La audiencia del Papa a los miembros de la Oficia del Auditor General de la Santa Sede y del Estado de la Ciudad del Vaticano Foto: Vatican Media

Papa en carta que ZENIT traduce a español: la reforma económica del Vaticano acaba de comenzar

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En carta a el Papa reconoce el papel del cardenal Pell, subraya que no se trata de reformar para aparentar que las cosas se hacen diferentes, explica en qué consiste el servicio en la Iglesia y las virtudes de la lealtad y la prudencia en la gestión del patrimonio de la Santa Sede. También habla del camino y espíritu que han inspirado las reformas en la economía vaticana

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 12.12.2023).- Papa Francisco ha enviado una carta al personal que trabaja en la Secretaría para la Economía. La carta aborda una amplia gama de temas relacionados con la gestión del dinero en la Santa Sede. Con claridad, lenguaje cercano y profundidad el Papa aborda los retos de una reforma económica que, en sus propias palabras, apenas acaba de comenzar. Ofrecemos la traducción al castellano de la carta.

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Me alegró especialmente la reunión que mantuvimos el lunes pasado, casi diez años después del inicio de las reformas económicas de la Santa Sede y de la creación de la Secretaría para la Economía, que fue la principal precursora de dichas reformas.

Mirando hacia atrás y viendo la situación actual, no puedo dejar de constatar los numerosos avances que se han realizado. Por ello les doy las gracias, porque prestan un servicio delicado y complejo. Ha sido muy apreciado el trabajo realizado para dotar a la Santa Sede de los instrumentos necesarios para que su patrimonio se oriente a la misión, evitando los riesgos de recaer en los errores del pasado que todos conocemos.

Le doy las gracias a usted y a todos los que han trabajado desde el inicio de la actividad de la Secretaría para la Economía con valentía y generosidad para mejorar la organización económica de la Santa Sede. Hablando de valentía, pienso en particular en mi difunto hermano, el cardenal George Pell, primer Prefecto de la Secretaría para la Economía. Con ocasión de su consagración episcopal eligió como lema: «No tengáis miedo». Un lema del que dio ejemplo concreto en su vida cristiana y en su función de Prefecto, expresión del celo, la convicción, la determinación y la visión de un hombre que, antes que los demás, comprendió el camino que había que seguir.

Se sentaron así las bases para todas las reformas posteriores que se llevaron a cabo después de él, en particular bajo la dirección del P. Juan Antonio Guerrero, quien, con un estilo basado en el diálogo, la concreción y la sencillez, contribuyó de manera decisiva a la consecución de muchos de los objetivos que la Santa Sede se fijó en el ámbito económico y financiero.

Lo que se ha hecho no debe hacernos pensar que el camino de la reforma económica ha terminado. Al contrario, acaba de comenzar. La Iglesia es dinámica y tiene el deber de adaptarse a los nuevos tiempos para llevar el consuelo del mensaje evangélico a todos los lugares, prestando especial atención a los más desfavorecidos. Reformarse, cuestionarse siempre sin dejar de contemplar el bien realizado, reflejarse en los resultados alcanzados, es una necesidad para la Iglesia y la Curia. En esta perspectiva, también la Secretaría para la Economía, como órgano económico de la Curia Romana, está llamada a promover, en su propio ámbito, un movimiento de cambio constante hacia lo mejor.

La reforma no consiste en cambiar para demostrar que necesariamente se hacen las cosas de forma diferente a como se hacían en el pasado. El cambio es una renovación funcional y proporcional. Por lo tanto, en algunos casos es radical, en otros es una adaptación de lo que ya está bien: y hay que vigilar los efectos de estos cambios porque se pueden tomar decisiones que luego hay que corregir, con vistas a una «mejora continua».

La Economía está, pues, al servicio de la misión, y todos los que trabajáis en la Secretaría de Economía formáis parte de la misión, porque la buena gestión de los bienes y su utilización es un testimonio para todos de lo mucho que se puede hacer con poco. Y ustedes han elegido unirse a este servicio en favor de la misión. En el lenguaje corriente, el término servicio ha adquirido un sentido peyorativo porque se asocia a la figura del siervo, antiguamente del esclavo. En otras circunstancias, quienes utilizan este término lo hacen para dar visibilidad a su servicio y, por ello, exigen reconocimiento. Nada de esto es servicio a la Iglesia. Intentad, en cambio, pensar en el papel de un padre hacia un hijo: ése es el servicio de hombres y mujeres que, con amor gratuito, hacen lo necesario para apoyar el crecimiento de los hijos y de la familia. En este sentido, vuestro trabajo y vuestra misión es un servicio prestado a la Curia y, por tanto, a toda la Iglesia.

Y es un trabajo delicado porque incluso las mejores intenciones de un padre pueden traducirse en comportamientos que hay que evitar: ser autoritario en lugar de tener autoridad; temido en lugar de respetado y reconocido; ejercer el poder en lugar de tomar decisiones, sintiendo la responsabilidad de proteger el bien común; conservar el dinero sin un fin en lugar de utilizarlo para que la misión pueda crecer y florecer, olvidando que la Iglesia es pobre porque todo lo que posee no es para sí misma, sino para utilizarlo donde se necesita de manera desinteresada.

“Fidelis dispensator et prudens”, así se llama el Motu Proprio que instituyó este Secretariado. Fidelidad a la misión y prudencia son las virtudes que deben acompañaros en vuestro trabajo, en la gestión de cada asunto, ya que las muchas responsabilidades que se os confían os exponen al riesgo de pequeños y grandes errores que hay que evitar. Uno de los grandes errores es un hábito: la primacía de lo formal sobre lo real.

Deben encontrar la capacidad de escuchar y ser escuchados, de poner a disposición de quienes recurren a ustedes, por su experiencia, la profesionalidad y la técnica económica y jurídica para poner en marcha las iniciativas de las que se compone la misión. El esfuerzo constante debe consistir en apoyar esas iniciativas, cuidando de que se remonten, no a la norma y a la técnica como fines en sí mismos, no a la voluntad arbitraria de los responsables de decidir o autorizar, sino al bien común.

Pero también hay que tener siempre la lealtad de decir no cuando lo que se te representa o lo que encuentras en los controles traiciona la misión, cuando el interés individual de algunos prevalece sobre el colectivo, cuando las normas se violan o se eluden artificialmente para perseguir fines ajenos a los de la Santa Sede y la Iglesia, y las opciones nada o poco tienen que ver con la misión o le hacen daño. Lealtad significa no hacerse cómplice nunca, aunque sólo sea fingiendo no ver, aunque sólo sea por no querer defraudar esas amistades que en una comunidad de trabajo como la Santa Sede se establecen y es bueno que se establezcan (el buen padre sabe decir que no a sus hijos porque los quiere y por su bien y el de la familia).

Prudencia y lealtad para el bien común de nuestra comunidad de trabajo, de la Iglesia, de los fieles y de los necesitados, esto es lo que significa ser una Secretaría pontificia, de esto la Secretaría para la Economía es guardiana y servidora, desde cuando propone nuevas normas, válidas para todos, hasta cuando comprueba que esas normas se respetan. Un servicio que requiere, por tanto, profesionalidad, dedicación, estudio en profundidad, pero también humildad, voluntad de escucha, espíritu de servicio y, por último, vigilancia y cultura de la legalidad y de la transparencia, unidas al deber y al coraje de denunciar todo lo que no sea conforme.

Este ha sido el camino y el espíritu de las reformas económicas llevadas a cabo hasta la fecha, y esta es la perspectiva con la que abordar el futuro. Se trata de trabajar con el coraje de tomar responsablemente decisiones que tampoco son populares, porque su visión debe necesariamente mirar al conjunto, pensando en el futuro.

Sé que la Santa Sede tiene cada año un déficit importante. De hecho, toda la organización está al servicio de la misión, y las fuentes de financiación son limitadas. Pero sabemos que un déficit significa que se erosiona una parte del patrimonio y esto compromete el futuro. Esta es la razón por la que es necesario dar un giro. Esta conciencia debe adquirirse en todos los niveles de nuestra comunidad: todos somos responsables de preservar el patrimonio para garantizar que los que vengan detrás de nosotros también dispongan de los recursos necesarios para seguir su camino. Todos debemos estar dispuestos, con modestia y espíritu de servicio, a renunciar a nuestro interés particular en aras del interés común, aunque ello implique cambios y adaptaciones a contextos diferentes. Esto exige liberarse de la rigidez y ponerse a disposición, con sinceridad, para la actualización. Con lealtad y prudencia se puede conseguir.

Para ello, necesitaremos nuevas competencias, nuevas personas, pero también personas renovadas en espíritu y profesionalidad. El reto para la Secretaría de Economía en el ámbito de la gestión de los recursos humanos es doble. Por un lado, garantizar que los nuevos contratados tengan las características adecuadas, tanto éticas como profesionales. Por otro, hay que dar a los que ya trabajan en la Santa Sede la oportunidad de renovarse, ofreciéndoles formación, oportunidades de crecimiento, nuevas experiencias y demostrándoles confianza y reconocimiento. Debe garantizarse a todos una remuneración equitativa, dentro de los límites de los recursos disponibles, tanto más justa cuanto que está vinculada a los resultados y a la contribución que cada uno aporta al servicio de la Iglesia. Hay que evitar el carrerismo, pero si se dan a todos las oportunidades adecuadas y se crea un entorno favorable y acogedor, recompensar el mérito es una demostración de equidad que os animo a perseguir.

Pero también apoyan la misión, aunque de manera diferente, los proveedores, a los que en realidad se aplican los mismos principios: ética, capacidad y profesionalidad, al precio justo para obtener un beneficio justo. Las reglas que la Santa Sede se ha dado en las licitaciones deben ser funcionales para satisfacer las necesidades de las entidades, identificando al proveedor y la mejor propuesta. A ustedes les corresponde actualizarlas e interpretarlas para que surja lo que es ético y funcional a la misión, al mejor precio posible, a fin de preservar el patrimonio para el futuro sin renunciar a la misión de hoy. A continuación, debemos cuidar el patrimonio, cuando estemos en condiciones de salvarlo, y también debemos invertirlo con cuidado, de forma ética, para que los frutos de la gestión se repartan equitativamente y cada cual disponga de lo que realmente necesita. Las inversiones no deben tener ni el objetivo de la especulación ni el de la acumulación.

Los presupuestos no deben ser un ejercicio contable estéril, sino que deben representar un esfuerzo por acompañar la misión de cada uno distribuyendo los recursos en función de las necesidades reales, incluso a veces pidiendo a algunos que den un paso atrás o que compartan los ingresos con otros. De modo que no haya entidades ricas y entidades pobres, sino una única Santa Sede que se mueva en armonía, sabiendo que todos, aunque con tareas diferentes, participan en la realización y persecución del mismo bien.

Se trata de una tarea que requiere un gran esfuerzo, por lo que es importante que todos se sientan apoyados por la Secretaría para la Economía en su realización, y que encuentren escucha, apoyo, competencia y capacidad para hacer funcionales las reglas que nos hemos dado y las que nos daremos en la persecución de estos objetivos.

Ustedes me han demostrado en el pasado que ésta es la cultura de la Secretaría de Economía y por ello les doy las gracias, asegurándoles que no están solos en las dificultades que encuentran. Os animo a seguir con confianza por este camino y a mejoraros a vosotros mismos, continuando escuchando y evaluando con equidad y profesionalidad no sólo las peticiones, sino también las numerosas sugerencias que os llegan de nuestra comunidad de trabajo. De este modo, todos juntos daremos testimonio de una economía al servicio del bien común. Muchas gracias por vuestra buena voluntad.

Rezo por vosotros; por favor, rezad por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

 

Traducción del original en lengua italiana realizada por el director editorial de ZENIT.

 

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Redacción Zenit

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