversidad de noticias e interpretaciones. Al final, Putin volvió a sus orígenes, cerró el círculo de la historia, agotó toda la energía política, militar e ideológica. Tras 23 años de poder absoluto, se cansó de tergiversar y se dio cuenta de que ya no tenía nada que perder. La gloria del putinismo termina en Kiev.

Los dos primeros mandatos de Putin como presidente (2000-2008), tras un año como primer ministro, estuvieron dedicados a lamer las heridas del poscomunismo y de la liberalización desenfrenada de los años de Yeltsin, que en 1997 ya había provocado el derrumbe de las pirámides financieras y la devaluación total del rublo, que desde entonces sigue siendo una moneda de madera esclava del dólar (y por tanto del euro).

Luego de saldar sus deudas gracias al petróleo, en la primera etapa de Putin, Rusia experimentó un nuevo florecimiento económico cuyos solos beneficiarios fueron los amigos y familiares del presidente, los «oligarcas» que forman la columna vertebral del régimen. Putin cedió la presidencia a un hombre de su confianza, Dmitri Medvédev, blanco de la burlas de los jóvenes de Navalny, que lo apodaron el «torpe Dimon» que nada en oro. Como Primer Ministro, comenzó a idear un plan de restauración económica, política e internacional, cuyo lanzamiento fue una «guerra piloto» en Georgia. Ésta se ciñó a las dos repúblicas separatistas de siempre (Abjasia y Osetia) pero sin llegar hasta Tiflis, la ciudad de Stalin, por no ser lo suficientemente rusa para la gloria.

Desde entonces, el conflicto ha ido creciendo año tras año, alimentado por el rencor debido a la presencia de tropas de la OTAN desplegadas en Polonia y Lituania -los países que históricamente han competido con Rusia por la Europa Central y Oriental, desde el medioevo.  Ucrania, por su misma naturaleza, siempre ha oscilado entre los dos frentes en los sucesivos cambios en el poder y en las manifestaciones callejeras del poscomunismo, hasta el conflicto final del Maidán y la anexión de Crimea en 2014, que hoy termina en Kiev, independientemente del resultado. Para la Rusia de Putin, ya no queda camino por recorrer ni frontera que cruzar: pase lo que pase, ha llegado a su límite.

Poco importa ahora lo que vaya a quedar del régimen de Putin después de esta guerra. A Putin mismo lo describen como un ser obseso y aislado, que ha permanecido dos años encerrado en el búnker anti-pandémico sin más contacto físico con el mundo exterior, como el Stalin de la invasión nazi en su pequeña habitación sin ventanas. Podrá permanecer en su puesto otros veinte años, embalsamado como el Brezhnev de los años ochenta. O bien ceder su cargo a cualquier delfín anónimo, para dedicarse a disfrutar de los miles de millones acumulados en alguno de los castillos que figuran en la denuncias de Navalny .Es poco probable que sea derrocado por derrotas electorales o levantamientos populares, ya que ha aplastado por completo a la oposición. Pero aún si fuera depuesto, quien llegue al poder se encontrará con una Rusia aislada y orgullosa, en guerra con el mundo entero, y no será fácil salir de su enorme caparazón.

El fin de la globalización

El putinismo finalmente logró su objetivo, que no era la conquista de Ucrania, sino la desintegración del odiado orden mundial llamado «globalización». En los últimos días, los discursos bélicos de Putin destilan rabia por la «estúpida euforia» que los estadounidenses y todo Occidente mostraron al final del comunismo soviético, pensando que podrían dominar el mundo entero. Es innegable que el invasor ruso está tocando un nervio muy sensible en la comunidad internacional. Desde que sucedió a Yeltsin, el nuevo zar ha desafiado de todas las maneras posibles la visión de un mundo sin fronteras económicas, políticas y culturales, en el que todo se mezcla y contagia, borrando las identidades de los pueblos, las familias y la misma naturaleza humana según los conceptos tradicionales.

A la «pax americana», que pensaba imponer un modelo contemporáneo de la «pax romana», la civilización de las leyes comunes a todos los pueblos, Putin opone la bandera de la «pax ruthena», la ambivalente traducción de Russkij Mir, la palabra rusa que significa tanto mundo como paz. No la homologación universal, sino la defensa de las tradiciones y de los «valores morales», dejando a cada uno lo suyo. No es casual que la ofensiva ucraniana haya llegado en el momento de máxima debilidad del enemigo estadounidense, «el imperio de la mentira» según la definición de Putin. Llega después de la vergonzosa huida estadounidense de Afganistán, que hizo retroceder la historia a antes de 2001, o incluso a antes de 1979, cuando fueron los soviéticos quienes invadieron Kabul.

A los rusos no les gusta el mundo de Internet, un invento diabólico de los malditos años 90, que permite que todos tomen conocimiento de todo, pero sin conocerse realmente a sí mismos. Es el mundo de Facebook y Twitter, en el que cualquiera se exhibe sin freno, la memoria se limita a los pocos segundos del mensaje, y ya no quedan más rastros del pasado ni de los méritos y culpas de la historia.

Putin, en cambio, nos devuelve a las ofensas y a las victorias, pero no es una vuelta al estado y al orden anteriores. Es un mundo nuevo, en el que todo se reconquista desde cero y donde todo debe redefinirse. Son pocos los veteranos nonagenarios que conservan recuerdos de la Gran Guerra Patriótica, como los rusos llaman a la Segunda Guerra Mundial, y de la división del mundo que sobrevino tras ella. Ya nadie comprende la magnitud de los hitos históricos de los siglos anteriores. El culmen es el Día de la Unidad Nacional de Rusia, el 4 de noviembre, que conmemora la victoria sobre los polacos en 1612, una fiesta cuyos motivos son desconocidos para los mismos ciudadanos rusos, pese a que los acontecimientos de entonces explican muy bien lo que sucede hoy.

Desde sus orígenes, Rusia se defiende del mundo que asalta sus fronteras, y hubo muchos Putin en los siglos pasados. El príncipe Andrei Bogoljubsky atacó Kiev en 1159 y trasladó la capital a Vladimir -de la que más tarde nacería Moscú- para defenderla de búlgaros y pechenegos. En 1238, el otro gran príncipe Aleksandr Nevsky defendió a los rusos en el Báltico contra suecos y teutones, y luego selló un acuerdo con los mongoles para salvar a la Rusia ortodoxa. Los mongoles fueron derrotados por primera vez en 1380 por el príncipe moscovita Dmitry Donskoy (del Don – Donbass), cuyos ejércitos fueron bendecidos por el santo monje Sergio de Radonež, el más venerado por la Iglesia rusa. Iván el Terrible aplastó a los tártaros de Kazán en 1557 y reprimió las revueltas de Nóvgorod. Por su parte, la dinastía Romanov se estableció a principios del siglo XVII invocando a la Virgen de Kazán contra sus enemigos, y luego acogió en su seno a los cosacos «ucranianos» que se rebelaron contra el reino polaco. Pedro el Grande construyó su imperio en San Petersburgo en 1709 aniquilando a los suecos y repeliendo a los turcos, y Rusia salvó a toda Europa del Gran Ejército de Napoleón en 1812, culminando con el triunfo estalinista de 1945 contra la agresión de Hitler, que se había apoderado de Ucrania.

Estos son sólo algunos elementos de una historia que se opone a  la globalización, que reivindica un Estado unitario que absorbe a los pueblos más pequeños pero que no se somete a los amos del mundo. Es una retórica que justifica la llamada «ideología antiliberal»: no hay igualdad ni nivelación de valores y derechos, hay identidades fuertes que priman sobre las más débiles, como Rusia sobre Ucrania, o la Iglesia sobre la herejía.

La Iglesia militante

En el fondo, la justificación de la invasión rusa no es histórica, como tampoco económica  o política. La justificación es religiosa. Es la defensa del «mundo ortodoxo», del cristianismo universal en su interpretación rusa, que incluso va más allá de la propia Iglesia oficial. La religión de Putin no se limita a los dogmas canónicos y a las liturgias, por muy solemnes y espectaculares que sean, como las del Patriarca Kirill. Es un credo que se remonta a la pasión patriótica de los viejos creyentes cismáticos, que en el siglo XVII reivindicaban las costumbres rusas como «más auténticas» incluso que las griegas, a costa de ser perseguidos durante siglos. Es el cristianismo de Kiev, el del «pueblo nuevo» que debe combatir todos los enemigos internos y externos, porque todas las demás Iglesias han fracasado, se han perdido en la herejía y la inmoralidad, y han sido conquistadas por los enemigos de la verdadera fe. Es la religión que es a la vez pagana y cristiana, la «doble fe» típicamente rusa que celebra a la Madre Tierra junto con el Cristo sufriente que peregrina por las estepas nevadas.

El Patriarca Kirill de Moscú y sus ayudantes (el Metropolitano Hilarión, a cargo de los «asuntos exteriores» y el Metropolitano Tikhon, «del interior», ex padre espiritual de Putin) han inspirado la ideología supernacionalista de la sobornost, la unificación rusa de los pueblos según los sueños eslavófilos del siglo XIX. Desde que Putin lanzó su «cruzada ortodoxa» contra todo el mundo, la propia Iglesia Ortodoxa se encuentra en apuros. Tanto es así, que el patriarca es incapaz de bendecir la reconquista de Ucrania, porque teme quedar aislado de todo el mundo cristiano. Sólo los monjes más radicales y los movimientos laicos más extremos apoyan a la «Iglesia militante», y suelen considerar que Putin es demasiado moderado, pero ahora se alegran de ver el retorno de Kiev a la gran Rusia. No será fácil conciliar el uso político-militar de la religión con el verdadero renacimiento de la fe, que desde los años 90 choca con la competencia eclesiástica entre jurisdicciones y la prevalencia institucional sobre la auténtica espiritualidad. Ucrania también marca un punto de no retorno para la Ortodoxia. Ha quedado fragmentada luego de la autocefalia concedida por Constantinopla, y ahora será puesta a prueba por la imposición militar del dogma putiniano.

Uno de los profetas del eslavofilismo del siglo XIX fue el gran escritor Fiódor Dostoievski, que además de sus famosas novelas también escribió artículos sobre la guerra y la política, y soñaba con la afirmación de Rusia en el mundo. En uno de sus cuadernos de 1876, mientras Mussorgsky componía sus sinfonías, escribió sobre las guerras de la época, como si anticipara los dramas de hoy:

 

“La humanidad no puede vivir sin una gran idea. La idea de que se descubrirán medios de destrucción de tal calibre que será imposible hacer la guerra. Son disparates. En la guerra no se odia, sino que incluso se ama al enemigo. No hay razón para odiar al enemigo. Se respeta al enemigo. Tras conocerse, surge una amistad. No se tiene sed de sangre en absoluto, pero en primer lugar se sacrifica la propia sangre. Y así ellos sacrifican su sangre. El mundo empieza a vivir de nuevo, a vivir con más vitalidad después de una guerra”.

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Redacción Zenit

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