El Cardenal Walter Kasper con Benedicto XVI. Foto: Reuters

Walter Kasper sobre Benedicto XVI: espero continuar nuestra discusión en el cielo

El hecho de que un antiguo colega se convierta en Papa es una experiencia especial, probablemente muy poco frecuente. Para mí estuvo claro desde el primer momento: la lealtad es necesaria ahora.

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Por: Cardenal Walter Kasper

 

(ZENIT Noticias / Roma, 09.01.2023).- Para escribir sobre mi relación y mis encuentros con Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, tengo que escribir literalmente sobre dos tercios de mi vida. Nuestros caminos no dejaban de cruzarse. Nos conocimos en 1963, es decir, hace exactamente sesenta años, durante una conferencia en la academia diocesana de Stuttgart. En aquella época era ya una estrella ascendente en el firmamento de la teología y pronunció, lo que más tarde nos acostumbró, una brillante conferencia sobre la doctrina de la Eucaristía. Yo era un desconocido, seis años más joven, preparándome para mi habilitación en la Universidad de Tubinga. Después nos conocimos y colaboramos en todas las etapas de nuestras vidas como profesores, obispos, cardenales y, finalmente, durante los ocho años de pontificado de Benedicto XVI.

Como corresponde a una teología justa, también llevamos a cabo disputas públicas. Sin embargo, si alguien deduce de ello que ha habido distanciamiento o incluso enemistad, es que ha entendido poco o nada de teología. Porque, como cualquier ciencia, la teología también se nutre de la disputa, y a un pensador se le honra pensando. Por ello, nuestra relación se ha caracterizado siempre por el respeto mutuo y, sobre todo, por un arraigo común en la fe de la Iglesia, así como por una responsabilidad común en favor de la unidad de la Iglesia y de la mayor unidad ecuménica de las Iglesias.

Antes de la pasada Navidad, el 10 de diciembre, es decir, exactamente 20 días antes de su partida, el Papa emérito me escribió una amable carta, de la que se desprende nuestra común preocupación ante las crisis de la Iglesia.

En la carta vuelve a surgir la tensión en la que se mueve toda teología recta, es decir, la fidelidad al origen apostólico vinculante y la atención a las nuevas cuestiones del presente. En este sentido, desde la conferencia que marcó el inicio de su magisterio en Bonn, el tema de la fe y la razón ha sido decisivo para el teólogo Ratzinger. Cualquiera que le haya visto, aunque sea una vez, y haya hablado seriamente con él sabe que era cualquier cosa menos una persona eternamente apegada al pasado, y mucho menos el «Panzer kardinal», como a veces se le caricaturizaba. Era un gentil pensador teológico, consciente de los problemas, de gran profundidad espiritual y sutil humor suave.

No había la menor divergencia entre nosotros sobre la tensión fundamental entre la fidelidad a los orígenes y la atención a lo nuevo y el vínculo entre fe y pensamiento. Sin embargo, abordamos el problema común desde lados diferentes. Joseph Ratzinger, como teólogo, fue totalmente moldeado por el espíritu de los Padres de la Iglesia, especialmente el de Occidente, San Agustín, y la teología del teólogo franciscano San Buenaventura.

Yo venía más del estudio de la problemática moderna y ya había profundizado muy pronto en el pensamiento de Tomás de Aquino en un ensayo. Es casi natural que esto dé lugar a diferentes acentos, que han existido a lo largo de la historia de la teología católica y pertenecen a la riqueza de lo católico.

Las conversaciones amistosas con Joseph Ratzinger y el Papa Benedicto siempre han sido enriquecedoras para mí. Ya eché de menos esa confrontación en los últimos años de su enfermedad y ahora la echaré de menos para siempre.

El hecho de que un antiguo colega se convierta en Papa es una experiencia especial, probablemente muy poco frecuente. Para mí estuvo claro desde el primer momento: la lealtad es necesaria ahora.

Todavía en la Capilla Sixtina, el recién elegido Papa Benedicto me dijo: «Ahora recorreremos juntos el camino de la unidad». Así fue, y la colaboración funcionó bien. Hubo algunos momentos difíciles durante el pontificado en los que pude ayudar a calmar un poco las olas y superar las dificultades de comunicación con los interlocutores ecuménicos, por ejemplo con la declaración Dominus Iesus, o con los judíos. Esto era especialmente necesario por la desafortunada remisión de la excomunión del lefebvriano y negacionista del holocausto Williamson. El error no se debió al Papa, sino que se derivó de un desastre de comunicación en la Curia romana, cuyas consecuencias no fueron precisamente fáciles de superar ante la indignación de la opinión pública.

Ahora, tras la muerte del Papa, recuerdo con alegría las buenas conversaciones que mantuvimos sobre estos y otros asuntos. Tenía la impresión de que al Papa también le gustaba mantener un verdadero debate teológico y llegar así a un consenso. Ahora que Benedicto ha sido llamado de vuelta a la casa del Padre, una larga fase de mi vida también ha llegado a su fin. Espero, por tanto, que algún día podamos encontrarnos de nuevo en el cielo y continuar nuestra discusión, aunque de una forma completamente diferente.

Traducción del original en lengua italiana realizada por el director editorial de ZENIT

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Redacción Zenit

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